La historia detrás del mito de las Brontë

La escritora argentina Laura Ramos publica una biografía de Charlotte, Emily, Anne y Branwell en la que desmonta algunos de los mitos que se construyeron en torno a esta peculiar familia de genios.

En 1847, cuando Emily Brontë publicó por primera vez su única novela, Cumbres borrascosas, la crítica se escandalizó por aquella historia que firmaba como Ellis Bell. “Los críticos de la época se horrorizaron –explica la periodista y escritora argentina, Laura Ramos-. Es –argumentaron- un libro pornógrafo, violento, grosero, vulgar y monstruoso”.

En septiembre de 1848 su hermano Branwell murió. Poco después, en diciembre de aquel mismo año, la propia Emily y más tarde, en mayo de 1849, Anne, siguieron su trágico destino. Solo Charlotte consiguió sobrevivir a todos los hermanos Brontë algunos años más. Ella fue la artífice de un mito que, moldeado por su amiga y biógrafa Elizabeth Gaskell, ha perdurado hasta hoy. La imagen de “tres pobres niñas ignorantes que nunca conocieron el mundo, que fueron vírgenes y que escribieron sus obras inspiradas bajo los influjos de esa sociedad tan ruda en la que vivían, aisladas, en los páramos de Yorkshire, al norte de Inglaterra”.

No fue del todo así. Diez años le ha llevado a Laura Ramos deconstruir este mito que, cuenta, la propia Charlotte decidió crear “por una decisión política familiar” para “salvaguardar el buen nombre de las hermanas y para pedirle al público que perdonara Cumbre Borrascosas y la genialidad mortuoria e infernal de la novela”.

Con más de noventa notas bibliográficas y una extensa documentación, Infernales. La hermandad Brontë (Taurus) es la biografía no autorizada de Charlotte, Emily, Anne y su único hermano varón, Branwell. Un viaje narrativa a través de aquel universo tan particular y genial que los hermanos crearon durante su infancia en la casa parroquial de Haworth, donde componían versos, cuentos y piezas de teatro por los que desfilaban “reinos y batallas, crímenes, parentescos dudosos y amores prohibidos”.

Con una educación de idas y venidas, en parte autodidacta, los Brontë son retratados aquí como una peculiar familia con unas gigantescas inquietudes intelectuales. “Los cuatro eran fanáticos de Lord Byron –explica su autora-. Eran hijos de un párroco, pero tenían un nivel de lectura impresionante porque ya desde la infancia leían el periódico más moderno, osado y culto de la época, que era el Blackwood y a autores de la más alta literatura como Wordsworth, Byron, Thomas de Quincey…”.

Patrick Brontë, un padre de familia con claroscuros

Huérfanas de madre, su padre, Patrick Brontë era un inmigrante pobre irlandés que había logrado por sus propios medios formarse en una universidad como Cambridge. Sacerdote anglicano, “también había sido un joven sensible que amaba la poesía. Él mismo escribía, tenía varios libros publicados, muy malos, pero le atraía la literatura”. Retratado como un hombre excéntrico, frío, distante con sus hijas y cruel, según ha pasado a la historia, Ramos matiza su imagen en su libro.

“Gaskell decidió sacrificarlo a él en favor de su plan político de mejorar la imagen de las hermanas. Su biografía fue el molde en el que se inspiraron el resto de biografías que se escribieron después y todas reprodujeron aquella imagen. Pero el padre, como todas las personas, tenía muchas facetas”. Preocupado por el porvenir de todas sus hijas, particularmente después de la muerte de su madre, el sacerdote les procuró siempre una educación que fuera a ser para ellas beneficiosa en caso de que él también faltara. Era la Inglaterra del siglo XIX y las alternativas, escasas. Los únicos oficios a los que una mujer formada podía aspirar eran al de institutriz o dama de compañía.

“Él enseñó a todos sus hijos, no solamente al hijo varón, el latín. Y, de alguna manera, hubo un acuerdo político entre el padre y la tía Elizabeth Branwell, que se trasladó a vivir con ellos, en sacar a las niñas mayores de la rectoría”. Las cuatro –María, Elizabeth, Charlotte y Emily- fueron enviadas entonces al colegio de caridad, Cowan Bridge, que la propia Charlotte retrataría en Jane Eyre años después. “Una vez que se publicó la novela –explica Ramos-, empezaron a llegar cartas de antiguas alumnas que acreditan la verdad del maltrato que recibían allí. El padre era un protestante, era un pastor austero que proclamaba para sí mismo una austeridad. A él no le parecía mal aquello, lo que no pudo ver fue la crueldad y el abandono de las niñas”.

Como es conocido, fruto de su estancia en aquel internado, las dos hermanas mayores, María y Elizabeth, murieron de tuberculosis. “María les leía desde muy pequeña a los hermanos las historias de los diarios, donde se contaban las victorias del duque de Wellington sobre Napoleón Bonaparte. Y ella fue la fuente de inspiración de toda la poética de los hermanos después”. Tras la tragedia, las niñas volvieron a su hogar, en la rectoría, donde pasaron cuatro o cinco años corriendo por los páramos y alimentando aquel universo particular entre los mundos fantásticos de Angria y Gondal. Después, a sus 14 años, Charlotte fue de nuevo enviada a una escuela.

