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Beethoven: revolución en el arte

No podríamos terminar el presente año sin dedicarle una breve reflexión a Ludwig van Beethoven, sin duda el más grande e influyente compositor musical de la edad contemporánea —y, para no pocos, el más grande sin más de todos los tiempos— en torno al porqué de tan honroso lugar en la historia del arte occidental. Ya en su tiempo, sus propios maestros en Viena lo habían vislumbrado; así, Mozart, al escuchar su inaudita capacidad de improvisar al piano dijo: “De este joven el mundo hablará”; más aún, el viejo profesor de Beethoven e igualmente genio de la música, Franz Joseph Haydn, luego de oír admirado la tercera sinfonía, “Heroica”, al serle solicitada su opinión respondió: “Estoy convencido de que de ahora en adelante la música no será más la misma”. En resumen, en vida ya Beethoven fue considerado un revolucionario del arte musical. ¿A qué se debe esta convicción, que con los años no ha hecho sino confirmarse y aceptarse como una verdad sin más?

Nada en la historia se da por casualidad, menos cuando de cambios cualitativos, profundos y vertiginosos y, sobre todo, irreversibles, se trata. Pero eso no se da solo por obra de un individuo, sino que es provocado por múltiples causas, que solo se comprenden si se analiza el contexto histórico en que vivió el autor de esos cambios. Durante aproximadamente el medio siglo en que se dio el tránsito del siglo XVIII al siglo XIX, vio la humanidad nacer una nueva visión de mundo y, con ello, una nueva época: la contemporánea, considerada como la “última fase de la modernidad” y que actualmente está agonizando, si no es que ya, en muchos aspectos, feneció. Ese medio siglo en que vivió Beethoven se inició en Inglaterra con la revolución industrial, se extendió a Francia con su revolución política y culminó en Alemania con la revolución cultural representada en la estética del romanticismo. Este último aspecto es el que más nos interesa subrayar, ya que su concepción del arte representa la última expresión de “lo bello” heredada de la Grecia clásica. Todo este cambio radical y vertiginoso se debe al surgimiento de un nuevo paradigma científico, con el que se vislumbra el surgimiento de un nuevo capítulo de la física: la termodinámica, cuya primera ley fue formulada por Sadi Carnot y que puede resumirse diciendo: la materia no es más que una manifestación de la energía; la energía no se crea ni se destruye, tan solo se trasforma. Pero la energía en los seres humanos se manifiesta como capacidad de producir trabajo entendiendo por tal crear por la acción cambios en el entorno; desde el punto de vista económico, entendiendo por tal la capacidad de producir riqueza en una sociedad. Adam Smith, quien es considerado el padre del capitalismo, lo dijo en frase contundente: “solo el trabajo produce riqueza”. A esta nueva realidad se debe el surgimiento de la nueva conciencia que de sí mismo tiene el ser humano y que Hegel formulará en la primera ley de la dialéctica: el devenir, que significa que todo lo real está en constante cambio, como ya lo había intuido desde los inicios de la filosofía occidental Heráclito. La acción humana en el tiempo es lo que solemos llamar “historia”.  La historia se compone de “acontecimientos”; al producir acontecimientos, el ser humano se crea a sí mismo, su existencia le da su esencia; la visión del mundo que tiene una época se debe a esa constitución óntica de su ser en el mundo.

Por su parte, el arte tiene como función expresar oníricamente esta condición del ser humano.  Nada de la revolución estética de Beethoven puede entenderse sin tomar en cuenta lo dicho anteriormente. Para ello Beethoven parte de las innovaciones creadas por su maestro Haydn, como es la forma sonata. Con ello Haydn había superado la concepción estética heredada del barroco, cuyo máximo represente fue Bach. Este último no componía pensando en agradar a los hombres, sino para honrar a Dios; de ahí que el tiempo para él no era el de los humanos sino el de la eternidad, lo cual equivale a decir que el objeto del arte es superar el tiempo. Su concepción del tiempo se manifiesta en sus fugas y obras para orquesta, como los conciertos Branderburgo. La reiteración de un solo tema nos muestra una concepción del tiempo circular que solo se da en el ámbito del mito. Por el contrario, la forma sonata (allegro de sonata en el primer movimiento de una sinfonía) expresa un tiempo humano, que hace dramáticamente patente el conflicto dialéctico entre dos temas: el uno masculino o fuerte y el otro femenino o lírico; ambos entran en conflicto, de cuya confrontación saldrá el acontecimiento como manifestación del tiempo histórico, es decir, hecho por y para los humanos. Por eso la forma sonata expresa la experiencia existencial o vivencia de los acontecimientos que componen el devenir histórico y no la contemplación mística de una eternidad, en que el creyente alcanza su plenitud existencial mediante la contemplación de lo eterno en las entrañas mismas de la divinidad.

Su concepción del mundo la dejó Beethoven plasmada en sus sinfonías y, con ello, su interpretación muy personal de los acontecimientos históricos y dramas personales de los que fue contemporáneo. Veamos algunos ejemplos. La Tercera sinfonía es un himno triunfal, a veces elegíaco como en la marcha fúnebre del segundo movimiento, a aquel ser humano que asume su papel de dimensiones épicas como un destino que lo hace portador del sentido último del devenir histórico. La quinta sinfonía, por el contrario, muestra el conflicto en el ámbito de la vivencia existencial del hombre superior que debe vencer, incluso, los obstáculos interpuestos por la naturaleza. La música se convierte en el himno triunfal de una indómita voluntad que eleva a su máximo nivel la libertad humana, hasta el punto de que es capaz de decir NO a los determinismos interpuestos por la misma naturaleza; pero eso solo se logra expresar si se va más allá de la forma sonata y del tiempo dialéctico. Es decir, cuando se supera el tiempo histórico y se retorna a la circularidad del tiempo mítico; es otras palabras, del tiempo de los orígenes del tiempo, una especie de paradoja de tiempo sin tiempo; musicalmente se expresa en la creación del leitmotiv, que retorna a una concepción circular del tiempo, anunciando así lo que luego sería la sinfonía programática (Berlioz) y el poema sinfónico desde Franz Liszt hasta Richard Strauss. Finalmente, su visión integral de la vida, Beethoven la dejó plasmada en su novena y última sinfonía, especie de testamento espiritual del compositor, monumento musical inigualable, sublime himno a la esperanza de una utopía en la que “todos los hombres —¡por fin!—  llegarán a ser hermanos”.

La sinfonía resultó ser la mejor forma de plasmar Beethoven su visión del mundo; con lo que llevó a su plenitud  ese género musical, a tal punto que nunca más se alcanzará llegar a estas alturas por ningún otro compositor. Escuchar las nueve sinfonías de Beethoven en estos tiempos de aislamiento hogareño es reencontrarse con los ideales que inspiraron, desde sus orígenes, el nacimiento de una época que hoy agoniza, pero que actualmente atisba la aurora de una nueva, convirtiendo los acordes del genio de Bonn en la canción de cuna de un nuevo hombre. Con eso hacemos de esa incomparable música no un acontecimiento del tiempo histórico, sino una dimensión onírica que la sitúa, al igual que la de Bach, más allá del tiempo y del espacio. Es música para la eternidad.

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