En un escrito anterior1 he presentado la idea de que el proyecto neoliberal y su progresiva derechización no se reduce a una agenda socioeconómica, sino que ha construido una cosmovisión que incluye una desorganización de la clásica subjetividad moderna. Es decir, una ética.
Debemos considerar como pionero el libro de Richard Sennet2 y más cercano a nuestros días los libros de Eva Illouz3 que han puesto de relieve como las últimas transformaciones del capitalismo han hecho sintagma con modificaciones profundas de los marcos éticos en los que se construye la subjetividad.
A modo de introducción, hemos de señalar dos características básicas del así llamado proyecto neoliberal4:
- Este modelo no cree en la existencia de la sociedad como producto de las relaciones entre los individuos. Si no hay sociedad, lo que queda es una suma de individuos que ven en los otros individuos un competidor, una amenaza, un enemigo (en el sentido de Schmitt) o una oportunidad. Es decir, las relaciones interindividuales están mediadas por la forma del imperativo hipotético, pues, al no haber sociedad, el otro nunca puede ser considerado fin en sí mismo. Al no haber nada común, el proyecto neoliberal cuestiona y desmantela las instituciones liberales o socialdemócratas que le daban soporte material a la ciudadanía y a las normas que garantizaban la existencia de ese tipo de sociedad que llamábamos, sociedad burguesa o sociedad civil. Con estos principios, ya podemos atisbar hacia dónde se dirige la ética neoliberal. Hacia una suerte de estado de naturaleza hobbesiano, pero con una diferencia: los individuos del estado de naturaleza hobbesiano tratan de huir de ese estado, pues allí encuentran miseria: una eventual muerte violenta y la imposibilidad de dormir tranquilos. En cambio, los individuos del estado de naturaleza neoliberal aprenderán un modo ético de incrustarse en ese estado (que describiré más adelante) y un modo estético pues aprenderán a gozar de esa situación de precariedad.
- El neoliberalismo carece de una teoría y de un compromiso con alguna forma de gobierno. Puede funcionar compitiendo electoralmente, acomodarse a un régimen autoritario, en una dictadura o en una teocracia. Pero la tendencia hacia formas autoritarias o de autocracias competitivas parece estar imponiéndose y nos recuerda los estudios sobre el autoritarismo de hace 100 años y al economista H. Heller que ya hablaba de “liberalismo autoritario” en la década del 30 del siglo pasado.
El hiperindividualismo no es una novedad en la cultura occidental. Era conocido por Platón que los expulsó del gobierno de la polis. En la modernidad, fue caracterizado por Hegel en el Capítulo V de la Fenomenología del Espíritu; por Montesquieu que los llamó “trogloditas” y en el siglo XX, Macpherson construyó el recorrido histórico de lo que llamó “individualismo posesivo”5.
Es decir, hay un modo de ser individuo despojado de las características que Kant le asignaba al individuo con individualidad: una autonomía robusta que se prolongaba en una voluntad que fundaba ciudadanía y construía poder político. Por el contrario, el hiperindividualista de nuestros días retorna a la servidumbre voluntaria y la acepta como “evangélica” o natural y necesaria, estableciendo una “empatía con el vencedor” y sacrificándose hoy en aras de una felicidad futura que, como nunca llegará, producirá esa corrosión del carácter de la que hablaba Sennet.
Dos son las construcciones subjetivas que la ética neoliberal provee a los individuos sin individualidad de nuestros días: la ética de naturalización de la pobreza y de la aceptación de la desigualdad.
La pobreza también es un tema viejo del pensamiento político. Aristóteles elogia a Solón por condonar la deuda de los campesinos; Plutarco habla de la pobreza como una “enfermedad” de lo social. En Locke, aparece el problema como la cuestión de la fuente de agua en el desierto.
Y en los marcos del neoplatonismo cristiano, la pobreza puede ser vista como una prueba que Dios pone al ser humano y a la que hay que resignarse en espera de una compensación en otra vida o como en la tradición herética; donde la pobreza y la desigualdad son el índice de una vida lejos de Dios que amerita la rebelión contra los enemigos de Dios. Esta idea de justificación religiosa de la rebelión, se secularizará en la Revolución Francesa y posteriormente en la tradición marxista y en la revoluciones populares en América Latina: se trataría de una ética política que habilitaría la explosión social en contra del opresor que puede ser económico, político, cultural o de género.
Para el neoliberalismo, la consideración básica apta para sus varios modelos éticos es que la pobreza y la desigualdad son asuntos de hecho, no de derecho; un asunto religioso o natural, pero nunca un asunto político.
Voy a ofrecer una versión resumida de las tres propuestas éticas que han sido construidas desde el modelo neoliberal.