“Ella llegó entre el resto de niñas de familias burguesas de la época y cuenta una de sus amigas que la vio bajar del coche y le pareció una pequeña viejita, por la ropa completamente anticuada que usaba. Todas las niñas del colegio estaban completamente asombradas ante este personaje. Se reían de ella, se reían de todo su aspecto y de su manera de hablar con aquel acento irlandés, pero pronto quedaron deslumbradas porque conocía a cada poeta o escritor que se nombraba y sabía de memoria sus poemas.”.

Laura Ramos describe a la mayor de las Brontë como alguien “físicamente extraña”. “Medía 1,40 y tenía la cabeza desproporcionada con respecto al cuerpo. La señora Gaskell, su amiga, decía que nunca se la podría considerar deforme. Con lo cual ya estaba diciendo elegantemente que lo era un poco. El editor del que se enamoró y que la invitó a viajar a Escocia dijo después que no había estado enamorado de ella. Yo no lo creo, yo creo que sí lo estuvo. Él estaba fascinado porque esta niña fue con su postizo barato a una fiesta de Thackeray, que era el escritor más famoso de la época, y ella, que era digna y honesta, criticó sus libros. Esta pequeña mujer, que le llegaba a él al codo, lo retó con el dedo en alto y el gigante, el gran escritor, temblaba ante sus palabras”.

La temperamental Emily Brontë

Pero de todos los Brontë, si alguien era profundamente temperamental era Emily Brontë. “Ella era cruel –señala Ramos-. La familia entera era toda muy excéntrica. Una de las amigas de Charlotte que fue a visitarla a Haworth en una ocasión contó que en algún momento Emily empezó a jugar con unos cangrejos que había encontrado, los martirizó y empezó a hablarles de la dinámica del fuerte y del débil en el mundo del arte. La joven quedó aterrada”.

Profundamente inteligente, Emily conocía todos los mitos griegos. “Tradujo a Homero y a Horacio del latín. Además sabemos que traducía alemán y que lo estudiaba mientras amasaba el pan en la cocina”. Pero no es este el único pasaje que recrea el fuerte y frío carácter de la autora de Cumbres borrascosas. Entre los documentos que se encontraron después a la escritora argentina le llamó la atención un dibujo que retrataba a un hombre levantando del suelo a un niño por el pelo con una mano mientras con la otra lo azotaba. Al lado otro hombre golpeaba a otro en una fila de cadáveres. En el mismo papel vemos además cómo Medea mata a sus hijos y cómo otro personaje mitológico come carne humana. “O sea Emily era Heathcliff. Ella misma castigó a su perro hasta sacarle sangre una vez”, describe.

Su hermana Anne, en cambio, era todo lo contrario. “Ella era exquisita, un personaje adorable, dulcísima, que escribió un libro que la propia Charlotte censuró”. Autora de Agnes Grey, donde contaba la vida de una institutriz, su segunda novela es considerada el primer libro feminista en la historia. Titulado La inquilina de Wildfell Hall, cuenta la historia de una mujer que abandona a un hombre con su hijo. “Algo inédito en esa época. Ella lo mantiene sola con su trabajo, pintando pequeños retratos y miniaturas y lo peor de todo, lo más blasfemo, es que es feliz”.

Branwell, el gran olvidado

Pero, ¿y qué pasó con Branwell? Durante el primer esbozo realizado por Charlotte, la mayor de los Brontë omitió la figura de su hermano. “Lo omite porque era alcohólico, opiómano y lujurioso. Además, acababa de tener un amor adúltero muy escandaloso y eso no le convenía”. Pero Elizabeth Gaskell sí lo menciona en su publicación. Branwell, que llevó hasta el final la imagen de poeta maldito y de ideal romántico, acabó autodestruyéndose en su propia espiral, tristemente olvidado por la historia. Para su biógrafa, el varón de los Brontë era “un gran talento destruido por una mujer malvada”, su amante. “Así lo plantea ella. Y así se siguió reproduciendo biografía tras biografía. Lo plantean como una gran promesa destruida por las drogas y el alcohol. No fue así. Él era un genio que escribía con la mano derecha en griego y con la izquierda en latín. Era un niño prodigio evidentemente”.

Artista frustrado, Branwell vivió sus años felices en un estudio que le puso su padre. Fue allí donde se hace “amigo de un grupo de escritores, poetas, escultores y pintores, y vive la vida romántica que añoraba: ser como Byron. Él lo era a un modo provinciano. Lo era. Pero en algún momento el padre ya no pudo pagarle más y tuvo que volver. Entonces empezó a tener empleos provisorios en los que empezó a fracasar porque él siempre aspiraba a lo máximo”.

Mientras tanto, sus hermanas fueron prosperando. “Comprenden que no quieren trabajar de gobernantas y que la única posibilidad es la literatura”. Cuando la tía Elizabeth Branwell muere y les deja una pequeña herencia, ellas lo invierten para publicar sus poemas, pero deciden no incluir los de su hermano, “que eran mucho mejores que los de Charlotte y que los de Anne, aunque no que los de Emily, que es un genio de la poesía”. Solo venden dos ejemplares. Esta es la primera exclusión de Branwell, al que le ocultan estas ediciones. “Él fue quien las incentivó para escribir novelas porque la poesía no vendía pero no le invitaron a participar. Según lo que dijo Charlotte nunca se enteró de aquello, pero hay pruebas, que yo pongo en el libro, que implicarían que tuvo que haberse enterado y que aparentemente él interceptó correspondencia y abrió sobres de los editores y los leyó. Es curioso porque en Haworth todavía hoy a quien dice que fue él el quien escribió Cumbres borrascosas”.

Tomado de El Cultural

 

 


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