La dimensión utópica de El Quijote

Desde el punto de vista de la historia de las letras, la celebérrima obra del escritor español Miguel de Cervantes Saavedra El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha

Desde el punto de vista de la historia de las letras, la celebérrima obra del escritor español Miguel de Cervantes Saavedra El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha es la primera gran novela de la historia de la literatura universal. Mucho del éxito logrado por este género literario, el único que ha creado la modernidad, como es la novela, se debe precisamente al carácter de obra maestra indiscutible reconocida unánimemente al Quijote, hasta el punto de que el personaje protagónico de este relato novelado, el viejo y empobrecido gentil hombre que empleaba sus ocios “de claro en claro y de turbio en turbio” de su prematura vejez en leer las novelas de caballería y que, por eso mismo, se le secó el seso, se ha convertido en el mundo entero y en todas las culturas, en una especie de “arquetipo mítico” para emplear un término de Karl Jung.

Tanto es esto así que en los más diversos idiomas, algunos de ellos muy alejados del nuestro de raíz latina, como es el caso de las lenguas asiáticas, para dar tan solo un ejemplo, existen sustantivos como “quijotadas”, o adjetivos como “quijotesco”, o a personas concretas se les califica de “quijotes” refiriéndose con ello a actitudes o empresas idealistas tan nobles como ilusas. Don Quijote se ha convertido en un ciudadano del mundo. La obra de Cervantes es, junto a la Biblia, uno de los libros más traducidos, difundidos, leídos y comentados en el mundo entero y en todas las lenguas y culturas del planeta. Esto lo hace uno de los libros más influyentes en la historia de la humanidad. ¿A qué se debe este impactante fenómeno?

El siglo de oro español creó tres grandes “arquetipos míticos” que han trascendido las fronteras del espacio y del tiempo, y que han impregnado todas las artes y todos los géneros literarios de los siglos posteriores. Me refiero a La Celestina de Fernando de Rojas, a Don Juan Tenorio personaje de la obra El burlador de Sevilla de Tirso de Molina y, por supuesto, a Don Quijote de la Mancha de Miguel de Cervantes.

Como bien sabemos, quienes fueron los primeros en convertir a las figuras de la mitología en personajes de la literatura, especialmente de la dramaturgia, fueron los griegos a partir de la creación misma de la literatura occidental gracias a la tradición homérica. En los mitos, los personajes son deidades. Al convertirse en personajes literarios, estas se desacralizan y se humanizan.

Con la aparición de la dramaturgia surge, como suprema expresión del arte, la tragedia. Gracias a la tragedia, el arte adquiere no solo su máxima madurez sino también una dimensión metafísica. Es al alcanzar la hondura de la tragedia que el arte reasume los grandes interrogantes que dieron origen al mito y que expresan la plenitud del pensamiento especulativo.

A través del lenguaje simbólico, lo real se convierte en metáfora que vehicula esas grandes interrogantes que agitan el corazón humano desde que el hombre existe: el porqué de la vida y de la muerte, del bien y del mal, el sentido de la vida frente al sufrimiento y la injusticia, etc. Para enfrentar esos grandes enigmas y desafíos de la existencia, el ser humano más que a la razón recurre a la pasión.

Es el enfrentamiento de pasiones incontroladas lo que propicia la dimensión trágica de la existencia que solo encuentra en el arte su lenguaje y medio de expresión. Es por eso que el arte no pretende explicar lo inexplicable del humano existir, sino conmover al hombre ante su inexorable destino. Al llegar a esta esfera, la palabra adquiere una dimensión estética que la convierte en arte puro, el arte literario.

Pero lo propio del arte es que no ve estos interrogantes en sí mismos sino al interior de la experiencia existencial, al interior o en la intimidad del corazón humano.

Por eso es que solemos decir que el arte lo que hace es crear subjetividades. Ve lo real, pero desde la experiencia subjetiva. Asume las grandes cuestiones metafísicas de la existencia humana no desde el razonamiento conceptual del filósofo, sino desde la intuición del artista, desde la imaginación creadora en donde reflexiones y sentimientos, pasiones y conceptos se mezclan sin solución de continuidad como en la vida misma.

El arte conserva, no solo la frescura de la experiencia primigenia, sino también la plurisemia del lenguaje simbólico susceptible, por ello mismo, de distintas interpretaciones, de diversos acercamientos, todos igualmente válidos y legítimos, siempre y cuando permitan una mejor comprensión de aquella intuición primigenia que dio origen a la obra creadora.

