El centenario de dos titanes

Este año se conmemora el centenario del natalicio de dos de las figuras más destacadas de la literatura costarricense:_Fabián_Dobles_(17 de enero)_y_Joaquín_Gutiérrez (30 de marzo).

Dos pilares de la cultura e identidad

Este año se conmemora el centenario del natalicio de dos de las figuras más destacadas de la literatura costarricense: Fabián Dobles (17 de enero) y Joaquín Gutiérrez (30 de marzo). Ambos escritores excepcionales, con una obra que se enraíza en la identidad costarricense y rinde frutos de valor universal. Dos intelectuales, además, ejemplares como personas y como maestros.

Fabián Dobles

La feliz coincidencia de que este año se conmemore el centenario del nacimiento de dos figuras fundamentales de la literatura y la cultura costarricenses no es más uno de los tantos puntos que vinculan a estos dos pilares de la intelectualidad nacional.

El mayor, por unas semanas, nació en Heredia; el otro, en Limón. Ambos iniciaron la secundaria en el Colegio Seminario, pero la terminaron en el Liceo de Costa Rica; ambos cursaron la carrera de Derecho en la Universidad de Costa Rica, pero ninguno la ejerció. Los dos se hicieron comunistas a temprana edad y sostuvieron esa convicción y militancia hasta el último de sus días. Ambos dominaban a la perfección el idioma inglés. Uno era maestro internacional de ajedrez, al otro le gustaba más el fútbol y era fanático de la Liga Deportiva Alajuelense.

Uno, se hizo tempranamente viajero, anduvo por el mundo y vivió en varios países; don Joaquín se fue a un torneo de ajedrez en 1939 a Argentina, pero de ahí pasó a Chile, donde se quedó hasta 1973, cuando tuvo que escapar tras el golpe militar.

Don Fabián, por su parte, se asentó en su amada tierra de nacimiento y vivió con intensidad y devoción la forma esencial del costarricense, al que retrató en una obra voluminosa de cuentos, novelas y poesía.

Don Joaquín tuvo dos hijas, don Fabián, cinco.

Los dos ejercieron el periodismo. Uno como corresponsal para agencias de noticias y para el diario El Siglo, periódico del partido comunista, en Chile. El otro mayoritariamente como editor con la agencia soviética Novosti y con la cubana Prensa Latina.

Dentro de la voluminosa obra literaria de ambos destacan libros para público infantil: la novela corta Cocorí, en el caso de Joaquín Gutiérrez, y las Historias de Tata Mundo, de Fabián Dobles. Ambas traducidas a varios idiomas y reconocidas internacionalmente.

Pese a tantos puntos de encuentro, la amistad que los unió la cultivaron más bien mayores y gracias a la literatura y a su militancia comunista.

Ambos tratan en una de sus novelas principales el tema del acoso por parte del latifundio al pequeño propietario: El sitio de las abras (1950), de don Fabián, y Murámonos Federico (1973), de don Joaquín.

Los dos obtuvieron el premio nacional de cultura Magón: don Fabián con apenas 50 años fue reconocido en 1968 por el conjunto de su obra. Don Joaquín, en 1975

Fabián Dobles, el escritor esencial.

Fabián Dobles era de esos escritores inmensos cuya inquietud los hace desplazarse en varios géneros. Su curiosidad innata lo llevó desde niño a intentar leer y aprenderse el diccionario completo.

Fue profesor de inglés y luego hizo traducciones. Aunque su carrera universitaria fue en derecho, que apenas ejerció.

Era un lector intenso, leía con acuciosidad, como si examinara los textos y, a veces, sus análisis eran demasiado críticos. Pero ese juicio severísimo también se lo aplicaba a sí mismo, por lo cual sus textos son de un estilo muy depurado.

Desde joven tuvo muy claro que la literatura era un arte social, y él mismo se supo un hombre con un compromiso con los demás.

Es bueno no confundirse en ese sentido. Fabián Dobles era un escritor comprometido, como tal, y como todo artista, entendía su compromiso con la obra, con el rigor en que se sustenta su estética, pero como persona también estaba comprometido, en su vida personal y en su sensibilidad. Era un hombre solidario, conmovido por la vida de los demás, que entendía la sociedad como un conjunto articulado lejos del individualismo pero vigilante del respeto a todos y cada uno.

Esa visión de mundo lo llevó a integrase al partido comunista cuya lucha por la justicia social suscribió hasta el último de sus días. Pero también lo llevó a producir una obra dedicada a las mayorías excluidas y marginadas de la sociedad. Puso como protagonistas a personajes que padecen las desigualdades sociales y denunció las formas de organización social que maltratan y deforman a los seres humanos.

