CARIBE, la película

En su cuarto y último viaje al Nuevo Mundo, Cristóbal Colón llegó a una costa exuberante llamada Cariari. Ahora se denomina Limón, provincia atlántica

En su cuarto y último viaje al Nuevo Mundo, Cristóbal Colón llegó a una costa exuberante llamada Cariari. Ahora se denomina Limón, provincia atlántica del estado centroamericano al que, cuentan leyendas bienintencionadas, el mismo Almirante bautizó como Costa Rica, extasiado con su esplendor. Allí donde más que el metal precioso que hiere con su fulgor plateado o dorado, nos envuelve el verde húmedo de la selva espesa y el azul profundo del mar inmenso.

Cinco siglos después, en el litoral sur, pequeños pueblos como Cahuita, Puerto Viejo, Cocles, Uvita y Manzanillo preservan parte de esa flora y fauna maravillosa, de sus lechos de arena y colinas caprichosas. Pescadores y campesinos humildes, artesanos variopintos, empleados de grandes plantaciones -especialmente bananeras- y de una floreciente industria turística -por demás, la principal de este país- conviven en la más diversa mezcla, que incluye indígenas de las reservas en la cordillera de Talamanca, afrodescendientes venidos en su mayoría de Jamaica, con su Anancy, su gastronomía y su memoria del Black Star Line, chinos emigrantes del otro lado del mundo, europeos de antes y de ahora, estadounidenses que también huyen de las urbes asfixiantes y cartagos que salieron del Valle Central.

Una de las tantas empresa transnacionales -subsidiaria de, matriz de- obtiene permiso de las autoridades para explorar la zona y buscar petróleo, vieja quimera que alimenta la codicia propia y extraña. Pretensión vinculada, parece, a los intereses saudíes y a gobernantes de los Estados Unidos, según muestra Michael Moore en Fahrenheit 911. Esta empresa extranjera divide al pueblo. Algunos se dejan cautivar por sus cantos de sirena y otras organizan la resistencia. Los síndromes de Venezuela e Irak como enclaves petroleros acechan la zona.

Entretanto, un joven realizador, Esteban Ramírez, que sueña con su ópera prima, recorre la zona en busca de locaciones y se topa con ese conflicto; plantado en árboles y cercas el No a la Petrolera lo impresiona. Ya él había elegido el cuento El Solitario de Carlos Salazar Herrera para desarrollar su guión. Maestro del relato corto, Premio Magón, Salazar Herrera había recorrido a mediados del siglo pasado los bananales y los sembradíos de subsistencia para trazar a sus recios pobladores. Esteban había luchado pacientemente durante varios años para abrirse paso en un país donde no hay verdadera industria de cine, solo quijotadas; donde el Centro de Cine se ve cada vez más limitado por dentro y por fuera y el empeño aislado de algunos por hacerlo eficiente siempre ha sido aplastado, y donde el mismo sector audiovisual se desangra en intrigas intestinas. Uno de sus documentales (se interesó por el la delincuencia, el SIDA, Cuba), fue descalificado de la Muestra de Cine, esa ventana que durante diez años creció constantemente en beneficio del sector, para luego decaer en los últimos dos. A Esteban lo conocí cuando pidió al Centro de Cine un pequeño apoyo para su corto Rehabilitación concluida, basado en un cuento de la esmerada escritora Myriam Bustos. En la VII Muestra de Cine y Vídeo Costarricense, punto de giro de la producción local, fue una de las tres mejores ficciones (junto a La calera y Las máscaras). Notable narración fantástica, que mantiene el interés y reveló ya el talento de su autor. Las actuaciones son especialmente buenas, Sara Astica -la legendaria actriz de Valparaíso mi amor- ganó el premio respectivo, y José Trejos, veterano caballero de las tablas, coprotagoniza con igual tino. Sara hace una breve y decisiva intervención en Caribe. Esa habilidad de Esteban para sumar a su propósito la gente más capaz fue de nuevo evidente en Once rosas, un relato sencillo, ingenuo si se quiere, sobre la ilusión del amor. Coproducido con el Centro de Cine que a la sazón dirigía, logró buenos patrocinios públicos y privados para financiar sus casi cien mil dólares de costo. Allí ya se unió al diestro fotógrafo Mario Cardona y al ubicuo sonidista Nano Fernández, con los que luego rodaría eficazmente Caribe. También sumó productores muy capaces como Karl Heidenreich, Tobías Ovares y Gina Ortega. Fabricio Gómez fue una selección oportuna y el objeto de su amor como personaje, la bella e inteligente peruana Mónica Sánchez, un acierto. Recuerdo como, durante el Festival de Cartagena, donde coincidimos, Esteban me comentaba su interés en que el corto tuviese una destacada actriz extranjera y cómo allí descubrió a Mónica en un filme de Pancho Lombardi.

