Del amor y sus etapas: Sexualidad, convivencia y búsqueda

El desarrollo de las neurociencias en el siglo XX ha sido uno de los avances más apasionantes y trascendentes en el campo médico, pues permitió comprender el substrato neuroquímico de diversas enfermedades neurológicas y psiquiátricas

El desarrollo de las neurociencias en el siglo XX ha sido uno de los avances más apasionantes y trascendentes en el campo médico, pues permitió comprender el substrato neuroquímico de diversas enfermedades neurológicas y psiquiátricas, y así buscar, de forma intencionada, los fármacos que pudieran curar o mejorar esos padecimientos. Se logró entonces elaborar medicamentos antipsicóticos cada vez mejores, que permitieron sacar de los asilos en que se encontraban a muchos pacientes antes incurables, reducidos a un deterioro progresivo y crónico. Pero estas maravillas del desarrollo de las neurociencias han tenido su lado obscuro: que el enfoque exclusivamente biológico de las enfermedades mentales favorece la pérdida de comprensión e integración de sus componentes psíquicos y sociales.

Hoy es frecuente, en el campo psiquiátrico, que se pretenda explicar los fenómenos solamente desde el campo neuroquímico y, en relación al amor, se hable de él como algo enteramente comprensible desde las neurociencias, cuando ese enfoque es solamente el substrato fisiológico de la experiencia amorosa y sexual. Los medios masivos de difusión tienden mucho a difundir este enfoque limitado, porque es fácil de comprender y es predominante en muchas de las investigaciones universitarias.

El amor es una experiencia humana vital, esencialmente comprensible desde la vertiente psicosocial e histórica. No requiere definiciones porque es una experiencia humana universal, ampliamente abordada por poetas, pintores, escultores, cineastas y artistas de todos los géneros. Nos centramos aquí en el amor heterosexual, porque es el más frecuente en la población. El amor homosexual sigue esas líneas generales, aunque con algunas particularidades.

En la investigación experimental de Masters y Johnson (1966, 1979) sobre la respuesta sexual humana se plantearon tres grandes poblaciones: la respuesta sexual en los heterosexuales, en los homosexuales y en los viejos.

Aventuras sexuales

Al no existir las presiones sociales derivadas de la elección de una pareja estable, como sucede en las aventuras amorosas ocasionales, suelen aparecer de manera más nítida y pura los impulsos primarios, esencialmente de atractivo físico y sexual, como también sucede en la elección de un o una amante que no implica la convivencia cotidiana bajo el mismo techo y, menos aún, pretende lograr la construcción de una familia. Los literatos lo han registrado siempre y hay algunas obras que lo muestran en forma especialmente clara, como en la pieza teatral de Emilio Carballido Rosa de dos aromas, donde a la amante le basta con ser chispeante y sensual para lograr la satisfacción de él; no necesita sufrir el juicio de los familiares, amigos y colegas, ni requiere ser culta y refinada como la esposa.

Elección de pareja estable

En cambio, en la elección de una pareja de convivencia estable, más allá del criterio legal de casamiento, aparecen los condicionamientos sociales de manera siempre visible, además de los factores inconscientes y conscientes que buscan asegurar ciertas satisfacciones y la estabilidad de la relación. En la perspectiva psicoanalítica, los elementos inconscientes están determinados por la influencia de la matriz familiar de origen, con sus modelos vivientes de esposo y esposa, así como de los padres, y por la evolución psicosexual de cada cónyuge que determina el grado de inmadurez o madurez de la personalidad de los individuos, factor crucial para enfrentar las demandas que significan la convivencia en pareja y, en caso dado, la crianza de los hijos.

Suele predominar en las parejas la elección caracterológica complementaria defensiva; por ejemplo, un hombre obsesivo (donde suelen existir dificultades para la expresión de los afectos y en la socialidad, así como para el mantenimiento de la cercanía afectiva, aunque con gran eficacia instrumental en la vida laboral) con una mujer expansiva y con buena capacidad de expresión afectiva y social, aunque a veces con características de dependencia y de dificultad para lidiar con los aspectos instrumentales de la vida.

Funciones de la unión conyugal

La unión conyugal estable tiende a cumplir, así, varias funciones:

  1. Logro de un lugar, un estatus y un apoyo en la red social amplia.
  2. Apoyo e incremento de fuerza al unirse a un compañero, incluyendo el factor económico.
  3. “Colmamiento” narcisista en el enamoramiento y formación de un sistema de confirmación e identidad externo a través de la pareja.
  4. Establecimiento de un sistema defensivo interpersonal (complementario al intrapsíquico y muy ligado a este) mediante la elección de la pareja.
  5. Depósito de las necesidades de apoyo y dependencia en la institución conyugal de una manera socialmente aceptable y validada.

Como esbozamos antes, hay una diferencia fundamental de las relaciones amorosas en función de su estabilidad: cuando son fugaces predomina el aspecto sexual y el sujeto busca satisfacer sus deseos por medio de una relación contingente, sin interesarse demasiado en la persona. Es el caso frecuente de la aventura, del coqueteo o de los vínculos breves, en los que resulta inaplicable o de escaso interés una explicación que considere a la pareja como unidad.

