Este no es un libro. Es una caja, finamente decorada, que ha permanecido oculta en un rincón y que de pronto nos encontramos, recordando su existencia. Dentro, hay un catálogo de efigies, talladas con maestría, pero sin perder esa rustiquez de los recuerdos más antiguos, esos de cuando el mundo era distinto y la vida, ciertamente, era otra, sin ajetreos ni prisas, pero con mucho espacio para la magia y la aventura.
Se trata de una serie de cuadros que evocan la Costa Rica rural de hace 50 o 60 años, de la cual mucho se ha perdido, pero que sobrevive en esos caracteres infaltables en los pueblos y los barrios, figuras que existen al margen del orden, de la ley, del progreso y, precisamente, del tiempo, pues de alguna manera nos las ingeniamos para siempre dejar a alguien de lado.
Aquiles Jiménez cambia aquí la madera, el jade y el mármol por la memoria profunda de su infancia con la que esculpe esos homúnculos llenos de detalles, ya sea una verruga, un sombrero, un delantal manchado de sangre vieja, un pañuelo, un mechón café sobre la frente… detalles visuales que configuran rostros y siluetas que, concluida la lectura, podemos ver con una claridad insospechada, como si fueran recuerdos propios, dada la eficacia con que se retratan.
Y es que no podía ser de otra manera. El maestro escultor, en un acto de verdadera sinergia transdisciplinaria, pone en acción sus habilidades en el medio literario, con resultados notables. Porque eso es lo más sorprendente: esto, al fin y al cabo, sí es un libro, aunque incluso tras ponerlo en el estante, perdure la sensación de que estamos contemplando la colección de figuritas humanas y caninas que saltaron de las páginas.
