Arundhati Roy: “Somos esclavos. Solo quien viva engañado puede pensar lo contrario”

Casi en paralelo al apabullante éxito de su primera novela hace más de 20 años, la escritora india comenzó una carrera como ensayista política que, con el tiempo, la ha convertido en profeta de muchos de los_males_que_nos_azotan hoy.

En Mi corazón sedicioso (Anagrama) reúne dos décadas de textos que podrían haberse escrito en el presente.

Tras veinte años alejada de la narrativa después de su exitoso debut, la inolvidable El dios de las pequeñas cosas (Anagrama, 1998), obra de culto convertida en best seller mundial tras ganar el Premio Booker, Arundhati Roy (Shillong, 1959) volvió a la ficción con El ministerio de la felicidad suprema (Anagrama, 2017). Entre ambas novelas su escritura nunca cesó, pero encontró cauce en el terreno del ensayo social y político que en dos décadas le llevó a recorrer de punta a punta la India abordando espinosos y capitales asuntos. Así, durante estos años ha denunciado la construcción ilegal y altamente contaminante de presas, los tejemanejes de grandes multinacionales, la expropiación de tierras con fines mineros a los adivasi, los indígenas indios (más de 600 tribus ajenas al sistema de castas y a la religión hindú), o las masacres de musulmanes, una realidad que en los últimos meses ha vuelto a asolar al país.

El resultado de estas experiencias es la veintena de ensayos que conforma Mi corazón sedicioso (Anagrama), un amplio catálogo donde encontramos los peores rasgos del mundo actual: nacionalismo extremo, integrismo religioso, capitalismo voraz, corrupción institucional… Y es que más allá de su incuestionable calidad literaria, Roy es incapaz de asumir la literatura como algo ajeno a la política, entendida en un sentido amplio. De ahí, su rechazo a la palabra activista con la que siempre se la califica, que considera “reduccionista de lo que es el papel de un escritor”.

Admiradora confesa de Joyce y Nabokov, si algo caracteriza a la escritora desde niña es eso, su independencia y su libertad, heredada quizá de su madre, Mary Roy, famosa en la India por su lucha por los derechos de las mujeres. Bohemia y rompedora, la propia Roy estudió arquitectura y trabajó en el cine como actriz y guionista. Ahora recuerda que tardó casi cinco años en terminar su famosa primera novela, por la que recibió medio millón de libras de adelanto y que se tradujo a más de veintiún países.

Tras el éxito de El dios de las pequeñas cosas tardó casi dos décadas en escribir la siguiente novela. ¿Por qué?

—En realidad, algo menos, porque la empecé unos siete años antes de publicarla, pero no creo en apresurar la escritura. Ganar el Booker me puso en una situación de visibilidad que sentí que debía aprovechar de otras maneras. Además, nunca sentí que quisiera hacer otra novela, hasta que comprendí que hay verdades a las que la prosa de combate no accede. Cuando escribo ficción intento crear todo un universo y para eso se necesita tiempo. Voy acumulando experiencias, temas que me interesan y se van asentando en mí, personajes que van tomando forma poco a poco… Para mí escribir una novela se basa en esperar. Los elementos van llamando a la puerta y hay que estar abierto a ellos, dejarlos entrar.

Buena parte de ese tiempo lo dedicó a escribir textos de no ficción. ¿Qué diferencia sus ensayos de sus novelas?

—Mi no ficción es a menudo un argumento, una intervención urgente. Y la ficción es como construir un mundo entero a través del cual invito a mis seres queridos y a mis lectores a caminar. Ambas son maneras de contar una historia, pero cada historia tiene su manera de ser contada, algunas desde el interior y otras desde fuera. Aunque opino que solo la novela puede darte la comprensión radical del montón de cosas que se combinan para crear una sociedad. Por su parte, el ensayo debe abordarlas de una en una y ser como un latigazo, seco, hiriente.

Narrar como acto político

Sin embargo, cuando publicó El ministerio de la felicidad suprema fue criticada por mezclar política y literatura. ¿Son realmente inseparables?

