Antidio Cabal: geografía y palabra trashumantes

Algunas o muchas cosas se han dicho sobre la obra poética de Antidio, quien hoy nos ocupa.Resulta complejo escribir sobre él, como su hija,

Algunas o muchas cosas se han dicho sobre la obra poética de Antidio, quien hoy nos ocupa.

Resulta complejo escribir sobre él, como su hija, y al mismo tiempo, hacer observaciones objetivas. No obstante, creo no equivocarme si afirmo que quizás una de las cosas que más sorprendían a cualquier persona que lo escuchara hablar, o que lo leyera, era esa forma de empleo del lenguaje que tanto lo caracterizaba.

De las muchas memorias que provienen de crecer con alguien como Antidio Cabal, hay una serie de recuerdos o más bien de enseñanzas-recuerdos (¡cómo no!) que se estructuran alrededor de ese eje: la lengua. Al menos en mi caso, vivir, experimentar, ser enseñada, activa y modélicamente por él, en torno al fenómeno lingüístico, abrió el camino de lo que luego sería mi propia senda profesional. Muchas fueron las oportunidades en las que me vi expuesta a fenómenos de lengua y de metalengua, es decir, en los que me vi expuesta a tener conciencia lingüística sobre la lengua, a muy temprana edad. Leer el Mío Cid en español antiguo,  la belleza sintáctica y complejamente natural del Quijote a los doce años (herencia transmitida a su vez, por su propio padre), acciones que definitivamente dejaron una marca importante. Conocido es también, para aquellos que fueron sus alumnos, la importancia extrema concedida por papá a aspectos más formales de la lengua: ortografía, acentuación y sintaxis, corregidos siempre con infaltable lapicero rojo. Es decir, que invariablemente, cualquier persona que lo conociera o interactuara con él recibía esa impronta, esa bandera en torno al uso del lenguaje.

Su preocupación, mas debo  decir, su ocupación, en torno a la lengua, desde una perspectiva más escolástica, empezó a muy temprana edad, con una sólida educación en latín  y griego clásicos desde sus años de estudiante en el Instituto Benito Pérez Galdós en Las Palmas de Gran Canaria y que continuó luego con su breve educación universitaria en Madrid en la Universidad Central (hoy Complutense) por los años 1947-1948, en donde se ocupaba de traducir a los poetas latinos, entre ellos Catulo, con una maestría que le permitía elaborar una traducción más lingüística, literal y, al mismo tiempo, dotado con un conocimiento del latín lo bastante sólido como para elaborar traducciones interpretativas de los poemas de Catulo. Traducciones, por cierto, que no han sido publicadas.

Esta interacción vertebral con el latín continuó durante sus años de estudio en la Universidad Central de Venezuela, en la carrera de filosofía. Entre algunas de las anécdotas de entonces, hay una que destaca y que me fue referida luego por él, y fue la de un examen final de filosofía medieval. Consistía en comentar un texto de San Agustín, para el cual cabía leer el texto traducido al español o bien el original, escrito en latín medieval. Antidio se decantó por el texto latino, lo cual fue aceptado por el jurado del examen bajo la consideración de que él era uno de los únicos dos estudiantes de filosofía en toda la UCV que tenía la capacidad lingüística e interpretativa para leer y comentar escritos de San Agustín en latín medieval. Más que un despliegue de sapiencia académica, su elección obedeció al simple entendimiento de que no cabía posible comprensión de San Agustín sino a partir del texto original. Y esta posición guiará mucha de su práctica filosófica y también de su práctica escritural: el acercamiento a la verdad. Y su percepción vital. Baste con leer cualquier ensayo o poema para advertir una sintaxis muy clásica, un engarzamiento semántico-sintáctico muy peculiar y una línea argumentativa de continua búsqueda.

