Crónica de la psicodeflación

Entre los muchos artículos y opiniones que la crisis global actual ha provocado en escritores e intelectuales en general en el mundo, esta crónica del filósofo italiano Franco Bifo Berardi,

Entre los muchos artículos y opiniones que la crisis global actual ha provocado en escritores e intelectuales en general en el mundo, esta crónica del filósofo italiano Franco Bifo Berardi, autor de libros como Futurabilidad, La fábrica de infelicidad y Fenomenología del fin, conlleva reflexiones muy atinadas, pero además un gran valor literario. Por su extensión, aunque valiosa en cada párrafo, no podemos reproducirla completa, por lo que presentamos aquí algunos extractos de su publicación original en Nero Editions, con traducción de Emilio Sadier.

21 de febrero

Al regresar de Lisboa, una escena inesperada en el aeropuerto de Bolonia. En la entrada hay dos humanos completamente cubiertos con un traje blanco, con un casco luminiscente y un aparato extraño en sus manos. El aparato es una pistola termómetro de altísima precisión que emite luces violetas por todas partes.

Se acercan a cada pasajero, lo detienen, apuntan la luz violeta a su frente, controlan la temperatura y luego lo dejan ir.

Un presentimiento: ¿estamos atravesando un nuevo umbral en el proceso de mutación tecnopsicótica?

28 de febrero

Desde que volví de Lisboa, no puedo hacer otra cosa: compré unos veinte lienzos de pequeñas proporciones y los pinto con pintura de colores, fragmentos fotográficos, lápices, carbonilla. No soy pintor, pero cuando estoy nervioso, cuando siento que está sucediendo algo que pone a mi cuerpo en vibración dolorosa, me pongo a garabatear para relajarme.

La ciudad está silenciosa como si fuera Ferragosto.

Las escuelas cerradas, los cines cerrados. No hay estudiantes alrededor, no hay turistas. Las agencias de viajes cancelan regiones enteras del mapa. Las convulsiones recientes del cuerpo planetario quizás estén provocando un colapso que obligue al organismo a detenerse, a ralentizar sus movimientos, a abandonar los lugares abarrotados y las frenéticas negociaciones cotidianas. ¿Y si esta fuera la vía de salida que no conseguíamos encontrar, y que ahora se nos presenta en forma de una epidemia psíquica, de un virus lingüístico generado por un biovirus?

La Tierra ha alcanzado un grado de irritación extremo, y el cuerpo colectivo de la sociedad padece desde hace tiempo un estado de estrés intolerable: la enfermedad se manifiesta en este punto, modestamente letal, pero devastadora en el plano social y psíquico, como una reacción de autodefensa de la Tierra y del cuerpo planetario. Para las personas más jóvenes, es solo una gripe fastidiosa.

Lo que provoca pánico es que el virus escapa a nuestro saber: no lo conoce la medicina, no lo conoce el sistema inmunitario. Y lo ignoto de repente detiene la máquina.

Un virus semiótico en la psicósfera bloquea el funcionamiento abstracto de la economía, porque sustrae de ella los cuerpos. ¿Quieren verlo?

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4 de marzo

¿Esta es la vencida? No sabíamos cómo deshacernos del pulpo, no sabíamos cómo salir del cadáver del Capital; vivir en ese cadáver apestaba la existencia de todos, pero ahora el shock es el preludio de la deflación psíquica definitiva. En el cadáver del Capital estábamos obligados a la sobreestimulación, a la aceleración constante, a la competencia generalizada y a la sobreexplotación con salarios decrecientes. Ahora el virus desinfla la burbuja de la aceleración.

Hace tiempo que el capitalismo se encontraba en un estado de estancamiento irremediable. Pero seguía fustigando a los animales de carga que somos, para obligarnos a seguir corriendo, aunque el crecimiento se había convertido en un espejismo triste e imposible.

La revolución ya no era pensable, porque la subjetividad está confusa, deprimida, convulsiva, y el cerebro político no tiene ya ningún control sobre la realidad. Y he aquí entonces una revolución sin subjetividad, puramente implosiva, una revuelta de la pasividad, de la resignación. Resignémonos.