Pero el lenguaje, al mismo tiempo que es un puente que nos permite asumirnos como seres humanos, es también una muralla que, mal asumida, se convierte en un muro infranqueable que nos encierra en el solipsismo y nos impide a su vez, reaccionar creativamente frente al mismo.

Por ende, para que haya esa comunicación e interpretación creativa de la obra de arte, se requiere que el autor construya subjetividades. Pero para llegar a estas y asumirlas creativamente es preciso igualmente penetrar a través de lo que Hegel llamaba “objetivaciones”; es decir, comunicarse a través de un universo objetivo que se interpone entre el creador y su receptor.

De ahí que, para llegar a la comprensión o interpretación de la obra, sea necesaria la intelección o análisis objetivo de las circunstancias cuya interiorización hizo posible la subjetivación, tanto del universo del creador, como del receptor de la obra, tanto del autor como del lector. Esto es lo que Ortega y Gasset llamaba “la circunstancia”.

En consecuencia, “la circunstancia” es la dimensión objetiva que envuelve por igual al autor y al lector. Cada uno posee su propia circunstancia. Esta circunstancia es tanto más grande o abismal cuanta mayor es la distancia en la cultura y la lengua, en el tiempo y el espacio que separa a ambos.

Tratándose de un clásico como es el Quijote, escrito hace cuatro siglos y en un país que no es el nuestro, esa circunstancia constituye el mayor obstáculo para una fecunda comprensión de la obra. Es por eso que, para la recta comprensión y, por ende, para un auténtico disfrute estético de una obra maestra de la literatura universal, debemos comenzar por contextualizarla, por situarla en el contexto o circunstancia dentro de la cual fue creada para luego esclarecer su vigencia; es decir, actualizarla, verla desde la perspectiva o circunstancia que es la nuestra como lectores de inicios del siglo XXI.

Contexto histórico

Cervantes escribió el Quijote a inicios de un nuevo siglo, de una nueva época. Conviene hacer notar que es precisamente a comienzos del siglo XVII que nace lo que hoy llamamos la modernidad y que abarca los siglos siguientes. Pero si una nueva época se inicia es porque otra anterior termina. En el caso de Cervantes, termina el Renacimiento, época que vio morir más de mil años de Edad Media o régimen de cristiandad feudal y rompió con la hegemonía de la Iglesia en materia cultural, en la producción del arte y de las ideas.

El Renacimiento abrió la Cristiandad europea al mundo, hizo de la cultura occidental una cultura universal y expandió el cristianismo y el dominio colonial de las potencias europeas, especialmente de España, la gran potencia mundial durante todo el siglo XVI, y en el planeta entero.

Pero las últimas décadas del siglo XVI que Cervantes vivió como soldado del ejército del rey Felipe II, el poderío español decae. España entra en un proceso irreversible de decadencia, que abarca todos los campos: lo político, lo militar, lo demográfico y lo económico.

Solo hubo un campo en que la España del siglo XVII floreció: el cultural. El arte clásico, inspirado en los modelos antiguos de Grecia y Roma es sustituido por una nueva estética: el barroco.

El barroco y la utopía

Frente al rigor formal de los cánones que regían la estética del clasicismo, el barroco retorna al origen de la literatura vernácula como fue la picaresca y, con ello, recupera el  habla popular, reivindica la sabiduría ancestral de los aldeanos y hace del hombre y de la mujer del pueblo sus personajes favoritos. Ya no son solo los príncipes y eclesiásticos los personajes o receptores de las obras de arte. Con el barroco, la picaresca adquiere una dimensión universal y consolida el arte vernáculo y, con ello, las lenguas nacionales.

El barroco descubre, a su vez, el placer como fin del arte. Hay una especie de erotismo en las palabras mismas. La invención de nuevos vocablos, un cultivo deliberado del pleonasmo, de los tropos; las metáforas más osadas y la metonimia se convierten en la razón de ser del arte literario, se asumen como un fin en sí mismo. Hay una exuberancia verbal, una riqueza ornamental en todas las formas de expresión que hace que, con frecuencia, la forma oculte el fondo o a este cueste discernirlo de aquella.

Sin embargo, los mejores exponentes del barroco permanecen fieles a sus raíces populares e, incluso, la reivindicación de las luchas populares se hace presente con fuerza y constituye un tema para su inspiración creadora. Tal es el caso de la conocida obra de Lope de Vega Fuenteovejuna.

