El primer gran editor de García Márquez

Al cumplirse el quinto aniversario, el 17 de abril, de la muerte de Gabriel García Márquez, se evoca la figura de Clemente Manuel Zabala, el primer editor que tuvo el Nobel. 

Tras el bogotazo el 9 de abril de 1948, el joven Gabriel García Márquez (GGM) hizo sus maletas y se marchó al Caribe, cerca de su natal Aratacaca, y sería en El Universal, donde por primera vez entró en contacto con el periodismo, donde desempeñaría un oficio del que se sentía tan orgulloso como el de escritor.

De hecho, en sus últimos años, insistió en sus declaraciones, que por otro lado nunca fueron numerosas, de que el periodismo era también un género literario.

Fue en El Universal de Cartagena de Indias donde García Márquez, que ya había publicado sus primeros cuentos en El Espectador de Bogotá, se encontró con un personaje que iba a ser clave en su formación, pero que permaneció en las sombras durante mucho tiempo.

Para Zabala era imprescindible que el periodista fuera culto y escribiera muy bien.

Se trata de Clemente Manuel Zabala, ese periodista culto, amante de la literatura, la música popular, el humor fino y ácido, y quien lo recibió en la redacción de El Universal, y de inmediato reconoció al entonces incipiente escritor.

En efecto, Zabala había leído los cuentos que Eduardo Zalamea Borda –Ulises– le había publicado a García Márquez en el suplemento literario de El Espectador.

Aquel primer encuentro sería crucial, aunque debieron pasar muchos años para que el escritor reconociera públicamente la influencia de su mentor.

Jorge García Usta, ya fallecido, destacaba en Cómo aprendió a escribir García Márquez

la relevancia de Zabala para la formación del futuro periodista, así como el grupo de amigos que lo rodeaban. Se refería a Héctor Rojas Herazo, Gustavo Ibarra Merlano y a Óscar y Ramiro de la Espriella.

En este período es que surge el famoso lápiz rojo de Clemente Manuel Zabala, tarea no menor, porque el jefe de redacción de El Universal hizo de editor y guía cuando el periodista daba apenas sus primeros pasos.

Al respecto, García Usta, sostiene: “Ese lápiz se haría famoso por corregir los primeros originales periodísticos de uno de los escritores más famosos de este siglo y por tratar de implantar, en forma definitiva, en el periodismo costeño una recepción moderna”.

Pero ¿quién era ese hombre misterioso, que algunos veían como una sombra y que por tantos años iba a estar invisibilizado en la historia de García Márquez?

García Usta lo describe así: “Para algunos se trataba de un viejo culto y radical, pero compulsivo; sin embargo, para sus amigos, que conformaban el grupo más valioso de la literatura costeña de esa época, aquel viejo con tendencia a la melancolía, que vivía solo en un cuarto con revistas de medio mundo abiertas en cualquiera página, era el maestro Zabala”.

Su interés por la música popular, por los cables internacionales como fuente de información para temas periodísticos y literarios, por la bohemia, por terminar la jornada en el bar de la esquina, siempre hablando de periodismo, de la noticia del siguiente día, García Márquez las iba a vivir de cerca con Zabala, un hombre al que llamaban el “irreductible”, porque no hacía concesiones a los conservadores, dado que sus principios eran innegociables. Zabala era un periodista de los de antes, que cerraban la redacción a medianoche y se iba a la casa con un ejemplar impreso del periódico del día siguiente.

“En su cuarto había además un violín que Zabala –ante la solicitud esporádica de amigos—prometía tocar el día menos pensado, una hamaca que recordaba los orgullosos orígenes rurales e indios del maestro, apuntes y revistas. Era, desde luego, la habitación de un solitario; pero de un solitario dotado de una curiosidad, una cultura y una capacidad prodigiosas para comunicarse con el mundo”.

En El Universal García Márquez iba a tener su primera columna periodística y es notable la influencia de sus compañeros en la temática, en el humor, en los guiños que se hacían de texto a texto, y en ese desenfado por contar la realidad desprovista de toda trascendentalidad.

Tal es la influencia de Zabala en García Márquez, no solo porque le dejaba las cuartillas llenas de anotaciones rojas, en las que le corregía los numerosos errores del periodista, sino que ese padrinazgo iría más lejos, e iba a alcanzar incluso la literatura.

