Cien años y mil emociones

Al celebrar la centuria de la primera edición de uno de los fundamentos de la literatura costarricense, los Cuentos de mi tía Panchita

Al celebrar la centuria de la primera edición de uno de los fundamentos de la literatura costarricense, los Cuentos de mi tía Panchita —narrados por la tía, escritos por Carmen Lyra y editados la primera vez por don Joaquín García Monge—, es necesario recordar al escultor y dibujante Juan Manuel Sánchez, ilustrador sine qua non de este libro.

Aunque en las primeras publicaciones los dibujos del artista no existían (en ellos se indica el año 1936 [XXXVI] como el de la hechura), hoy no podríamos leer estos seductores cuentos sin la compañía de las líneas exquisitas de don Juan Manuel, desde el momento en que unos y otros están —repitámoslo de otro modo— recónditamente unidos en el ánimo del lector costarricense.

Esto nos conduce hacia un asunto inquietante: Si revisamos con atención las imágenes que guarnecen cada relato —quehacer por lo demás agradabilísimo—, nos toparemos de pronto con la que acompaña al titulado “Escomponte perinola”; y nos sorprenderemos al observar que este dibujo carece por completo de la calidad artística que poseen los demás. ¿Por qué? Aventuraremos una conjetura: “Escomponte perinola no figuraba en las primeras ediciones del libro en cuestión, seguramente porque la autora no gustó de él; entonces no lo dio a la imprenta y lo archivó entre sus papeles. Y es que en su texto se habla de algunos personajes con crueldad y burla, aparecen expresiones groseras y vulgares, y momentos acerbos y repulsivos… amén de que varios pasajes son muy parecidos a los de otros cuentos, aparte de ser muy extenso: los demás relatos ocupan un promedio de seis páginas y media cada uno (en la edición de 1966) y “Escomponte perinola” consta de algo más de dieciocho páginas.

Hasta que alguien, ya desaparecida la escritora, encontró la narración, buscó a don Juan Manuel para que lo ilustrara… e irresponsablemente incluyó el cuento en este libro tan querido. Del dibujo están ausentes la exquisitez lineal antes apuntada, la composición, la continuidad y el equilibrio de los elementos gráficos; además de carecer del año de factura. Es de suponer que nuestro gran dibujante no estaba en su mejor tiempo cuando lo delineó.

Haría muy bien a nuestra literatura la exclusión de “Escomponte perinola” de las futuras ediciones de este libro notable, el cual nos permite hacer una travesía por aquellos territorios del pasado que hicieron decir a doña Emilia Prieto: “Éramos tan lindos…” añorando el perdido paraíso de la patria. Porque veamos: María Isabel Carvajal —la niñita que habría de ser nuestra gran Carmen Lyra— comenzó a escuchar y comprender los relatos de su tía Panchita a los, calculemos, ocho años de edad;  es decir, en 1895, en los días en que la tía era ya una anciana. (Dice la escritora: “¡La querida viejita… que tenía el don de hacer reír y soñar a los niños!”). Supongamos que en esta época la señora contaba con unos setenta años. Es decir, su nacimiento tuvo lugar hacia 1825. De tal manera que su vida transcurrió en el aroma diáfano de las raíces de Costa Rica.

Esto quiere decir que pudo haber conocido, casi con seguridad, a don Juan Mora Fernández y a don Braulio Carrillo; debe haberse interesado en la proclamación de la República instaurada por don José María Castro, viviendo luego las angustias nacidas de la Campaña Nacional de 1856 y 1857 y el júbilo derivado del triunfo de las armas costarricenses sobre el invasor norteamericano… al mismo tiempo de su relación cotidiana con el pueblo  sencillo, pacífico, afable y no contaminado aún por los males que hoy nos sublevan; entre ellos la extranjerización estúpida que nos ha hecho perder nuestra identidad.

(Una nota quizá no necesaria: Hoy, en nuestro suelo, viven miles y miles de compatriotas que se avergonzarían de llamarse María, Isabel o Carmen, pero están muy satisfechas de ser conocidas como Emily, Annette o Kimberly.)

Sí. Estos cuentos nos revelan un tesoro en el léxico y las costumbres de nuestros antepasados. De manera que un leedor atento y curioso se sentirá transportado a la costarriqueñidad más absoluta. ¡Qué privilegio! Por ejemplo: Dios y los personajes celestiales usan el “vos” en sus diálogos. Los reyes, reinas y príncipes comen picadillo, arroz y empanadas. “Las hijas del rey venían de cuando en cuando a bañarse a una poza…”, y los matrimonios reales se efectuaban en “la Catedral”, que a juzgar por la estructura del cuento se trata de la Catedral de San José. ¿En cuáles cuentos de hadas es posible hallar tales maravillas?

¿Y estos asombros?: “Jesús, apiate y mirá estas cosas”; “¡Ni por la jurisca!; “el palito de sus enredos”; “a nadie hay que hacerle ¡che!”; “las claras del día”; “coger misa”; “le hacía ojitos”; “hecho una retreta”; “¡Buenas patas tiene su caballo!”.

(Aquí es conveniente agregar que estos cuentos albergan unas mil cuatrocientas expresiones costarricenses “de aquellos tiempos”. ¿Verdad que es magnífico?)

¿Y el prólogo del libro? Se habla por lo general únicamente de los cuentos. ¡Pero si su introducción es una de las más deslumbrantes de nuestra literatura, un dechado de buen decir, verdadera narración de un recuerdo infantil desbordante de poesía!

Este preámbulo ocurre dentro de la morada de la tía Panchita, donde nació y vivió Carmen Lyra: “…una casita muy limpia en las inmediaciones del Morazán.” Aparecen aquí el pequeño corredor de la entrada, el patio en el cual había un pozo con una chayotera “que formaba sobre el brocal un dosel de frescura”, una gran sala de paredes enjalbegadas con suelo enladrillado y menciones de los muebles y adornos de la estancia.

Sin embargo… esta entrañable casa de adobes no existe. La derribó la ya legendaria, deplorable incapacidad de “los ticos” para conservar los bienes fundamentales que sustentan y protegen una nacionalidad. La vivienda fue vendida… ¡a una corporación especuladora de préstamos de dinero!… que la derribó y después construyó, donde existía una joya de belleza, historia y dignidad costarricenses, un desabrido edificio dedicado a una actividad contraria,  por definición, del bondadoso, cálido, bienhechor corazón que palpitó en ese mismo sitio cuando moraba en el cuerpo de su dueña.

De estar esta casa en pie, ¡qué admirable cosa hubiese sido que, en la misma sala descrita por Carmen en su prólogo, trajeada como una tía decimonónica y rodeada de niños, una de las magníficas actrices de que goza hoy nuestro teatro les contara a los escolares los cuentos de la tía Panchita! ¡Qué lección de literatura, encanto y amor a su Patria!

Todos sabemos que este tipo de actividades ocurren en los países que se respetan a sí mismos. ¿Por qué no hacemos nosotros lo propio, así sea en una reconstrucción del aposento destruido?

Nuestra nacionalidad, tal y como lo previó don León Pacheco, está casi desintegrada. Si no hacemos todos un esfuerzo por rehacerla, la Bandera de Costa Rica no se verá con derecho a flamear acompañada por las del concierto de las naciones honorables.

(A estos juicios nos condujo la lectura de los cuentos de María Isabel Carvajal…)

SUSCRÍBASE A LA EDICIÓN SEMANAL EN FORMATO DIGITAL.Precio: ₡12.000 / añoPRECIO ESPECIAL

0 comments