Jean-Marie Gustave Le Clézio: “La cultura es una forma elíptica de la mente”

He aquí un hombre capaz de crear libros sencillos cargados de verdades complejas.Con una piedad infinita hacia el lector, sin costuras ni altibajos a

He aquí un hombre capaz de crear libros sencillos cargados de verdades complejas.

Con una piedad infinita hacia el lector, sin costuras ni altibajos a la vista, su escritura convierte las grandes complicaciones de la vida en una especie de vacaciones plácidas. El amor y el dolor, el sentido de pequeñez ante todo lo que ocurre a su alrededor, las grietas de la guerra, las fracturas abiertas entre países, familias y etapas fluyen suavemente en la prosa de un autor que creció en Europa y África, que ha vivido en casi todas partes y que lo ha hecho a la vez perplejo, a la vez esponja, como un nómada irredento en un mundo en cambio.

Nacido en Niza en 1940, hijo de inglés y francesa originarios de isla Mauricio, Jean-Marie Gustave Le Clézio ha envuelto en literatura su propia migración, su convivencia serena con todas las culturas y la comprensión de un mundo que no por viajar más se entiende hoy mejor que ayer. Occidente, dice, se ha cerrado. Y eso nos ha hecho peores. En 2008 ganó el Nobel de Literatura.

¿En qué le ha cambiado el premio?

En que ahora puedo alojarme en este hotel en lugar de en las afueras.

Ríe y señala con ambos brazos a su alrededor. La entrevista se celebra en el exuberante hotel Santa Clara, que es al Hay Festival de Cartagena lo que el Rick’s a Casablanca: el centro de todo, el lugar donde suceden las cosas, el escenario de secretos y debates entre decenas de escritores y editores invitados a este lugar de Colombia donde las palmeras y tucanes son testigos. Le Clézio habla perfectamente español.

Usted es un escritor nómada que recorrió el mundo cuando eso significaba llegar a lugares aislados. Hoy todos viajamos, el mundo está globalizado y la migración es masiva. ¿Nos ha hecho esto mejores?

En esa época viajar era romántico. Para llegar a África hacía falta un mes y medio de barco, y ahora en un par de horas lo puedes conseguir. Antes estos lugares tenían una especie de secreto que acompañaba el viaje al tardarse tanto, al estar tan lejos, que se ha perdido. Había que prepararse para viajar. En todos los sentidos. Antes de ir a África mi mamá nos compró unos sombreros coloniales de paja por el riesgo de insolación. Los buscamos en la vieja ciudad de Niza y recuerdo que un amigo de la escuela se puso celoso y quiso uno para él. Todo era misterioso, era una aventura, había una preparación para llegar a otra parte del mundo. Y ahora se hace muy rápido, sin preparación. Hoy uno va con su vaquero, su camisa ¡y ya! No sé si es mejor ahora o no, pero la parte romántica ya no existe. A veces llegamos sin preparación mental. Y eso incluye que no estamos preparados para encontrar lo ajeno, lo que es misterioso en el otro, lo que está cargado de secretos, de misticismo o de imaginación. Llegamos con nuestros prejuicios, con nuestra seguridad de pertenecer al mundo dominante, y desde este punto de vista el colonialismo es peor ahora que antes.

¿Y ese viaje constante no ha hecho al mundo, al menos, algo mejor?

Sí, el mundo es mejor porque se entera mejor de lo que existe, pero la manera de viajar no es mejor ahora, es peor porque desde Europa o América llegamos con una especie de sentido de superioridad que nos hace peores, y no estamos en casa en otros países, no sabemos que la gente a veces no nos quiere.

Pero a la vez hay dos direcciones. Nosotros vamos y nos ven así y ellos vienen y se integran. Más o menos.

