Don Joaquín García Monge y la literatura costarricense

La producción literaria, no abundante, pero sí de una trascendencia que ninguno de sus comentaristas discute siquiera, ha sido la parte de la obra más estudiada de Don Joaquín

La producción literaria, no abundante, pero sí de una trascendencia que ninguno de sus comentaristas discute siquiera, ha sido la parte de la obra más estudiada de Don Joaquín.

Sin restarle mérito a su importancia para las letras y el desarrollo de la cultura general de nuestra patria, los críticos e historiadores de la literatura difieren, sin embargo, en cuanto a su tipificación, desde el punto de vista de diversas corrientes estéticas.

Rogelio Sotela, en su obra Escritores Costarricenses (LEHMANN, San José, 1942) lo considera un escritor folkrorista de la llamada segunda generación.

En la misma línea va Mary Clara Allison en su tesis doctoral titulada A survey of the literature and culture of Costa Rica (thesis of philosophy, University of Washington, 1952), pues lo incluye dentro de los iniciadores del costumbrismo.

Por su parte, Constantino Láscaris, en su obra, clásica en lo material, titulada Desarrollo de las ideas filosóficas en Costa Rica (Editorial Costa Rica, San José, 1964) lo cataloga como un anarquista con tendencias existenciales muy marcadas.

Contrastando con las opiniones anteriores, Abelardo Bonilla, en su imprescindible obra Historia y antología de la literatura costarricense (Editorial Universitaria, San José, 1957), da, en nuestra opinión, una visión más acertada de la obra literaria de García Monge al atribuirle la creación, en el medio nacional, del realismo social y considerarlo así el iniciador de la literatura nacional en su fase moderna; de ahí su influencia decisiva en los escritores posteriores.

En efecto, sin la obra de Don Joaquín no se podría entender la evolución de nuestra narrativa.

En su visión de clasificación periódica de la historia de la literatura de Costa Rica, Bonilla lo sitúa en el Tercer Período, titulado “Realismo” (1900-1930).

En la misma línea de análisis de Don Abelardo, encontramos un breve pero enjundioso ensayo interpretativo de la obra literaria de García Monge escrito por el Dr. Jézer González, en la revista TERTULIA # 7 (enero 1982), titulado Tareas para el análisis de la narrativa de don Joaquín García Monge, en el que intenta probar la afirmación anterior mediante un agudo análisis de la obra literaria de Don Joaquín, aventurando, incluso, algunas hipótesis sobre el porqué de esta opción de Don Joaquín.

González Picado enuncia su propuesta en estos términos: ”Don Joaquín García Monge es el creador de la novela realista costarricense”; esta afirmación se ha vuelto un lugar común de los historiadores y de la crítica literaria costarricense; pero, no obstante su validez no se ha tratado de definir en su  sentido ni en sus alcances precisos.

Más ecléctico en su juicio es el expresado por  Don Luis Barahona en su ensayo Apuntes para una historia de las ideas estéticas en Costa Rica (Ministerio de Cultura, Juventud y Deportes, San José, 1982) en el que clasifica la obra literaria de Don Joaquín como “realismo costumbrista”.

Por su parte, el análisis que de la obra literaria de García Monge nos da Alfonso Chase, gran admirador de Don Joaquín, coincide en lo fundamental con las opiniones vertidas por los analistas anteriormente citados; sobre la obra, en su conjunto de García Monge, escribe Chase: ”Podría objetarse que la obra de García Monge como creador propiamente dicho se limita a tres o cuatro libros, muy a principios de siglo, pero esta no se queda allí, sino que sigue teniendo la vigencia deseada por el autor en su interés creativo”.

Sin embargo, Chase difiere de los autores anteriormente citados, en cuanto que ve el nacimiento del realismo social solamente en la obra madura o tardía de Don Joaquín, en concreto, en la colección de novelas cortas y cuentos titulada La mala sombra y otros sucesos, y no en los escritos de juventud, tales como El moto, escrita en 1900.

Nuestra opinión se inclina por dar la razón a Abelardo Bonilla y a Jézer González, y no a la posición de Alfonso Chase, que nos parece estar confundiendo la madurez de la forma que, sin duda, alcanza en su pleno desarrollo en la obra de 1917 inspirada en las concepciones estéticas, con los temas y enfoques, plenamente presentes desde 1900 con El moto; no es, por ende, una cuestión de cambio de enfoques, sino de grados y de sensibilidad estética.

Lo anterior nos lleva a profundizar en las causas que indujeron a Don Joaquín a realizar esta temprana opción que, sin embargo, marcará toda su vida y el rumbo mismo de las letras costarricenses, al decir de los autores citados.