Once rosas ganó la IX Muestra, que ya ostentaba un jurado internacional. Pero fue duramente criticada por unos cuantos y no faltaron las descortesías. Sin embargo, logró un recorrido hasta la fecha inigualado en festivales internacionales. Fue el único corto latinoamericano en Moscú, y el único en Lima. Uno de los doce en Viña del Mar; de los mejores en Huesca. Compitió en Sao Paulo y Los Ángeles. En Cartagena fui testigo de que estuvo cerca de ser premiado y en La Habana me impresionó que entre más de una docena fue uno de los dos únicos aplaudidos. Y debo subrayar, gracias a los centenares de cineforos que he realizado por todo el país, que, sin lugar a dudas es el corto nacional más gustado.

Ya Esteban sabía que los cortos solo eran pasos indispensables para su anhelado largometraje. El nicaragüense formado en Cuba, Humberto Jiménez, que lo había asistido en Once rosas, hizo una primera versión. Luego, Esteban se alió a una mujer brillante, cuya poesía y dramaturgia han sido ampliamente reconocidas, Ana Istarú. Un largo proceso, con el aporte puntual de muchos otros, llevó a un guión depurado. Cinco semanas de rodaje bastaron para cristalizar el proyecto. Asimismo, medió la buena suerte; en Limón se decía que había tres climas: invierno, verano y Ramírez. La experiencia de la mexicana Lourdes Elizarrarás y la chilena Carolina Giorgio, asistentes de dirección, fue crucial para la eficacia del rodaje.

Con una audacia que le ha rendido frutos, Esteban se atrevió a soñar con un protagonista de primera. Al final, lo obtuvo: el cubano Jorge Perugorría, consagrado desde Fresa y chocolate (nominada al Óscar), curtido en tres docenas de filmes, carismático y galán, se ve convencido y convincente. Él hace de un empresario extranjero que atiende una plantación bananera y cuida de su amada esposa, hasta que la irrupción de una media hermana de ésta, problemas financieros con la finca y la llegada de la petrolera desarticulan su vida. Cómo enfrenta estos retos, qué decisiones toma y cuáles son las consecuencias constituyen el meollo del filme, cuyo final poético y abierto tiene atractivos e inesperados giros. Perugorría es un protagonista sobrio pero intenso y muestra con propiedad la amplia gama de emociones que lo van definiendo. Para las dos mujeres, Esteban optó, asimismo, por dos extranjeras ya reconocidas. Cuca Escribano (Poniente), española, es la esposa, llena de energía bondadosa, la que conforme descubre la trama que la amenaza revela fuerzas inéditas. Maya Zapata, mexicana (la niña de Gringo Viejo, premiada por De la Calle), contrasta por su edad y sus rasgos físicos, aunque ambas son muy hermosas. Ella revela con gran madurez -la que fue evidente cuando la entrevistamos- justamente la inmadurez de su personaje, su sensualidad confundida, su imperiosa necesidad de afecto. Los tres interactúan con vigor y realismo. El filme no se vuelve caricatura ni cae en la tentación de los extremismos. Las formas de violencia son las adecuadas; el erotismo, tan vehemente a veces, es el justificado. Ésta es una película de seres humanos de carne y hueso, en la que nos podemos ver fácilmente reflejados, donde los dilemas morales que los consumen son vistos con gran rigor ético.

