Guanacastequidad

La literatura costarricense se ha centrado, históricamente, en el Valle Central. Sin embargo, durante los últimos años,

Entre gaviotas y delfines. Vivencias en la Costa Rica

Álvaro Vega Sánchez

cuento

BBB Producciones

2016

La literatura costarricense se ha centrado, históricamente, en el Valle Central. Sin embargo, durante los últimos años, diversos autores se han ido alejando, temáticamente hablando, de la meseta, como una manera de ofrecer mayor apertura a su propia obra y, además, con el claro compromiso de incorporar dichos contextos, los cuales forman parte de la identidad nacional.

En ese sentido, la narradora guanacasteca, María Leal de Noguera (1892-1989), ícono de las letras guanacastecas, publica dos libros decisivos con esa temática De la vida en la costa (1959) y Estampas del camino (1974).  Con ellos, desde su propio marco contextual, inserta la litoralidad en el escenario de la producción literaria costarricense.

El escritor Isaac Felipe Azofeifa (1909-1997) aduce en su ensayo La isla que somos (1971): “El nombre del país es paradojal, pues su vida no está en las costas, que las tiene en ambos océanos. Y estas costas son las más pobres y abandonadas” (1996, p. 21).

Cabe acotar que los escenarios costeros fueron decisivos para la conformación socio-productiva de Guanacaste en las primeras décadas del siglo XX, ante la ausencia de obras de infraestructura, tanto terrestres como aéreas. Por ello, los medios marítimos dieron origen al cabotaje, tan importante para la intercomunicación de Guanacaste con el resto del país, antes de la construcción de la Carretera Interamericana (1955-1956).

Durante mi lectura de “Entre gaviotas y delfines, Vivencias en la Costa rica”, de Álvaro Vega Sánchez, cuyo título es una cernida inclusión del espacio de la litoralidad, observo una insistente inquietud del narrador por incorporar las realidades socio-humanas y geo-productivas de esta otra dimensión espacial, como parte de los procesos identitarios del país, aunque muchos los hayan invisibilizado, sin plena conciencia de su función en la sencilla, pero paradójica  geografía costarricense.

En su cuentario, el autor costarricense incluye humildes y trabajadoras figuras femeninas como Clara, Lula, o Lucila; personajes masculinos como Darío, Toñito, el nicoyano, John, Charío, Francisco, Omar, Chalo, Dámaso, Luciano, Luis o Mochis. Los presenta con apelativos familiares, o bien, solo con sus nombres, sin apellido, porque el caso  de cada uno, podría ser el de cualquiera de los lectores en la sociedad civil del alma.

Asimismo, los desdobla genéricamente, en relación con sus oficios: pescadores, lancheros, fonderas, arrieros, cevicheros o saloneros.  Igualmente, como el muchacho, las mujeres luchadoras, la mujer del machete, las mujeres defensoras del agua. Tales conceptualizaciones brindan  mayor amplitud a la correspondencia dinámica personaje-lector, en una especie de complicidad y cercanía;  de contrato o pacto narrativo.

En cada incipit, en cada título  de sus cuentos, relatos, narraciones o estampas, “el comienzo de un texto es un lugar estratégico de condensación de sentido” (Claude Duchet). En sus temáticas, se aborda la soledad humana,  la especie maderera del pochote,  lugares geográficos como Sardinal, Abangares, Puerto Soley… Cada mención en sí, resignifica  una historia de contextos importantes, tanto en el ser, como en el quehacer histórico de la Guanacastequidad.

El filósofo Constantino Láscaris, en la línea geográfica que hemos venido comentando, asevera:

Costa Rica es una sucesión de valles de montaña, valles metidos unos dentro de otros, escalonados hacia los dos mares (…) Y esto es lo que me interesa destacar como descripción geográfica de Costa Rica. Que  es puro monte. Pues esto pueda acaso explicarnos cómo ha sido la vida del pueblo que aquí ha venido viviendo (…) “Costa Rica no fue desde la periferia, sino desde el centro. Primero se pobló los valles de mayor altura, y desde ellos la población ha ido extendiéndose hacia los mares.  Y sin acabar nunca de llegarse a éstos, quedándose siempre en las estribaciones de la cordillera, lo más alto posible.  El costarricense no ama el mar (pp. 20, 21 y 22). (Las negritas son suplidas).

Con base en los criterios de  Láscaris, se infiere la perspectiva del enmontañamiento central del costarricense.

En ese orden, la producción narrativa de Álvaro Vega Sánchez es meritoria, porque incorpora el espacio costero del norte costarricense, con personajes humildes, pero como sujetos de su propia historia, que muchas veces les es difícil relatar, con sus aflicciones cotidianas, con sus sueños y luchas, con sus patrones de convivencia vernáculos, los cuales les otorgan gran naturalidad en su comportamiento comunitario. Sin embargo, muchas veces, la historia oficial  les ha negado el protagonismo de formar  parte de la identidad “nacional”.

Entre gaviotas y delfines, del sociólogo costarricense Álvaro Vega Sánchez, muestra una interesantísima incisión narrativa para recuperar ejes temáticos acendrados en el espíritu raigal de Guanacaste, la provincia que amarra los pies. Me agrada la brevedad de sus textos. Es un valor agregado, tanto  de intensidad como de precisión en su discurso cuentístico.

Luego de la lectura de este libro, nos queda el acento de la nostalgia, los tiempos idos, la bondad de la gente campesina de las costas y las llanuras. Es una reflexión ideológica del pasado en los litorales frente a  la modernidad avasalladora.

Otro de los aciertos del libro de Vega Sánchez es su perspectiva de la eco-culturalidad, en una relación bisémica complementaria, es decir, una relectura dicotómica entre el ser humano y la naturaleza, donde priva la actuación que la territorialidad ecológica sea parte de la identidad humana más comprometida y, en ese sentido, los espacios y contextos costeros, deben ser lugares donde se pueda dar la bioalfabetización, como sitios áulicos/laboratorio, sin malgastar, irresponsablemente, los recursos que provee la madre naturaleza para nuestra sobrevivencia.

Las historias de Entre gaviotas y delfines. Vivencias en la Costa rica inspiran valores auténticos, encarnados en sus personajes sin pose. Las luchas de la humilde sociedad civil de los litorales, alcanzan una voz esencial en defensa del Guanacaste eterno, que no queremos se convierta en un Guanacaste ajeno, con megaproyectos deshumanizadores, donde solo prime la preocupación por el atesoramiento materialista, y la inevitable destrucción de los hábitats, a cambio de dólares o euros, que serán depositados en paraísos fiscales, fuera de nuestras fronteras, más allá de los litorales…

 

 

 

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