Ese que llaman pueblo, una de sus primeras novelas, es una especie de mural que retrata a los personajes costarricenses como un gran fresco en que el lector puede sentirse compenetrado. La escribió cuando tenía apenas 22 años y eso ya daba cuenta del enorme talento del escritor y, a la vez, su vocación de escribir por esa gran mayoría humilde e invisibilizada. Con ella se inscribe en un grupo de autores que tiene esa misma sensibilidad y que la crítica literaria llamaría la Generación del 40, por la década del siglo pasado en que aparecen sus obras, y donde están también Adolfo Herrera García, con su novela Juan Varela; Yolanda Oreamuno, con La ruta de su evasión; Carlos Luis Fallas, con Mamita Yunai; y Joaquín Gutiérrez, con Manglar.

Precedidos por sus maestros como Joaquín García Monge y Carmen Lyra, los autores de la Generación del 40 escriben con una gran consciencia social y consideran que la literatura debe tener una función más allá del goce estético individual, y debe conmover y activar un sentido social de ver el mundo.

Pero no se trata de una narrativa política, sino que, al retratar los dramas sociales que produce la desigualdad, muestra las fallas urgentes.

Después de la guerra civil de 1948, don Fabián debió sufrir las penurias de la persecución política de los vencidos. Jamás claudicó ni de sus principios ni de sus convicciones. En 1950 publicó su novela emblemática El sitio de las abras, luego sus aclamados cuentos Historias de Tata Mundo (1955).

Durante toda su vida supo salvar las penurias económicas junta con su insoslayable esposa Cecilia Trejos y mantuvo su labor creativa constante.

Los cambios vertiginosos de la sociedad del fin del siglo XX los vivió con preocupación, la cual compartía con innumerables personas que lo buscaban para conversar y escuchar sus criterios siempre profundos y atinados.

Alerta Ustedes, su breve ensayo, uno de los últimos textos que publicó, demuestra su compromiso con su país y su gente, y su preocupación por los procesos de aculturación.

Se preocupa en ese ensayo por el uso del idioma y la triste deformación del lenguaje nacional, ese español que hablamos los costarricenses. Desde luego va más allá, analiza la forma en que ese uso deformado del idioma representa una debilidad cultural.

Pero don Fabián no era un conservacionista cultural que alentara la absurda idea de preservar una cultura intacta, sino que se preocupaba por el debilitamiento del tejido social que produce la identidad precarizada.

Desde su conocimiento del idioma inglés podía y reclamaba la influencia de ese idioma como una forma de dominación cultural.

En 1989 publicó su última novela, Los años, pequeños días, en la que retoma recuerdos de su vida en una bella narración que no deja de atreverse en formas narrativas contemporáneas y a la vez es una alerta por una identidad costarricense que parece desdibujarse en el tráfago cotidiano del cambio de siglo.



Joaquín Gutiérrez, ensayista y filósofo

Arnoldo Mora

Joaquín Gutiérrez es considerado uno de los más grandes novelistas, cuentistas de la historia de la literatura hispanoamericana, sino también periodista y agudo cronista de los acontecimientos más importantes de la época que le correspondió vivir, época que abarcó casi todo el siglo XX. Pero yo deseo destacar su aporte al género ensayístico gracias a los prólogos con que presentó sus traducciones de las principales tragedias de W. Shakespeare, a quien Joaquín adoraba hasta el borde de la idolatría, como él mismo confiesa.

Joaquín Gutiérrez

En mi condición de filósofo esta ha sido una de las facetas de nuestro autor que más me ha impresionado; por lo cual deseo resumir y comentar algunas de sus reflexiones que demuestran sus dotes de pensador  hondo y culto.  En sus prólogos-ensayos a que me he referido, Joaquín se adentra en los meandros propios del pensar filosófico. Nos dice lo que es para él la poesía, el lenguaje, la tragedia y el por qué el ser humano no cesa en su búsqueda del sentido último de la vida. Sin percatarnos descubrimos con admiración y curiosidad un Joaquín Gutiérrez filósofo, un literato que hace una pausa deliberadamente ya en su madurez humana y creadora para preguntarse el porqué de lo que está haciendo; se interroga en torno a por qué el ser humano hace arte, poesía, tragedia y, en el fondo, el porqué de la existencia, interrogantes que, sin embargo, para  don Joaquín escapan a toda justificación racional, y dejan, como en Macbeth, la última palabra al delirio y la demencia.