Así, la elección de la amante en Rosa de dos aromas está determinada por el predominio sexual: una mujer chispeante y sensual, divertida y coqueta, con una relación limitada a la satisfacción pasional mutua, sin las responsabilidades y exigencias derivadas de un proyecto de vida compartido y estable.

En contraste, cuando una relación amorosa apunta a una cierta intención de durar, se vuelve de fundamental importancia la reciprocidad de las relaciones y la comprensión y conciencia de un “nosotros” colectivo. Es en este último caso donde la pareja cumple su función defensiva interpersonal, en ocasiones por encima de las necesidades sexuales. A este grupo pertenecen algunas de las parejas cuya sexualidad se ha perdido, y persiste la relación afectiva y/o las conveniencias institucionales. En estos casos asume primordial importancia la naturaleza inconsciente de buena parte de sus deseos y comunicaciones. En la obra de Carballido, la esposa se elige bajo requerimientos derivados de un proyecto vital compartido a largo plazo y de las presiones sociales y prácticas consecuentes: profesional como él, culta y refinada, para poder funcionar como compañera, colaboradora y potencial madre de sus hijos, y con un carácter conservador y prudente que cubre para él una función defensiva de prohibición de sus impulsos sexuales, pero con un costo: la renuncia a su conflictiva y temida vitalidad pasional, renuncia que no puede mantener pasado un tiempo y que instala en una escisión con la amante.

De ahí que se consideren dos rasgos inconscientes como característicos de la elección conyugal: la reciprocidad y la función defensiva, además de buscar la satisfacción de buena parte de los deseos conscientes.

La reciprocidad implica el equilibrio bilateral de satisfacciones, donde ambos obtienen alguna ganancia psicológica.

Cuando hablamos de la función defensiva nos referimos a la contribución, al equilibrio personal que el sujeto espera, aunque no sea consciente de ello, del ser amado. Esta función defensiva se realiza mediante la satisfacción o prohibición a ciertos impulsos por la pareja elegida. La satisfacción de los impulsos básicos implica la elección de un otro capaz de cubrir las necesidades amorosas y agresivas del sujeto, lo cual no requiere de mayores ejemplificaciones. La prohibición sí, y se refiere al control de ambos impulsos. Sería el caso de una elección heterosexual que contenga el desborde pasional, como ya mencionamos, o prohíba las pulsiones homosexuales (latentes o conocidas), situación que puede funcionar durante algún tiempo, incluso largos años. Sin embargo, es muy probable que esta contención sea sometida a revisión en una determinada etapa de la vida de pareja -la etapa de crisis-, para su reorganización más estable o su cambio, con las consecuentes modificaciones en el estilo de vida. La obra citada de Carballido también lo ejemplifica.

Las etapas de la pareja humana

Muchos autores han abordado el problema de la evolución de la pareja desde una visión meramente descriptiva y así hablan del “flechazo”, la “luna de miel”, el acomodo a los hijos pequeños, adolescentes, adultos, y el “nido vacío”. Lemaire, en cambio, va más allá de los esquemas descriptivos del ciclo vital de las parejas y propone un modelo evolutivo centrado en los cambios psicodinámicos de la relación, denominados etapa precrítica, etapa de crisis de la pareja y etapa poscrítica.

La etapa precrítica es la etapa idílica de la relación, la etapa del enamoramiento que implica el establecimiento (y defensa) de una unión de carácter fusional e idealizada, lograda mediante el uso de mecanismos arcaicos de defensa, especialmente la idealización del ser amado, así como la negación de la agresividad hacia este.

Las ganancias afectivas y narcisistas no son nada despreciables. El estado amoroso permite al ser humano reconstituir su vitalidad afectiva y sus capacidades de adaptación, además de acompañarse de un estado agradable semejante al reposo, al sueño, al orgasmo, etcétera.

La capacidad de enamoramiento sería, consecuentemente, una capacidad universal, independiente de la madurez del sujeto y, en buena medida, de su edad, ya que hay, además de los enamoramientos adultos (y de viejos), los enamoramientos infantiles y los de adolescentes.

Las ganancias que las parejas obtienen del estado amoroso, del amar y ser amados, son amplias, pero también tienen sus costos. El primero depende de que, siendo un estado eminentemente regresivo y con algunos componentes ilusorios, tiende a producir un sector de distorsión y alejamiento de la realidad que juega a contracorriente de las fuerzas biológicas y sociales de tipo progresivo, que suelen ser las dominantes; de ahí la conocida frase “el amor es ciego”. El segundo depende de que la eliminación fusional implica para el sujeto alguna forma de dependencia o de apropiación, donde pierde cierta parte de su autonomía y libertad. Pero como el balance final se inclina más del lado de las ganancias, las parejas suelen entrar en una suerte de complicidad para defender, ante las amenazas del exterior y el interior, ese estado de privilegiada satisfacción.

