El Mito de Heidelberg. Max Weber y sus Demonios

No era miedo a la muerte ni amor a esta vida lo que tan tenazmente le hacía luchar, sino su inapelable conciencia del deber y la obsesión por una obra que merecía completarse.

Empezó como una simple tos, un resfrío del que no valía la pena preocuparse. Pero una semana más tarde el paciente hervía en fiebre, agitándose en medio de alucinaciones. La emprendía contra los enemigos de Alemania, citaba a Catón y caía exhausto. Luego reía y cantaba, solo para volver una vez más a las incomprensibles discusiones que en múltiples idiomas sostenía. En ese estado febril pasó varios días con sus noches, luchando contra sus propios demonios. Cualquiera le hubiese tomado por un poseso, pero en un mundo desmagificado y para un hombre que confesara ser “religiosamente a-musical” la explicación había de ser muy otra. Se trataba de una neumonía nada atípica justo hace un siglo, cuando la temible “gripe española” azotaba Europa y el mundo. El paciente no era otro que el sabio universal Max Weber. No era miedo a la muerte ni amor a esta vida lo que tan tenazmente le hacía luchar, sino su inapelable conciencia del deber y la obsesión por una obra que merecía completarse.

Nació en Erfurt el 21 de abril de 1864, como primogénito de ocho hermanos. La madre, Helene Fallenstein, era una adinerada protestante, hija de un consejero gubernamental de finanzas. El padre, Max Weber senior, era abogado y diputado liberal tanto del Landstag como del Reichstag, procedente de un largo linaje de ricos industriales y comerciantes textiles. Nunca supo Weber hijo de penurias económicas. Era un burgués y de ello no hay duda, pero parafraseando lo dicho por Sartre sobre Valéry, cabe agregar que no todo burgués es Max Weber.

Estudia derecho, historia, economía nacional, filosofía y teología en Heidelberg, Berlín y Göttingen. En 1889 culmina su doctorado en derecho con una tesis sobre las compañías comerciales en la Edad Media. Sin mayor dilación redacta en dos años su manuscrito de Habilitation sobre la historia agraria de Roma. La calidad de ambos trabajos, así como una investigación sobre la situación de los trabajadores al este del Elba, le valen cierta fama de erudito. Es llamado entonces a sustituir a su enfermo maestro, el jurista Levin Goldschmidt. Le ofrecen un puesto docente en derecho mercantil en Berlín y una cátedra de economía nacional en Friburgo.

Este meteórico ascenso haría marear a cualquiera a sus veintinueve años, pero Weber más bien expresa dudas. “Simplemente no soy -dice- un verdadero académico”. No es falsa modestia, sino la sensación de estar llamado a la vida práctica, a la acción. Pero cuando en 1896 le llaman a ocupar la cátedra de economía nacional en su alma mater, ya no hay marcha atrás. Despega la imparable carrera del mito de Heidelberg. ¿Imparable? No tan rápido. Solo un año más tarde sobreviene la catástrofe.

Inicia como toda tragedia de manera aparentemente inofensiva. A mediados de 1897, ya instalado en Heidelberg, Weber espera la visita de su madre. Es verano y la encantadora ciudad universitaria con sus calles empedradas y sus edificaciones medievales se presta a la perfección para unas semanas de descanso. Pero el padre de Weber se opone a tal visita. Cree tener derechos inalienables sobre su mujer, y ello incluye limitar su tiempo fuera del hogar. Termina cediendo, pero él mismo la acompañará. Las vacaciones están ya arruinadas de antemano, y solo él parece no enterarse. Sucede entonces lo inevitable. Hastiado ya hace años por la desconsiderada conducta de su padre, Weber le reclama airado. El patriarca no admite juicio alguno a su autoridad y responde con cinismo. La discusión sube de tono. Los gritos y amenazas perturban el calmo ambiente del hogar burgués. Los rencores tanto tiempo reprimidos hacen ahora erupción, y en un arrebato de ira, Weber termina expulsando de casa a su propio padre. Le volverá a ver siete semanas más tarde, pero como cadáver. Una hemorragia estomacal ha producido su muerte. 