- El modelo transhumanista: también llamado “altruismo eficaz”, se trata de un invento de los ingenieros de Silicon Valley, que anuncia que la vida en el planeta estaría llegando a su fin debido al uso intensivo de la tecnología como insumo de la economía industrial capitalista. Por tanto, habría que ir preparando una emigración hacia otro planeta para “salvar a la especie”. Estos elegidos asegurarían la continuidad del género humano fuera de la órbita terrestre como en el caso de la película “Elysium” o directamente en otro planeta.
- La ética neopentecostal: esta construcción es una prótesis ética para soportar la soledad, el aislamiento y la dispersión que produce el capitalismo neoliberal. En el estado de naturaleza neoliberal hay desesperación y allí para evitar la explosión social, el neopentecostalismo ofrece una esperanza que se tramita en soledad entre Dios y el yo. No hay lugar en el mundo; pero sí en este Dios imaginario que es el único que “sabe por qué pasan las cosas”.
- La ética del IQ: se trata de una reorganización de las viejas tesis racistas de mediados del siglo XIX, mezclada con la tesis del “darwinismo social” a la que se ha agregado el determinismo del coeficiente intelectual. Los pobres son pobres porque son menos inteligentes y se hace necesario conocer el propio coeficiente para saber hasta donde se puede llegar en el capitalismo. No se trata de la voluntad de Dios, sino de las determinaciones biológicas, genéticas y hereditarias. La desigualdad social es el resultado de la desigualdad en el coeficiente intelectual y esta “desigualdad del IQ” es el resultado de nuestra irremediable naturaleza competitiva que se ha establecido desde los inicios de nuestra evolución como especie. Por tanto, hay que cerrar las fronteras a los cuerpos porque los “inteligentes” que, además son blancos, deben reproducirse entre sí para mantener la transmisión de los genes de la inteligencia. A esto le llaman “etno-economía”: una circulación libre de los productos aunada a una restricción de la circulación de los cuerpos. Y sus cultores se autodenominan “Los bastardos de Hayek”.
Estos modelos éticos tienen un efecto político: la lucha de clases ha concluido porque ahora no hay una clase que gobierna a otras clases, sino que hay una clase dirigente y dominante que dirige a seres dispersos; desorganizados, que están solos, a la intemperie; endeudados, tristes y enfermos.
Esta subjetividad no padece de disonancia cognitiva; ni es estúpido/a ; ni es una masculinidad tóxica o una mujer “machiplaciente”. Es un ser desorganizado y cansado que se refugia bajo la sombra de un líder en defensa propia, no en contra de sí mismo. Y el líder tiene las dos características típicas del macho alfa: es uno de nosotros, pues habla como nosotros y, al mismo tiempo, es un ser excepcional que le dará una engañosa, pero eficaz, previsibilidad al sistema creando una expectativa para resolver algo difuso. En un clima moral de ansiedad y vértigo, al líder se le tiene paciencia.
Se habla de emociones, resentimientos y discursos del odio. Lo que hay son implosiones simbólicas que se han instalado en los modos de producción de la subjetividad inmovilizando los flujos deseantes. Lo inestable (el deseo) queda petrificado y lo que debería ser estable, se erosiona: las familias y amistades y el trabajo.
En este clima ético y sin expectativas, están en auge las enfermedades emocionales, los textos de autoayuda, los entrenadores ontológicos y toda una industria de medicamentos y bebidas energizantes, antidepresivos y pastillas para poder dormir que no tenían los individuos aterrorizados del estado de naturaleza hobbesiano.
El individualista sin individualidad implosiona “explota”, pero para adentro de su ser; se culpa o culpa a otros de sus desventuras, pero nunca al sistema social. El “culpable” puede ser él mismo o los “políticos”; los/as trabajadores/as estatales, los/as inmigrantes o las mujeres que luchan por sus derechos. El suicidio, el femicidio y la violencia intrafamiliar o entre vecinos son la consecuencia de esta ética de la implosión.
La implosión se produce porque ya no hay un objeto de deseo que cubra, aunque sea temporalmente, la satisfacción. Ya no hay objeto de reconocimiento. El que está solo y espera ya no se rebela porque no tiene esperanza. La implosión es por un sufrimiento que se le impone al sujeto que queda atrapado sin salida porque nadie es responsable del síntoma. Y este exceso de ensimismamiento moral implosiona, asfixia y mata. El neoliberalismo está contra la vida.
1 Fragomeno, R. La intemperie. Filosofía política del neoliberalismo. Ed. Arlekín, San José, 2024
2 Sennet, R. La corrosión del carácter. Ed. Anagrama, Barcelona, 2000
3 Illouz, E. Intimidades congeladas y la vida emocional del populismo. Ambos editados por Katz Editores en Buenos Aires, 2007 y 2023 respectivamente.
4 Existen otras denominaciones para caracterizar al capitalismo actual y su derechización que he reseñado, a modo de glosario, en mi trabajo anterior citado en nota 1.
5 Macpherson, C. La teoría política del individualismo posesivo. Ed. Trotta, Madrid, 2005