De repente, esta parece una consigna ultrasubversiva. Basta con la agitación inútil que debería mejorar y en cambio solo produce un empeoramiento de la calidad de la vida. Literalmente: no hay nada más que hacer. Entonces no lo hagamos.

Es difícil que el organismo colectivo se recupere de este shock psicótico-viral y que la economía capitalista, ahora reducida a un estancamiento irremediable, retome su glorioso camino. Podemos hundirnos en el infierno de una detención tecno-militar de la que solo Amazon y el Pentágono tienen las llaves. O bien podemos olvidarnos de la deuda, el crédito, el dinero y la acumulación.

Lo que no ha podido hacer la voluntad política podría hacerlo la potencia mutágena del virus. Pero esta fuga debe prepararse imaginando lo posible, ahora que lo impredecible ha desgarrado el lienzo de lo inevitable.

5 de marzo

Se manifiestan los primeros signos de hundimiento del sistema bursátil y de la economía, los expertos en temas económicos observan que esta vez, a diferencia de 2008, las intervenciones de los bancos centrales u otros organismos financieros no serán de mucha utilidad.

Por primera vez, la crisis no proviene de factores financieros y ni siquiera de factores estrictamente económicos, del juego de la oferta y la demanda. La crisis proviene del cuerpo. Es el cuerpo el que ha decidido bajar el ritmo. La desmovilización general del coronavirus es un síntoma del estancamiento, incluso antes de ser una causa del mismo.

Cuando hablo de cuerpo me refiero a la función biológica en su conjunto, me refiero al cuerpo físico que se enferma, aunque de una manera bastante leve, pero también y sobre todo me refiero a la mente, que por razones que no tienen nada que ver con el razonamiento, con la crítica, con la voluntad, con la decisión política, ha entrado en una fase de pasividad profunda.

Cansada de procesar señales demasiado complejas, deprimida después de la excesiva sobreexcitación, humillada por la impotencia de sus decisiones frente a la omnipotencia del autómata tecnofinanciero, la mente ha disminuido la tensión. No es que la mente haya decidido algo: es la caída repentina de la tensión que decide por todos. Psicodeflación.

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7 de marzo

Me escribe Alex, mi amigo matemático: “Todos los recursos superinformáticos están comprometidos para encontrar el antídoto contra el corona. Esta noche soñé con la batalla final entre el biovirus y los virus simulados. En cualquier caso, el humano ya está fuera, me parece”.

La red informática mundial está dando caza a la fórmula capaz de enfrentar el infovirus contra el biovirus. Es necesario decodificar, simular matemáticamente, construir técnicamente el corona-killer, para luego difundirlo. Mientras tanto, la energía se retira del cuerpo social, y la política muestra su impotencia constitutiva.

La política es cada vez más el lugar del no poder, porque la voluntad no tiene control sobre el infovirus.

El biovirus prolifera en el cuerpo estresado de la humanidad global. Los pulmones son el punto más débil, al parecer. Las enfermedades respiratorias se han propagado durante años en proporción a la propagación en la atmósfera de sustancias irrespirables. Pero el colapso ocurre cuando, al encontrarse con el sistema mediático, entrelazándose con la red semiótica, el biovirus ha transferido su potencia debilitante al sistema nervioso, al cerebro colectivo, obligado a ralentizar sus ritmos.

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9 de marzo

El problema más grave es el de la sobrecarga a la que está sometido el sistema de salud: las unidades de terapia intensiva están al borde del colapso. Existe el peligro de no poder curar a todos los que necesitan una intervención urgente, se habla de la posibilidad de elegir entre pacientes que pueden ser curados y pacientes que no pueden ser curados.

En los últimos diez años se recortaron 37 mil millones del sistema de salud pública, redujeron las unidades de cuidados intensivos y el número de médicos generales disminuyó drásticamente. Según el sitio quotidianosanità.it, “en 2007 el Servicio Sanitario Nacional público podía contar con 334 Departamentos de emergencia-urgencia (Dea) y 530 de primeros auxilios. Pues bien, diez años después la dieta ha sido drástica: 49 Dea fueron cerrados (-14%) y 116 primeros auxilios ya no existen (-22%). Pero el recorte más evidente está en las ambulancias, tanto las del Tipo A (emergencia) como las del Tipo B (transporte sanitario).