Antítesis verbales o de otra naturaleza, pero sobre todo verbales, que pueblan toda su poesía,

Elecciones léxicas precisas que impulsan al lector a sumergirse en una búsqueda semántica, conceptual, así como neologismos (frecuentemente antitéticos) con los que contribuye y enriquece el español.

Pero esa bandera, o lo que yo llamaría más bien, esa capacidad de apreciar y de asombrarse gratamente ante la lengua no se encontraba sólo en los aspectos más formales (que él consideraba importantes), o en el conocimiento del latín clásico. También se fundamentaba en aquellas formas y expresiones que escuchó en esos nuevos espacios que iba encontrando, linealmente, a través de ese desplazamiento geográfico-cognitivo que devino en su otro paralelo lingüístico en tanto sistema comunicativo. Siendo el primero Madrid, continuó en ese nuevo espacio que fue “La Costa Rica” como él la llamó, primero en su conocimiento del Valle Central y -como él mismo describiera en 1957- en esa geografía guanacasteca que le sale al encuentro y más extensivamente hasta alcanzar el espacio nicaragüense. Es ahí donde ese español huyente, el ciudadano, como él mismo se denominó, ese español que emigra, inmigra a no sólo un nuevo espacio geográfico, sino a un nuevo (¿nuevo?) espacio existencial. Es como un español de La Celestina, un español del Lazarillo de Tormes, citaba. Y cierta razón llevaba, al encontrarse con giros y expresiones en el habla popular cuyos referentes y parámetros “más  inmediatos” no se hallaban sino en textos españoles.

Podría decirse entonces que la ocupación lingüística de Antidio Cabal gira en torno a la lengua española como tal (que no simplemente el castellano) tanto en su percepción más escolástica como en una percepción más vital, En su movimiento vital y migrante encuentra espacios, que no físicos, entendidos como formas comunicantes, verbalizantes, instruyentes (con ese significado activo del participio latino) y como claramente lo expresa en su obra “El espacio como lenguaje” (1957). Y como expresamente lo cita en relación con su primera larga estancia en Madrid:

“Viví en Madrid, como estudiante de la entonces Universidad Central, casi un año entre 1947-1948, aunque precedido de unos cortos días en 1934, de lo que recuerdo penetrantemente un desplazamiento en taxi en horas de la noche por las calles iluminadas. En aquellos tiempos, Madrid representaba el centro de vida-actividad de todo españolito con aspiraciones literarias y artísticas en general. Ahí trabé relación individual-grupal, grupal-individual con Julio Cerón (altamente extraordinario), Alfonso Sastre, Rafael Sánchez Ferlosio, Medardo Fraile, Alfonso Paso, en una relación centrípeta-centrífuga. En Madrid terminé de adquirir conciencia de mi conciencia. Pese a la maldita época, Madrid me instruyó -iba a decir que me dotó- de percepción de lo que debía ser y no ser, siquiera fuese en forma de borrador en orden a la razón y la sensibilidad. Fui repetidas veces al Museo del Prado a dotarme de la realidad que yo necesitaba; oí mentir brillantemente al maravilloso Eugenio D´ors; visité-conocí más de una vez a Vicente Aleixandre, que nos habló -a Julio Cerón y a mí-, largamente de Miguel Hernández y de Rimbaud, y de su criterio sobre los poetas-profesores. Todo eso no me fue personal, sino ilimitaciones en sentidos teóricos y prácticos. En Madrid aprendí a estar despierto y a dolerme el haber nacido. Madrid me fundó en cuanto fundar quiere significar que hizo coherente mi subjetividad -errada o no- y convirtió en categóricos todos mis sucesos: ser canario, no tener territorio fijo, tener la mala suerte de ser español a fondo -caramba, pude haber sido animal irracional-, y que no me quedaba más remedio que escribir versos”.

Esa percepción de los nuevos espacios en unión con el espacio viajero que era España, vino a perfilarse primero en un encuentro con Venezuela, en donde pensamiento y obra giran en torno a la experiencia migrante de la guerra civil (Esta España que decimos, Canción para un asesino).