Sin embargo, el Quijote de Cervantes va más lejos, va más allá de la protesta popular o de la reivindicación abierta de las causas populares. Va, incluso, más allá de la denuncia frente a los poderes establecidos, como es el absolutismo de los príncipes, o la avaricia de la naciente burguesía, o el dogmatismo y el puritanismo de la Iglesia.

Con su larga experiencia de soldado trotamundos, con sus experiencias de prisionero en cárceles de países extranjeros, con su lúcida conciencia de la decadencia de la España imperial como potencia mundial hegemónica, Cervantes crea un personaje cuya lucidez lo lleva a la locura, pero a una locura que denuncia los atropellos y las injusticias y se impone como tarea primordial de la vida “desfacer entuertos” y, al mismo tiempo, proponer alternativas.

En el Quijote hay una utopía, esto es, una propuesta clara y lúcida de una sociedad alternativa, de un mundo diferente como posible y realizable. A eso se le llama “utopía” o “pensamiento utópico”. Para expresar ese cuestionamiento de la sociedad de su tiempo y denunciar las injusticias, los atropellos causados por poderes autoritarios y anacrónicos, para levantar la voz por los sectores oprimidos, Cervantes hace de su personaje un loco.

La locura es un recurso propio de los autores más críticos del Renacimiento.

En concreto, el gran humanista Erasmo de Rotterdam escribió su Elogio de la locura para denunciar los vicios de la sociedad de su tiempo, especialmente del clero, la vacuidad de la falsa erudición, los vicios morales de quienes farisaicamente predicaban autoritariamente una virtud que no practicaban. Si a eso se le llamaba sabiduría, ciencia, razón, Erasmo prefería ser un loco, elogiar la locura, porque en una sociedad donde todos son corruptos e ignorantes y a eso se llama “sabiduría”, solo cabe ser loco para poder, así, reivindicar la verdadera sensatez y honradez.

No será otro el mensaje de Cervantes al hacer de su personaje un loco, pero un loco no agrio ni amargado, sino profundamente humano. Excéntrico pero noble, iluso pero generoso, entregado a una causa hasta el delirio y la demencia, fuera de su tiempo porque un hombre idealista como Don Quijote no cabía en una época de decadencia moral y política.

Pero esto es solo un aspecto, el más visible de la obra de Cervantes y del universo quijotesco creado por él. Cervantes era consciente de que la denuncia ideológica o política por sí misma no basta por más noble y heroica que sea. Frente al rechazo de los males imperantes, frente a la nauseabunda decadencia de una sociedad y de un régimen político obsoleto e inhumano, la denuncia es lo primero pero no lo único. Si se denuncia algo como malo es porque se tiene de alguna manera una noción o idea de lo que se considera como bueno o mejor. Es decir, se requiere crear una alternativa que llamamos “utopía”.

Eso fue lo que hizo en los días de Erasmo otro gran humanista, el estadista inglés Tomás Moro. A él se debe el término mismo de “utopía”. La palabra por sí sola en su etimología es equívoca, pues viene del griego “ou, ouj”, que significa “no” y “topos” que significa “lugar”. En consecuencia, “utopía” etimológicamente significaría: “en ningún lugar”.

Sin embargo, en el uso semántico del término no se quiere significar que el tipo de sociedad que se propone no existe en ninguna parte, sino que no existe en la sociedad o época en que vive el autor, si bien existe o existió en un lugar remoto o lejano como una isla o territorio situado en los confines poco conocidos de la tierra.

Pero la sociedad de que se habla y que se describe ciertamente existe. Con ello el autor quiere decir que, si bien se trata de una sociedad ideal, es decir, no real en su medio, sí es realizable en el futuro porque es o ha sido real en otras culturas o en otras latitudes. Se trata, en consecuencia, de una propuesta política alternativa, de esbozar un modelo de una sociedad alternativa.

Sin embargo, Cervantes, si bien recurre al discurso utópico como hizo Moro, no pone la utopía fuera de su España natal pero sí fuera de su tiempo. Por eso recurre al mito de la Edad de Oro. Y lo hace respetando, incluso, la forma atemporal que emplean los relatos de mitos fundacionales o primigenios, aquellos que versan sobre los orígenes de los tiempos, sobre el origen de la sociedad. Estos mitos comienzan por una especie de negación del tiempo: hubo una época en que los hombres eran felices y la sociedad en que vivían era perfecta. Tal es el relato que hace Don Quijote a los cabreros cuando les habla de la Edad de Oro. Con ello Cervantes recurre a un argumento de autoridad, porque este relato mítico remonta a Platón y a Virgilio en la Antigüedad clásica griega y latina y, de esta manera, evita o soslaya la acusación de innovador o revolucionario.

