Intimidad bucólica

Desde el inicio, la obra poética de Mainor González se ha caracterizado por la irreverencia, el humor, por cierta inclinación al regodeo en la_truculencia,_por_la_exploración_de_una_sexualidad_gozosa_y_libre.

Mudanza

Mainor González

Poesía

Editorial Universidad de Costa Rica

2017

Desde el inicio, la obra poética de Mainor González se ha caracterizado por la irreverencia, el humor, por cierta inclinación al regodeo en la truculencia, por la exploración de una sexualidad gozosa y libre. Con el tiempo el autor ha venido puliendo su estilo, enriqueciendo el lenguaje, siempre directo y sencillo, en ocasiones descarnado, y así sus últimos libros Fijaciones y Mudanza son los mejores de su producción hasta el momento. Fijaciones es un canto casi impúdico al sexo y al cuerpo femenino y sin que estén ausentes las perversiones voyeuristas y fetichistas. Pero no hablaremos aquí de este libro, cuya lectura, en todo caso, recomendamos.

Mudanza aborda temas y motivos diferentes, aunque el humor y la ironía sigan dando el tono al último poemario de Mainor González. La obra posee un marcado carácter autobiográfico y el autor intenta plasmar el cambio –la mudanza– vivido por un “cartago” que debe adaptarse a la realidad física, social y cultural de Guanacaste, concretamente de Liberia. Estéticamente hablando, el reto de las experiencias biográficas consiste en hacerlas trascender; caso contrario, pueden quedar como una serie de simples anécdotas. Lo dicho es frecuente hallarlo en muchas obras poéticas actuales, pero no es el caso de Mudanza; y no lo es justamente porque las experiencias del autor adquieren trascendencia en razón de temas universales que todos podemos sentir y entender: la soledad, el tedio, la incomunicación, la nostalgia, el cambio…

El cambio acompaña a la aventura y a las exploraciones. En el nuevo medio sociocultural las costumbres son otras; los gustos y las formas de divertirse de las personas son otros. Sobre todo, la Naturaleza es otra y parece marcar el tempo existencial de los habitantes. La naturaleza: el sol, el calor, las moscas, las hormigas, los gusanos, los sapos, los grillos, las arañas, los alacranes, las iguanas, los zanates, esos pájaros horrorosos, los murciélagos, los pericos, incluso los monos tienen su particular homenaje en el libro y forman parte de la nueva realidad a la cual el poeta debe acoplarse, una realidad que ciertamente es física pero también emocional, psicológica y existencial. Dice sobre unos  pericos: “y cuando se marchan en bandadas / en busca de nuevas aventuras / dejan la terrible sensación / de que el mundo está a punto de acabarse / debido al incómodo silencio / que se adhiere con sopor a los bosques aledaños.” Es la cambiante música de la Naturaleza y de sus criaturas que marcan el paso inexorable de las horas, de tal modo que cuando se produce una pausa se hace un inquietante silencio y entonces una extraña angustia nace en el corazón humano. Otro elemento físico que se transforma en avasallante realidad existencial es el calor, tan propio de la pampa guanacasteca. En el poema “Calor leemos: “el sol cae en el pavimento como un yunque / desparramando la inercia por el territorio vislumbrado / dejando una impresión de cataclismo / entre los pliegues arrugados del concreto / al morir la tarde”. El calor que vuelve pegajosa la existencia, azuza la angustia, una sinuosa inquietud.