—Por supuesto. Soy una narradora de historias, una escritora. Y eso ya lo dice todo, porque narrar es un acto político, pues la realidad nunca puede dejar de ser política. Hubo un tiempo en que el escritor era sustancialmente un ser político, pero ahora hemos sido reducidos a creadores de entretenimiento, de best sellers, que viajan por el mundo de feria en feria. A muchos escritores actuales les asusta tener posicionamientos. Pero es algo inevitable, y más hoy en día.

En los 20 años que abarcan estos ensayos se han ido cumpliendo sus funestas predicciones. ¿Cómo se ha convertido “la democracia más grande del mundo” en un Estado nacionalista, religiosamente intolerante y extremista?

—El nacionalismo indio de corte hinduista ha sido un monstruo que ha crecido de forma implacable y asesina. En 1997, cuando escribí El fin de la imaginación, mi temor era instintivo. La escritora que hay en mí reconoció el cambio en lo que se consideraba un lenguaje público aceptable, algo que me horrorizó, porque, como se dice “en el principio era el Verbo”, y esas nuevas palabras significaban cosas terribles. La demolición de la Mezquita de Babur en 1992 fue un aviso, pero todavía no era la «Voz Nacional». Sin embargo, la retórica belicista desatada con las pruebas nucleares convirtió el nacionalismo en lo mayoritario. Poco después ocurrió la masacre de musulmanes de Gujarat, cuando Narendra Modi era Ministro Jefe de ese Estado. Y ahora que es Primer Ministro del país vivimos en un clima genocida donde los pogromos y linchamientos contra musulmanes quedan impunes, mientras que los perpetradores son recompensados ​​con cargos públicos. Es decir, que sabía que esta deriva iba a ser algo serio, pero no imaginaba que sería algo casi apocalíptico.

Estos días preocupa, especialmente a Roy, que reside en Nueva Delhi y trabaja como periodista, la islamofobia que no deja de crecer en India al servicio de la obsesión de Modi, líder del nacionalista BJP, en el cargo desde 2014, por crear un Estado homogéneo. “La nueva ley de ciudadanía antimusulmana, la construcción de centros de detención, los boicots económicos a los musulmanes o su estigmatización como portadores de enfermedades como el coronavirus, son parte de este proyecto de deshumanización que fue el primer paso del genocidio judío durante el nazismo.

Además de esta cuestión religiosa, sus ensayos muestran una India donde destacan la desigualdad, la explotación, el acaparamiento del poder, la hipocresía, la corrupción, el terror controlado hacia ciertas poblaciones… ¿Es algo extrapolable a cualquier país del mundo?

—Pienso que sí. Cuando la economía global está tan integrada y la velocidad a la que vuela la información y la cultura, empaquetada, es difícil argumentar que cualquier país o pueblo es absolutamente único. Todos estamos siendo codificados para algún tipo de sistema de control central. Pero quedan algunas cosas que son únicas en esta parte del mundo, y la principal de ellas es la práctica de la casta, la forma más brutal de la jerarquía social imaginable. Algo equivalente, pero peor a lo que todavía es la raza en Estados Unidos.

24 horas de mentiras

Afirma que los gobiernos son cada vez más poderosos y la democracia ha pasado a un segundo plano. ¿Por qué perdemos libertad en pleno siglo XXI?

—Hace años, cuando era una niña mala en un internado, allané el huerto de un maestro que no me gustaba. Arranqué todas sus zanahorias, las robé y volví a plantar los tallos. Él las seguía regando, preguntándose por qué se estaban marchitando. Así es la democracia actual en muchas partes del mundo. En India, los éxitos de Modi no hubieran sido posibles sin 400 canales de televisión privados que se pasan las 24 horas arrojando mentiras y falsedades en todos los idiomas indios. Además, hay millones de grupos de WhatsApp y Facebook y ejércitos de trolls en Twitter haciendo lo mismo. Y todo se complica ahora con el coronavirus, por el cual nos echamos en brazos de un Estado de vigilancia digital. El resultado es que somos esclavos. Solo quien viva muy engañado puede pensar lo contrario.

