Ernesto Cardenal: juglar de la Liberación latinoamericana

La influencia del poeta y sacerdote Ernesto Cardenal, recién fallecido, en mi vida y trabajo literario tiene varias vertientes.

Sus epigramas y poemas políticos fueron parte de mis primeras lecturas. Recuerdo títulos como Oráculo sobre Managua, Los salmos, el Canto nacional, su extenso poema La hora Cero y por supuesto Marilyn Monroe. También me leí la Antología de poesía norteamericana que compiló junto con José Coronel Urtecho y su Ernesto Cardenal en Cuba. Todas estas lecturas fueron realizadas durante la adolescencia. Menciono estas obras porque fueron decisivas en mi formación y estoy seguro de que lo fueron también para muchos escritores de mi generación.

Al mismo tiempo que Cardenal ensanchaba la visión de la realidad política y social nicaragüense, nos hacía ver la necesidad de la lucha armada para derrocar al tirano. Su voz, en el plano literario y cultural, era la más autorizada de todas y él no dudó en ponerla al servicio de la causa del pueblo nicaragüense durante los años 70 y 80 y más allá, hasta el presente.

Pero Cardenal no solo nos influyó políticamente, sino también estéticamente. Su poesía exteriorista se mezcló con las diversas voces de la poesía latinoamericana que ya nunca más fue la misma. Me atrevo a decir que no hubo poeta en esas épocas que no bebiera de esa fuente de alguna manera. Luego esa influencia se fue decantando y dio origen a diversas expresiones de poesía coloquial o conversacional. Pero el origen estuvo en la lectura que Coronel Urtecho y Cardenal hicieron a su vez de la poesía exteriorista norteamericana.

Precisamente su obra Ernesto Cardenal en Cuba, que incluía una amplia muestra de poesía de la isla, nos abrió los ojos a un amplio espectro de poetas que rehacían desde la experiencia revolucionaria la poesía conversacional. Pero no solo eso. Su visión honesta de la Revolución cubana nos vacunó contra toda temprana ortodoxia.

De aquí en adelante la obra de Ernesto Cardenal se tornó en un cauce ancho y profundo para nuestra sensibilidad política y artística. Y, en mi caso particular, me permitió fundir dos palabras hasta entonces muy lejanas entre sí: fe y revolución.

Cardenal fue sin duda el juglar de la Teología Latinoamericana de la Liberación. Mientras que los teólogos de la Liberación se esforzaban por pensar sistemáticamente la fe desde los pobres, Cardenal la hacía parábola y símbolo a través de imágenes y cantos revolucionarios y cósmicos. Creo que ahí está su huella más luminosa y deslumbrante. De una manera natural, sin impostación ni artificialidad ninguna, unió lo que siempre había estado unido pero que la práctica institucional de la cristiandad había logrado escindir: la poesía, la lucha, la fe, la esperanza colectiva. Este esfuerzo lúcido y comprometido lo convirtió en un profeta, al estilo de los profetas bíblicos. Un portavoz de los designios de justicia de un Dios metido hasta el tuétano en la lucha de los pueblos por liberarse de los yugos opresores.

El padre Cardenal, como decía antes, fue para todos nosotros signo y camino. Nos enseñó de qué hablar en nuestros poemas y también cómo hacerlo. Puede que su influencia estética se haya diluido y transformado en las diversas voces de la poesía latinoamericana, pero el acento, la posibilidad de abordar cualquier tema poéticamente y la denuncia como tarea irrevocable del poeta en contextos de injusticia quedaron en nosotros como huellas indelebles.

Cuando se recuerde esta época atroz y luminosa, sus poemas servirán para llamar las cosas por su nombre. Lagos, volcanes, tiranías, traiciones, esperanzas, guerrilleros y profetas han quedado en el ámbar de su poesía para los siglos venideros.

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