La Academia que registra cómo se habla en Costa Rica

La primera junta de la Academia Costarricense de la Lengua fue un viernes 12 de octubre de 1923, a las cuatro de la tarde, entre los decorados neobarrocos de uno de los salones de La Casa Amarilla, hoy sede_del_Ministerio_de_Relaciones Exteriores.

La Academia Costarricense de la Lengua es la notaria de la variante del español que se habla en Costa Rica. Y es notaria en tanto deja testimonio de los acontecimientos lingüísticos de la que es testigo; o sea —fuera de uno u otro aspecto ortográfico—, no busca la determinación de “cómo se tiene que hablar”, sino de “cómo se habla”. No procura señalar lo “correcto” o “lo incorrecto”; la Academia pretende contar cómo nos expresamos en este país. Al indicar “este país” se dice que, por su nuevo estatuto y reglamento, está obligada a propiciar el conocimiento de la condición multilingüe y pluricultural de la nación.

Primer acta de la Academia correspondiente al 12 de 1923 fecha de su fundación. 

Así, ve con buenos ojos —repito, estatutariamente dispuesto— las voces y locuciones que sean aporte del bribri talamanqueño o del francés que la migración haitiana o canadiense habla; del cabécar de La Estrella, de Chirripó o de Ujarrás, o del patuá o del  mekatelyu caribeño; del ngäbere o del teribe de Daytonia o Sixaola; o del hebreo judeo-costarricense… Sí, a la Academia Costarricense de la Lengua le caen bien el abejón chiquisá, la orquídea que nos aúna y que en el país llamamos ‘guaria’ (palabra de origen indígena, probablemente de alguna de las lenguas desaparecidas); no ve mal al rugoso güitite; y, arriesgo, que gusta de un rompope con clandestino “chirrite”… Pero me adelanto y pierdo el orden.

Su nombre, el de la Academia, es: Academia Costarricense de la Lengua, correspondiente de la Real Academia Española. (Correspondiente, en este caso y en lo que a corporaciones refiere, alude al miembro, no fijo, que reside fuera de la sede principal, y colabora por correspondencia, y que tiene derechos y deberes según se disponga reglamentariamente). Es una corporación docta, de bien público, laica y aconfesional. Se constituyó para “la promoción, estudio y aprecio de la lengua española y las producciones literarias, filológicas y lingüísticas escritas en este idioma”.

Y ¿qué hace? ¿Con qué más está llamada a cumplir? Digamos, grosso modo, que tiene un decálogo de fines: El cultivo de la lengua española y de sus manifestaciones literarias; la contribución al desarrollo científico y tecnológico; el respaldo a la condición multilingüe y pluricultural del país; el fomento de la lectura; el estudio y uso de la norma culta en su diversidad; la membresía y la contribución a la Asociación de Academias de la Lengua Española; el reconocimiento del uso de la lengua de conformidad con el contexto correspondiente; la contribución al incremento del léxico; el estímulo de la publicación de obras para el desarrollo idiomático y la atención de consultas de autoridades educativas, administrativas y judiciales.

Se estableció en 1923. En algún momento se dijo que se inauguró el jueves 15 de febrero de ese año, pero no. Ese día lo que se realizó fue una segunda junta preliminar —hubo dos juntas preliminares—, en el Salón de la Biblioteca Nacional. (Ocupaba, la Biblioteca, un bellísimo edificio, hoy día destruido y su plaza convertida en un esquinero y funcional estacionamiento… Que no le hace ningún favor ni a la forma en que los ticos asumen la protección de su arquitectura, ni a lo augusto de lo que fue continente). El equívoco se podría deber a que el acta de ese cenáculo consignaba que “Se celebró la primera reunión de la Academia”. Pero no se inauguraba todavía, y aquello solo fue una forma de hablar. La primera junta de la Academia, propiamente dicha, en verdad ocurrió un viernes 12 de octubre, a las cuatro de la tarde, entre los decorados neobarrocos de uno de los salones de La Casa Amarilla (sede del Ministerio de Relaciones Exteriores).

