Clarice Lispector, el enigma y la fama

El 9 de diciembre se cumplen 40 años de la muerte de la escritora brasileña Clarice Lispector, figura enigmática, provocadora

El 9 de diciembre se cumplen 40 años de la muerte de la escritora brasileña Clarice Lispector, figura enigmática, provocadora y aclamada de la literatura latinoamericana. Presentamos a continuación este comentario a partir de la publicación reciente en castellano de Por qué este mundo. Una biografía de Clarice Lispector, del crítico estadounidense Benjamin Moser.

Clarice Lispector: El vuelo de la esfinge

  1. UNAMUNO

Aunque lo peor estaba por venir gracias a Stalin y Hitler, seguramente no había momento y lugar menos propicios para venir al mundo que los que le tocaron en suerte a Clarice Lispector: Ucrania, 1920, el año en que se consumó el mayor acto criminal organizado contra los judíos antes del Holocausto, con alrededor de 250.000 muertos. En uno de tantos pogromos que asolaron la provincia de Podolia, la madre de la futura escritora fue violada por soldados rusos y contrajo la sífilis. Según una superstición muy extendida en la época, un embarazo podía curar a la mujer de sus males, de manera que a Clarice la engendraron con el fin preciso de salvar a su madre de una muerte cierta.

Semejante responsabilidad dejó a la pequeña una sensación de culpa que describió en estos términos muchos años después: “Me crearon con una misión específica, y les fallé (…). Sé que mis padres me perdonaron por nacer en vano y por haber traicionado su gran esperanza. Pero no puedo perdonarme a mí misma”. De estos complejos y conflictos interiores estuvo cargada en exceso una singladura vital y literaria que ha reconstruido con profusión de análisis y detalles el escritor, crítico y traductor Benjamin Moser, en un volumen titulado Por qué este mundo. Una biografía de Clarice Lispector que publica Siruela como acertado complemento a las obras completas de la autora que lleva poniendo en las librerías desde 2013.

Los padres de Chaya -vida en hebreo- Lispector salieron huyendo de Ucrania con rumbo a Estados Unidos o Brasil, aún no se habían decidido. Se detuvieron en Chechelnik únicamente para que naciera la niña y luego prosiguieron camino, que los llevó a la tropical Maceió y después a Recife, ya en Brasil, donde todos los miembros de la familia tomaron nombres portugueses y Chaya pasó a ser Clarice.

Aunque tenía un año cuando llegó a su país de adopción y, por tanto, nadie podía poner en duda su brasileñidad, Clarice Lispector tuvo que emplearse a fondo casi toda su vida para no ser considerada una extranjera. Primero, por su dicción: ceceaba y emitía unas erres ásperas debido a que tenía frenillo en la lengua, y sin embargo se negaba a corregir el problema.  Moser sostiene: “Lucharía durante toda su vida entre la necesidad de pertenecer y la terca insistencia de mantenerse aparte”, en lo que era solo una de sus numerosas fuentes de neurosis. “No pertenecía a nada ni nadie”, escribiría la propia Clarice. Y había muchos más motivos de extrañeza: “Estaba esa voz rara, ese nombre raro, tan poco común en Brasil que cuando apareció su primer libro [Cerca del corazón salvaje, que había escrito a los 19 años] un crítico se refirió a él como ‘ese nombre desagradable, es probable que un seudónimo’. Estaba su manera extraña de vestir…”, enumera su biógrafo, y aquellos ojos verdes y aquellos pómulos altísimos que le conferían aspecto de loba. No solo era una cuestión de belleza y exotismo. Lispector encandilaba a hombres y mujeres con su porte hierático, de esfinge. El poeta Ferreira Gullar decía que, si volvía a verla, se enamoraría de ella “sin remedio”. Al traductor Gregory Rabassa le impresionó conocer a aquella mujer extraña que “se parecía a Marlene Dietrich y escribía como Virginia Woolf”.

Como Clarice se negaba en redondo a comentar su vida personal, la leyenda tomó el mando de la situación. Se rumoreaba no solo que Clarice Lispector era un seudónimo; tampoco estaban claros ni el lugar de nacimiento de la autora ni su edad. “Se cuestionaba su nacionalidad y la identidad de su lengua nativa era incierta. Una fuente afirmaría que era de derechas y otra dejaría caer que era comunista. Una insistiría en que era católica piadosa, aunque en realidad fuese judía. A veces corrían rumores de que era lesbiana, aunque en cierto momento también circuló el rumor de que era, de hecho, un hombre”, escribe Moser.

De Chechelnik a Recife, de Nápoles y Berna a Washington y Río de Janeiro, la biografía recorre los pasos de Lispector mientras acompañaba a su marido, el diplomático Maury Gurgel, en los diferentes destinos de su oficio, y da cuenta tanto del buen desempeño de sus obligaciones en varios idiomas y en tres continentes como de su hartazgo y su nostalgia de Río, donde -una vez separada de Gurgel- retomaría sus colaboraciones periodísticas para mantener a sus dos hijos, uno de ellos esquizofrénico.

Si una parte de Lispector pretendía asimilarse con su entorno, los escritos que siguieron a su ovacionada Cerca del corazón salvaje no le ayudaron precisamente a deshacerse de su fama de autora hermética y hasta incomprensible, siempre deseosa de visitar con el lector dispuesto al sacrificio los rincones más inquietantes y dolorosos de la existencia. La ciudad sitiada o La manzana en la oscuridad no ponían las cosas fáciles a quien se acercaba a sus páginas; ella, además, había pasado muchos años fuera de Brasil y ya solo tenía un nombre entre los círculos más cultos y elitistas. “Los editores la evitaban como la peste”, explicaba Paulo Francis. “No era discípula del realismo social ni estaba interesada en los pequeños dramas de la burguesía brasileña”, sino que comulgaba más bien con los principios de un emocionalismo a lo Virginia Woolf, pero llevado a sus consecuencias más extremas y abrumadoras.

De manera sorprendente, la negativa de Enio Silveira a publicar La manzana… devino escándalo que acabó en los periódicos, pues ponía de manifiesto el resentimiento general de los escritores con el maltrato que les dispensaban los editores, y Clarice recuperó toda la fama que había perdido. Con el volumen de relatos Lazos de familia, la escritora selló su reputación y, si bien seguía prodigándose poco en los medios, pudo demostrar al menos que no era un hombre. El favor del gran público le llegó con un breve libro que supo conjugar todas las facetas de su vida y su escritura, así como lo social y lo metafísico, lo trágico y lo cómico, sus inquietudes religiosas y el impulso narrativo de sus mejores horas. Por un milagro de la sociedad de consumo, y gracias a La hora de la estrella, las obras de la inescrutable Clarice Lispector se venden hoy en máquinas expendedoras en el metro de Río de Janeiro.

Tomado de El Mundo.


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