Edward Albee, en la montaña rusa

La célebre frase de Scott Fitzgerald “no hay segundos actos en las vidas americanas”, referida a los artistas, no dejade ser un cliché generalizador.

La célebre frase de Scott Fitzgerald “no hay  segundos actos en las vidas americanas”, referida a los artistas, no deja de ser un cliché  generalizador. Desde luego no casa con dramaturgos como Edward Albee, fallecido el viernes 16  de setiembre a los 88 años. Cierto que tuvo enormes éxitos, pero también una serie de estruendosos  fracasos que en otro país le habrían expulsado muy  pronto del circuito. Albee irrumpe como un extra-  ño meteorito en 1958 con The Zoo Story, que ha de  estrenar en Alemania porque en Nueva York se la  rechazan una y otra vez: “demasiado europea”, le  dice un productor. A su manera, el productor tenía  razón, porque Albee era hijo de O’Neill, de Miller  y de Tennessee Williams, pero, como salta a la vista  en su pieza de debut, del existencialismo y del entonces llamado “teatro del absurdo”.  La rabia y el dolor visceral de The Zoo Story, que  permanece cuatro meses en cartel en el Off Broadway, marcan una nueva forma de contar en el teatro  americano.  Después de The Zoo Story, Albee estrena va- rias piezas cortas (entre ellas The Death of Bessie  Smith y The Sandbox, de 1959, y The American  Dream, de 1960) que no conocen el favor del público ni de la crítica.  En 1961 llega el descomunal zambombazo  de ¿Quién teme a Virginia Woolf?, esa sulfúrica y  desmesurada vivisección de un matrimonio, casi  una puesta al día, con humor negrísimo, del teatro  de Strindberg, triunfa en Broadway y en la pantalla,  y afianza su nombre en medio mundo.  En la década de los 60, Albee busca nuevos caminos. Tiny Alice (1964), una elegante y enigmática pieza satírica protagonizada por John Gielgud  e Irene Worth, permanece cuatro meses en cartel,  pese a las malas críticas. Adapta con mediano éxito The Ballad of the Sad Café (1963), la novela  breve de Carson McCullers, pero se estrella con  su versión de Malcolm (1965), de James Purdy,  y los diálogos de Breakfast at Tiffany’s (1966), de  Capote, un musical con libreto de Abe Burrows y  partitura de Bob Merrill, que ni siquiera llega a estrenarse en Broadway.  Tampoco funcionan Everything in the Gar- den (1967), sobre una obra de Giles Cooper, ni el  programa doble formado por Box y Quotations from  Chairman Mao Tse-Tung (1968), que no sobrepasa  las doce funciones.  Su mejor trabajo de esa época es A Delicate Ba- lance (1966), que le valió su primer Pulitzer: de nue- vo el infierno de la pareja, empapado en alcohol y  desesperación, pero con un humor más sutil y una  inquietante clave onírica. Se ha repuesto muchas  veces, con excelentes repartos, y es formidable su filmación a cargo de Tony Richardson, en 1973, con  Katherine Hepburn, Paul Scofield, Lee Remick, Jo- seph Cotten y Kate Reid.  En los 70 se lleva un segundo Pulitzer por Seas- cape (1974), pero la obra apenas dura dos meses. All  Over (1971), muy cercana al Pinter más poético, se  queda en cuarenta representaciones. The Lady from  Dubuque (1977) cuenta con ocho preestrenos y doce  funciones. El mayor desastre, por la altura del empeño, es su versión de Lolita, de Nabokov, en 1981. La  crítica la despedaza en los preestreno y vuelve la cifra  fatídica: doce funciones y telón rápido. Esa tónica  sigue, tristemente, en los 80, a juzgar por los datos  del Internet Broadway DataBase, hasta que en 1990,  cuando casi todos le consideraban ya un dramaturgo perdido en la experimentación, como el último  Tennessee Williams, Albee vuelve a la palestra con  el inesperado éxito de Three Tall Women, una finísi- ma comedia amarga sobre las difíciles relaciones de  Albee con su madre. No despega del todo en el Off  Broadway (aunque consigue su tercer Pulitzer), pero  triunfa en el West End, con Maggie Smith, Frances  De la Tour y Anastasia Hill.  Y en 2002, de nuevo el éxito con The Goat or  Who Is Sylvia, una pieza que firma un Albee otoñal  pero que, por su valentía y ferocidad, bien podía ha- berla firmado un dramaturgo adolescente. Se estrenó  en el John Golden Theatre de Broadway, protagonizado por Bill Pullman y Mercedes Ruehl. En Nueva York hizo 300 funciones; duró cinco meses en  el Almeida londinense, con Jonathan Pryce y Kate  Fahy, y en España, José María Pou obtuvo uno de  los mayores éxitos de su carrera: La cabra tuvo tres  montajes entre 2005 y 2007, con Marta Angelat (en  catalán) y, en castellano, con Mercè Aránega y Am- paro Pamplona.  En sus últimos años, Albee escribió una precuela  de Historia del Zoo, que con el título de At Home at  the Zoo (2009), narraba lo que sucedía en el hogar  de Peter antes de su encuentro con Jerry. Y se dedi- có a dirigir e impartir talleres en su Fundación para  Jóvenes Autores en Montauk (Long Island, Nueva  York).

Tomado de El país


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