El “más” o el “menos” es lo que hace la diferencia. Pero eso siempre existió, porque en el tiempo de las colonias, que yo he vivido hasta los 18 años, cuando uno iba a Inglaterra desde Francia el barco estaba lleno de nigerianos o de senegaleses que llegaban a Europa para trabajar. Iban con su ropa africana, se acomodaban en los puentes, al viento y la lluvia, completamente desesperados por el frío que padecían. En aquella época había mucha gente que llegaba de África, creo que más que ahora, más trabajadores que llegaban de las colonias inglesas a Inglaterra o francesas a Francia. Así que la migración de las poblaciones no es una novedad.

¿Estamos más cerrados ahora?

Sí, porque es una cuestión económica y también mental. La económica es que no hay trabajo y la mental es que tenemos miedo de que estas poblaciones nos roben el trabajo, nos roben nuestras ideas, nuestras mujeres. Hay una especie de desconfianza entre el mundo que se supone hambriento y el mundo que está satisfecho.

La violencia siempre está en sus libros, está en Revoluciones, en El africano, es uno de los motores de su literatura. ¿Hemos aprendido algo para esquivarla?

Es una violencia que no tiene realmente motivos, una consecuencia de entender mal al otro, de estar completamente ajeno al otro, cerrado a él. Y esta posición de cerrazón no tiene nada de lógica, y como no es lógica es difícil de entender. Es un fenómeno que está ocurriendo y que no tiene explicación, y como no tiene explicación no tiene remedio tampoco o el remedio estaría en contra de nosotros, de cada persona. Tenemos que mejorar nuestra mirada hacia el otro, aceptarle. Por suerte yo pertenezco a una familia que viene de una antigua colonia, isla Mauricio, que fue holandesa, luego francesa, luego inglesa, ahora es un país independiente y pertenecer a este microcosmos me da una mejor percepción de los fallos de nuestras relaciones con el otro mundo. Pero no estoy seguro de que haya una solución porque no se pueden abrir las fronteras completamente, sería una utopía, las fronteras deben mantenerse cerradas como filtros que dejen pasar a lo mejor del otro mundo, el provecho, pero no la totalidad.

Habla del otro mundo y de nuestro mundo, pero ahora mismo tenemos yihadistas franceses que atentan contra franceses o españoles que se hacen yihadistas. El odio y la violencia están aquí. ¿Por qué?

Manuel Valls lo dijo muy bien: hay un apartheid en Francia, se ha generado una población en los alrededores de las grandes ciudades como Lyon, París o Marsella que es completamente ajena a los temas de Francia porque viven en barrios aislados, donde el desempleo llega al 60% de la población juvenil y hay una educación de urgencia, muy mala. Yo soy de la primera generación de inmigrados que sí nació en Francia, pero no padecí los mismos problemas que los jóvenes argelinos, marroquíes o senegaleses que nacieron en Francia. Ellos nacieron en un país que los discrimina, la policía arresta a esa gente porque tiene la piel más oscura o porque hablan de otra manera. Es una especie de enfermedad que se desarrolló en Francia, pero también en Alemania.

Usted eligió irse de Francia, siguiendo tal vez el modelo de su padre, que no quiso trabajar en un hospital normal de Inglaterra y eligió África. ¿Por qué?

Mi papá tenía que pagar sus estudios al Gobierno británico y debía escoger entre un hospital en un lugar frío de Inglaterra o vivir una aventura. Y escogió la aventura: le mandaron primero a Guyana británica, luego África, en Nigeria. Para mí no fue la misma oportunidad. Yo nací en Francia, estudié en Francia, soy totalmente francés por la formación, por la educación, por el gusto que tengo por la literatura francesa, la filosofía, me siento completamente francés con una variable, y es que mi familia es de isla Mauricio. Y esta variable no era tan importante a los 20 años, pero poco a poco me sentí más familiar con la familia de isla Mauricio que con la que se había quedado en Francia. Y pasó lo mismo, estudié literatura francesa y al salir de la universidad me mandaron con el servicio militar a Tailandia, enseñé allí un año, luego a México. Por suerte. México me encantó porque la gente es humilde, no tiene los mismos recursos que los europeos pero tiene más generosidad, las relaciones son mucho más fáciles y me quedé varios años, hice buenos amigos y me invitaron a formar parte de la experiencia de montar un colegio universitario en Michoacán. Es decir, me quedé fuera de Francia más por oportunidades y por afán, por gusto, y no por crítica a Francia. No es un rechazo a la vida francesa, sino que fui atraído por otra manera de vivir.

