La exposición más peligrosa de Rafa Fernández

Si bien era intrépido y retador, el artista de las musas y los velos nunca incurrió en pasos tan imprudentes

Si bien era intrépido y retador, el artista de las musas y los velos nunca incurrió en pasos tan imprudentes. Ni siquiera cuando se metió en el redondel de Plaza Víquez o cuando anduvo por la acuartelada Managua de los Somoza y se encontró con el amor subiendo unas gradas.

En 1975, el colorista Rafa Fernández, en vasta complicidad cultural, perpetró una exposición pictórica de alto riesgo en los altares del Teatro Nacional, la cual pudo llevarlo a la cárcel, y yo voy a contarlo ahora, pero lo haré como un recuerdo íntimo, como un homenaje a la amistad que por aquellos años nos unía. Él ya no está con nosotros, pero quedan muchos testigos que no me dejarán mentir, aunque acaso se me enreden un poco los tiempos y los detalles.

Eran los 60 rabiosos, de mayo y de Tlatelolco. Andábamos en los primorosos veinte de edad y convergíamos en todo sitio donde hubiese algún acto cultural: cine, teatro, lienzos, danza, mojitos, lo que fuera.

Litografía de Siqueiros, propiedad de Daniel Yankelewits, se expuso con otras valiosas obras.

Estaba matriculado en la Casa del Artista –ahí por la Corte– y con Olga Espinach y Luis Dael daba sus primeros pasos en la pintura. Empastaba muy bien, pero no era tan bueno con el trazo, le faltaba perfilar mejor, estilizarlo, y en eso ponía todo su empeño. Cualidad esa –de dibujante– que le sobraba al caricaturista Hugo Díaz, quien a menudo se juntaba en nuestras tertulias. Sobre todo después del teatro, en La Copucha, en El Rincón de España (le decíamos La Papota) o en El Rey (Tibás), adonde íbamos con Mirna, Rosa y María a escanciar unas cervezas. –A mí que me pongan ginebra; sí, de la extra concha –decía, pero tomaba poco. Con moderación y regusto.

Éramos pobres de solemnidad y acaso teníamos para “botanear” una birra y ajustar los pases del bus. Faltaban muchos años para que todos los hogares costarricenses instalaran un Rafa en la sala y se sintieran verdaderamente popof… Y otro tanto para que a Hugo Díaz lo llenaran de premios y la gente lo amara sin mesura.

En el 70, Rafa se volvió funcionario de gobierno. Beto Cañas lo integró como asesor de artes plásticas en el naciente Ministerio y allí gastábamos buenas horas de café con ministro y viceministro. A veces venían Víctor Julio Peralta, Haydée de Lev y hasta Cachicho. Y por allí –suspicaz– se asomaba Juan Frutos, pero volvía a cerrar la puerta.

El pintor era hipercrítico y mordaz. En su balance del entorno artístico cultural no dejaba títere con cabeza, mas esa faceta la ejercía solo en privado, cuando tomábamos café en la sodilla El Indostán, o en el Billy Boy, y disparábamos todo el veneno que nos transpiraba la aldea. Vivía un poco alejado de los círculos culturo-conspirativos, aquellos que gastaban el día tras de una invitación, un premio, una beca, o algún canapé de vernissage. Su verdadero afán era pintar, pintar y pintar, pintar sin descanso; mejorar, a como fuera, la calidad de sus lienzos. Tenía que afinar contornos, y “el problema es el maestro”, según Siqueiros.

Pero también andaba siempre –como buen agitador– maquinando alguna performance para despabilar la miseria intelectual en que nos movíamos. Mis críticas en La Nación destrozaban algunos espectáculos de teatro y él gesticulaba a voces, con su anillo de gaviota en la mano izquierda: “sos un escorpión saco de veneno”, me decía. Pero él no lo era menos con sus colegas de la pintura, sobre todo con algunos, que no podía ver ni en los murales del Banco Anglo. “Esos que venden telas por metro”, sentenciaba. Tenía una gallardía, una altivez, una conciencia, un orgullo de su persona y de lo que hacía, que a mí me encantaban, pero a los faranduleros de los 70 los fastidiaba mucho.

En las frecuentes tertulias de la movida setentera, se cocinaron muchas actividades que marcaron el éxito del naciente ministerio: Rafa no se quedaba quieto. Agitaba mucho más que pinceles. Montó su galería LIQSA en el cuarto piso de un edificio allá por La Sabana. Inventó las giras del paisaje rural con el Chino Morales y Juan Luis Rodríguez; el concurso dominical de acuarela; otro show que llamó el Parque de la Expresión, en el ídem de España; por cierto, un éxito multitudinario y acaso la semilla del posterior Enamórate de tu ciudad y de Transitarte.