Pero el recurso al pasado se convierte no solo en una invocación poética, sino en una denuncia política, en una crítica al orden imperante. Si en el pasado las cosas fueron mejores, esto quiere decir que las cosas en el presente no tienen por qué seguir siendo malas inexorablemente. Pero también, la denuncia se convierte en acusación en la medida en que, si las cosas han cambiado para peor, es porque alguien las hizo así y, por ende, alguien es responsable de la situación deplorable de decadencia en que ha caído la sociedad actual.

En los inicios de la obra, en el relato de la Edad de Oro, Don Quijote justifica las empresas que acaba de iniciar y las que hará en lo sucesivo. Con ello, Cervantes justifica, de su parte, el motivo o razón por la que ha escrito su obra. Don Quijote termina su perorata definiéndose a sí mismo como el gran reivindicador de las injusticias, como el hombre que no se limita a denunciar, sino que emprende acciones concretas para acabar con todo lo que le parece injusto. Pero lo hace como un ciudadano o caballero solitario que se lanza por campos y veredas del anchuroso mundo de las Españas.

No hay, sin embargo, una propuesta alternativa debidamente estructurada, no hay una especie de propuesta de gobierno. Esto por una sencilla razón: Don Quijote no tiene poder, solo dispone de un cúmulo de buenas intenciones, solo tiene el propósito de cambiar el mundo sin más recursos que su generosidad y la nobleza de sus ideas e ideales.

Don Quijote pronto se aleja de la corte del duque, busca el bucólico retiro del campo como los poetas, busca un refugio en el arte puro. Pero allí tampoco encuentra su solaz. La conciencia de su decrepitud lo hace retornar a su hogar y allí, junto a los suyos, entre las lágrimas de su fiel escudero muere no sin antes recobrar la lucidez; precisamente, por eso muere. Un Don Quijote que no sea loco no puede vivir mucho; solo siendo loco se puede soportar vivir en una sociedad donde campea la corrupción.

Por eso, las personas lúcidas y honradas, ante tal alternativa, solo ven la muerte como un desenlace último y fatal. Lo que comenzó por ser una aventura noble y desinteresada, termina con un desenlace trágico.

Pero más allá de las lágrimas de Sancho y de los allegados de Don Quijote, hay una nota de esperanza cuando el agonizante caballero, más que nunca merecedor del autocalificativo

de “caballero de la triste figura”, deja como mandato y último testamento un consejo a su fiel escudero cuando le dice que él debe seguir con la labor emprendida por ambos. Sancho insiste, en un supremo y desesperado esfuerzo… pero en vano.

Esta vez, el loco es Sancho al suplicarle a su señor que emprendan de nuevo sus andanzas. Sancho no puede vivir ya de otra manera que no sea secundando las locuras de su señor que ya no le parece tan loco. Por el contrario, lo ve como el único ser humano que merece ser seguido. Pero Don Quijote le responde que él solo debe asumir su legado. Para Cervantes la única manera de salvar la humanidad es unir a Don Quijote con Sancho Panza, impregnar del idealismo de Don Quijote la vitalidad y el realismo de su escudero.

Tal es la auténtica utopía que nos propone Cervantes como motivo de esperanza frente a los nuevos tiempos. Pero eso solo ha sido posible porque en toda su obra Cervantes nos ha mostrado que la utopía no está en un lugar fuera de nosotros, sino en un ámbito interior en cada uno de nosotros.

La gran lección que nos deja esta obra inmortal es que Don Quijote es algo más que un mito, algo más que una ficción literaria, por más genial que esta sea. Don Quijote es uno de los grandes relatos míticos de la literatura del siglo de oro de España y, como tal y al igual que La Celestina y Don Juan Tenorio, es una dimensión del ser humano.

Don Quijote expresa simbólicamente la dimensión onírica, la imaginación creadora que acompaña a todo aquel que se proponga vivir auténticamente. Cultivar esta dimensión del humano vivir es lo que hace que la vida sea realmente humana.

Solo cuando dejamos que el Quijote que todos llevamos dentro actúe, sueñe, cree e imagine libremente; solo cuando somos quijotes, solo cuando soñamos podemos ser realmente seres auténticos. Cultivar sueños e ideales, pergeñar utopías, luchar por una sociedad alternativa, enfrentar retos y forjar sueños es lo único que nos puede redimir del cinismo y de la corrupción. Tal es la gran lección que nos deja Cervantes y que hace de su Quijote una obra imperecedera.


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