El oráculo de Mendiluce

Pura Vida, novela del escritor español José María Mendiluce, quedó finalista del premio Planeta, en 1998, año de su primera publicación

Pura vida

José María Mendiluce

Novela

Planeta

1998

Pura Vida, novela del escritor español José María Mendiluce, quedó finalista del premio Planeta, en 1998, año de su primera publicación. Esta misma casa editorial la volvió a editar en el 2014. El autor publicó otra novela en la que utiliza nuevamente el nombre de la protagonista de la primera, Ariadna (La sonrisa de Ariadna, 2005), una bella joven catalana funcionaria del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD).

Además de escritor y articulista, Mendiluce (1951-2015), economista de profesión, tuvo una vida corta pero intensa. Fue eurodiputado socialista, militante antifranquista, comunista, medioambiental y funcionario de la ONU en el Alto Comisionado para las Refugiados (ACNUR) destacado países africanos y europeos.

Pura vida comienza en Nueva York (EE.UU.), pero la historia transcurre mayoritariamente en Costa Rica, y un poco menos en Barcelona (España), aunque Cataluña está presente en el transcurso de la obra, sea por su vínculo familiar, donde vive la desafecta madre de la protagonista (su padre ha fallecido) y la mejor amiga,  Nuria, con quien mantiene un permanente intercambio de cartas. Esta es como el polo a tierra ante una Ariadna con una vida un tanto torcida y caótica, pese al prontuario académico que presenta: doctorado en una universidad suiza.

La protagonista de Pura Vida vive en Nueva York con su pareja Tom, corredor de bolsa proveniente de una familia tradicional que riñe notablemente con los sueños de aventura de Ariadna, ojalá en país tercermundista lejos de la  gran metrópoli con una vida predecible. Concursa para un puesto en el exterior y lo gana. Costa Rica será su destino. Este país, del que desconoce todo, será el paraíso soñado, la libertad conquistada con mucho sexo, mucha droga (marihuana y cocaína) y mucho licor con sus compañeros de trabajo en sus constantes viajes a la playa, primero Manuel Antonio (Pacífico) y luego Puerto Viejo (Caribe).

Estas visitas con amigos, entre los que no está ausente un agente de la DEA, le permiten  salir del hastío que supone su nada edificante “trabajo”, donde “no estoy aprendiendo nada más que a convertirme en otra vaga más financiada en sus vicios por el sistema de la ONU”, al igual que otros de sus compañeros, sin proyectos claros. Su vida laboral mediocre, pero con la categoría de funcionarios internacionales y buenos salarios para financiar sus fiestas, le permitiría seguir escalando en la estructura burocrática de las Naciones Unidas.

La primera visita a este último sitio, con sus playas de arenas doradas, su diversidad étnica y cultural y la vegetación lujuriosa, la impacta. La impacta el lugar, pero sobre todo el macho soñado, un afrodescendiente, en cuarta generación del primer Jonás Wilson quien, procedente de Jamaica, arribó en una fragata al Caribe costarricense en 1873 para trabajar en la construcción del ferrocarril y quedó atrapado en una vida de precaria subsistencia, sin poder regresar a su tierra como lo pretendió en muchos momentos.

Después de drogas, licor y sexo en San José y en el Pacífico, el primer viaje al Caribe la marca definitivamente, al tiempo que su pareja en Nueva York, con un amor a la usanza antigua, se empieza a desdibujar velozmente en su corazón, entregado completo a su nueva conquista, el espécimen que le parte la vida en dos. En su primer viaje, con Virginia, colombiana compañera de trabajo de amores efímeros, conoce a Jonás, el “príncipe”, el surfista bello y atlético deseado por muchas, que vive del mar y de amores fugaces, que le llena su corazón como jamás imaginó. Es el idilio pasional que cimenta la tragedia para aquellos cuerpos hermosos y llenos de vitalidad.

“Ariadna se quedó callada, la boca entreabierta, mirando descarada el caminar rítmico que alejaba a aquella aparición de carne y hueso. Y parecía que el paisaje se abría para dejarle el paso, que todo a su alrededor se movía en función de su ritmo, y atraía (…).

-¿Lo has visto bien? -acertó a preguntarle (a Virginia) Ariadna al rato, incrédula-. ¿Estoy loca o era el hombre más guapo que has visto?”

Comienza otra etapa de su existencia. Relaciones complacientes con la familia de Jonás (Wilbert, el hermano, y Nahalia, tía abuela). El primero con su falsa prédica moralista por la visión que tienen los extranjeros de aquel paraje exótico; su tía abuela en permanente zozobra por el riesgo de los jóvenes. Drogas, birras y discotecas en abundancia y un poco de trabajo en San José que, más bien, parece una justificación para frecuentar a su amado, en el Caribe, donde se supone debe desarrollar su nunca concretado proyecto laboral.

Aunque sin un rompimiento formal, Tom pasó a ser solo un recuerdo lejano. Cuando se encuentran, meses después en Nueva York, una Ariadna devastada por el alcohol, las drogas y un amor inestable, se ven como dos personas que tal vez algún se conocieron pero que no tiene nada en común. Ni siquiera reproches, menos la búsqueda de un amor perdido en los laberintos del tiempo.

Si bien la historia transcurre a finales de la década de los 80, con referencias ligeras a las negociaciones de la paz en Centroamérica y el primer gobierno de Óscar Arias, las drogas y el crimen,  con su mafia, sus extorsiones, sus asesinatos brutales y misteriosos, los capos del narcotráfico y el dolor de familias destrozadas, suenan como a una premonición, un oráculo de lo que vendría. Como un reportaje de los que leemos en los periódicos y vemos en la televisión, casi 30 años después, de lo que sucede en algunos lugares del Caribe costarricense.

“Punta Uva no sería hoy noticia ni motivo de especial atención por su perdurada belleza, casi inalterable con el paso de los años. Hoy lo sería en la página de sucesos de La Nación y La República. Y eso si alguien daba alguna importancia al cadáver de un negro destripado por las olas (…). Como para él (Wilbert), y para Jonás, cuando antes de que empezara todo aquello se dedicaban a pescar langostas”.

 

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