En 2017 tenemos que las Tipo A fueron reducidas un 4% en comparación con diez años antes, mientras que las de Tipo B fueron reducidas a la mitad (-52%). También es para tener en cuenta cómo han disminuido drásticamente las ambulancias con médico a bordo: en 2007, el médico estaba presente en el 22% de los vehículos, mientras que en 2017 solo en el 14,7%. Las unidades móviles de reanimación también se redujeron en un 37% (eran 329 en 2007, son 205 en 2017).

El ajuste también ha afectado a los hogares de ancianos privados que, en cualquier caso, tienen muchas menos estructuras y ambulancias que los hospitales públicos. A partir de los datos se puede ver cómo ha habido una contracción progresiva de las camas a escala nacional, mucho más evidente y relevante en el número de camas públicas en comparación con la proporción de camas administradas de forma privada: el recorte de 32.717 camas totales en siete años remite principalmente al servicio público, con 28.832 camas menos que en 2010 (-16,2%), en comparación con las 4.335 camas menos que el servicio privado (-6,3%)”.

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15 de marzo

En el silencio de la mañana, las palomas perplejas miran hacia abajo desde los techos de la iglesia y parecen atónitas. No alcanzan a explicarse el desierto urbano. Yo tampoco.

Leo los borradores de Offline de Jess Henderson, un libro que saldrá en algunos meses (en fin, debería salir, ya se verá). La palabra offline adquiere un relieve filosófico: es un modo de definir la dimensión física de lo real en oposición, es más, en sustracción, a la dimensión virtual.

Reflexiono acerca del modo en que está mutando la relación entre offline y online durante la propagación de la pandemia e intento imaginar el después.

En los últimos treinta años la actividad humana ha cambiado profundamente su naturaleza relacional, proxémica, cognitiva: un número creciente de interacciones se ha desplazado de la dimensión física, conjuntiva –en la que los intercambios lingüísticos son imprecisos y ambiguos (y por lo tanto infinitamente interpretables), en la que la acción productiva involucra energías físicas, y los cuerpos se rozan y se tocan en un flujo de conjunciones– a la dimensión conectiva, en la que las operaciones lingüísticas son mediadas por máquinas informáticas. Por lo tanto, responden a formatos digitales, la actividad productiva es parcialmente mediada por automatismos, y las personas interactúan cada vez más densamente sin que sus cuerpos se encuentren.

La existencia cotidiana de las poblaciones ha sido cada vez más concatenada por dispositivos electrónicos relacionados con enormes masas de datos. La persuasión ha sido reemplazada por la impregnación, la psicósfera ha sido inervada por los flujos de la infósfera. La conexión presupone una exactitud lampiña, sin pelos y sin polvo, una exactitud que los virus informáticos pueden interrumpir, desviar, pero que no conoce la ambigüedad de los cuerpos físicos ni goza de la inexactitud como posibilidad.

Ahora, he aquí que un agente biológico se introduce en el continuum social haciéndolo implosionar y obligándolo a la inactividad. La conjunción, cuya esfera se ha reducido en gran medida por las tecnologías conectivas, es la causa del contagio. Juntarse en el espacio físico se ha vuelto el peligro absoluto, que debe evitarse a toda costa. La conjunción debe ser activamente impedida.

No salir de casa, no ir a encontrarse con los amigos, mantener una distancia de dos metros, no tocar a nadie en la calle…

Se verifica aquí entonces (es nuestra experiencia de estas semanas) una enorme expansión del tiempo vivido online; no podría ser de otra manera porque las relaciones afectivas, productivas, educativas deben ser transferidas a la esfera en la que no nos tocamos y no nos juntamos. Ya no existe ninguna red social que no sea puramente conectiva.

Pero entonces, ¿qué? ¿Qué sucederá después?

¿Y si la sobrecarga de conexión termina por romper el hechizo?

Quiero decir: tarde o temprano la epidemia desaparecerá (siempre que esto suceda, en Italia tal vez el 25 de abril): ¿no tenderemos quizás a identificar psicológicamente la vida online con la enfermedad? ¿No estallará tal vez un movimiento espontáneo de acariciamiento que induzca a una parte consistente de la población joven a apagar las pantallas conectivas transformadas en recuerdo de un período desgraciado y solitario?

