Esa isla fue un infierno

Esta es una crónica de una visita reciente del autor a la isla San Lucas en compañía del gran escritor costarricense José León Sánchez

Esta es una crónica de una visita reciente del autor a la isla San Lucas en compañía del gran escritor costarricense José León Sánchez, quien ahí estuvo recluido cuando aquello era un presidio y donde escribió la obra más conocida de la literatura nacional, La isla de los hombres solos.

El calor no deja pensar, los grilletes no dejan caminar, por los barrotes del viejo pabellón se cuela la luz violenta del Golfo de Nicoya, los hombres están solos pero la sexualidad no cesa, busca salidas en los cuerpos que aparezcan. Siempre hace hambre, siempre hace sed, no hay campo para dormir, no hay campo para nada, alguien se acuesta en el suelo de cemento a la par del estañón de los excrementos, de los orines. De vez en cuando se escuchan las historias: “yo la violé”, “yo no hice nada, todo me lo montó el dueño de la finca que estaba celoso”, al otro se lo cuadró el padrastro, aquel no sabía ni leer ni escribir, este era de Cartago, el otro de la barra de Parismina. Ahí llegaban porque ya no había pena de muerte. Es una isla hermosa, seca, pero hermosa.

El higuerón puede ser un árbol trepador, puede agarrarse de otro árbol, las ramas se enredan unas con otras y al final, para el espectador inexperto, no resulta fácil determinar dónde empieza un árbol y dónde termina el otro. Así pasa con las historias de los reos, unas se mezclan con las otras. Alguien las escucha, él no se robó a la virgen, él no mató al policía. En la isla aprendió a leer y a escribir, en la isla estaba como reo. Era un reo de exhibición, uno de esos que la gente llegaba a ver los domingos, las familias lo buscaban para decir que lo habían visto metido en una jaula. Si hubieran tenido los celulares de hoy en día se hubieran tomado fotos con él. Y ahí estaba, sentado en una esquina del pabellón lleno de hombres, que según la gente, formaban parte de lo peor de la sociedad, de ellos se defendían, por eso los mandaron a la isla, para purificar al país.

Cuando ese mismo mecanismo tiene por escenario la mente humana, Freud le llama represión, sí, se esconden los afectos, se esconden los pensamientos impuros, los hostiles, los sexuales y se cree que no volverán a aparecer nunca más, pero regresan, retornan transformados en sufrimiento. La idea de purificar la sociedad excluyendo a los peligrosos en lugares lejanos es un engaño, un consuelo para las personas de temperamento fascista (y en Costa Rica hay muchas) sí, esas que se han creído el cuento de la democracia, pero en su corazoncito llevan un dictador, a veces medianamente informado, la mayor parte del tiempo es un gendarme ignorante e hipócrita.

Memoria

La isla de los hombres solos es un documento de barbarie, una memoria colectiva que recoge el dolor humano, que permite pensar los mecanismos de control social, los distintos modelos penitenciarios y, además, nos abre ventanas para pensar lo costarricense. Él la escribió, eso me cuenta, sentado en una esquina de ese pabellón infernal, con cabos de lápices y en hojas de cemento. Una de ellas la tiene enmarcada en su casa, se la envió la esposa de un reo que la conservó a pesar del paso del tiempo.

La isla de los hombres solos no cuenta la historia de José León Sánchez, ni tampoco agota todo lo que se puede decir del presidio de San Lucas, pero es el libro que retornó, que escapó del pabellón para hacer ingresar a esa isla en el mundo  literario.

Desde que íbamos en el bus que nos llevaba al estero de Puntarenas, estábamos conversando sobre las fugas. “El mar no está hecho para nadar. Por eso, muchos murieron ahogados, los atacaban los calambres, no podían nadar más.”

Muchas veces navegué cerca de esa isla, por una u otra razón pasaba por ahí, la veía a lo lejos, sentía un rechazo instantáneo y dejaba de pensar en eso. Debe ser el mismo sentimiento que ha hecho que ningún niño en Costa Rica se llame José León y que solo dos cantinas se llamen San Lucas. A la otra cárcel le pusieron El buen pastor, que es lo mismo, pero no es igual.

-Entonces, ¿en Costa Rica sólo usted se llama José León?

-Sólo yo.

Cerca de los muelles del estero hay algunas cantinas, no pueden faltar, más allá están El caite blanco y El caite negro, son clásicos del Puerto, con su ceviche mixto o de piangua o la sangrita. Pero no son esos en  los que nos metimos, sino en una que queda en un alto, con vista al estero de aguas verdes. Él pidió una cuarta y se tomó un traguito como si fuera café. Siempre lo hace antes de viajar a San Lucas y pienso que no está mal recurrir a esos antídotos cuando el pasado que está pegado a ciertos lugares trae tanta violencia.