Siempre ha sufrido críticas de antipatriota, pero cada vez van a más. ¿Ahora, quien critique a su Gobierno es un sedicioso?

—Desde hace años en India se llama sedición a lo que antes se llamaba perspectiva crítica. Pero ya hemos rebasado eso. Hoy en día, cuando las personas son asesinadas se presentan demandas contra los cadáveres o sus fantasmas. Estudiantes, periodistas y abogados están siendo encarcelados y los policías captados por cámaras de vigilancia torturando a gente, y posteriormente siguen en libertad. Sufrimos asesinatos como el de George Floyd de forma regular. Pero lo peligroso del fascismo actual es que no solo involucra al Gobierno, sino que también los individuos participan arbitrariamente de esta violencia.

Muchos le achacan que sus críticas al sistema capitalista no proponen alternativas viables. ¿Qué podría hoy sustituir al capitalismo?

—Si uno lee cuidadosamente mis ensayos, cada uno sobre un eslabón del capitalismo, encontrará una visión alternativa. Esas quejas de los críticos son en realidad una forma de beligerancia infantil. No se puede pedir una respuesta de una sola frase para sustituir un sistema al que hemos llegado a través de miles de decisiones tomadas durante siglos. Revertir el capitalismo será algo laborioso, pues debemos desenredar el tejido del sistema puntada a puntada. Pero es algo necesario.

Esa fe en sus convicciones es uno de los elementos que hace de los ensayos de Roy piezas incendiarias que en la era digital se convierten en virales. Así ocurrió con su reciente texto “La pandemia es un portal”, reproducido por medios de todo el mundo y que llegó a millones de personas vía WhatsApp. Otro elemento clave es su ira, su tono de rabia e indignación, cuya frescura, incluso al correr de los años, continúa interpelando al lector. “Cada uno de estos ensayos fue escrito cuando el consenso mediático y social en India llevó a desatar la violencia sobre una persona, una comunidad, un bosque, un río… Mi ira nace de que escribía estos ensayos cuando ya no podía permanecer en silencio, cuando me resultaba doloroso físicamente seguir soportando las mentiras destinadas a diezmar a los vulnerables”. Porque para Roy, política y palabra son todo uno.

“Para los Estados y las corporaciones el lenguaje solo sirve para ocultar sus intenciones”, escribió hace años. ¿Cómo vive una escritora esta profecía dramáticamente cumplida con los movimientos populistas?

—Como dije antes: “en el principio fue el Verbo”. La violación del lenguaje por parte de las empresas y organizaciones que se han hecho cargo de la política es la piedra angular de la comprensión moderna del “progreso” y el “desarrollo”. Estas palabras se han tergiversado con éxito hasta significar exactamente lo contrario de lo que alguna vez significaron. Para mí, el lenguaje es siempre la clave: guarda los secretos y las profecías de todo lo que ocurrirá. Solo hay que prestar mucha atención.

Parece que los ciudadanos de Occidente empiezan a rebelarse contra ciertos abusos del sistema. ¿Movimientos como el #MeToo, el Black Lives Matter o las movilizaciones contra el cambio climático son algo esperanzador o un espejismo?

—Estos movimientos son solo reiteraciones de anteriores luchas de derechos civiles y feministas que en su día obtuvieron grandes victorias antes de ser cooptados por la gran máquina del capitalismo. Con violencia y con chequeras. Los temas sobre los que he escrito en estos 20 años son aquellas cosas en las que creo profundamente. Que la victoria sea o no posible no cambia la necesidad de luchar por ellos.

Al final de Mi corazón sedicioso se pregunta quién o qué gobernará el mundo. ¿Cuál podría ser una respuesta?

—Diría que algoritmos escritos por las mismas personas que siempre han controlado el mundo. Algoritmos en los que se han codificado sus prejuicios y, por lo tanto, pueden aparecer como comandos neutrales de una tecnodeidad. Solo que aquello creado por la humanidad nunca es neutral.

Tomado de El Cultural.

 

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