Además de encarnar la arrogante antipatía del ejecutivo petrolero con ese sarcasmo tan propio, el polifacético mexicano Gabriel Retes (El bulto) aportó al conjunto de la obra con su genio singular y amplio bagaje. Lo invité hace tres años para una retrospectiva; reapareció luego como peculiar diplomático, y finalmente se quedó a vivir con su Semáforo (insólito espacio para el cine, el teatro y la tertulia). Mérito de Esteban es que supo aprovechar al famoso residente en tanto otros prefirieron trenzarse en riñas inútiles con el tocayo.

Jackson es un negro ermitaño que da nombre al cuento original El solitario. En el filme, el enigmático pescador pobre se vuelve símbolo y conciencia. Un observador presto a intervenir. Hallazgo formidable fue el de Roberto Mc Lean en su debut cinematográfico como ese Jackson mas bien mulato, mestizo como en definitiva somos todos. Su propia vida de abogado y universitario, antaño campeón latinoamericano de artes marciales, ayer adulto mayor al borde de la muerte, han hecho de éste un viejo sabio que inspira confianza y revela una extraña y contagiosa pasión por la vida, lo que Mc Lean en el filme manifiesta como una corriente misteriosa, subterránea y bravía, a punto de brotar.

Otros actores nacionales se superan a sí mismos. Poco a poco, con la práctica del teatro, la televisión y los vídeos, cada nuevo largometraje va depurando el histrionismo local. Arnoldo Ramos ya no hace de Jimmy, el bribón autosuficente premiado en la Muestra por Password/Una mirada en la oscuridad, sino que dibuja a ese tico mediocre pero aprovechado (que desdichadamente es legión), que vive agachada medrando a la sombra de los poderosos. Fácilmente corrompible, no ve más allá de su modesta codicia. Y Vinicio Rojas, formado rigurosamente en Rusia, protagonista de Marasmo, perfila un afanoso ecologista que le sienta bien; su casting es idóneo y no se excede emocionalmente. Otros, como Leonardo Perucci -con su solidez característica-, Thelma Darkins -con su potencia expresiva apegada al libreto-, Bismarck Méndez -un pachuco mujeriego muy creíble-, la china Michelle Jones, Xinia Rubí y el esmerado Melvin Méndez, junto a más de uno que hace de sí mismo y que Ramírez convenció de interpretar(se) y a los que enfoca -sea cuál sea su postura sobre el conflicto petrolero- con prudencia y respeto, se suman para redondear un reparto amplio, sugerente y bien dirigido, que sostiene la confluencia de relatos sin problemas. No se trata de actuaciones extraordinarias, como la de una Charlize Theron en Monstruo, sino de un conjunto afinado y convincente como no se había visto antes, como propio, en las pantallas centroamericanas.

La música, compuesta por el joven y galardonado especialista Walter Flores, evita lo folklórico y las melodías fáciles de relleno. Esa música y los numerosos sonidos del ambiente vuelan con la acción dramática, centrada en la incertidumbre de los personajes, en sus temores y deseos, en sus fracasos y esperanzas. Próximo al melodrama, sin la connotación peyorativa que de este género muy popular (v.g. Lo que el viento se llevó) hacen algunos, el filme explora un tema central de la vida humana,  el encuentro y desencuentro amoroso. Trillado, acaso? Esencial, mas bien. Todo depende de cómo se trate, y en Caribe se percibe auténtico; interesa; sin que por ello alcance la profundidad de los maestros del cine. Creo que como ópera prima Caribe es más que notable.