En la obra del propio Don Joaquín, tan parco al referirse a sí mismo, hay un rápido recuento de su producción literaria, al dejar caer al desgaire una frase que es toda una confesión, a propósito de unos datos autobiográficos que le fueron solicitados en Agosto de 1944, siendo ya un hombre avanzado en años y de consolidado prestigio en el mundo de las letras continentales.

Don Joaquín se expresa así de su creación literaria: ”Y ahora terminemos con algunas noticias acerca de la producción propia, muy escasa, muy modesta; me he inclinado más a servir a los demás”.

Antes de 1900, con el pseudónimo de El Lugareño, publiqué en La Prensa Libre mis primeros artículos de costumbres costarricenses.

En 1900 publiqué tres novelitas: El moto (de factura perediana), Las hijas del campo (inspirada en las de Zolá), Abnegación (inspirada en Resurrección de Tolstoi).

Con los años, algunas cosas más han salido. La mayoría está en Repertorio. Recogiendo lo que no se ha coleccionado, podría componer unos dos tomos más con cosas mías. He de hacerlo antes de morir. En 1917 publiqué otro librito: La mala sombra y otros sucesos (muy estimado en el exterior).  Y nada más por el momento.”

En el texto que hemos citado, merece destacarse la frase que podría ser la clave del estilo y la actitud de Don Joaquín en materia literaria. La frase de marras es la siguiente: “Me he inclinado más a servir a los demás”. Es la misma actitud que Don Joaquín asume frente a la filosofía y el pensamiento puro, la misma que asume frente a la política, la religión y el arte.

Para Don Joaquín, como claramente lo dice en otra carta suya, inédita hasta la publicación de sus Obras escogidas por su hijo, el Dr. Eugenio García Carrillo, en su vida sólo hubo un absoluto, solo hubo un Dios: la justicia, o, para decirlo con sus bellas palabras: “creo en el Destino como justicia por encima de los dioses y de los hombres”.

Y añade más adelante: “Por lo demás he creído en estos dos bienes supremos: la justicia civil y la libertad. Por ambos he luchado. Así como por la belleza y el bien”.

Para García Monge, por ende, carecía de sentido el arte por el arte; la búsqueda de la belleza y de la perfección formal estaba subordinada al valor supremo de la justicia y la libertad, es decir, al ser humano. El fondo predomina sobre la forma, el tema sobre el estilo, el testimonio sobre las ideas abstractas.

Lo que importa para Don Joaquín son los valores humanos, subordinando a tal objetivo incluso la inspiración o el sentimiento y la creación estéticas.

Tal fue la meta suprema de García Monge, que le llevó espontáneamente a adoptar un estilo o estética para expresar su propia creación literaria: el realismo social, que en esa época (finales de siglo) apenas era cultivado en lengua española por algunos espíritus visionarios de las letras y el pensamiento.

Para Don Joaquín, escribir no fue un fin en sí mismo, sino un medio para luchar por la justicia  social y la dignidad humana. De ahí que sean los sectores marginados de la sociedad los personajes más destacados de sus obras, y la descripción desgarradora de su situación, el objeto de sus técnicas literarias.

Ante tal concepción de la vida en general, y de la literatura en particular, ¿qué mejor instrumento de expresión literaria que el realismo social? Joaquín García Monge fue el escritor comprometido por excelencia desde sus primeros escritos. Su gran novedad en nuestro medio estriba en que no quiso describir al campesino como si le fuese una realidad extraña, sino con una identificación total de clase social.

Su literatura es una literatura popular, si por tal se entiende no el escribir sencillo, que también fue preocupación del Maestro García Monge, mil veces repetida, sino describir la realidad de su pueblo desde dentro, desde su propia entraña.

Para Don Joaquín el campesino costarricense es una realidad demasiado seria como para convertirla simplemente en objeto de ficción literaria; no se interesa en sus costumbres, habla vernácula o indumentaria únicamente por lo pintoresco, que es todo lo que hace un escritor de mirada superficial y foráneas, sino porque detrás de esas realidades exteriores descubre el drama de la injusticia y la miseria; detrás de esos rostros prematuramente envejecidos, adivina el reflejo de exigencias de libertad nunca satisfechas, de una dignidad nunca reconocida; detrás de esos hombres y mujeres, ve la  interpelación por la justicia y el dolor de la explotación.

Desde su juventud, Don Joaquín hizo suyo el destino de su pueblo, y vio hermanos en los más humildes de su compatriotas.

Por ello, no necesitó salir de su terruño desamparadeño para descubrir al ser humano en toda su dimensión, haciendo suyo el drama de su destino como clase social.

Esto nos explica por qué la corriente estética, insisto, que mejor expresó esa visión de mundo fue el realismo social.


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