No me tomo demasiado en serio, pero lo pienso.

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17 de marzo

El colapso de las bolsas de valores es tan grave y persistente que ya no es noticia.

(…)

Un mes, dos meses, tres meses son suficientes para bloquear la máquina, y este bloqueo tendrá efectos irreversibles. Aquellos que hablan de vuelta a la normalidad, aquellos que piensan que se puede reactivar la máquina como si nada hubiera sucedido, no entendieron bien qué es lo que está sucediendo.

Será cuestión de inventar todo de nuevo, para que la máquina vuelva a funcionar. Y nosotros tenemos que estar allí, listos para impedir que funcione como lo ha hecho durante los últimos treinta años: la religión del mercado y el liberalismo privatista deben ser considerados crímenes ideológicos. Los economistas que hace treinta años nos prometen que la cura para toda enfermedad social es el recorte del gasto público y la privatización deberán ser aislados socialmente; si intentan abrir la boca de nuevo, deberán ser tratados por lo que son: idiotas peligrosos.

En las últimas dos semanas leí Cara de pan de Sara Mesa, Lectura fácil de Cristina Morales y la escalofriante Canción dulce de la horrible Leila Slimani. Ahora estoy leyendo a una escritora azerí que habla de Bakú a principios del siglo XX, de las riquezas repentinamente acumuladas con el petróleo, y de su familia muy rica a la cual la revolución soviética le quitó todas las propiedades.

Este año, más por casualidad que por elección, leí solamente escritoras, comenzando con la maravillosa novela de Négar Djavadi llamada Desoriental, una historia de exilio y de violencia islamista, de soledad y de nostalgia.

Pero ahora basta con las mujeres y suficiente con los dramas de la humanidad.

Y entonces fui a buscar un libro relajante, que es el Orlando Furioso leído por Italo Calvino. Cuando enseñaba, siempre lo recomendaba a los jóvenes, y les leía algunos capítulos. Lo habré leído diez veces, pero lo releo siempre con mucho gusto.

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20 de marzo

Me despierto, me afeito la barba, tomo pastillas para la hipertensión, enciendo la radio… Mierda… La musiquita del himno nacional. Explíquenme qué tienen que hacer los himnos nacionales en esta ocasión.

¿Por qué resucitar el orgullo nacional? Ese himno llevó a los soldados a Caporetto, donde murieron cien mil [N. del T.: se refiere a la Batalla de Caporetto o Kobarid, librada en 1917 durante la Primera Guerra Mundial en la frontera austroitaliana entre Italia y los Imperios Centrales].

Apagué la radio y me afeité en silencio. De tumba.

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24 de marzo

Mientras que en Italia Confindustria (N. del T.: la Confederación General de la Industria Italiana, principal agrupamiento empresarial del país) se opone al cierre de las empresas no esenciales; es decir, sostienen la movilización diaria de millones de personas obligadas a exponerse al peligro de infección, la pregunta que está surgiendo es la de los efectos económicos de la pandemia. En la portada del New York Times, un editorial de Thomas Friedman lleva el muy elocuente título “Get America back to work – and fast” (Hagamos que América vuelva al trabajo, y rápido).

Todavía no se ha detenido nada, pero ya los fanáticos están preocupados por hacerlo rápido, por volver pronto a trabajar y, sobre todo, por volver a trabajar como antes.

Friedman (y Confindustria) tienen un excelente argumento a su favor: un bloqueo prolongado de las actividades productivas acarreará consecuencias inimaginables desde un punto de vista económico, organizativo e incluso político. Todos los peores escenarios pueden ocurrir en una situación en la que las mercancías comienzan a agotarse, en la que la desocupación se extiende, etc.

Por lo tanto, el argumento de Friedman debe ser considerado con la debida prudencia, y luego desestimado con habilidad. ¿Por qué? No solo por la obvia razón de que, si se detienen las actividades durante dos semanas y luego se regresa a la fábrica como antes, la epidemia se reanudará con una furia renovada que matará a millones de personas y devastará a la sociedad para siempre. Esta es solo una consideración marginal, desde mi punto de vista.