Y están la soledad y la añoranza del antiguo hogar, los viejos amigos. Y el sopor y el tedio, compañeros inevitables de la soledad. Se dice en el poema “Sopor: “y es imposible alcanzar la insurrección del movimiento / en este calor / que cae como una maldición sobre el tejado / y cuyo poder ni siquiera puede aplacar / el susurro indetenible de la lluvia”. Casi inexorablemente la soledad espera con sus fauces pestilentes y afiladas: “esa sombra impía / que ronda mi jornada a través de las paredes / y por la noche se acuesta en mi lecho” (“Soledad”). Y el domingo como el culmen del vacío y del hastío, del tiempo que transcurre con una lentitud exasperante, de la soledad que derrite el alma y sume el cuerpo en un letargo similar al de la muerte. Solo los insectos parecen ajenos al dolor y la soledad humanas: “hoy domingo / el mundo se sale de su rutina / y los insectos presienten el mutismo / por lo que toman posición de las casas / previendo que nadie andará detrás de ellos / ni los molestará en sus faenas / ni tratarán de destruir su imperio ilimitado.” (“Domingo”).

Una vez que la añoranza de los amigos cede, al poeta no le queda más remedio que ir explorando su nuevo medio. Para eso los hábitos adquiridos ayudan: “observar a las muchachas en su descuidado bamboleo / y prestarles concentrada atención / a los antojos inesperados que surgen en el presente / y a la estimulación constante de los sentidos.” (“Hábito adquirido”). Pero hay demasiadas tentaciones peligrosas: las estudiantes. Dice el poeta con fruición: “Las veo caminar con arrogancia por los pasillos / y me doy cuenta de que las admiro a todas:/ a las de piel morena / a las de pelo ensortijado y atrevido/ a las de piernas esmaltadas / con el cálido sudor de la inmadurez / a las de senos turgentes / y puntiagudos como flechas / a las de rostro inmaculado / a las de ojos de gavilán / y pestañas de espejismo / a las de cuerpo de maraca / y las de labios turgentes / y boca de fogón…” (“Estudiantes).

Por sus gustos y costumbres, el poeta se siente un extraño, y hasta discriminado, entre sus nuevos vecinos. Sus esfuerzos por integrarse, por ser comprendido y aceptado, son frustrantes. Estas barreras sociales y culturales intensifican el sentimiento de soledad que abruma al poeta. La incomprensión es mutua. Dice el poeta: “ellos miran mi existencia / como si yo estuviese destinado a la perdición / yo los veo con indulgencia / sintiendo lástima por la forma como lapidan los minutos / y hacen caso omiso del fresco misterio de los atardeceres.” (“Vecindad”).

Tal vez los mejores poemas del libro son los últimos. En ellos el poeta formula su visión pesimista del mundo; se rebela contra los aparatos tecnológicos porque, entre otras cosas, le quitan el tiempo al diálogo vivificante, a los intercambios cara a cara, y por el contrario hunden a los seres humanos en un solipsismo doloroso y castrador y los hace desentenderse de una realidad cada vez más amenazadora: “yo los veo jugar / hacer cabriolas con sus muñecos y sus héroes / mientras los malvados se apoderan del universo” (“El observador”). En el poeta surge un deseo desesperado: “y me gusta pensar / que el mundo es así de sencillo: / un lugar en donde se aprieta un botón / se dispara un deseo / y se vence para siempre a la maldad.” (“El observador”). El poeta alza las banderas de la inconformidad y la rebeldía. El pesimismo, presente en poemas previos, se diluye como la escarcha ante el sol tibio de la nueva primavera y el poeta quiere asumir una actitud a un tiempo condenatoria y vitalista. “Y me burlo de las ceremonias y el vasallaje / cuyo único propósito es perpetuar / el dominio de unos pocos sobre la gran mayoría de los desprotegidos”, clama en el poema Rebeldía”. El poeta defiende una postura de fidelidad a sí mismo a ultranza, aunque ello implique la indiferencia y la incomprensión de los otros. Dice en los últimos versos de “Soy”, el último poema del libro: “porque al mundo le pareceré / el ser más aburrido y estrambótico / pero feliz / porque puedo desplegar mis soledades en poemas / sin pensar en la fama / ni en el yugo del dinero…”. Es un llamado a la entereza personal, al coraje, a la valentía, porque, como dice el poeta en “Proclama a los cuatro vientos”, “uno debe buscar la manera / de mantenerse de pie / a pesar de las tormentas y el naufragio”.

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