Agrega densidad al relato el uso simbólico de animales y plantas que revelan las pasiones humanas. Y esta naturaleza no aparece oscurecida para expresar ese testimonio no verbal, sino espléndida en su belleza de vida y muerte. La fotografía oscila entre los cánones clásicos y rupturas dramáticas, a veces oportunas a veces discutibles. No tiene la apariencia sucia y desagradable tan de moda y tan útil para disimular ineptitudes, pienso. Para el que no se ha sumergido en Puerto Viejo (en el follaje, en las olas, en los bares y discotecas, también) parecerá sólo pintoresca. Pero ese subrayado de la belleza y de lo bonito que detesta el posmodernismo en boga resulta un subtexto apropiado para la amenaza petrolera. Así como en Once rosas, Esteban quiso y consiguió mostrar un atractivo San José como nunca antes en el cine local, así en Caribe destaca esa riqueza natural y rústica del país, la que él entiende como su sello de identidad. Para Esteban una película hecha en Costa Rica -como dice la publicidad del filme-, es un paisaje que muestra sin complejos eso tan lindo que hasta incomoda, con una ingenuidad, diría, paralela a la de Once rosas. Es necesario entender, además, que un corto como San ofe de la Suiza, de Marco Chía, por ejemplo, que des-monta una capital horror-osa, es igualmente válido como propuesta estética y crítica, es más, que de hecho es complementario a Once rosas, porque ambos puntos de vista contribuyen a trazar el mapa de nuestra comprensión global y múltiple de una realidad siempre cambiante y sujeta a innumerables visiones. Lo contrario es el fundamentalismo -siempre al acecho- que impone una perspectiva como verdad revelada, aún cuando aparece vestido de vanguardia.  El arte debe apreciarse considerando intenciones y contexto. Por eso, como explica Tom Ryall, hay que validar los tres momentos del producto artístico: el acto creador, la obra consumada y la lectura de cada espectador, en los marcos tanto del contexto industrial como de la formación social.

Para la edición Esteban confió en su hermano menor Pablo, cuyo bajo perfil en el medio local disimula su sagacidad y pericia. También, Esteban me dio la oportunidad de colaborar en ese proceso minucioso que llevó casi diez meses donde, a veces con el aporte de otras opiniones, pensábamos cada plano y cada escena y cada secuencia reiteradamente. Los Ramírez se tomaron todo el tiempo necesario, gracias a su paciencia y a la tecnología que facilita manejar todo el filme en una computadora. Frank Padrón, respetado crítico cubano, que vio Caribe en su estreno mundial durante el Festival de  Bogotá, escribió en Noticine “el novel director arma una historia ágil con notable montaje”. Para mí, confieso, que esta parte fue la experiencia más fecunda que he vivido en mis arrestos cinematográficos. Y reconozco que Esteban supo, como en el rodaje, ponderar las numerosas posibilidades desplegadas a su alrededor para decidir y lograr un resultado muy satisfactorio.

En síntesis, un drama apasionante sobre amores y desamores. Un docudrama que recrea parte de un conflicto decisivo para Costa Rica, que alteraría su desarrollo sostenible y la podría convertir en objetivo político/militar. Sin olvidar que facilitaría la corrupción en gran escala la que en estos días la nación enfrenta con probidad. Su perspectiva ética cobra mayor trascendencia ahora que el país ha descubierto que sí puede combatir la corrupción. Y, además, un personaje, Jackson, que se pierde en la memoria colectiva; que observa, juzga y consuela, como el espectador al que el filme reta a repensar su papel y su futuro.

Nota: el autor es el Crítico de Cine de este Semanario; también, ha sido parte del proceso de realización de Caribe, por lo que los estimables lectores deben asumir este texto con lo subjetiva que pueda ser (vaya, todas las críticas son subjetivas), y la ventaja, quizá, de un ojo que observa simultáneamente desde adentro y desde afuera.

FICHA TÉCNICA

Dirección y Producción: Esteban Ramírez

Producción Ejecutiva: Víctor Ramírez

Productores Asociados: Bernardo Montes de Oca,

Gabriel Retes y Lourdes Elizarrarás

Guión: Ana Istarú y Esteban Ramírez

Fotografía: Mario Cardona

Edición: Pablo Ramírez

Música: Walter Flores

Sonido: Nano Fernández

Asistencia de Dirección: Lourdes Elizarrarás y

Carolina Giorgio

Producción de Campo: Víctor Barriga

Supervisión de Producción: Peter Avilés

Asesor de Postproducción: Gabriel González-Vega

Dirección de Arte: Eric Víquez

Maquillaje: Carmen Salguera

Formato: 35 m.m., colores, 90 minutos

Estreno: 4 y 5 de noviembre del 2004;

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Mall San Pedro, Nuevo Cine Guápiles y San Carlos.

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