El arte de mentir en el periodismo con hechos verdaderos

En tiempos en que prevalecen las noticias falsas y corren como la pólvora en Internet y  en las redes sociales, el escritor y periodista español Álex Grijelmo abre un debate más profundo y con implicaciones éticas insoslayables

En tiempos en que prevalecen las noticias falsas y corren como la pólvora en Internet y  en las redes sociales, el escritor y periodista español Álex Grijelmo abre un debate más profundo y con implicaciones éticas insoslayables: el del universo de mentir con hechos verdaderos, una práctica de los medios de comunicación formalmente establecidos y que pasa, por lo general, desapercibida, pero que puede ser igual, o incluso más nefasta, que las noticias inventadas. Esta apela a unos hechos verificables y comprobables, mientras que el silencio hace el juego sucio, en una operación discursiva que los lectores en primera instancia no siempre determinan, con lo cual lo verdadero pasa como lo real, al tiempo que en las subcapas del texto se allana y se fragua el engaño.

En La información del silencio, cómo se miente contando hechos verdaderos, Grijelmo llama la atención sobre un tema que hoy cobra más actualidad que nunca y que bien merece abordarse y discutirse: el arte de mentir con hechos verdaderos en el periodismo del siglo XXI.

En la era de las noticias falsas hay una forma de mentir más sutil, más sofisticada y más dañina que aquellas: el arte de mentir en el periodismo con hechos verdaderos.

La información del silencio, cómo se miente contando hechos verdaderos es un libro que plantea un enorme debate en torno a la ética y la función de los medios: ¿es válido mentir con base en hechos verdaderos?

El periodista y escritor español Álex Grijelmo aborda el delicado tema en La información del silencio, cómo se miente contando hechos verdaderos, un volumen de 541 páginas en el que hace un vasto recorrido para determinar de qué manera se puede engañar en los medios de comunicación, incluso cuando estos apelen a hechos verdaderos, no necesariamente veraces.

El libro, que requiere una lectura atenta, por ser un asunto en el que los matices son determinantes para no pasar por alto ningún elemento de relevancia, surge de lo que fuera la tesis doctoral de Grijelmo en la Universidad Complutense de Madrid, por lo que, como suele suceder con las adaptaciones, evidencia vestigios académicos que no siempre facilitan el seguimiento de la exposición.

La obra, publicada en octubre de 2012, fue difundida en su oportunidad por los medios españoles, sin que se reparara en el gran desafío que el autor planteaba tanto a los lectores como a los propios medios, que muchas veces incurren en el afán de contar sus verdades, a su modo y a su estilo, con lo cual le pegan varapalos constantes a la ética y a la calidad de la información.

“Los medios de comunicación necesitan basar su negocio en que un público se crea sus contenidos, y defienden con uñas y dientes que aquello que afirman es cierto. Y probablemente se da esa circunstancia: es cierto, sí; pero ¿es veraz?”.

La pregunta que plantea Grijelmo es de crucial importancia y la amplia indagación que hace a lo largo del libro tiene siempre como premisa responderla con gran profundidad.

“Todo este libro se basa en una paradoja filosófica. El silencio, frente a lo que pudiera pensarse a primera vista, no forma parte del no ser. Forma parte del ser. Y en tanto que ser, puede tener un contenido y adquirir un significado. El silencio no solo existe sino que además transmite, comunica. Y por tanto, el silencio puede mentir”.

De acuerdo con la investigación, los medios de comunicación, en las informaciones que presentan a diario por la prensa escrita, televisa, radiofónica o de Internet, pueden perfectamente estar manipulando al perceptor, no ya con información estrictamente falsa, sino más grave aún: con información basada en hechos verdaderos, que si se escudriñan con la lupa del conocimiento y la atención, podrían ir a conclusiones maravillosamente falsas y condicionar de esa manera la visión ideológica de quienes reciben esa información.

“El silencio tiende siempre a llenarse. A llenarse de significado. Y por eso, el silencio informa; el silencio es información”.

Para dar con la tecla del crucial tema planteado, en la primera parte del libro Grijelmo realiza un exhaustivo recorrido por la información del silencio en la naturaleza, en la semiótica, en las artes plásticas, en la música, en la literatura, en la poesía, en la narrativa, en la ocultación, en el cine, etc. y busca adentrarse en todo tipo de silencios para luego, en un tramo más avanzado del libro, vincular el silencio con los hechos y de cómo a partir de esa ecuación se puede hablar de “hechos verdaderos” y de “veracidad”.

En los “hechos verdaderos” pueden haber espacios para el silencio que no necesariamente hacen que esa información sea veraz, que es al fin y al cabo la gran escala ética en que ha de detenerse el periodismo, que trabaja con los elementos de la realidad que a su vez deben de pasar por el tamiz del lenguaje, el cual también los condiciona, hasta que llegan al lector destilados de una manera tal que, no siempre esa información, por más cierta que parezca, lo es.