Pero veamos más en detalle el pensamiento filosófico de Joaquín Gutiérrez. Para nuestro autor el arte no tiene como fin simplemente deleitarnos. A través de las grandes obras, sobre todo aquellas que alcanzan las altas cúspides de lo trágico, emerge la eterna pregunta sobre qué es el ser humano cuestión a la que se reduce todo el ser y quehacer de la filosofía según Kant. En su prólogo a la traducción del Rey Lear, escribe Joaquín: “Y obtenemos así extraños derroteros para buscar la respuesta a la pregunta  eterna, qué es el hombre. Y no el hombre aislado como una entelequia intelectual, sino el hombre entre los hombres, el hombre en su dónde y en su cuándo”. Luego añade: “Y la obra se traslada con facilidad de lo singular concreto a lo universal abstracto”. La respuesta a este interrogante sobre el hombre y su existencia,  Gutiérrez  no la encuentra en una respuesta racional, tomada sea de la filosofía o de la ciencia, sino del arte. Dada la complejidad de la condición humana, sólo los grandes genios del arte literario han podido no ciertamente descifrar, pero sí al menos  ahondar con lúcida profundidad  en los pliegues del corazón humano lo suficiente como para darnos una palabra inspiradora, la única que nos puede servir de luz y guía en el laberinto de la existencia. En su prólogo a la traducción de Hamlet, Gutiérrez lo dice con estas palabras: “Y quien osa ponerle etiquetas a Hamlet es porque concibe el corazón humano compartimentado en amplios salones a giorno cuando sabemos que no es así. Que esos supuestos salones etiquetados y numerados no existen y que son en realidad múltiples, tortuosas y oscuras galerías dispuestas en forma de intrincado y gigantesco laberinto. Y que tan solo unos pocos hombres, llámense Shakespeare, Dostoyewsky, Chejov o Stendhal, han sido los únicos que han logrado penetrar ese laberinto, avanzar un trecho o intuir el resto, alumbrados por una fosforescencia, asaz misteriosa también, llamada la genialidad”. Solo el arte inmortaliza a los hombres, tanto en los grandes momentos, como en las oscuras pequeñeces de lo cotidiano.  Joaquín lo dice de nuevo en el prólogo a su traducción de Hamlet en estos términos: “Y al decir lo anterior comenzamos a comprender la irresistible atracción que han ejercido y ejercerán eternamente sobre la humanidad las grandes creaciones literarias…Vemos con asombro que los hombres que hace la naturaleza –o los Dioses– son pobres criaturas no solo mortales sino putrescibles y que en cambio las grandes creaciones de la imaginación, llámense Ulises o Madame Bovary, Medea o Laurencia, Gargantúa, el Quijote, Gulliver, Hamlet, son imputrescibles e inmortales”.

Pero Joaquín Gutiérrez no hace metafísica abstracta. Sitúa, tanto a Shakespeare, como a las obras traducidas y estudiadas por él, en su momento histórico con toda  su complejidad política, social y cultural. Joaquín no diviniza al hombre  William Shakespeare, sino que axiológicamente lo separa de su obra, como hiciera Unamuno cuando decía que sentía más interés por Don Quijote que por Miguel de Cervantes. Joaquín no cree en un arte separado del devenir histórico, ni en artistas imbuidos de una especie de iluminación o hálito  sobrenatural, como creyeron un tanto narcisistamente los románticos, imbuidos como estaban de la concepción individualista del ser humano la sociedad y cultura burguesa predominante en su época. Muy al contrario, Joaquín Gutiérrez da muestras de un manejo  de las técnicas propias de la crítica textual y la crítica histórica, incluso de la crítica ideológica, de manera magistral, demostrando con ello su pleno conocimiento de los más actuales métodos de la crítica literaria, tanto inmanente como sociohistórica. Así, hablando de la metamorfosis existencial sufrida por el Rey Lear a través de toda su tragedia, Joaquín emplea categorías del materialismo histórico y dialéctico para comprender lo que quiso decirnos Shakespeare. He aquí lo que nos dice Gutiérrez: “Al despojarse de su vida anterior, con sus cegueras y vanidades –como simbólicamente lo ejecuta al arrancarse sus vestiduras durante la tempestad– de lo que se desprende Lear en realidad es de la falsa conciencia, adquirida en su medio (social) y en su clase, y al hacerlo así logra entender todos los males del cuerpo social de su época como no lo consigue en ese grado ningún otro personaje shakesperiano”.

Finalmente, quiero subrayar que no ha sido mi propósito al escribir estas líneas ahondar más en otros temas y enfoques filosóficos, pergeñados las más de las veces al socaire pero con mano y pluma maestras por Joaquín Gutiérrez. Lo pergeñado en estas breves líneas tan solo pretende mostrar lo que nos propusimos en nuestro inicio, cual fue el honrar a Joaquín Gutiérrez exponiendo a vuelo de pájaro algunas de los polifacéticos aportes de uno de nuestros mayores literatos con ocasión de la conmemoración del centenario de su nacimiento. La mejor manera de recordar a un maestro de la catadura de Joaquín Gutiérrez es leerlo y releerlo, no solo con interés y saboreando su ingenio creativo y su universal cultura, sino ahondando en su pensamiento como una parte de su  precioso legado, que, incluso, vierte en sus tres prólogos a las traducciones de algunas de las más incomparables tragedias del gran Bardo. Estos prólogos-ensayos escritos como textos de circunstancias son obras maestras del  género ensayístico en la historia de la literatura de nuestro país. Joaquín Gutiérrez novelista, poeta, cuentista, periodista, crítico literario y analista político, también, y en no menor medida, un excelente y consumado ensayista de hondura filosófica. Por eso, insisto, en este año dedicado a honrar el centenario de su nacimiento, en lo personal he disfrutado releyendo, con ojos y mente de filósofo, algunas de sus páginas.


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