Deshecha, su madre Helene se culpabiliza por tan fatídico desenlace. Weber en cambio, aunque apesadumbrado, no admite culpa alguna por haber actuado como lo hizo reprimiendo toda señal de arrepentimiento. Ese aparente aplome no durará mucho. Ya decía Freud por esos mismos años que “aquél cuyos labios callan termina hablando con las puntas de los dedos”. En el caso de Weber no son solo los dedos, sino ambas manos que empiezan a sufrir de un extraño temblor. No puede escribir, ni leer, ni siquiera hablar unos minutos sin sentirse desfallecer. Agotamiento por el día, insomnio por las noches. No puede conciliar el sueño más que unas pocas horas y siempre con la ayuda de somníferos. Su profunda mirada se ha apagado. Las lágrimas acuden con frecuencia a sus otrora chispeantes ojos. La altiva gran cabeza con cicatrices de esgrima se inclina hacia lo bajo. Y cada vez que su esposa Marianne le inquiere en qué piensa, responde “en nada, si puedo lograrlo”. Pero no es fácil detener a esa máquina del pensamiento. Oscuras ideas le invaden y trastornan su discernimiento. 

Inicia el largo descenso de Weber a lo más profundo de su propio infierno. Sin éxito busca por años la cura a sus padecimientos. Lo intenta todo; todo al menos lo que por aquella época recomienda la medicina. Reposo, hidroterapia, sanatorios, sedantes y paseos al campo. Se le ofrece incluso arcilla para que haga artesanía. Pero lo único que logra con sus temblorosas manos es una réplica del león moribundo de Lucerna, “el más triste y conmovedor trozo de piedra en el mundo”, según palabras de Mark Twain. Esa estatuilla representa la deplorable situación del propio Weber. Solo los viajes parecen dar buen resultado. Entre más se aleja de Alemania, mejor se siente. Huye entonces al Sur, a Italia, donde su adorado Goethe ha disfrutado momentos inolvidables. El soleado y relajado ambiente mediterráneo opera positivamente en su atormentada alma, infundiéndole nuevos bríos y ganas de vivir. Pero cada vez que cree recuperarse y anuncia su regreso a las aulas sufre un nuevo colapso. Son los plazos, las presiones y responsabilidades lo que más le afectan. Tras años de estar según sus palabras “jugando al profesor”, presenta finalmente en 1903 la renuncia a su cátedra.

Y así, aliviado de presiones tanto externas como autoimpuestas, se opera el milagro. No de inmediato, pues el alma de un hombre requiere tiempo para sanar. Sin mayores ambiciones inicia con la lectura y comentario de la obra de otros colegas. Acepta también un puesto para dirigir la revista Archivo para la Ciencia Social y la Política Social. Pero, más importante que todo esto, escribe y publica en esa revista los artículos que llevan por título La Ética Protestante y el Espíritu del Capitalismo (1904-1905). Allí observa Weber una compleja influencia de “afinidad electiva” entre el ascetismo intramundano, particularmente el calvinista, y el espíritu del capitalismo moderno con su ética del trabajo profesional. No busca en modo alguno explicar el surgimiento del capitalismo a partir del protestantismo, y en ello es claro. Aborda solo una parte del problema a ser completada por ulteriores investigaciones. Casi de inmediato, sin embargo, llueven las críticas. Weber responde en varios escritos, así como en el extenso aparato de notas que abulta las ediciones posteriores de su obra. Inicia así lo que el erudito mexicano Francisco Gil Villegas ha bautizado como “la guerra académica de los cien años”.

La “guerra académica” no se limitará a La Ética. De forma paralela, Weber libra una serie de batallas en varios frentes. La “Disputa de los métodos” (Methodenstreit) y la “Disputa de los juicios de valor” (Werturteilsstreit) son probablemente las más famosas, aunque también aquí ha primado cierta confusión. Se ha querido ver a Weber como el defensor de una posición según la cual los cientistas sociales no deben tener valores, algo tan ridículo como imposible. Su postulado de Werturteilsfreiheit, cuya traducción como “neutralidad valorativa” llama a confusión, lo que sostiene en realidad es que las ciencias sociales en tanto ciencias empíricas (Erfahrungswissenschaften), no dogmáticas, deben intentar separar los juicios de hecho respecto de los juicios de valor, los referidos al ser respecto de aquellos sobre el deber ser. Se trata de un principio de honestidad intelectual que ha de ser observado tanto en la investigación como en la docencia universitaria. ¿Significa esto que no pueden hacerse valoraciones o juicios críticos sobre la realidad? Nadie lo ha dicho; antes bien, Weber sostiene que tales juicios deben ser claramente explicitados. Nada más deshonesto que hacer como si los hechos hablaran por sí solos. Sin embargo, también es cierto que Weber critica a quienes abusan de su cátedra instilando sus propias inclinaciones y visiones de mundo en los estudiantes. Con dureza ataca a los “profetas de cátedra”, a los vanidosos que anteponen su personalidad a la materia en busca de un séquito. Tales denuncias tienen por trasfondo las luchas que a partir de 1908 libró en favor de la libertad de cátedra y contra los intentos religiosos y políticos de restar autonomía al sistema universitario. Weber hizo incluso de aquel postulado un principio estatutario de la por él cofundada Sociedad Alemana de Sociología (1909). Pero, tras dos años de irrespeto al mismo decide renunciar “cansado y aburrido -según dice- de aparecer una y otra vez como el Don Quijote de un principio supuestamente indefendible”.