“Todo mensaje se expresa tanto por lo que contiene como por aquello que omite pero se deja disponible para que el receptor lo perciba”.

En este contexto, el silencio se convierte en un recurso de una gran validez en la información periodística y es mediante el uso que se le dé que podemos estar en presencia de un periodismo apegado a las reglas deontológicas o mediante una máquina de manipulación tan sutil que los receptores ni se percatan de que les han metido un gol mediático de altos quilates, al mejor estilo de Lionel Messi en el Nou Camp.

“El primer concepto del silencio está basado en su oposición a la vibración sonora.  Entendemos así el silencio como lo contrario del ruido, del sonido o de la palabra. Pero debemos relacionar el silencio también con la ausencia”.

Y más adelante complementa: “Silencio y ausencia suelen resultar palabras sinónimas. La ausencia es a menudo omisión: alguien decide que algo no ocurra, o no ofrece los datos necesarios para que algo se comprenda”.

En el contexto descrito, el silencio se puede transformar en un elemento para el buen o el mal uso, según el medio que lo emplee. Al aludir al silencio en estas circunstancias, Grijelmo evoca, sin citarlo, al escritor Eduardo Galeano, quien solía recordar que “el puñal nunca es el asesino”.

“Por lo tanto, el silencio parece una herramienta más, cuya virtud o inconveniencia dependerá del uso que se le dé; así como un cuchillo sirve para apuñalar pero también para cortar el pan”, acota el autor.

Para Grijelmo -periodista de amplia trayectoria en medios de España como El País y la Agencia EFE de noticias, autor del libro de estilo del citado periódico y autor textos como La seducción de las palabras, El genio del idioma, La gramática descomplicada, El estilo del periodista y de la novela El cazador de estilemas- la información del silencio es tan importante como los datos que aparecen referidos en una información periodística.

Por esa razón es que en el volumen se prodiga en ahondar en casi todas las formas posibles de silencio, para más tarde vincularla con el periodismo en caliente que se presenta a su público como si lo que está en el periódico, en el noticiero televisivo o radiofónico fuera la realidad.

Grijelmo aborda el tema de mentir con hechos verdaderos un fenómeno distinto al de las noticias falsas, aunque ambos apelan a la manipulación.

LO QUE SE CALLA

En la comunicación en general y en la periodística en particular tan importante es lo que se dice como lo que se calla, infiere Grijelmo, con la dificultad de que en ámbitos como los tribunales de justicia esa codificación del silencio todavía no ha encontrado maneras de ser registrada, de forma tal que ella es una de las vías por las que los medios logran la impunidad.

Y el silencio cobra relevancia porque los hablantes tienen la capacidad de “reconocer en cualquier expresión “algo” que no está formulado en el significado de las palabras. Eso implica que hay “algo” que reconocer. “Algo” que el emisor sabe y que el perceptor desentraña con rapidez, porque es consciente de que “el discurso se compone de lo que se dice y de lo que se silencia”.

Y en esta forma de presentar la información: de ese algo que no se dijo y que parece, por lo tanto, no existir, surge una gran trampa: la trampa exculpatoria: “…y ese silencio parece exculpar a quien emitió el mensaje, puesto que no ha dicho lo que ha dicho”.

En tiempos en que corren en forma abundante las noticias falsas (fake news) en las redes sociales y en los que existen incluso unidades para evidenciar cuándo un político, un empresario, otro medio, o algún actor relevante dijo o hizo afirmaciones que no estaban acorde con la realidad, la otra cara es a la que apunta Grijelmo: la de mentir con hechos verdaderos, la cual pasa prácticamente desapercibida.

CARA A CARA

Para evitar meterse en laberintos filosóficos y meandros innecesarios, Grijelmo pasa revista por muy encima de lo que se puede entender por verdad.

“Ninguna representación o formulación humana puede alcanzar la realidad (o la verdad) en su valor absoluto porque las formulaciones y las representaciones únicamente tienen que ver con lo que es relativo a los seres humanos”.

Por tal motivo, se centra en dos términos cruciales para el periodismo: los hechos verdaderos y lo veraz.

“Un enunciado puede ser verdadero y falso a la vez si con hechos ciertos se construye el mensaje de forma que infiera un sentido engañoso”, afirma, con lo cual se sitúa en un debate que viene desde tiempos antiguos, por las implicaciones éticas y por el poder que hoy han adquirido los medios de comunicación en el mundo.

Para establecer los límites de los alcances de su propuesta, el autor de Defensa apasionada del idioma español define así lo que entiende en el texto como veraz.

“Adoptaremos como definición de veraz aquella según la cual lo veraz no puede ser fuente de engaño (Abbagnano), constituye una ‘verdad moral’ (Locke) y se relaciona con la sinceridad (Dinouart)”.

Y esos términos los enlaza con lo que plantea el Diccionario de la Real Academia de la Lengua cuando apunta: “Veraz: Que dice, usa o profesa siempre la verdad”.