Con Guido Sáenz impulsó el certamen de portadas, un concurso donde participaban todas las carátulas de libros que se habían publicado en el año, con sendos premios de mil, dos mil y tres mil colones a los ganadores. Diseñó las escenografías y vestuarios de varias obras: Volpone, Sarah Bernhardt, entre otras. Propició la primera bienal centroamericana de pintura y, allí, en 1971, le pegó un tortazo a José Luis Cuevas. Y en fin… Ese mercurial Rafa no paraba, y a todos les tendía una mano para que lucieran sus pinceles, aunque no estuviese muy de acuerdo con sus creaciones. Al igual que Voltaire, se desvelaba por el derecho a que los otros se expresaran, aunque en la intimidad quisiera fulminarlos. Y los fulminaba. Al menos en el cafetín.

A propósito, tenía unas manos fuertes y pesadas, como las de Tuzo, construidas a pura mecánica dental, y más para el fresco y el óleo, que para la filigrana o la acuarela. Un pintor con manos de escultor, dijo alguien. Tuvo que amansarlas a pura voluntad y ejercicio.

Cuando saludaba, lo hacía con mucha energía. Talvez porque en el ring callejero de la iglesia de La Soledad había practicado boxeo, pero más le gustaban los toros, los de lidia. Aunque nunca se vistió de luces, en los noventa visitaba todos los años la Real Maestranza de Sevilla o la Plaza de las Ventas (tendido 7, fila 11, asiento 1). Influencias de Goya.

Había estudiado en Managua y un día, en las gradas de la residencia estudiantil, se tropezó con Mirna Tercero, la diplomática hondureña que le hechizó para siempre. “Yo iba subiendo las gradas… y el amor venía bajando”, le gustaba recordar. Acabó viajando con ella hasta Honduras, pero no pudo asentarse allá, aunque aprendió a colorear fotos y a esculpir dentaduras, en vez de botarlas, como le pedía su boxing manager.

Allá por los primeros 60, cuando los tiempos eran muy duros, recién venidos de Honduras, en una casita del INVU, tal vez en Hatillo 5, el pintor ponía su caballete en el cuarto de pilas. Con cinco de familia no había más. Pero después viviría en Madrid cuatro años y triunfaría con sus majas y cuadros de lidia. Instaló allá su pisito y vendió suficiente como para volver a San Pedro a montar un atelier grande y cómodo donde extender sus acrílicos con teatrinos, retablos y marionetas. Ya venía famoso.

Se movilizaba Rafa en una camioneta verde amarilla que chirriaba toda cuando arrancaba y disparaba gases subiendo Cuesta de Moras. En ella paseaba a Mirna y a sus cinco pequeñines (Jorge, Karla, Alma, Miguel y David), pero también los trastos o caballetes que su ministerio le exigiera.

En una charla en la Soda Palace coincidimos en que no era para nada justo que los ricos de este país tuvieran, en sus mansiones, estupendas obras de arte que solo disfrutaban ellos y sus mascotas. Nos fuimos carboneando poco a poco al calor de mucho café y cada uno indicó haber visto un Picasso en casa de Fulano, un Foujita en casa de Mengano, un Dalí en la jardinera de Perencejo, un Siqueiros en la sala de Sutanejo, dos Portinari en la embajada equis, un Kandinski en la familia Chif o algún Chagall en la hacienda Popof, etc., etc.  No había ningún Rembrandt ni Da Vinci, ni tampoco Van Gogh o Miguel Ángel, pero era mucho lo que se ocultaba entre paredes de millonarios. ¡Injusto!, pensamos los dos “güilas”.

–Saquémosle esas joyas a los ricos y las ponemos a ventilar en el Teatro Nacional para que los pobres las puedan ver… Graciela nos presta el foyer.

–¿Y por qué no en un parque? Ahí donde hacés vos la feria.

– Estás loco, ¿te imaginás que se mojen?

–Yo pongo la camioneta para transportarlas y pedimos en la UCR los paneles para colgarlas.

–Y La Nación puede ayudarnos con algún dinero para exhibir la muestra en ocasión de su aniversario. Voy a hablar con Guido.

Eran los 70 y el clima político del mundo –como siempre– andaba medio agitado:  pasó el terremoto por Managua (72), la guerrilla por Guatemala, la guerra en Gaza, el golpe a Salvador Allende, don Pepe reanudó relaciones con la URSS, vino Sandro y cantó con Paco Navarrete en el Club Unión, Solón Sirias en El Gran Parqueo, Vesco en pleno escándalo financiero y, por San Chepe, una intensa campaña electoral que elevaría a Daniel Oduber al mando y a Carmen Naranjo al Ministerio. La vida artística muy intensa, con los teatros llenos de suramericanos y visitas de lujo como Louis Armstrong y la orquesta del Teatro Colón.

También hubo amenazas contra el arte. Un pintor alocado agarró a cuchilladas una obra de la exposición comunista rumana en la Sala Jorge Debravo; en el Vaticano, se liaron contra La Piedad; y en Washington le rompieron al propio Rafa varios cuadros por cuestiones de racismo.

Hablé con Guido Fernández, quien era mi padrino cultural y pronto lo sería también en mi boda. Primero le pareció que yo estaba loco, que con qué plata íbamos a pagar ese despliegue, que quién nos iba a prestar nada, que de dónde un seguro, que el peligro era mucho.