A partir de 1910 continúa con sus estudios de sociología de la religión. Desea investigar aquella otra parte que La Ética ha dejado sin completar. De manera obsesiva estudia entonces la ética económica y la conducción de vida impulsadas por las grandes religiones mundiales. Aborda el confucianismo, el taoísmo, el hinduismo, el budismo y el judaísmo antiguo. Quiere también ocuparse del cristianismo primitivo, del cristianismo oriental y del islam. Esto último no lo logrará más que de forma parcial y asistemática. Pero sus macro comparaciones, controladas por la estricta construcción de tipos ideales, arrojan constante luz sobre las especificidades del camino seguido en Occidente. Y es así que fascinado, Weber cree descubrir los trazos fundamentales de un gran proceso lleno de ramificaciones en los más diversos ámbitos de la vida, pero plagado también de contradicciones. Le llama “racionalización” y, como bien ha insistido Wolfgang Schluchter, será el prisma a través del cual en adelante observará y pensará la historia del mundo occidental. 

En 1914 estalla la guerra y Weber la saluda en un principio como “grande y maravillosa”. Está convencido de que es una guerra defensiva y espera sea de corta duración. Muchos de sus colegas y amigos marchan al frente. Pero a sus cincuenta años y con una salud no del todo garantizada, Weber es asignado en la Comisión de Hospitales Militares. Pone allí en práctica lo aprendido en sus estudios sobre la administración burocrática. Pero un año tras otro la guerra continúa, sembrando muerte, dolor y sufrimiento. Weber intenta influir políticamente en las altas esferas, pero sus consejos son desoídos. Arrecia entonces la severidad de sus críticas en la prensa, mientras a nivel privado parece sucumbir a la desesperación: “siento como si una partida de locos nos estuviera gobernando”.

En noviembre de 1918 se da el armisticio. Invitado como parte de la delegación que viajará luego a Versalles, el nacionalista Weber no puede menos que considerar una deshonra los términos impuestos a Alemania. No es ni mucho menos el único descontento. Un convulso período político y social ya ha iniciado. En el puerto de Kiel se han amotinado los marinos, el káiser es forzado a la abdicación al tiempo que se declara la república, mientras en Múnich estalla una revolución que declara a Baviera un Estado libre gobernado por consejos de obreros. En medio de ese hervidero político, Weber se ve tentado a luchar en las lides electorales. Lo hace desde el recientemente fundado Partido Demócrata Alemán, pero éste le da preeminencia a un magnate de Frankfurt, dificultando así su acceso a un escaño. Fracasa entonces en su intento por tomar la política como vocación, por “meter la mano en la rueda de la Historia” y, por qué no, también por alcanzar aquello que seguramente hubiese llenado de satisfacción a su padre. 

Tras el duro golpe y en medio de tan convulsa situación, Weber decide volver a la academia. Las ofertas no escasean. Lo quieren en Göttingen, Berlín, Bonn y Múnich. Opta por esta última universidad, donde impartirá lecciones de economía política. También planea presentar los resultados de sus investigaciones de sociología de la religión, su inacabado pero más importante proyecto. Aprovecha además para retomar un viejo encargo previo a la guerra de redactar un nuevo manual de economía. Logra completar una condensada primera parte de lo que originalmente llevaba por título “Esbozo de Economía Social” (Grundriss der Sozialökonomik) y que, luego de múltiples añadidos y manipulaciones de su esposa y el editor Winckelman, el mundo conocerá como Economía y Sociedad, una de las obras más importantes de todo el siglo veinte.   

El 14 de junio de 1920 muere Max Weber, con plena conciencia de que a diferencia de Abraham o los antiguos no podrá acabar “viejo y saciado de vivir”. Antes había comentado que le quedaban por delante al menos cien años de trabajo. Quizá no exagerara, su ambicioso programa de investigación exhibía dimensiones sobrehumanas. Nada garantizaba su éxito o salvación, pero solo a través del constante trabajo lograba aplacar las inseguridades que por años le atormentaron. Estudiosos del mundo entero siguen encontrando inspiración en la obra de este asceta, antítesis perfecta de los hoy tan abundantes “especialistas sin espíritu”. 

 

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