Alfonso Cuarón

La existencia es una experiencia de soledades compartidas

El cineasta Alfonso Cuarón habla sobre Roma, la película mexicana que internacionalmente más expectativas ha generado en la historia del cine. Como una_obra_muy_personal, el realizador habla desde su subjetividad con el periodista Gabriel Lerman para el diario español La Vanguardia.

¿Esperaba semejante respuesta a Roma cuando la presentó en Venecia?

–La verdad, no. Ha sido una sorpresa porque es una película que podrías reducir simplemente a “película mexicana, en español, blanco y negro, mixtecos, actores desconocidos, una experiencia acerca de una familia muy específica, en un momento muy específico”. Y lo que ha sido una gran sorpresa es el efecto emocional que ha tenido con públicos en distintos lugares del mundo. Hubo una respuesta emocional verdaderamente intensa y poderosa, y eso me sorprende, me reconforta. Es cotejar que sí tenemos una experiencia humana común, y que esa es la raíz de la empatía.

¿Diría que este es un viaje a su memoria o a una representación escénica de sus recuerdos?

–La verdad es que la memoria es una narrativa que está totalmente cambiada por nuestra percepción, porque además la única manera en que te acercas a tus recuerdos es desde la perspectiva de tu presente. Por eso todas tus memorias están contaminadas por tu percepción del presente.

¿Cuán fuerte fue la experiencia de recrear su infancia?

–Fue fuerte. La filmé en la calle en la que yo viví, y la mayoría de las locaciones son las mismas en las que pasaron las cosas. El jardín de párvulos es el mismo al que fui yo. Lo que pasa es que mientras me preparaba para rodar estaba tan concentrado en que las cosas salieran bien, que me llevó algunas semanas darme cuenta de lo que estaba viviendo. La primera semana uno está muy ocupado aprendiendo a comunicarse con el elenco y el equipo, ajustando detalles de las escenografías, diciendo que tienen que cambiar una cerámica porque no es la que corresponde y ese tipo de cosas. Pero hubo un momento en que ya todo estaba funcionando y me di cuenta de lo que estábamos haciendo. Era verdaderamente increíble. Estaba viviendo en el lugar en el que lo había hecho de adolescente, rodeado de gente que era idéntica a la que yo conocí, reconstruyendo situaciones que yo ya había vivido. Era muy raro todo, una verdadera locura.

¿Por qué quiso ser tan específico al recrear ese vecindario?

–Hicimos todo lo posible por filmar en los lugares en donde pasaron las cosas, y Eugenio Caballero hizo todo lo que estaba a su alcance para que esos lugares lucieran como lo hicieron 40 años atrás. Filmamos en mi calle, y él tuvo que cubrir muchas fachadas que fueron modernizadas. Hay una avenida que hay que cruzar, y ha cambiado por completo. Pero ese era precisamente el motivo para hacer esta película. No pasaba solo por seguir a algunos personajes, sino por honrar una época. Quería ser auténtico con el espacio que iba a mostrar.

¿Fue difícil reconstruir lo que no pudo localizar?

–Fue un reto en cuestión del tamaño del set que se tuvo que construir. Era un set de muchas cuadras, pero además nos costó encontrar un espacio lo suficientemente grande. Tuvimos que construir tienda por tienda. Y no solo fue construirlas, sino decorarlas, darle vida a ese lugar, a cada tienda. Si ves la película vas a ver el detalle que cada tienda tiene. Desde las tiendas de fotografía con las cámaras de la época, los vestidos de moda de la época, la veterinaria con los objetos de la época, además de los perros, la cafetería, el banco con los papeles de banco de la época…

¿Por qué decidió que sus actores no tenían que ser profesionales, con la excepción de Marina?

–Nunca tomé esa decisión. Estaba abierto a contar con actores profesionales o no profesionales, porque lo que me importaba era que lucieran como la gente real. Fue una coincidencia que la mayoría fueran aficionados y que la única profesional fuera Marina. Eso hizo que el proceso para ella fuera aún más difícil.

¿Fue una especie de experimento? Marina cuenta que básicamente creó el mundo para que ellos existieran allí dentro…

–Esa fue la idea. Yo tenía mi guion y les daba información específica a cada uno de ellos, muchas veces contradictoria, por eso cada vez que decía “acción” se generaba un caos asombroso, y todo dependía de los actores. Fue asombroso ver verdaderos momentos de espontaneidad toma tras toma.

Una de las cosas que tiene su película es que es una historia autobiográfica y, sin embargo, hay dudas respecto de quién es usted en la película. ¿Por qué quiso ponerse tan atrás en el relato?

–Porque a mí el personaje que me interesaba era Cleo. O sea, nosotros somos extensiones, en ese sentido, de ella. A mí me interesaba explorar ese tiempo de infancia, pero quería hacerlo siguiendo el punto de vista, las circunstancias de Cleo, porque además me parece que abren otro universo. Porque a partir del universo de Cleo ves también esa burbuja de familia de clase media burguesa. A partir de ahí se puede hacer un caleidoscopio de lo que es México en sus clases sociales. A partir de ahí pude explorar muchas cosas, algunas conscientes, otras no. A mí la verdad lo que me intrigaba en la película es ese misterio de la vida, ese misterio de la existencia que es cómo estamos limitados. Por un lado, el espacio y el tiempo nos limitan, y a la vez nos relacionan con otros seres humanos. Son totalmente azarosos y, sin embargo, son los que te forjan. El hombre es en realidad bastante sin sentido. En realidad, la existencia es una experiencia de soledades compartidas. Lo único que le da sentido son estos lazos afectivos. Y qué mejor para mí que hablar de uno de los aspectos más poderosos de mi vida, de mi infancia.

Tomado de La Vanguardia


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