Padres europeos procedentes de isla Mauricio, abuela francesa. ¿Usted ha sentido el desarraigo? ¿Ha sido eso un alimento de su literatura?

No he reflexionado sobre esto porque escribo en francés y me considero un escritor francés, utilizo una lengua muy clásica, no mezclo con otros idiomas, me gusta escribir en este idioma y alimentarme de la literatura francesa o traducida al francés, pero, en cierta manera, esta atracción hacia un mundo diferente cambió mi manera de escribir. Soy consciente de lo que no me relaciona con la literatura francesa típica, yo soy un poco atípico, pero no me siento exótico como me han dicho, porque para mí isla Mauricio no es exótico, ni México es exótico, y tuve la suerte de encontrar una mujer nacida en el Sáhara español y esa dimensión también entró en mi vida. Yo estoy entre lo típico y lo exótico. Pero no siento desarraigo, en absoluto. La familia de mi papá y mi mamá están en isla Mauricio, mis primas, mis primos. En isla Mauricio hay 100 personas que son primos míos, personas con mi apellido. En Francia hay muy poca gente con este apellido, pero en isla Mauricio un chófer de taxi cualquiera se llama Le Clézio, así que no me siento desterrado.

En sus libros se ven algunos factores como motor de su escritura. Se ve la necesidad de la memoria, de comprender el pasado, se ve el dolor de la pérdida, el amigo o el amor que no volverá a ver. ¿Qué papel han jugado estos factores como motor de su literatura? La memoria, la pérdida, la necesidad de comprender.

Normalmente hay muchos motores, todos los que mencionó. Pero hay un motor que no tengo para nada y es la nostalgia. No me siento nostálgico de nada porque tengo mucha confianza en el futuro, soy un optimista hasta excesivo, tengo mucha confianza en el porvenir, y especialmente en las nuevas generaciones, tal vez por la experiencia de la guerra. Al final de la Segunda Guerra Mundial trataron de invitar a un joven alemán a un liceo de Niza. Se quedó una semana y huyó porque todos los demás alumnos le odiaban. Y ahora todos los jóvenes franceses van a Alemania sin problemas, en una generación se acabó este prejuicio. Todos los conflictos del mundo pueden ser considerados desde este punto de vista. Entre árabes e israelíes, si hay una reconciliación y existe el Estado palestino y la comunidad internacional les da un medio para sobrevivir, en una generación se habrá olvidado todo porque la memoria no pasa entre generaciones. Es algo triste pero también positivo.

¿Tiene hijos?

Tres hijas. Las tres están en Francia, una en el sur y las otras dos en París.

¿Han roto entonces la tradición? ¿No han heredado esa vida nómada?

A ellas no les gusta tanto viajar porque, como decíamos antes, el viaje ya no es romántico, puede ser un viaje de vacaciones, pero no tiene nada de aventura o al menos no es la misma aventura que cuando yo tenía 20 años.

Dice que no tiene nostalgia. En El africano, sin embargo, sí se percibe nostalgia de ese niño que podía andar descalzo y correr sin control, cuyos padres no sabían dónde se metía y que tal vez estaba cazando termitas. ¿Ese niño ha podido cumplir su sueño? ¿Le Clézio ha logrado un mundo en el que puede correr descalzo y ser libre?