No es, por lo tanto, gratuito el hecho de que la primera novela que García Márquez publicó llevara por título La hojarasca, que iría escribiendo en sobros de papel de El Universal, una palabra presente en el vocabulario del maestro.

“Más llamativo aún resulta el uso que Zabala le da a la palabra ‘hojarasca’, en su nota ‘Pongamos oído a nuestra música’ del 1 de julio de 1948, como sinónimo de masa extraña o foránea que llega a agredir y arrinconar lo propio”. Esa idea de esa masa que llega y todo lo arrastra estará presente en la primera novela del escritor.

Aparte de los valores de la edición que Zabala le inculcó al periodista de Aracataca —valores hoy casi perdidos en todas las redacciones del mundo, donde la figura del editor viene en decadencia desde hace más de una década—, le heredó ese amor y esa atención hacia la música popular. En el caso de García Márquez el ballenato será una de las músicas que más lo cautivaron.

UN PERIÓDICO PROPIO

La vena periodística que se gestó en El Universal ya no le abandonaría nunca a García Márquez, quien se aventuró en 1951, tras su regreso de Barranquilla, a tener su propio periódico.

En su caso se trató de Comprimido, una publicación que no tendría la mejor de las suertes y que tras unos cuantos números iba a desaparecer. El humor y el sarcasmo siempre estuvieron presentes en ese medio.

En el primer editorial de esa insignificancia llamada Comprimido, el futuro Nobel de Literatura escribía: “Comprimido no es el único periódico más pequeño del mundo pero aspira a serlo con la misma laboriosa tenacidad con que otros aspiran a ser los más grandes. Nuestra filosofía consiste en aprovechar en beneficio propio las calamidades que se confabulan contra el periodismo moderno”.

Llama la atención que el director lo hacía todo e incluso tenía una sección llamada “Buzón sentimental”, titulado “Hospital amoroso”.

—Siempre deseo decirle muchas cosas a un hombre, que me gusta mucho, pero resulta que cuando estoy a su lado me baja la temperatura, me corre un sudor frío por todo el cuerpo y empiezo a temblar. ¿Qué puedo hacer? Mary. La ciudad.

—R. Hágase ver de un médico. Es posible que lo que usted tiene no es amor sino paludismo.

Los textos, desde luego, los producía el Nobel en 1951, que a estas alturas ya también había escrito una columna en El Heraldo de Barranquilla.

—Hace algunos días conocía a una muchacha como de veinte a veintidós años, alta, morena, muy parecida a Ingrid Bergman, sobre todo en la manera de sonreír. Me habría casado con ella al instante, pero ella desapareció de mi vista, pues al ver que yo le proponía matrimonio al rompe, dijo que yo andaba detrás de su dinero. ¿Qué debo hacer para encontrarla?”. RBDN. La ciudad.

—R. No se preocupe, que a estas horas todo el personal masculino de este periódico debe de andar sobre la pista de esa mujer.

El humor, el ingenio, esa sabiduría caribe que García Márquez absorbió en Cartagena de Indias y en Barranquilla, le acompañarían en su largo caminar por la literatura y el periodismo.

En Del amor y otros demonios, García Márquez reconoció públicamente su deuda con su maestro Zabala en una nota anticipatoria de la novela.

“El 26 de octubre de 1949 no fue un día de grandes noticias. El maestro Clemente Manuel Zabala, jefe de redacción del diario donde hacía mis primeras letras de reportero, terminó la reunión con dos o tres sugerencias de rutina. No encomendó ninguna tarea concreta a ningún redactor. Minutos después se enteró, por teléfono, que estaban vaciando las criptas funerarias del antiguo convento de Santa Clara y me ordenó sin ilusiones: “Date una vuelta por allá a ver qué se te ocurre”.

Así, como lo acaba de describir GGM, es que se forma un periodista e incluso un novelista como fue su caso, porque al unir leyenda con periodismo, pudo escribir su novela.

El hombre que supo orientar los primeros paso de García Márquez en el periodismo, recibía así, y por primera vez de manera oficial, un reconocimiento público del propio Nobel, y luego vendría una reivindicación de la figura de Zabala, con su porte de bohemio, culto y amante de todos los saberes que en el mundo han sido.


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