Las tablitas del puente que nos lleva al barco crujen y yo recuerdo a Maqroll el gaviero, el maravilloso personaje de Álvaro Mutis que también navegó por esas aguas, las aguas mansas del Golfo de Nicoya, recuerdo que les dice en una de sus siete novelas. Y son mansas, algo se levantan las olas cerca de “la punta”, pero son mansas, así estaban esa mañana que viajé a San Lucas conversando con José León.

Fugas

No habíamos llegado y yo seguía pensando en las fugas.

-¿Usted una vez lo logró?

-Una vez. Llegué hasta Caldera después de setenta y seis horas en el mar. Me había preparado, había entrenado. En esos años en Caldera no había nada, toqué tierra y seguí un arroyito, encontré una piedra llena de caracoles. Me los comí todos y me quedé dormido. Me despertó el golpe de un bastón. Cuadrillas de voluntarios y de policías me estaban buscando y me encontraron. Algunas personas habían venido en tren desde Cartago.

Me cuenta eso y trato de imaginar la condición geográfica de esa isla, no está lejos de Puntarenas, por el otro lado también está cerca de la península, lo que hay que hacer es estudiar las corrientes. No dejo de pensar en las fugas y todavía faltan unos diez minutos para llegar. Creo que duramos cuarenta y cinco desde que salimos del estero y hasta que entramos a la bahía del inglés, una pequeña bahía que tiene la isla, es una marina natural. El largo muelle de cemento nos lleva a la entrada que nos recibe con dos pequeñas torres a cada lado del camino y después de las gradas.

-Son calabozos. Yo pasé encerrado un año entero en uno de ellos. Fue el castigo por fugarme.

Coincido con Fito Páez, Papillón es un libro que lo que muestra es la lucha por la libertad. Una y otra vez, a pesar de todo, ese hombre intenta fugarse, hasta que lo logra, para poner un restaurante en una calle de Caracas o para casarse con una venezolana, para lo que sea, para vivir. No hay nada peor que estar preso y más si se trata de un centro de tortura como lo fue esa isla en la que estaba entrando.

Me da un poco de pena ajena la pregunta que hizo un periodista, pero la voy a decir.

-“Don José León, ¿pero en la sociedad también hay gente que vive presa aunque no esté metida en una cárcel?”

-No.

Coincidencias

El camino que nos lleva al viejo edificio principal tiene por nombre La calle de la amargura. Por ahí caminamos de espaldas al mar y dejando a los lados unas casitas que sirven de albergues para los guardaparques voluntarios. Hoy en día la isla de quinientas hectáreas es administrada por el Ministerio del Ambiente.

-A esa calle le pusieron así porque ahí era donde nos recibían. No era fácil pasar por ahí. En la entrada de la Universidad de Costa Rica hay una calle a la que le pusieron el mismo nombre.

-La conozco. -Digo mientras trato de imaginar lo que puede ser llegar ahí, desembarcar en San Lucas, empezar a caminar, ver esas caras, dejar atrás lo que se tuviera atrás, familia, muertos, hijos, mujeres. Y llevar al presidio el miedo, la ira, el resentimiento, los celos. Caminar y empezar a recibir golpes en el cuerpo sin camisa, en los pies sin zapatos. No, la calle que entra a la Universidad es otra cosa.

-¿Usted conoció a Papillón?

-Una vez nos encontramos en París. En una recepción. Una editorial publicó su libro y el mío. Unos años antes se había dado un pleito judicial por plagio. Ellos me acusaron de eso. Logramos demostrar que La isla de los hombres solos se había escrito varios años antes.

-Lo del plagio,  ¿fue por el capítulo de la burra?

-Sí, en mi libro se llama Margarita, en el de él Margarette. A las dos los reos las usan como amantes. Él nunca leyó La isla de los hombres solos antes de escribir eso. Ni yo la de él. Pero eso está en los dos libros.

El lugar donde están los pabellones y el edificio de los guardias no es muy grande. Está conformado por unos cuatro o cinco pabellones construidos al estilo panóptico alrededor de una plaza central que tiene un subterráneo para torturas. Los pabellones son galerones con una puerta de frente y ventanas pequeñas cerradas con barrotes, abiertas tres veces en los altos de las paredes. Con la puerta cerrada el lugar es oscuro y caliente. Y yo estaba solo mientras medía estas cosas. Con cuarenta y cinco hombres más ahí metidos no sé en qué tipo de persona se puede convertir uno.

-Uno vivía como tonto, alelado. No pensaba en nada. Nada pasaba por la cabeza-.  Me dice José León. Al tipo de gente que traían para seguridad los escogían muy bien.

-Eran bestias-. Es lo que me imagino. De las que les gusta a los de corazoncito fascista.

-Por el mar corre el sonido que hace la gente de Puntarenas. A veces llegaban las voces de las fiestas. Y uno las oía desde aquí. Por la libertad yo daría un ojo y un brazo. Y tal vez los dos ojos y los dos brazos. Eso dice en un pasaje de  La isla de los hombres solos. En el Quijote está escrito el discurso más lindo que se ha dicho sobre la libertad.

