De nuestro don Joaquín y del “Repertorio”

Este 31 de octubre se cumplen 61 años de la muerte de don Joaquín García Monge, y el 1° de diciembre el centenario de su gran revista cultural Repertorio Americano. Sumados_a_esa_efeméride_publicamos este artículo enviado por el escritor Carlos Salazar Ramírez.

20 de enero de 1881. 1° de setiembre de 1919. 31 de octubre de 1958. La primera fecha es de fasto para Costa Rica. La segunda de orgullo. La tercera de duelo. En la primera nació en Desamparados don Joaquín García Monge. En la segunda apareció en nuestro continente Repertorio Americano. En la tercera murió en San José su admirable creador, uno de los más notables hombres que haya dado nuestro suelo, tan rico en personalidades valiosas.

No anotaremos aquí, por ser bien conocidos, pormenores biográficos del gran costarricense; ni detalles de viajes, estudios, trabajo, pensamiento, patriotismo, ideales… que son posibles de agrupar en un solo concepto magnífico: su vida. Y en ella, su creación cimera: Repertorio Americano.

En agosto de 1944 escribió don Joaquín a un amigo: “El ‘Repertorio’ ha tenido que batirse solo, sin capital. Todos los números han salido al crédito, contando apenas con la benevolencia de los impresores, y unos 400 suscriptores. La composición de la revista, número a número, ha sido cosa personal, de hombre con fe que ha trabajado solo todo el tiempo. Si de algo podría alabarme es de mi constancia. Con la misma fe y alegría con que vi salir el primer número, veré salir el próximo, el 976, el número conmemorativo de los 25 años cumplidos de trabajo.”

Así fue. Desde que germinó el Repertorio Americano, en 1919, hasta su fin en 1958, se sucedieron los gobiernos presididos por don Francisco Aguilar Barquero, don Julio Acosta García, don Ricardo Jiménez Oreamuno, don Cleto González Víquez, de nuevo por don Ricardo Jiménez Oreamuno, don León Cortés Castro, don Rafael Ángel Calderón Guardia, don Teodoro Picado Michalsky, la Junta Fundadora de la Segunda República, don Otilio Ulate  Blanco, don José Figueres Ferrer y don Mario Echandi Jiménez.

¿Cómo fue posible que ni una sola de estas administraciones tendiera al Maestro la más pequeña mano de ayuda en la ingente labor que enaltecía nuestra patria en todo el mundo hispánico y fuera de él?… Aun cuando otro gran humanista, don Alfonso Reyes, desde México, expresaba: El solo nombre de don Joaquín nos une más y mejor que todos los tratados interamericanos y las asambleas continentales.”

Esta locución de don Alfonso es inmensa, aunque parece no haber perforado muy hondo en los duros cerebros costarricenses de entonces. Rigidez que continúa en los de hoy.

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En cierto momento la Universidad Nacional trató de revivir el Repertorio, pero el   resultado es discutible; tanto, que la revista carece de la finalidad maravillosa que le asignó don Joaquín: una Confederación Americana de Ideas.

Se habla de “tres etapas” en este resucitar: una, de 1974 a 1983; otra, de 1996 a 2010; y la última a partir de 2011. Inicialmente la periodicidad fue trimestral; más tarde semestral para terminar siendo anual… en formatos de tipo tabloide, de libro… y en soporte digital. ¿En “soporte digital”? ¡Pero si una revista, para ser calificada, debe, además de su contenido -desde luego-, poderse manipular, sentir el olor del papel y la tinta, oír cómo crujen las páginas al leer sus excelencias, llevarla al sillón predilecto, guardarla en la biblioteca o prestársela al amigo! Es decir, tener savia. ¿Podrá tener savia una pantalla electrónica, que exhibe un texto virtual, que anda vagando allá por el ciberespacio? ¡Vaya manera absurda de leer!

Deberemos entonces concluir que el actual Repertorio es algo que da botes en el tiempo, metamorfosea su formato y somete sus textos a una transmutación sibilina.

¿Se podrá celebrar, en el año 2074, la centuria de su “renacimiento herediano”? Esperemos que la cibernética nos lo diga…

¿Por qué don Joaquín, solitario en su pequeña y modestísima oficina, pudo crear lo que una Universidad con abundancia de recursos, miles de estudiantes, centenares de profesores y centenares de funcionarios, es incapaz de hacer?

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Luis Alberto Sánchez, un distinguido escritor peruano (1900-1994), crítico literario y autor de ensayos históricos y políticos, escribió en agosto de 1944:

“Limpio, sencillo, afable, generoso, desprendido, inteligente, perspicaz, erudito, sagaz, liberalísimo y americanísimo, don Joaquín merece una estatua en todos los sitios de América. No en su patria solamente: dondequiera que alguien tenga la preocupación de nuestro rumbo y el regusto de nuestro idioma.”

En su pueblo natal, ciertamente, existe un amplio, magnífico edificio que ostenta su nombre y que al albergar una escuela primaria se convierte en un homenaje nobilísimo al Maestro. Sin embargo, el humanista peruano se refería a una efigie, a un monumento tal y como se le dedica a un prócer. Y este altar patriótico no existe, como sí los hay dedicados a personajes que están a distancia incalculable del valor humano, universal, de don Joaquín.

Citemos únicamente dos lamentables ejemplos:

En el lugar más prominente de San José, al final del Paseo Colón y frente al Museo de Arte Costarricense elévase, en extraordinario pedestal de mármol rojo, la figura en bronce del presidente León Cortés Castro, gobernante “nazistoide” que suspendió a don Joaquín como director de la Biblioteca Nacional. ¿No son una ignominia la destitución y el monumento?

Cuando los niños que estudian en las escuelas que alberga el Edificio Metálico salen a la belleza del Parque Morazán, se encuentran con un “descomunal señorón broncíneo”: el presidente Daniel Oduber Quirós (cuya probidad, por otra parte, ha sido discutida). ¡Pero si el lugar es perfecto para erigir un monumento dedicado a don Joaquín, que tan lejos estuvo de la “politiquería” y tan cerca de la patria, el arte, el bien, la belleza, la inteligencia… y la enseñanza!

Porque mientras los costarricenses celebren medianías (y podríamos apuntar legión de ejemplos) y no enaltezcan apasionadamente a sus hijos preclaros, a sus preeminentes hijas, no vivirán con decoro en la morada por la que don Joaquín García Monge luchó.

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“Noble Pastor”, dijo de él León Felipe. Y C. Salazar H.: “… no superficial sino profundo. Honrado y no calculador. Nunca servil y siempre altivo. Visionario mas no iluso. Jamás plebeyo, sino invariablemente noble en la indestructible aristocracia del espíritu y la cultura.” Y sabio en el “… vivir materialmente pobre, aunque con una lujosa riqueza de dignidad.”

Y aquí un soneto de don Carlos Luis Sáenz:

El Benemérito

Las diez de la mañana. “Buenos días,

don Joaquín”. Y nos toma por el brazo.

Nos vamos caminando paso a paso

frente a la Plaza de la Artillería.

Doblamos hacia el norte y ya nos guía

al Correo Central, en donde acaso

recogerá el escrito o el retazo

que Waldo Franck o don Leopoldo envía.

Dos obreros, al verlo, complacidos,

dicen: “El Benemérito” y, cumplidos,

lo saludan, sombreros en la mano.

Y don Joaquín comenta: “No, señor”,

y sonríe, y nos dice: “El alto honor

es para el Repertorio Americano”.                  


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