Como en una novela de Kafka

Mediante tecnologías de comunicación, se instauró el pensamiento mágico y el miedo se viralizó. La sensatez dejó de ser una cualidad para convertirse en un rasgo sospechoso de negacionismo.

El miedo se instauró como discurso y con él sus engendros: la culpa, la desesperanza, la desesperación.

Como en la Edad Media, el pensamiento religioso sustituyó al político. La respuesta habitualmente atinada de los científicos se transformó en un ejercicio continuo de especulaciones, cual más alarmante, con las que sus enunciadores parecían más preocupados en adquirir notoriedad que en aportar información comprobada, como su método lo dicta.

Mediante tecnologías de comunicación, se instauró el pensamiento mágico y el miedo se viralizó. La sensatez dejó de ser una cualidad para convertirse en un rasgo sospechoso de negacionismo.

Las autoridades incluso fomentaron la delación entre los ciudadanos, para que se denunciaran unos a otros por no cumplir las normas dictadas por el poder. No eran sugerencias o consejos para preservar la salud, eran órdenes para contener una amenaza nunca vista. No abrazarse, no besarse, no darse la mano al saludar, no reírse, no bailar juntos, no reunirse en grupos, convivir en burbujas, distanciarse de las demás personas a las que se debe considerar como peligrosas, no salir de casa a menos que sea muy necesario, considerar todas las superficies eventuales contaminantes.

En estos tiempos, parafraseando el pregón de Rubén Blades en Pedro Navaja, aquel homenaje a Bertolt Brecht de finales de la década de 1970, vivimos “como en una novela de Kafka”.

Franz Kafka, escritor nacido en Praga el 3 de julio de 1883, escribió a inicios del siglo XX sobre la lucha del sujeto contra dos fuerzas que lo atenazan provocándole la angustia: el autoritarismo y la sumisión.

Estos conceptos preponderantes en la visión jurídica de la religión judía, de la cual era seguidora la familia de Kafka, se sostienen en el judeo-cristianismo predominante en la cultura occidental.

En su literatura Franz Kafka apela al escepticismo y la duda razonable frente a la certeza irracional de la doctrina.

Como si sostuviera un alegato urgente, Kafka fue un escritor compulsivo. Aunque no ejerció el Derecho, carrera en la que se doctoró muy joven, en sus miles de escritos intenta denunciar los mecanismos de un poder opresor que se sustenta en una autoridad peligrosamente consensuada.

Además de sus abundantes obras de ficción a las cuales dedicaba un profundo ejercicio de pulimiento y cuidado, escribía diarios y cartas constantes a familiares y amigos, por lo que a su muerte, ocurrida cuando apenas iba a cumplir 41 años, dejó una gran cantidad de manuscritos.

Sobre su vida y obra hay muchas investigaciones y principalmente muchas especulaciones. El estremecimiento que provoca la lectura de algunas de sus obras enciende la imaginación de simples lectores como de académicos e investigadores.  De ahí surge la leyenda de que su amigo, el también escritor Max Brod, al traicionarlo lo dio a conocer; quizás el mismo Brod promovió esa interpretación. Ahora se sabe que eso no es así. Kafka era conocido y había publicado varios libros, incluso con un gran cuidado sobre las ediciones. Desde sus escritos juveniles, su primer libro es un conjunto de microrrelatos publicados bajo el título Contemplación en 1912.

Así inicia una intensa vida literaria que durará poco más de una década, durante la cual publica principalmente libros de relatos, muchos previamente impresos en revistas. 

Ciertamente no era un autor cuyos textos fueran de fácil lectura, principalmente, por su inconformidad y su vocación inquietante y rebelde. Pero su obra más conocida, La Metamorfosis, fue publicada en 1915 y aunque no tuvo la gran acogida que tendría después de su muerte en 1924, sí fue bien recibida, principalmente por otros escritores y críticos.

Kafka seguía un plan literario dentro del cual sus novelas eran proyectos demasiado complejos. Su ámbito predilecto era el cuento y los relatos.

Poco antes de morir por tuberculosis, Franz le pide a Max Brod que destruya los textos incompletos de sus novelas por la sencilla razón de que no están terminadas y no le satisfacían para publicarlas. No hay mayor misterio. Pero Brod se aventura a intentar completarlas y enviarlas a edición. Por eso conocemos tres novelas inconclusas del autor: El proceso, El castillo y El desaparecido (Max le cambió el título por América, posiblemente en un alarde de mercadotecnia), además de gran cantidad de manuscritos personales que incluyen cartas y diarios.

Ciertamente, esos textos, no autorizados para su publicación por el autor, permiten nutrir la riqueza de la obra kafkiana y aportan al conocimiento y la reflexión de su profundo pensamiento, pero no quiere decir que sin ellos no se hubiera conocido la obra de uno de los autores más importantes del siglo XX.

Siguiendo la máxima de que “la realidad supera a la ficción”, emprender el ejercicio de buscar en la realidad del mundo actual representaciones de la literatura nos llevará de manera inequívoca al universo kafkiano.

La paradoja, la ironía, incluso el sarcasmo, son prácticas cotidianas donde la confusión reemplaza a la sensatez.

La medida decretada del confinamiento, anacrónicamente autoritaria, es aceptada por la población mundial con una sumisión igualmente anacrónica. El uso del miedo como principal argumento resulta también inverosímil en una sociedad contemporánea sobreinformada y conectada. Sin embargo, en el mundo entero, con sus muy distintas sociedades, se aceptaron como prácticas generalizadas.

Atónitos, como ante una trama kafkiana, asistimos a una realidad donde las administraciones improvisan medidas autoritarias y las poblaciones las aceptan sin necesidad de otra explicación que el argumento del miedo.

Mientras en los centros de salud los trabajadores de esa área con denodado esfuerzo luchan por salvar vidas y aliviar desesperados, las autoridades limitan su acción a aislar a las personas para detener el contagio y trasladan la responsabilidad a la ciudadanía.

Un nuevo coronavirus de alta y poco clara contagiosidad estremeció el statu quo, lo que reclamaría una revisión y reordenamiento del modelo social predominante, pero en vez de la reflexión autocrítica del poder, el autoritarismo confinó a la población mientras ganaba tiempo para producir una vacuna.

Pese a los claros indicios epidemiológicos de que problemas sociales como la pobreza extrema, el hacinamiento, la migración descontrolada, los tóxicos hábitos promovidos por la industria alimentaria y tolerados por las instituciones de salud pública, son los principales promotores de la letalidad de esta pandemia, se impuso la autoridad para que el sistema social se mantuviera pese al estremecimiento y la sumisión lo dejara pasar, hasta la próxima pandemia y la próxima vacuna.

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