Así en la tierra como en las aguas

La más reciente novela –Así en la tierra como en las aguas– cuyo título tiene evidentes resonancias religiosas, pues se inspira en la conocida oración de Jesucristo, el “Padre Nuestro”, corresponde a uno de los mejores escritores de Centro América

La más reciente novela –Así en la tierra como en las aguas– cuyo título tiene evidentes resonancias religiosas, pues se inspira en la conocida oración de Jesucristo, el “Padre Nuestro”, corresponde a uno de los mejores escritores de Centro América: el salvadoreño Manlio Argueta, ampliamente conocido en los círculos literarios y universitarios de Costa Rica, donde vivió muchos años de exilio y se desempeñó como profesor en la Escuela de Estudios Generales de la UCR. El texto merece destacarse como una de las novelas del género histórico con sus rasgos épicos y trágicos más relevantes en nuestro medio en tiempos recientes.   

Fue publicada por la Euned (2018), con una portada alusiva a la gesta heroica de nuestro pueblo en la Guerra Patria de 1856-1857, con la bandera tricolor como enseña y epicentro de esa variopinta portada, pero que, en mi opinión, no muestra por sí sola la sobresaliente calidad literaria, sobre todo desde el punto de vista formal, de la obra.

Esta obra llena un vacío, no solo en la divulgación del contenido histórico y su repercusión universal, al poner a nuestra marginada e ínfima región por primera vez en el mapa de la geopolítica mundial debido al enfrentamiento entre las grandes potencias europeas y el naciente y victorioso (anexión brutal de la mitad del territorio mejicano en 1848) imperialismo norteamericano (“Destino Manifiesto”). Se convirtió en la verdadera guerra, no solo de independencia política, sino de la emancipación del peligro esclavista para las cinco repúblicas que componen el Istmo Centroamericano; la gesta homérica de 1856-1857 se convirtió en un reconocimiento de nuestra soberanía por parte de la comunidad internacional, tanto más oportuno como prodigioso, puesto que -insisto- se trataba de un país pequeño y, hasta entonces, prácticamente desconocido para el resto del mundo.

La derrota del “Destino Manifiesto”, lograda por primera vez por un puñado de pequeños países que aún no han construido –excepto Costa Rica gracias  a  Braulio Carrillo y  Juanito Mora– el Estado-Nación y que están sumidos en deletéreas e interminables guerras intestinas entre conservadores y liberales, es el ubérrimo fruto del heroísmo de nuestro pueblo en Santa Rosa y Rivas, y la incansable labor diplomática de Mora, que limó las asperezas entre los grupos antagónicos, alertándolos a tiempo de la amenaza esclavista como el mayor peligro a enfrentar. Este contexto histórico someramente esbozado, resulta indispensable tenerlo en cuenta  para valorar en su justa dimensión una novela que  viene a llenar un vacío en nuestra producción literaria, específicamente de la novela histórica, especialmente en nuestro país.

Sirve igualmente para dar a conocer los rasgos épicos de la gesta de 1856-1857,  poco estudiada y menos valorada en los otros países de la región, excepto en aquellos más directamente  protagónicos como fueron Costa Rica y Nicaragua.

Desde el punto de vista estructural y formal la novela de Manlio merece los mayores elogios. No es un texto escrito, sino narrado que, en este aspecto,  nos recuerda más a García Márquez que a Alejo Carpentier; a pesar de que el novelista cubano ha escrito la que en mi opinión es la mejor novela histórica de la literatura hispanoamericana: El siglo de las luces. En su texto, Manlio, secundando al colombiano, reivindica el lenguaje hablado sobre el escrito, aunque su estética es fiel al realismo histórico y no al realismo mágico.

Volviendo a los orígenes de la prosa que nace en Los diálogos de Platón, usa la técnica propia de un guión para obras de espectáculo como el teatro o el cine, pues comienza por decirnos quiénes son los protagonistas del acontecimiento que a continuación nos va a narrar. Como en el cine, describe los hechos más sobresalientes y las reacciones frente a los mismos de sus principales protagonistas, quebrando la cronología de los hechos, volviendo atrás o yendo hacia adelante, todo para mantener al lector en un estado de suspenso en que los acontecimientos no se narran completos sino fragmentariamente. Entonces es al lector, como sugería Cortázar, al que corresponde asumir una actitud cómplice; es decir, que debe ver en un texto no un paisaje sino un mosaico, un juego de “rayuela” donde debe saltar lúdicamente y cuyas partes debe poner en el lugar correspondiente, a fin de ser un sujeto activo y no un lector pasivo al cual se suministra la comida ya digerida. Pero no debe olvidarse de que se trata de una novela, no de una investigación propia de un historiador que ve en su quehacer una ciencia en el sentido estricto.

Para la  historia concebida como ciencia, el único criterio de verdad es la objetividad; para el historiador profesional las fuentes en que se nutre son los hechos tal como los narran las fuentes primarias o comentaristas confiables. Por el contrario, para el novelista su obra es arte, una creación estética inspirada en la sensibilidad y la imaginación creadora, con lo que construye la subjetividad de sus personajes y las circunstancias en que se ven envueltos.

Aún tratándose de una estética realista, como suele suceder en las novelas históricas, como es este el caso, no estamos ante una crónica sino ante un relato. Lo que importa es crear subjetividades, hacer de los personajes históricos personas de carne y hueso, cuyos sentimientos y frustraciones, vicios y virtudes, lealtades y traiciones configuran la trama en la que se entremezclan rasgos épicos en un ambiente de sombría tragedia que evoca al Otelo de Shakespeare. Pero Manlio no inventa nada, recurre a un texto de indiscutible valor histórico como es el diario de Máximo Blanco, a quien el autor describe como un individuo de indómito arrojo en el campo de batalla y de nobles sentimientos para socorrer incansablemente a las víctimas de la peste del cólera, pero de una personalidad endeble que siempre vivió doblegado ante la fuerte personalidad de su primo de mayor rango militar, el coronel Lorenzo Salazar.

En el corazón de ese soldado, héroe de esa épica marcha por el Río Sarapiquí hasta alcanzar sorpresiva y victoriosamente a las tropas filibusteras en el  Río San Juan, se anidan también sórdidos sentimientos, como el creer que los políticos son corruptos, por lo que los verdaderos salvadores de la patria son los militares.

Como  suele darse en las obras trágicas, los aires de traición anuncian el desenlace fatal, como cuando nuestro autor describe la escena en que Blanco besa, inclinándose con gesto cortesano, la mano del Presidente Mora como Judas lo hizo ante su Maestro. Más que en las batallas de Santa Rosa y Rivas, que se dieron dentro del marco de una guerra convencional (un ejército contra otro), la novela de Manlio Argueta se centra en la segunda etapa (1857) de nuestra Guerra Patria.

La ruindad de la traición no obnubila la dimensión épica de esa marcha en la selva y los ríos, todo dentro de la concepción estratégica de una guerra irregular cercana a la guerra de guerrillas, donde todo un pueblo se vuelve protagonista al tomar conciencia de que lo que está en juego es su propia liberación, la construcción de su conciencia colectiva como nación. Una obra, en fin, que honra la memoria y rinde homenaje a quienes con su sangre y su homérica gesta hicieron de nuestros pueblos naciones soberanas.


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