Emily Brontë, 200 años de cumbres y versos

Indómita, casi salvaje, Emily Brontë nació el 30 de julio de 1818 en una época en la que ser escritora, libre y mujer parecía una ecuación imposible.

Indómita, casi salvaje, Emily Brontë nació el 30 de julio de 1818 en una época en la que ser escritora, libre y mujer parecía una ecuación imposible. Poeta y novelista, publicó sus versos con sus hermanas Charlotte y Anne bajo seudónimos masculinos (Currer, Ellis y Acton Bell); pero fue una novela, Cumbres borrascosas (1847), la que conquistó siglos y lectores. Ahora Alba Editorial reúne su Poesía Completa en edición bilingüe de Xandru Fernández.

Entre hechos ciertos y leyendas, Emily Brontë sigue siendo, doscientos años después de su nacimiento, un enigma. ¿Por qué prefirió vivir en la vieja casa familiar de Haworth?, ¿por qué enfermaba si se alejaba de su hogar aunque solo fuesen unos meses? ¿Cómo le marcó la muerte de su madre? ¿Sus cambios de humor, su brutal ansia de libertad, se debían al Asperger que dicen que padecía? ¿Por qué renunció a publicar en vida, tanto le afectaron las malas críticas, demoledoras, contra Cumbres borrascosas?

Nacida el 30 de julio de 1818 en Thornton (Yorkshire), Emily era la quinta de los seis hermanos Brontë (Mary, Elizabeth, Charlotte y Branwell eran los mayores, ella y Anne, las pequeñas). Su infancia estuvo marcada por la temprana muerte de su madre en 1821, tras siete meses de agonía. Como su hija mayor, Mary, tenía siete años y Anne, la menor, no había cumplido dos; Patrick, el padre, un pastor anglicano, decidió enviar a las cuatro hijas mayores al colegio Clergy Daughters, un lugar lúgubre y cruel que luego retrataría Charlotte en el Lowood de Jane Eyre. Mary y Elizabeth enfermaron de tisis y murieron meses después, y Charlotte y Emily regresaron a la casa parroquial de Haworth en la que vivían desde 1820.

Situada en un promontorio desde el que se dominaban las colinas y los páramos circundantes, Haworth se convirtió en el refugio de las Brontë. Allí crearon un mundo imaginario con tres países, Angria, Gondal y Glass Town. Mientras Charlotte y Branwell preferían Angria, Emily y Anne creaban historias sobre Gondal, fabricando sus propios libritos, de los que apenas se conservan algunos poemas de Emily. Con ellos se consagró, después de muerta, como una de las poetas góticas más destacadas de su época.

Xandru Fernández, responsable de la edición de Poesías completas que acaba de lanzar Alba, destaca cómo en estos poemas primerizos comenzó a forjarse además la Brontë de Cumbres borrascosas. “Sí –explica–, muchos de sus versos funcionan como laboratorio en el que probó combinaciones de imágenes, giros lingüísticos, temas procedentes del folclore que luego en su novela se transformarán en aspectos y rasgos de carácter de algunos de sus personajes. Sobre todo en sus poemas más épicos, los que tienen como escenario el paisaje ficticio de Gondal, aparecen figuras que anticipan a Heathcliff, a Catherine Earnshow o a Edgar Linton”. La relación entre poesía y relato es tal que, como Harold Bloom ha señalado, “resulta imposible distinguir muchos de los temas de sus versos de los de la novela”.

Su influencia en la poesía y el relato más actual también es indiscutible, pero no por un poema determinado, sino por su imaginería poética, su temática, “su visión del paisaje y del paisanaje”, que, en palabras de Xandru Fernández, “justifica que se pueda hablar de un postromanticismo o de una imaginación gótica que se infiltra, a partir de mediados del siglo XX, en la cultura popular europea”. De ahí su huella en autores como Flannery O’Connor y Graham Swift, pero también en Nick Cave o en PJ Harvey.

Algo que Emily Brontë estaba muy lejos de imaginar mientras escribía a escondidas. En realidad, es posible que jamás hubiésemos leído nada suyo si no hubiese sido por Charlotte, que descubrió sus poemas fisgando entre sus papeles y le sugirió que los publicase. Emily se enfureció por adentrarse en “los recovecos de mi mente y mis sentimientos”, pero acabó permitiendo que apareciesen en un volumen junto a los de sus hermanas, todas con seudónimos masculinos. Tras varios fracasos, las Brontë convencieron a una pequeña editorial para que lo publicase, pagando ellas algo más de 31 libras, casi el sueldo anual de una institutriz. Solo vendieron dos ejemplares, pero se convirtieron en lo que soñaban, en escritoras profesionales. El siguiente paso fue publicar Cumbres borrascosas. El resultado fue desolador. Si nadie había leído los versos, la novela fue demolida. Su carácter, nunca fácil, se fue agriando. Al mismo tiempo, pasó su vida cuidando de su hermano Branwell, opiómano y borracho. Su muerte en 1848 aceleró la de Emily, que el 19 de diciembre de ese año moría de tuberculosis.

Está enterrada en la iglesia de Haworth, centro de peregrinación de letraheridos de todo el mundo que buscan allí los fantasmas de Catherine y Heathcliff, mientras resuena su lamento: “Si me amabas, ¿en nombre de qué ley me abandonaste?”. Es el eco de la pasión, oscura y feroz, de Emily Brontë, por vivir, amar y morir.

Tomado de El Cultural


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