La consideración que me parece más importante (de la que tendremos que desarrollar sus implicaciones en las semanas y los meses próximos) es precisamente esta: no debemos volver nunca más a la normalidad.

La normalidad es lo que ha vuelto al organismo planetario tan frágil como para abrir el camino a la pandemia, para empezar.

Incluso antes de que estallara la pandemia, la palabra “extinción” había comenzado a despuntar en el horizonte del siglo. Incluso antes de la pandemia, el año 2019 había mostrado un impresionante crecimiento de colapsos ambientales y sociales que culminaron en noviembre en la pesadilla irrespirable de Nueva Delhi y en el terrible incendio de Australia.

Los millones de jóvenes que marcharon por las calles de muchas ciudades el 15 de marzo de 2019 para pedir la detención de la máquina de muerte ahora han obtenido algo: por primera vez las dinámicas del cambio climático se han interrumpido.

Tras un mes de lockdown, el aire padano se ha vuelto respirable. ¿A qué precio? A un precio altísimo que ahora se paga en vidas perdidas y en miedo desenfrenado, y que mañana se pagará con una depresión económica sin precedentes.

Pero este es el efecto de la normalidad capitalista. Volver a la normalidad capitalista sería una idiotez tan colosal que la pagaríamos con una aceleración de la tendencia a la extinción. Si el aire padano se ha vuelto respirable gracias al flagelo, sería una idiotez colosal reactivar la máquina que hace que el aire padano sea irrespirable, cancerígeno y, en última instancia, presa fácil de la próxima epidemia viral.

Este es el tema en el que debemos comenzar a pensar, rápida y desprejuiciadamente.

La pandemia no provoca una crisis financiera. Por supuesto, las bolsas de valores caen a pique y continuarán cayendo, y alguien propone cerrarlas (provisoriamente).

Lo impensable es el título de un artículo de Zachary Warmbrodt publicado en Politico Journalist, en el que se examina con terror la posibilidad de cerrar las bolsas.

Pero la realidad es mucho más radical que las hipótesis más radicales: las finanzas ya han cerrado, aun si las bolsas permanecen abiertas, y los especuladores ganan su dinero sucio apostando a la bancarrota y la catástrofe, como han hecho los senadores republicanos Barr y Lindsay.

La crisis que vendrá no tiene nada que ver con la de 2008, cuando el problema era generado por los desequilibrios de las matemáticas financieras. La depresión por venir depende de la intolerancia del capitalismo para el cuerpo humano y para la mente humana.

La crisis en curso no es una crisis. Es un reset. Se trata de apagar la máquina y volver a encenderla después de un tiempo. Pero cuando la reiniciemos, podemos decidir que funcione como antes, con la consecuencia de encontrarnos de vuelta dentro de nuevas pesadillas. O podemos decidir reprogramarla, de acuerdo con la ciencia, la conciencia y la sensibilidad.

Cuando esta historia termine (y nunca terminará en cierto sentido, porque el virus podrá retroceder pero no desaparecer, y podremos inventar vacunas, pero los virus mutarán) entraremos de todos modos en un período de depresión extraordinaria. Si pretendemos volver a la normalidad, tendremos violencia, totalitarismo, masacres y la extinción de la raza humana para finales del siglo. Esa normalidad no debe volver.

No debemos preguntarnos qué es bueno para las bolsas de valores, para la economía de la deuda y del lucro. Las finanzas se han ido a la mierda, ya no queremos oír hablar de ellas. Debemos preguntarnos qué es útil. La palabra “útil” debe ser el alfa y omega de la producción, de la tecnología y de la actividad.

Me doy cuenta de que estoy diciendo cosas que me exceden, pero debemos prepararnos para enfrentar decisiones fuera de serie. Para estar listos cuando esta historia termine es preciso comenzar a pensar en aquello que es útil, y en el modo en que es posible producirlo sin destruir el ambiente y el cuerpo humano.

También tenemos que pensar en la pregunta más delicada de todas: ¿quién decide?

Atención: cuando surge la pregunta ¿quién decide?, surge la pregunta ¿cuál es la fuente de la legitimidad? Esta es la pregunta a partir de la cual comienzan las revoluciones.

Lo queramos o no, es la pregunta que tenemos que hacernos.

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