Francisco Rodríguez

Desvelo de un escritor

Francisco Rodríguez es de profesión sociólogo y profesor universitario, y de apasionada vocación, escritor.

Francisco Rodríguez es de profesión sociólogo y profesor universitario, y de apasionada vocación, escritor. En esta larga entrevista habla acerca de sus inicios en la poesía, de la que es devoto lector pero abandonó en la escritura, de su obra narrativa y ensayística y su culto reciente del aforismo.

¿Qué significa la poesía para usted?

–Yo debo decir sinceramente, y sintiéndolo muchísimo, que no soy poeta, aunque mi primer libro fue uno de poesía, Sobrevivencia del agua. Le debo el nombre a Jorge Arturo, ya fallecido, un notable poeta costarricense. Sin embargo, yo pienso que el poeta no es solamente quien escribe en verso, sino que la poesía tiene una dimensión mucho más amplia. Como quiera que sea, a pesar de que el aforismo se trata de meditaciones y reflexiones, es muy dúctil y permite emplear el tono poético o, por lo menos, adoptar cierta actitud poética.

Creo que algo de mis inicios poéticos quedan todavía en mi faceta aforística. Nunca la he abandonado (a la poesía) y, de hecho, a mí me encanta leerla. He estado releyendo poetas que me gustan, como Matthew Arnold, Omar Kayhan, Pessoa, Kavafis, Baudelaire, Rimbaud, Eliot, Whitman… Si bien es cierto hoy me concentro más en la narrativa, el ensayo y la filosofía, siempre me queda tiempo para la poesía. Siempre está latente en mí, y por dicha está latente en la vida de todos, aunque la gente a veces no se da cuenta. Estamos rodeados de poesía. También de vulgaridad, es cierto, así son las cosas.

Siendo sociólogo, ¿qué lo llevó a escribir aforismos?

–En realidad, no sé si mi profesión, sociólogo, podría ser sicólogo o antropólogo, haya tenido que ver con eso. De hecho, yo comencé a leer a una edad muy temprana. Ya desde mis seis o siete años era un lector voraz. Mi madre tenía en nuestra casa de Ciudad Quesada obras de Víctor Hugo, de Balzac, de Charles Dickens, por ejemplo. Para mí fue como la entrada a un mundo turbulento, fascinante, seductor. Luego estuve un año en el colegio Marista, en Alajuela. Viví en casa de una tía, viuda del abogado, historiador y exdiputado alajuelense Armando Rodríguez Porras, cuya biblioteca mi tía conservaba. En esa biblioteca encontré, entre otros libros, un ejemplar de Las Mil y Una Noches, que leí deslumbrado, y obras de la poesía del Siglo de Oro Español, de San Juan de la Cruz, fray Luis de León, Quevedo, Góngora, Lope de Vega, etc. En los dos últimos años de secundaria, ya de vuelta en San Carlos, descubrí a Dostoieski, a Tolstoi, a Stendhal, a Balzac, a Chautebriand, a Óscar Wilde, a Galdós, a Flaubert, grandes escritores que me han marcado muchísimo –Marianela, de Galdós, y Madame Bovary, de Flaubert, eran lecturas obligatorias del colegio. Al resto de los nombrados los descubrí por mi cuenta–.

Escribir siempre fue un anhelo mío, tal vez latente o muy soterrado, pero ahí estaba, como un secreto deseo. Sin embargo, no comencé a escribir de una manera algo más constante sino hasta a principios de los años 80. Primero escribí poesía, es un decir, claro está, y luego varias páginas con reflexiones y meditaciones, que fui guardando en carpetas –la mayor parte de esas páginas primerizas fueron a dar al basurero–. Y no fue sino hasta el descubrimiento de Cioran, un gran filósofo rumano, de lengua francesa (aunque también escribió en su lengua nativa, el rumano), que me di cuenta de que el aforismo iba a ser mi manera de expresarme –el libro de Cioran, una antología, lo compré en una librería del DF, en México, en julio de 1988–. Por la misma época, incluso antes, empecé una lectura más concienzuda de pensadores como Nietszche, Schopenhauer, de los así llamados moralistas franceses como La Rochefoucauld, La Bruyere, Chamfort o Lichtenberg, que si bien es cierto no es francés sino alemán, estuvo muy influenciado por aquellos. De Lichtemberg y de Chamfort me atraen su mordacidad sin contemplaciones, su lucidez, a veces amarga, a veces hiriente, a veces estoica, pero del tipo de estoicismo que no transige porque se halla en estado de alerta y siempre dispuesto a enfrentar la irracionalidad y la estulticia humanas. El aforismo es una de las principales armas de lucha de la razón contra la superchería y la irracionalidad, de las luces contra las sombras obtusas y sanguinarias, del humor corrosivo e incisivo contra la moralidad castradora, de la libertad contra  la autocracia opresora.