Hacer mención de los nombres de quienes han sido, y son, integrantes de la  Corporación es hacer un recorrido por la historia de las letras, las ciencias y de la política de Costa Rica. En la nómina de los académicos fundadores (fueron dieciocho) encontramos nombres como Cleto Gonzáles Víquez (†), Ricardo Jiménez Oreamuno (†), Julio Acosta García (†), Alberto Brenes Córdoba (†), Justo A. Facio de la Guardia (†), Carlos Gagini Chavarría (†), Roberto Brenes Mesén (†), Joaquín García Monge (†). Otros miembros fueron: Anastasio Alfaro González (†), Julián Marchena Valle-Riestra (†), Joaquín Gutiérrez Mangel (†), Isaac Felipe Azofeifa Bolaños (†), Luis Dobles Segreda (†), Moisés Vincenzi Pacheco (†), Carlos Luis Sáenz Elizondo (†), Carlos Salazar Herrera (†), Francisco Amighetti Ruiz (†). Entre los de la nómina actual encontramos a Julieta Dobles Yzaguirre, Arnoldo Mora Rodríguez, Mía Gallegos Domínguez, Carlos Cortés Zúñiga; a su actual presidente, don Víctor Manuel Sánchez Corrales, y al secretario, don Carlos Rubio Torres… Y el lector habrá de perdonarme, eso espero, por los nombres que dejo por fuera a causa de la tiranía del espacio. Sin embargo, hay que destacar, es necesario, a doña Virginia Sandoval de Fonseca (†), primera mujer integrante de la Academia, y a doña Estrella Cartín de Guier, primera presidenta de la Corporación.

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La actividad de la Academia, que hoy día es periódica y constante, no siempre fue estable. En los primeros treinta años (1923-1953) los académicos costarricenses se reunieron unas veinticinco veces. No era como para presumir de gran poder de convocatoria ni de exagerados afanes de concurrencia. Los motivos de tan poca actividad son varios y van desde acontecimientos políticos y militares, en el ámbito nacional e internacional, hasta razones de índole personal. Sin embargo, a pesar de la falta de asistencia, siempre hubo un interés marcado en cuanto al cometido y resultados que podían venir del trabajo académico. Además, su labor se vio jalonada por los gravísimos hechos que ocurrían en el planeta. Por mencionar algunos, menciono dos: la guerra civil española (1936-1939) y la Segunda Guerra Mundial (1939-1945). En el primero de estos conflictos, en medio de la destrucción y del salvajismo que implica cualquier guerra, se dio la suspensión de actividades de la Real Academia Española.

Como aspecto interesante, la Academia Costarricense acuerpó una nota, del secretario de la Academia Guatemalteca, don Antonio Vallada, que este remitió al Consejo de Investigaciones Científicas de Madrid, en la que advertía que “la autonomía  de la Academia Nacional Española de la Lengua (sic) y sus filiales en América no pueden ser afectadas por una ley de tendencias políticas so pena de desvincular las actividades que se solicitan por ser contrarias a las ideas democráticas y a la finalidad de las citadas Academias, que se dedican exclusivamente a dar realce a nuestra lengua castellana y a su literatura”. Ignoro a cuál norma se refería con eso de “ley de tendencias políticas”, pero sí creo que el “gazapo” de “Academia ‘Nacional’ Española de la Lengua” no era tal, y se pretendía poner distancia con el Gobierno de Francisco Franco. (Recordemos que el ejército franquista se denominaba “Nacional”; y enfrentaba a los “republicanos”, o partidarios de la República). Pero bueno, eso solo es interpretación mía, sin ir más lejos.

Por otra parte, el director, don Ricardo Fernández Guardia, en plena guerra mundial, en 1941 y a dos años del triunfo franquista, propuso que la Academia Costarricense fuese autónoma de la Real Academia, en tanto esta última academia “siguiera en la situación anómala en que estaba”. Y no dejaba de tener razón práctica la propuesta: para el 14 de junio de ese 1941, hacía más de cuatro años que no se recibía ningún tipo de comunicación de la Academia española. Los demás académicos costarricenses vieron con buenos ojos la propuesta, y tan bien la vieron que la moción se aprobó. Cinco meses después llegó carta del señor Julio Casares —“Secretario Perpetuo” de la Corporación española—. Ahí explicó los motivos del silencio y pidió la colaboración y correspondencia entre las dos academias. Los costarricenses consideraron retomar las relaciones con un ‘pero’. Se determinó realizar una investigación para saber cuál era la condición de la Real Academia con respecto al Gobierno falangista. Consecuentemente, la declaración de autonomía continuaba. (Ahora, así, entre paréntesis, quien esto escribe no tiene idea de cuándo se normalizó la situación… Si es que, oficial o administrativamente, se normalizó. En la práctica, sobre todo después de 1953, se volvió a las condiciones regulares).

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En la segunda mitad de la centuria pasada y en lo que llevamos del siglo XXI, el trabajo de la Academia Costarricense se mueve entre el nombramiento de nuevos miembros, asuntos administrativos, aspectos financieros, premios, nuevas y viejas ediciones, actividades educativas, aspectos lingüísticos del habla, viajes de trabajo, visitas didácticas, y el estudio de textos y contextos idiomáticos… Este año, por ejemplo, están las actividades conmemorativas para Lilia Ramos, el centenario del nacimiento de Eunice Odio, amén del centenario de la primera edición del Repertorio Americano. Pero, ya será en otro  momento cuando el tiempo y el espacio permitan contar acerca de estos y otros quehaceres.


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