Le señalé que Rafa Fernández era el asesor artístico del plan, que trabajaba con Beto en el Ministerio y que tenía una camioneta Volkswagen. Le dio mucha risa y afirmó que lo pensaría. Lo planteó en la junta directiva del periódico y consiguió buen ambiente.

Al final de cuentas La Nación aplaudió y se armó una gran fiesta cultural con conciertos, conferencias, teatro, etc. que duró una semana, pero hoy solo voy a contarles acerca de la peligrosa exposición artística del agitador Rafa Fernández.

En esos días –como ya dije– se soltaron por el mundo varias amenazas de agresión al arte y nosotros, ingenuos, estábamos planeando sacar a la calle obras fundamentales de la plástica mundial cuyo valor era de millones de dólares. Mas ya habíamos contactado con algunas familias y no se podía echar para atrás. Así que para adelante con todo y susto.

El pintor le arrancó una fila de asientos a la pedorra VW, le metió dos colchones de espuma, dos mecates verdes y el hijo de mamá iría atrás, sosteniendo a Guayasamín, Soulages, Hartung, Sorolla, Manessier, Fortuny, Lam, Dufy, Picasso y más, sin que sus dueños lo supieran… ni quisieran saberlo.

Decidimos que se exhibirían solo pintores extranjeros y eso impidió que la colección de Max Jiménez acudiera, pues uno de sus hijos me regañó por no incluir a su papá. Pero es que si metíamos a un tico, quien iba a sostener a los otros.

Frente al temor de algún daño, mi padrino logró que el periódico pagara un seguro al INS, entidad que lo ofreció a prima reducida, pero que solo cubría ¢1 millón por daños. Cualquiera de las piezas transportadas valía cinco veces esa cantidad, ¡y eran 25!

El Ministerio de Seguridad Pública nos puso un par de “efectivos” –como dicen ellos– en la puerta del foyer. La Nación –que estaba cerquita– nos enviaba un guachimán a dar vuelta de vez en cuando, y Guido nos mandó a comprar dos pistolillas de gas que tenían forma de lapicero: una para el artista curador y otra para mí, por si llegaba algún asesino de lienzos. Eran simpáticas las pistolitas, aunque pesaban mucho en la bolsa de la camisa.

Convencer a los prestatarios fue ardua tarea, mas, para mi sorpresa, las familias adineradas se portaron a la altura del Everest y solo los hijos de Max Jiménez me negaron dos Modhigliani que tenían en su casa, y eso fue –como ya dije–porque no quisimos incluir obras de su papá, que si bien es muy grande, nos hubiera abierto un portillo a la contraoferta local. No hubo un solo costarricense. Creo que ni Paco Zúñiga, que ya se había hecho mexicano.

Hicimos varios recorridos por la ciudad levantando la riqueza de los coleccionistas y amontonándola en el fumoir del foyer, como si fueran chunches viejos tapados con trapos usados que no llamaran la atención.  A veces pasábamos por varias residencias en gira nocturna y a veces hasta café nos servían. El más generoso fue Daniel Yankielewics, quien tenía la más grande colección privada de foráneos y nos prestó muchas piezas sin pedirnos garantía de nada. Doña Karen Olsen nos facilitó un Picasso, lo mismo que la familia Pirie, y don Pepe Marín Cañas un Fortuny. Muchas familias prefirieron emprestar en el anonimato, pues seguro recordaban el robo de “La Mona Lisa” en el Louvre o el martillazo que le dieron unos vándalos a la Pietá apenas unos meses atrás… Y nosotros como si nada.

Carretoneámos millones de dólares en obra de arte por las agujereadas rutas de San José y ni siquiera tuvimos miedo de que se golpearan o nos garroteara algún asaltante culto. ¿Una odisea? ¿Una locura? ¿Una ordalía?… Ni los de Ocean Eleven.

La exposición se inauguró a las diez de la noche del lunes diez de marzo de 1975, luego de la ceremonia de entrega de los Premios Áncora en la sala magna del Teatro. La Nación ofreció un vino, no recuerdo de qué cepa, pero no sería muy caro, y llegaron todos los premiados, sus familias y los dueños de las obras.

Una noche de gala. El pintor se movía entre los paneles con una pistola de gas en el bolsillo de la camisa y un centinela de La Nación “enjachaba” a todo aquel que no tuviera corbata o se moviera sin ojos de diletante o entendido. Tampoco recuerdo cómo, colegios y escuelas de San José se organizaron para llevar a sus alumnos a recorrer la muestra durante toda la semana en el horario diurno. Seguro Carmen estuvo detrás.

Una quincena después, en la misma camioneta verde amarilla del hoy recordado Premio Magón 2002, pasamos devolviendo los cuadros y no tuvimos una sola rasgadura.

De las actividades complementarias que se organizaron para esa fecha, con el apoyo del Ministerio, de Carmen Naranjo y de Norma Loaiza, tendrá que dar cuenta algún otro memorioso, porque ya esto se me ha puesto muy largo y mis neuronas no dan para tanto. De por sí, todo consta en las páginas del periódico, del 1 al 17 de marzo, de aquel año tan peligroso en que Rafa Fernández no fue a parar a la cárcel.


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