Digamos que yo me declaro, humildemente, deudor de esa gran tradición del aforismo francoalemán y de la Ilustración Francesa. Porque todos pertenecemos a una determinada tradición literaria o filosófica, todos nos adscribimos a una cierta manera de ver, sentir e interpretar el mundo, a una actictud, en fin, nos guste o no, querramos o no. Es algo inevitable.

¿Qué es un aforismo? ¿Se puede relacionar con la poesía?

–El aforismo, o la expresión aforística más bien, hace alusión a una forma de expresión breve, puede ser una sola línea, dos líneas, una, dos o tres páginas, o media página, no importa. En todo caso, se caracteriza por su brevedad. Sin embargo, en lugar del carácter cerrado del aforismo sentencioso, este otro aforismo, o esta otra forma de asumir y desarrollar el aforismo, es más abierta y pretende establecer una complicidad con los lectores. Además, el aforismo es una forma de expresión sumamente dúctil, porque te permite hablar de cosas más “serias” (serias entre comillas), digamos más filosóficas o teológicas, más metafísicas, si se quiere, la psicología humana, la ética, el Bien y el Mal, Dios y el Demonio, la soledad, la muerte… Y también te permite hablar de cosas, digamos de nuevo entre comillas, más “livianas”, de las costumbres sociales, qué se yo. Empero, si uno lo sopesa mejor, pues en realidad todo termina siendo serio. Entonces el aforismo te permite hablar de muchos temas. Es una forma de expresión sumamente dúctil y en la cual puede usarse también la poesía, que es fundamental, por lo menos para mí. Pero también, y eso es parte de la tradición aforística, el sarcasmo, la ironía, el humor; también  un poco de cinismo por ahí, o un mucho de cinismo, según el autor y el estado de ánimo que tenga al momento de tratar un tema. Por eso el aforismo es tan amplio, tan plástico, porque sirve para hablar de muchas cosas. Puede servir como expresión poética, política, filosófica, crítica…

¿Qué características debe tener un poeta?

–Yo siento que el poeta debe tener algunas virtudes, como la constancia, la visceralidad, la sinceridad y una profunda introspección. Pero, aparte de esa introspección, debe explorar las posibilidades del lenguaje poético y, al mismo tiempo, también debe ser un gran lector, conocer la tradición poética, sea la propia o la de otros países o tradiciones poéticas. Usted lo puede ver en numerosos poetas. Adriano Corrales es uno, casualmente, le gusta dialogar con otras tradiciones, él confronta su tradición, pero también su trayectoria existencial con otras tradiciones; por ejemplo, con la lírica de Centroamérica o de Latinoamérica, o con la lírica española y también con otras tradiciones de la lírica universal, como la poesía latina, la china o la japonesa. Esa apertura al mundo nos permite una mente más abierta y tratar de adoptar esa gran tradición universal, para aprovechar todo aquello que nos sirva a fin de expresar las preocupaciones que hoy en día nos agobian.

¿Pertenece a algún grupo de escritores costarricenses?

–Por distintas razones, yo me he mantenido bastante al margen, aunque por supuesto he tenido amistad con algunos escritores como Adriano Corrales, Alfonso Chase, Gerardo Campos, Rodolfo Arias, Rodrigo Soto, Guillermo Fernández, Alfonso Peña, Alexánder Obando, solo para mencionar escritores que conozco y cuya obra admiro. No conozco a Sergio Muñoz, pero su obra narrativa me parece valiosa. En general, digamos, me he mantenido al margen de grupos y, por favor, ni se diga de capillas literarias, que a esas sí les rehúyo como a la peste.