-No lo dudo, José León.

Lo dejo con la prensa y con la gente de teatro que está preparando el montaje de La isla de los hombres solos. Entiendo que se estrenará en setiembre en el Teatro Espressivo, de Tres Ríos. Me voy a caminar por la isla seca y caliente. No tiene agua y menos en esta época. Los pozos están secos y los caminos también. Nances, higuerones trepadores, mangos, carao, monos congos que ladran como perros en las afueras de lo que fue un redondel de toros ahora en ruinas. Los reos hacían de toreros improvisados en el corral hecho de piedras que ellos mismos habían traído desde las playas.

El manglar está seco y los pocos árboles que están verdes hacen pensar en agua subterránea. Es abril, el calor es bravo. Camino y me encuentro viejos lavanderos de cemento protegidos bajo la sombra de los higuerones, también las ruinas de una pulpería, Fanta, Coca-Cola, dice en las paredes. San Lucas no s olo fue presidio, también fue colonia, de eso deja constancia las ruinas de un barrio que se llamó Las jachas.

En este período las cosas mejoraron un poco. Es importante decir que en los pabellones que dejé atrás mientras me internaba en el bosque seco del Golfo de Nicoya, solo estaban los hombres más peligrosos. Los otros, los que llegaban ahí por aplicación de la ley contra la vagancia, vagaban por la isla. Y eso era lo que yo hacía. La cancha de futbol está totalmente cubierta por la maleza, es más, sé que hubo una, no es que se vea nada, lo que se ve es el monte crecer libremente. Se me hace raro usar esta palabra en este lugar.

En algunas partes la isla termina en acantilados, por los que se precipitaban los hombres en fuga desesperada para quebrarse las piernas o  las cabezas en las piedras que los recibían junto a las olas del Océano Pacífico. Todo eso alimentaba a los tiburones, en lo que parece una confabulación de la naturaleza para ayudar a los guardias, a los cabos. Los de corazoncito fascista también aman a los tiburones.

Cuando estoy a punto de devolverme, veo un letrero que señala hacia un lugar que se llama Tumbabotes, por esa playa la corriente que pasa al frente es fuerte, tanto que le da vuelta a las pequeñas embarcaciones que podían navegar por ahí. No me imagino lo que le puede hacer a un cuerpo desnudo y mal alimentado. Mi idea de una fuga posible se sigue debilitando al recibir la evidencia de la realidad, pierde fuerza al darme cuenta en el sitio, de las condiciones de la naturaleza, de la vida social de los leprosos.

En la Edad Media, cuando aparecía la lepra, los enfermos de este mal eran aislados de la gente sana con el fin de evitar el contagio. Michel Foucault menciona este dato como antecedente de algunos modelos penitenciarios. El otro modelo es el de la peste. Los apestados permanecen en las ciudades pero completamente vigilados y controlados. Estas son las ciudades en cuarentena. El modelo de San Lucas es el de los leprosos, los que se aíslan y se envían lejos para que no contagien al resto, a los que se suponen sanos. El modelo de los apestados más o menos era el de la Peni.

Literatura

Mientras regreso al muelle no puedo creer que fuera hasta 1991 cuando se cerrara este infierno. Sí, la isla es linda, pero yo no me saco de la cabeza lo que fue. Nunca vendría a un hotel construido aquí ni a una marina. Si estuviera en mis manos volaría todo en mil pedazos, no dejaría ni un museo, dejaría que la naturaleza hiciera su trabajo, que el bosque seco lo cubriera todo, que las lluvias siguieran haciendo crecer a los higuerones, que estos sirvieran de casa para los pájaros y para los monos que ladran como perros. Aplicaría la estrategia de tierra arrasada, destruiría todo lo que ha hecho el hombre en esta isla y todo el trabajo se lo dejaría a la naturaleza. De algún modo, haría lo que hizo Hernán Cortés en Tenochtitlan, no dejaría nada en pie.

Probablemente, algo de todo este lugar está en la génesis de Tenochtitlan. San Lucas fue zona de ceremonias chorotegas. Lo indígena siempre atrajo a José León. Aquí leía sobre la historia de México. En eso pensaba cuando lo veo atendiendo a los periodistas, a los estudiantes que llegaron a conocer San Lucas y se lo encontraron a él. Con todos habla, con todos es amable. Ahora también es objeto de atracción, todos buscan su foto, ahora también lo llegan a ver.

-Mis libros han sido traducidos a cantidad de idiomas en el mundo entero y alguna gente me sigue viendo como el que se robó a la virgen.

El barco va dejando atrás su estela de espuma blanca sobre las olas azules, su mirada se pierde en el horizonte, su pelo blanco vuela con el viento, la isla queda a lo lejos. Algo le pregunto sobre Tenochtitlan y comenzamos a hablar de literatura.


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