La inmadurez de algunos sujetos les hace imposible soportar, ya desde este momento, la carga que les implica asumir una relación afectiva densa y comprometida. Así, echan a andar distintas argucias defensivas para evitarlo. Algunas son:

  1. La limitación del tiempo de relación (amores de vacaciones, con extranjeros o a distancia, centrados en la comunicación por carta o teléfono o e-mail).
  2. La limitación del área relacional (valorar solo los aspectos económicos o la belleza, por ejemplo).
  3. La limitación del compromiso afectivo (mediante “barreras” diversas como el cuidado de los hijos o de los padres, etcétera).

También por razones de inmadurez, otros sujetos que logran acceder a esta etapa son incapaces de salir de ella y trascenderla en un movimiento progresivo, como veremos más adelante, debido a que mantienen formas de idealización primitiva no susceptibles de confrontarse y ajustarse a la realidad.

La etapa de crisis de la pareja consiste en el duelo por la pérdida de la idealización del ser amado. Aquí reaparecen las partes escindidas y negadas del compañero o compañera, forzando a una visión más ajustada a la realidad, signo de madurez difícil para todos e imposible de alcanzar para algunos. En este caso se echa a andar una serie de mecanismos defensivos para permanecer en la idealización o para llegar a la ruptura. La nueva etapa requiere pasar de la situación en que, mediante la idealización, se mantienen en la inconsciencia los rasgos negativos, a otra donde el mismo ser amado será a ratos positivo y a ratos negativo, por momentos amado y por momentos odiado o rechazado. Esta situación requiere de una estructura psíquica madura para manejar un cambio tan radical en la relación con la pareja. Esta etapa pone a prueba la capacidad para un amor estable.

Otro desafío en el amor duradero es soportar la cotidianidad. Para lograrlo resulta esencial la indulgencia, derivada de la corriente amorosa de la ternura, que da una posibilidad de tolerar las fallas y las imperfecciones del compañero. Consecuentemente, incluye la preocupación del sujeto por el otro, exigencia difícil de cumplir por los caracteres narcisistas.

Finalmente, la etapa poscrítica se caracteriza por el retorno de lo reprimido, que orilla a definiciones vitales cruciales; por ejemplo, cuando emergen los impulsos homosexuales reprimidos y se tiene que decidir si se asumen, con el cambio de forma de vida que implican, o de nuevo se les rechaza o reprime. Esta etapa de la vida de pareja suele coincidir en algunos sujetos con la crisis individual “de la edad media” que a veces genera una revisión de la vida pasada para decidir posibles cambios en la vida futura ante la conciencia de que la vida no es eterna y de que esa etapa es la última oportunidad antes de la vejez y la muerte. Cuando se conjuntan ambos eventos suele haber efectos de estímulo mutuo hacia el cambio.

La elección de pareja puede llegar a satisfacer algunas de las demandas individuales, pero otras pueden quedar sin satisfacerse, especialmente si, por alguna razón, su búsqueda es conflictiva y se encuentran en alguna medida reprimidas. Los cambios suscitados en el individuo al pasar el tiempo pueden disminuir esta inhibición y buscar la satisfacción de estas tendencias. En esas condiciones, de pronto, alguna persona puede tener tales características que rompa la barrera de la represión y active estos impulsos “dormidos”, dando lugar al movimiento irresistible hacia otro hombre o mujer que le fascine.

La elección de pareja como defensa interpersonal

La vida amorosa es la resultante de la integración de las dos corrientes libidinales: la corriente tierna, coartada en su fin sexual, que favorece la tolerancia y la permanencia, y la corriente sensual, que busca la descarga y satisfacción amorosa-sexual. Cuando no existe el interés de la permanencia, esta última prima en su forma más pura.

En las relaciones que persisten a través del tiempo hay dos grandes momentos de ajuste en la relación de pareja como defensa interpersonal: en la etapa de crisis de la pareja, substituyéndose los mecanismos de defensa arcaicos por mecanismos de defensa más evolucionados, que permiten una visión más realista del ser amado y de la relación amorosa; y en la etapa poscrítica, donde se requiere la integración de los impulsos reprimidos y un ajuste del aparato psíquico de cada uno de los cónyuges.

Desde la perspectiva individual, como lo señala Kernberg, hay una transformación evolutiva que arranca de la excitación sexual como afecto básico, pasa por una segunda etapa que es el deseo erótico por otra persona (un anhelo de intimidad y fusión que implica cruzar una barrera y convertirse en uno con el objeto elegido) y culmina en el amor sexual maduro, con las características que se describieron párrafos atrás, que permite la relación íntima con un ser amado diferenciado, con capacidad de preocuparse por él. Si bien el amor maduro la incluye, la pasión sexual no es imprescindible para las relaciones estables. De lo contrario pasa lo que Pablo Milanés describe muy bien en su canción Para vivir: “Muchas veces te dije que antes de hacerlo había que pensarlo muy bien, / Que a esta unión de nosotros le hacía falta carne y deseo también,/ Que no bastaba que me entendieras y que murieras por mí/ Que no bastaba que en mis fracasos yo me refugiara en ti./ Y ahora ves lo que pasó, al fin nació/ Al pasar los años el tremendo cansancio que provoco yo en ti/ Y aunque es penoso lo tienes que decir…”.


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