Nuevas cartografías, en tanto que mapas conceptuales que le hablan, se presentan de nuevo en el encuentro con Costa Rica,que más que un encuentro, fue una elección. “No tienen ejército, pues me voy para allá” (se dijo a sí mismo, como comentaría con frecuencia). Una Costa Rica que lo recibe en el Tobías Bolaños con vacas por la Avenida Central, una Costa Rica en la que al presidente se le llama “don”. O con una Guanacaste que él mismo describió como

“otra cosa, tostada, ígnea, de un sol directamente biológico, de células calientes…(…) en ese abril, las formas de Guanacaste estaban secas, desnudas, calentadas, mostraban orgánicamente su genealogía, su mente, una muestra que yo no percibía como un jornalero científico, sino como un jornalero de la poesía”.

Estos nuevos espacios lo dotan de un nuevo lenguaje que se traduce también en un  rehacerse constante, desde adentro, espacios que se concretan a partir de lo que para él, Antidio, resultaban los componentes básicos de la materia desde esa perspectiva vital que eran para él el fuego, el aire, la tierra y el agua. Y el Valle Central primero y Guanacaste después fue todo eso que lo trajo de vuelta a sí mismo, a través de un lenguaje vital-externo que lo puso en contacto con un viaje interno ya empezado por el conocimiento de los griegos en su época de secundaria. Pero en ese periplo geográfico y espacial, visto por él internamente y apreciado por sus lectores y colegas, hay varios hechos que surgen como determinantes de esa geografía cognitivo-espacial:

Un primer aspecto de su instrospección fue la esencia de su cosmovisión, más en el sentido del término alemán original del cual el término español se calca (die Weltanschauung). Es decir, una vista (sigo aquí la etimología alemana),  sobre el espacio inmediato que era el mundo (con artículo determinado). Ese factor fue el encuentro con Hispanoamérica, con la América hispana. Según él mismo reconoció, este nuevo espacio transoceánico termina por complementar su espacio interno y su lenguaje poético. Geografía transustanciada en significado/significante.

Un segundo aspecto de esta espacialidad, y corpóreamente externo a él era la percepción que sobre  Antidio -más que como autor, como ente poético y sustancia- existía trasatlánticamente. En España, presentado como un poeta costarricense-español y en Costa Rica como un poeta español que también era costarricense. Dicotomía igualmente sausseriana, pues era lo uno y lo otro, simultáneamente y nuevamente con orígenes e historia transustanciadas. Fue un español profundamente costarricense y un costarricense marcadamente (pen)insular.

De este punto se desprendería entonces su percepción y premisa más singular: no siendo ni de aquí ni de allá, en  términos de orillas, vendría a afirmar que su país, su nación, su espacio estaba afincado en aquello que precisamente trasciende el espacio geográfico: la diversidad-unidad subsumida en la lengua española, trascendencia abarcadora, ubicua y múltiple en esos neologismos, giros sintácticos, nuevas formas contenedoras de lo actual, vasos comunicantes en constante renovación.

Así que esa doble vertiente del lenguaje que vemos en él –la escolástica y la espacial- estarán presentes, en constitución permanente y simultánea, de una la oralidad que  lo llevó a estructurar su espacio y  que su espacio estructuró, su ser y su estar, su dicens. Una dicens que esperó para ser leída y tempranamente se fue. Solemne, quieta y atenta a los signos como “los sonidos y el silencio”, o como  tu alta y elocuente “semántica callada” para citar sus propios versos.

Reposa pues, Antidio, en este espacio tuyo que es la palabra, la palabra universal, vigente e imperecedera, pues no te cabe otra.

*Doctora en Lingüística Hispánica por la Universidad de Illinois en Urbana-Champaign

Profesora de Lingüística y de Español como Segunda Lengua en La Escuela de Lenguas y Literaturas Extranjeras en Western Illinois University m-cabal-jimenez@wiu.edu

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