Ernesto Cardenal:

“El lago es mi vida”

En la recién pasada Feria del libro, fue objeto de homenaje el poeta y sacerdote nicaragüense Ernesto Cardenal, junto a la escritora costarricense Carmen Lyra

En la recién pasada Feria del libro, fue objeto de homenaje el poeta y sacerdote nicaragüense Ernesto Cardenal, junto a la escritora costarricense Carmen Lyra y el poeta de la joven generación Felipe Granados, ambos fallecidos.

Cardenal, con más de 90 años, es una referencia en la literatura centroamericana. En esta entrevista breve habla sobre su obra intensa y provocadora y sobre su vida a ratos inquieta, a ratos serena, profunda y apacible, como las aguas mismas del lago Cocibolca.

Al leer sus magníficos libros de memorias, uno ingresa en la historia de Nicaragua, en la transformación mística y personal de un hombre, en el campamento de un misionero, en la casa de un poeta que deslumbra con su sencillez. Fue ministro de cultura de la Revolución Sandinista, monje trapense; sus posiciones teológicas y políticas a favor de la causa popular lo llevaron a tener aquellos conocidos enfrentamientos con el Vaticano. Hoy Ernesto Cardenal tiene noventa años, sigue viajando, de vez en cuando escribe algún poema sobre el Universo y es uno de los escritores nicaragüenses, uno de los humanistas centroamericanos, más reconocido a nivel mundial.

Si sus epigramas sirvieron de espejo para muchos enamorados hiperbólicos iguales a él, sus memorias nos llevan a recorrer desde adentro la historia reciente de Nicaragua desde la visión de uno de sus artífices, otra vez convertido en disidente por esas vueltas que tiene la historia. Disidente, al igual que en su juventud cuando escribió estas líneas contra Somoza:

“Me contaron que estabas enamorada de otro

y entonces me fui a mi cuarto

y escribí ese artículo contra el Gobierno

por el que estoy preso”.

Sobre estos temas conversamos con Ernesto Cardenal en un hotel de San José, en el marco de la Feria Internacional del Libro de este año, en la que fue uno de sus dedicados.

La literatura nicaragüense

Álvaro Rojas: La nicaragüense es un hito dentro de la literatura latinoamericana; son muchos y muy buenos los escritores que han hecho su obra desde Nicaragua, que han pasado la prueba del tiempo y que han alcanzado un notorio reconocimiento internacional.

Ernesto Cardenal: Antes de Darío no había nada, después vinieron muchos que siguieron su influencia o se apartaron de ella, que escribieron para distanciarse de Darío; el resultado todo eso fue muy bueno. En mi caso fueron importantes los poetas de León, Salomón de la Selva, Alfonso Cortés que se volvió loco; Azarías Pallais, poeta y sacerdote; los vanguardistas, José Coronel, claro, Joaquín Pasos y Lino Argüello, él fue muy importante.

AR ¿A qué se debe esa fuerza de la literatura nicaragüense?

EC Han dicho que a la historia del país, a Darío y a que siempre los viejos han ayudado a los jóvenes, eso es una tradición. La literatura nicaragüense ha seguido, han venido otros.

AR Sergio Ramírez es también un referente en la actualidad.

EC Sí, así es, en narrativa Sergio Ramírez ha alcanzado mucho reconocimiento.

AR ¿Usted sigue escribiendo?

EC Sí, de vez en cuando escribo un poema.

AR ¿Qué lee actualmente?

EC Leo teología moderna, mucho sobre divulgación científica, libros sobre el Universo, la vida inteligente, las galaxias; hago esas lecturas, pienso en ellas y después escribo un poema.

AR Desde La Revolución perdida, el último tomo de sus memorias, ya ha pasado algún tiempo. ¿Podríamos esperar un nuevo volumen?

EC No, después de la revolución sandinista, de Nicaragua no vuelvo a escribir.

“Un marxismo con San Juan de la Cruz”

Desde algunas corrientes modernas se piensa que la política y la religión son ámbitos que deberían estar separados, que la religión debe quedar en la esfera privada de las personas, en un lugar en principio ajeno al campo de batalla político. En la vida de Ernesto Cardenal estas actividades siempre han estado unidas, su práctica religiosa siempre ha sido política, su militancia política siempre fue religiosa, una le ha dado sentido a la otra y la opción por los pobres lo llevó a encontrarse de frente con las políticas del Vaticano durante la década de la revolución en Nicaragua, durante los años ochenta. En Las ínsulas extrañas, el segundo tomo de sus memorias, lo dice así:

“Ahora me parece que el nombre teología de la liberación fue mal escogido, y que debería haberse llamado teología de la revolución. Así no preguntarían muchos, como aún ahora preguntan, qué es esa teología, ya que todos saben lo que quiere decir la palabra revolución, tanto los que están a favor de ella como los que están en contra.”