¿Cuáles son los poetas más importantes para usted, de Costa Rica, tanto los pasados como los contemporáneos?

–Yo no soy un conocedor profundo, digamos como Adriano Corrales, de la poesía costarricense. Y lo digo no sin pena. De los costarricenses me atrae Rafael Estrada, poeta muy innovador; hace rato no lo releo, pero en la época en que lo descubrí realmente me gustó mucho; es un excelente poeta. Incluso en nuestro medio no es tan conocido como debiera. También me gusta la obra de Isaac Felipe Azofeifa, especialmente sus primeros libros, los que publicó a fines de los 50 y principios de los 60, los cuales son, según creo, aportes muy significativos a la poesía moderna costarricense. La obra posterior de Isaac Felipe no me gusta tanto;  por ejemplo, Cima del gozo; me parece que a ese poemario le hace falta un poco de “viagra emocional”. Obviamente, está el turrialbeño Jorge Debravo, quien es, como decía José Coronel Urtecho de Rubén Darío, “un paisano inevitable”. De alguna manera, para los costarricenses Jorge Debravo es nuestro “paisano inevitable”. Obviamente, la obra de Jorge Debravo es desigual, pero tiene poemas muy hermosos. A mí me gustan especialmente sus libros póstumos; contienen su mejor poesía, me parece. No podemos olvidar a Alfonso Chase, por supuesto, otro de nuestros referentes -Chase es también un notable narrador, como lo demuestran sus libros de cuentos, o novelas como Los juegos furtivos o Las puertas de la noche-. En Chase uno debe admirar muchas cosas, pero ante todo su constancia, su devoción a la poesía. Y, claro, se trata de una obra que tiene logros innegables. En lo particular, siempre he leído y releído con emoción el poema que Chase dedicó a la muerte de su padre, uno de los momentos más intensos de nuestra lírica. De los poetas posteriores, me atraen Mía Gallegos, Ana Istarú, Adriano Corrales, Mauricio Molina… Me gustó mucho el poemario de Alexánder Obando De ángeles y demonios, un libro estupendo. Y de los poetas nuevos, que tampoco los conozco a fondo, destaco a Felipe Granados, Alfredo Trejos y algunos de los primeros libros de Luis Chaves. Y Last but not least, una obra notable que descubrí en fecha reciente, tan reciente como el año pasado (2015), lo confieso y no sin vergüenza, en fin, la poesía de Billy Sáenz Paterson. Me parece un poeta admirable, realmente de los mejores poetas costarricenses de los últimos cuarenta años.

¿Cómo fue la publicación de su primer libro? ¿Considera que el país ofrece oportunidad para los escritores? ¿Especialmente los nuevos?

–Mi primer libro, Sobrevivencia del agua, fue en gran medida fruto del esfuerzo de Jorge Arturo Venegas Castaing, o Jorge Arturo como le decíamos todos. Yo le enseñé un día una carpeta con poemas escritos entre 1984 y 1994, más o menos. Él se interesó y luego de seleccionar el material publicó el libro en Alambique, una editorial que dirigía por entonces (años 95-96). Fue mi primer libro y tuvo el honor de ser presentado por el poeta argentino Jorge Boccanera en el Centro Cultural de México en 1996. Mis obras posteriores, académicas o literarias, las publiqué en Perro Azul y Arboleda, ambas editoriales independientes.