Ya adentro en este concepto relacionado con el engranaje periodístico, agrega: “La veracidad debe necesariamente partir de hechos verdaderos, pero sabemos ya –después del camino que hemos andado hasta aquí—que se puede ser inveraz narrando solo hechos verdaderos en la información que se traslada. Para ello solo hace falta incorporar al silencio engañoso”.

Por esta senda, asegura que “verdadero” se opone a “falso o “erróneo” y que “veraz” a “engañoso”.

Mentir, engañar, falsear la realidad para manipular como lo hacen muchos medios de comunicación con hechos verdaderos atenta contra los cimientos y los postulados éticos que deben sostener a los medios, algo que sucede prácticamente a diario en las múltiples plataformas que hay en la actualidad, y si bien este fenómeno se puede engarzar con las noticias falsas, va mucho más allá, y para entenderlo y combatirlo es necesario partir de la ética, la técnica, la comprensión y manejo del lenguaje, pero sobre todo respetar el pacto y el compromiso con el lector.

Con el fin de que haya una comunicación en toda regla, Grijelmo rescata las cuatro máximas de Paul H. Grice, que se basan en “el principio de cooperación”, para lo que se debe respetar la “cantidad, cualidad, relevancia y claridad” en la información. Si alguno de esos cuatro postulados se violenta, se quiebra el principio fundamental que procura una conexión entre el emisor y el perceptor de determinado mensaje.

En el caso del periodismo, como se sabe, el principio de relevancia es uno de los pilares de esta forma de comunicación, dado la siempre precariedad de los espacios, lo cual ya era evidente en la era en que el papel reinaba, y aunque en Internet ello no debería de ser un problema, surge la circunstancia de que las comunicaciones extensas, en el caso periodístico, no siempre encuentran un público atento en la red.

En La seducción de las palabras, el autor ya había incursionado en el peso del lenguaje como vehícu- lo del pensamiento para representar la realidad.

EN EL MEDIO EL LENGUAJE

Además de la necesidad de que los medios respeten, desde el punto de vista ético en ese pacto por contar lo sucedido con los mejores recursos para alcanzar la veracidad en las informaciones, tienen que sortear todavía un escollo de gran tamaño: el lenguaje.

El lenguaje es incapaz, según algunos autores, de hacer esa traslación intacta entre la realidad y el hecho narrado, por lo que en dicha operación se quedan elementos que a la hora de las horas resultan capitales.

Albert Chillón, de la Maestría en Comunicación en la Universidad Autónoma de Barcelona, sostiene que a través de la palabra “facticia” se pueden alcanzar grados de veracidad, con lo cual de paso sitúa y distancia el fenómeno de lo veraz de lo verosímil, reservado este segundo elemento para las historias estrictamente literarias, es decir, apoyadas en la ficción.

“¿Puede un texto periodístico o histórico ser netamente literal?”, “¿puede el lenguaje contar la realidad?”, se preguntaba en su momento el filósofo español José María Valverde, quien era traído al presente por Chillón en su conocido Periodismo y Literatura, una historia de relaciones promiscuas.

Para Chillón “toda dicción es una ficción”. Llegaba a esta conclusión tras citar a Frederick Nietzsche en referencia a que “el lenguaje posee una naturaleza esencialmente retórica, que todas y esencialmente cada una de las palabras, en vez de coincidir con las cosas que pretenden designar, son tropos”.

Grijelmo elude este dilema del lenguaje aunque lo aborda como vehículo del pensamiento que al mismo tiempo se confunde con él. Al respecto, se apoya en el filósofo español Emilio Lledó, quien afirma: “El lenguaje es un límite fuera del cual no tiene sentido el pensamiento”. Es decir, no solo es lo que representan las palabras, sino que el lenguaje dota de una estructura al pensamiento. Y el lenguaje, que es un tejido, según Lledó, “un tejido de ideas”, será el vehículo con el que trabajará a diario el periodista sin importar al tipo de medio en el que publique la información.

De forma tal que a las ya complejas posibilidades expresivas que debe atender el periodismo, con el silencio como un arma de doble fijo que puede romper en mil pedazos la veracidad, sustancia vital de la que vive y se alimenta el periodismo, ha de añadirse la dificultad que conlleva el bien decir, el bien contar, aspectos a su vez tan prescindibles en la actualidad, que por este cauce puede abrirse otra grieta que socave las bases de la veracidad.

Tras el detallado recorrido por esa manera de mentir que tienen los medios a su alcance mediante el silencio engañoso y protegidos mediante hechos verdaderos, Grijelmo aterriza en una de las preguntas esenciales del texto: “¿Es posible transmitir información inveraz narrando solamente hechos verdaderos y, por lo tanto, amparados generalmente por los tribunales, y que esta información se descodifique necesariamente de forma engañosa?”

La información del silencio, cómo se miente contando hechos verdaderos es un libro que va más allá de las noticias falsas, su aspiración es más profunda y acaso más necesaria.

Como colofón el autor quiso, en un ejercicio de riguroso silencio, dejar esta dedicatoria: “A los periodistas que no se conforman”.


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