AR ¿Considera usted que todavía es válido el que sigamos aspirando al “reino de Dios en la tierra”, el que tengamos eso como una idea reguladora en nuestro hacer político?

EC Sí, así es. Como decía Gandhi: el evangelio es político o no es.

AR Dicen que José Coronel influyó más en la literatura con sus conversaciones que con sus libros y en una de ellas dijo que todo lo que no era milagro le aburría. ¿Debemos seguir aspirando al milagro?

EC Sí, esa es la aspiración. Una cosa es Jesús y otra Cristo. Una cosa es Jesús de Nazaret, el del pesebre y otra es el Cristo cósmico, esa fuerza. Entre todas esas estrellas del cosmos, entre todas esas galaxias debe haber vida inteligente, encarnaciones. A nosotros se nos dio inteligencia y hemos creado pobreza, destrucción de la naturaleza, del ambiente, de las personas. Debemos seguir aspirando al milagro.

AR ¿Cuál es su pensamiento sobre el Papa Francisco?

EC Él está haciendo una revolución en el Vaticano.

En pocas personas se reúne la poesía, la experiencia mística, el pensamiento teológico y la militancia política, como en Ernesto Cardenal; esas tres experiencias humanas lo llevaron a estar en la primera fila de determinantes acontecimientos históricos, a estar en primera fila en la literatura latinoamericana, a ser una figura sobre la que se seguirá hablando por mucho tiempo, por su vida, por su obra, por la huella que ha dejado en su país; ese lugar por el que se desborda su amor.

El lago de Nicaragua

Decía él en su prólogo al libro El río San Juan. Estrecho dudoso en el centro de América, que “posiblemente la región más bella de Nicaragua es la del río San Juan, entendiendo por ella no sólo el propio río sino el territorial por donde él transcurre hasta desembocar en el Atlántico y el rincón del lago donde él nace y, en este rincón, Solentiname.”

AR ¿Qué representa el lago de Nicaragua en su vida?

EC Yo soy un poeta del lago, yo nací ahí, me recuerdo a los tres años viéndolo desde Granada, disfrutaba observando el vapor Victoria que lo navegaba completo hasta San Carlos; mi colegio tenía la vista abierta al lago, del lago tuve que desprenderme cuando salí de Nicaragua para hacerme monje trapense, en el lago fundé Solentiname. El lago es mi vida.

AR Esa zona es la que ha marcado la historia política de Nicaragua.

EC Esa zona es Nicaragua. ¿Has estado ahí?

AR Claro. Hay un poema suyo que se llama Greytown, por el puerto de influencia británica que se construyó en la boca del río en el Caribe.

EC Lo recuerdo perfectamente.

AR Bueno, en ese poema aparece un gringo que esperó toda su vida la construcción del canal y el canal se hizo en otro lado y el gringo vivió cien años. ¿Podemos esperar que eso ocurra ahora con las intenciones que existen otra vez de construir un canal en Nicaragua?

(Se ríe).

EC El canal sería la destrucción del lago, sería la destrucción de Nicaragua.

Como la historia lo que hace es cambiar de dirección sin detenerse nunca por nada ni por nadie, como guiño de algún tipo, ese mismo día nos llegó la noticia de que el Papa Francisco era recibido en el aeropuerto José Martí de La Habana por Raúl Castro. El Papa después viajó a Washington, a encontrarse con el presidente Obama. Con el rechazo al canal y la alegría de Cardenal al hablar del sur de Nicaragua fuimos cerrando la conversación. Un empleado del hotel vino a saludarlo, el señor era de Rivas y estaba realmente emocionado de ver a su paisano. Después, Lutz Kliche, el consultor editorial que nos acompañó, se llevó al poeta de noventa años empujando su silla de ruedas hasta perderse tras las puertas del ascensor. A mí no me duró nada el café negro que me tomé mientras ordenaba las ideas. Finalmente, esto es lo que dice el poema Greytown:

“Edwards E. Brand, de Kentucky, fue el último norteamericano

Que se quedó en Greytown, esperando el Canal.

Esperó el Canal toda su vida. Y vivió un siglo:

Vestido siempre con saco, chaleco, corbata y sombrero de pita.

En los últimos años los vecinos le daban de comer,

Ya no tenía zapatos y andaba descalzo,

Pero siempre con saco, chaleco, corbata y sombrero de pita”.


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