Respondiendo a su otra pregunta, hoy en día cuesta bastante editar los libros. Hay escritores que los publican en editoriales independientes, pero, por lo general, el autor debe correr con los gastos. Además, si uno es joven y por añadidura no tiene trabajo, es más difícil publicar, porque una edición relativamente sencilla te va a costar ¢450.000 o ¢500. 000 y eso es bastante dinero. Ahora, si hablamos de una novela extensa, una novela digamos de 500 o 600 páginas, eso ya son millones, y por eso es frecuente que en nuestro medio los autores deban guardar en las gavetas de su escritorio los borradores de sus obras (es un decir, claro, porque en el presente los archivos con los textos literarios se guardan en computadoras). Es mi caso: por ahí tengo en reserva novelas y relatos escritos en los pasados diez o quince años (2). Escribir es nuestra pasión o nuestro sano vicio, sin duda, pero mal que nos pese le dedicamos a la escritura solo una parte de nuestro tiempo. Somos autores de tiempo parcial; de ahí que nuestra literatura sea el fruto no de profesionales sino de aficionados, pero sin que esta palabra tenga un significado peyorativo ni mucho menos; simplemente nos ganamos los frijolitos con otros trabajos, como académicos por ejemplo, o merodeando por otros puestos de la selva burocrática, haciendo asesorías, en bufetes de abogados, vendiendo camisas, zapatos, empanadas o postres. Ha sucedido, no es broma, o haciendo otras actividades. Pero lo cierto es que en Costa Rica nadie ha vivido, ni vive, ni va a vivir de la literatura. Es lamentable, pero es la triste y amarga realidad. Porque nuestro medio es demasiado pequeño y no permite que los autores puedan vivir de sus obras. Obviamente, me refiero a los escritores. Con los artistas plásticos (pintores, escultores) es diferente, pues algunos de ellos sí viven de su labor creativa.

¿Qué propondría usted principalmente para  quienes no acostumbran leer y que quieran desarrollar el gusto por la lectura?

–De eso ya ha escrito y hablado mucha gente, gente con mucho mayor criterio que yo, dicho sea de paso. Así que, en ese sentido, yo no podría aportar gran cosa, aunque sí creo que puede haber políticas impulsadas por el Estado, la sociedad civil o por las Municipalidades (para que sirvan de algo) con el objeto de apoyar la lectura. Aunque hay proyectos e iniciativas, pienso que habría que cambiar bastante la forma en que se enseña la literatura, porque en nuestro medio, por lo general –y no estoy descubriendo el agua tibia–, los muchachos salen odiando la poesía, la novela y los cuentos, tal vez por la forma tan técnica, tan árida, tan tediosa, tan aburrida con que se les ha enseñado la literatura. Tenemos que hacer un cambio radical con el propósito de que la gente lea. Siempre va a existir aquella persona enamorada de la literatura, de la novela, del teatro; y esa persona siempre va a leer, y leerá seguramente por los muchos que no leen o leen muy poco, eso es inevitable. Aun así, a dichas personas, a esos marcianos como yo los llamo, se les deberían suministrar ciertas condiciones. La lectura debe ser un vicio, pero un vicio en el mejor de los sentidos, o sea, algo que usted hace todos los días, de forma tal que si pasa un día y usted no lee, usted se sienta mal, incómodo, sudoroso, ansioso, y necesite salir corriendo en busca de un libro. Ese es el tipo de vicioso que este país necesita. Del resto, de los malos vicios, de los vicios destructivos, que los dioses nos protejan.

Si tuviera que darle un consejo a alguien que empieza a escribir, ¿cuál sería?

–A mí no me gusta dar consejos. Pero como es una pregunta y usted me lo está pidiendo… A este joven yo le diría lo que Isaac Felipe Azofeifa decía: joven, lea mucho, viva mucho, escriba mucho, pero no se apresure en publicar. Azofeifa no lo decía exactamente así, pero creo resumir lo que pretendía decir. Yo creo que los jóvenes hoy en día más bien tienden a rehuir este sabio consejo. Entonces escriben, seleccionan y ya quieren publicar; y no sé si eso sea conveniente. A no ser que sean jóvenes de mucho talento y que su obra haya sido revisada, evaluada, aconsejada por poetas más maduros. Lean mucho, vean mucho arte, mucho cine, escuchen mucha música, hablen con la gente, vean lo que pasa a su alrededor, intenten formarse, escriban mucho, pero no se apresuren en publicar, porque todo tiene su momento. Y cuando hayan alcanzado madurez y su trabajo tenga valores estéticos importantes, entonces sí, publiquen. Pero lo importante es formarse, leer mucho, meditar mucho, compartir con los otros. Y tener mucha constancia escribiendo, revisando, puliendo, desechando. Consejo de Isaac Felipe Azofeifa que secundo totalmente.


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