Ese mundo ya no existe, ahora todos los niños tienen zapatos (ríe). Pero no es nostalgia de esta época sino el sentimiento de haber vivido un momento excepcional, milagroso, un momento cuando los niños blancos que venían de Europa podían estar a gusto y en términos de igualdad con otros niños africanos sin prejuicios, sin agresión, con una especie de complicidad cotidiana en los juegos, en la manera de vivir, en la libertad. Yo no siento nostalgia, sino el orgullo, la felicidad de haber vivido esos momentos, y me da confianza, me da una especie de fuerza. Los europeos que llegaron a África a finales de los cuarenta o en los cincuenta eran pobres y venían de países donde la gente se moría de hambre, porque después de la guerra no había alimentos en Francia, en Italia o en partes de Alemania. Los niños que llegaban entonces a África veían su riqueza, la riqueza visual, la fruta, los colores, la belleza del mundo material, y es difícil ahora aceptar que sea al revés: que Europa es el lugar donde la gente goza de exceso de alimentos, y África, lo contrario. Eso es una mentira. Todavía África y muchas partes del mundo que ahora son menospreciadas han conservado una riqueza que no es necesariamente material, pero sí vital, de la vida. En comparación, Europa no es pobre, pero ha seguido un camino estrecho, de desconfianza y de prejuicios, reseco.

Hay un momento en que el protagonista de Revoluciones observa la violencia de Argelia y se refugia en la filosofía, la poesía. ¿Qué lugar estamos dando a la filosofía y la poesía hoy? ¿Estamos logrando darle un lugar en este mundo convulsionado?

Sería muy bueno que le diéramos importancia a la filosofía, a la poesía y a la cultura en general. Lo único que debemos preguntarnos es: ¿qué cultura? Porque en Europa hay una cultura oficial, la cultura nacional, un nacionalismo en la cultura, pero creo que la cultura es algo más amplio que sobrepasa las fronteras. La oportunidad que tenemos ahora es la facilidad con que las ideas y los movimientos de pensamiento atraviesan las fronteras. La gente no, pero las ideas sí. Y si las ideas pasan podemos tener la ilusión de que un día las personas también puedan pasar. 

¿Y usted hacia qué cultura está mirando? ¿Qué lee? ¿Adónde nos aconseja mirar?

No hay nada que pueda ser definido como cultura occidental, oriental, africana o latinoamericana, estas son ilusiones. La cultura no es un hectoplasma, pero sí una figura que está moviéndose todo el tiempo, transformándose, es una forma elíptica de la mente. Nunca es acabada, nunca es cerrada, pero cuando oigo mencionar la cultura occidental y oriental me pregunto dónde están los límites. Yo no creo que haya frontera entre culturas porque son permeables. No debemos tener miedo a lo que no conocemos, sino abrirnos a las influencias.

¿Hay una literatura del Sur? Usted ha sido clasificado como escritor del Sur.

Será una literatura del sol (ríe). Creo que es Tucídides el historiador griego quien dice: hay dos influencias en el mundo: el Sol de los griegos y la Luna de los persas. Es posible que eso exista, que el mundo se haya dividido entre el culto al Sol y el culto a la Luna, el calendario solar y el calendario lunar.

Usted ha dicho que no responde a géneros. ¿Le fluye el estilo sin más, lo planea, le preocupa esa cuestión?

No verdaderamente. Tengo una especie de obsesión, una serie de temas que quiero materializar por escrito, y uno de esos temas es el de la novela que estoy escribiendo ahora: Alma. Porque Alma era la propiedad de azúcar de mi familia en isla Mauricio y también es el alma, y era también una batalla en el puente del Alma en Crimea. Y escribir sobre el tema de la tribu perdida. En América Latina existió mucho este tema de la tribu perdida, la última tribu de Israel que se perdió y se encontró en América fueron los indios, y los franceses bretones de isla Mauricio son para mí una tribu perdida. Y quiero materializar esto, no por nostalgia sino para saber exactamente todos los elementos que me componen. Es lo que estoy haciendo.

Tomado de Babelia

 

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