Aquellos tiempos de teatro con Hugo Díaz

Libro rinde homenaje al artista a los 15 años de su muerte y retrata la época dorada del teatro costarricense

Noches de estreno con Hugo Díaz

Carlos Morales

Editorial EUNED

2017

Para los griegos y los antiguos “In ille tempore” sonaba irremediablemente a nostalgia. A tiempos idos, como en efecto lo retrata la frase, pero sería mezquino supeditarla al significado más simple que encierra.

De la nostalgia, probablemente, esté hecho un alto porcentaje de la literatura universal, porque es a través de las palabras que se persigue ese tiempo ido, acabado, tras el cual solo queda el recuerdo, la memoria incierta e inexacta, y el afán inalcanzable de atrapar la realidad por medio del lenguaje.

Tras leer Noches de estreno con Hugo Díaz, esa es la primera sensación que queda de ese recorrido por los mejores años del teatro costarricense a mediados de la década de los 70: una mirada de nostalgia que transpira triunfo, derrota y amargo despertar, por lo que ocurre hoy en las “tablas” y los escenarios de nuestro país.

Solo basta imaginar a dos figuras en las sombras de esos teatros: a Hugo Díaz, con sus característicos anteojos, su siempre buen humor y su don para el silencio y la amistad,  y al periodista Carlos Morales, entonces, crítico de teatro, reportero intrépido y dispuesto a desfacer entuertos pasase lo que pasase, y listo para encabronarse con quien fuera necesario.

Este dúo sería irrepetible en la prensa costarricense y de esa época surgieron crónicas que le acarrearon, en muchos casos, el repudio a Morales, y el aplauso a Díaz. Solo el arte pudo ser capaz de unir a espíritus tan dispares y hacer que, incluso, el milagro todavía se repita hoy, porque es con la memoria, la admiración y el sentido de trascendencia, que Morales ha sacado este primer libro, que es apenas el comienzo de entre los tesoros que guarda el periodista y escritor de los cientos de ilustraciones y caricaturas que posee de Díaz.

Hoy, a 15 años de su muerte, Morales -quien profesa una gran admiración por su amigo del alma, al que considera el mejor caricaturista de Costa Rica en el siglo XX, por su trazo fino, limpio y con la capacidad de captar en él, mejor que nadie, el alma de ese costarricense de a pie que mira y ausculta el poder con malicia indígena- le rinde un espléndido homenaje con un libro que recoge con elegancia y precisión el teatro entre 1975 y 1979, los cuales forman parte de los “años dorados” del arte escénico en Costa Rica.

En medio de ese hervidero de talentos, de atrevidas propuestas, de un público cada vez más atento, el teatro daría en esos años un salto cualitativo hasta hoy irrepetible.

En esa Costa Rica que vivió los años previos a la caída de Somoza con verdadero ardor y empeño, y en medio de esa Guerra Fría, en la que las potencias, como el caso de Estados Unidos, respaldaban a dictaduras deleznables como la de Augusto Pinochet en Chile,

el teatro mostraba sus mejores luces, gracias a los excelentes directores y actores que hacían de este arte un espacio digno y con la mirada puesta en grandes desafíos.

En medio de este campo fértil es que irrumpen Morales y Díaz, cuyas crónicas se publicaban en el Semanario UNIVERSIDAD a partir de 1976.

Precisamente la extraña costumbre de Morales de recoger de los basureros las caricaturas de Díaz en La República, evidenciaba una gran valoración por parte del reportero hacia el arte del caricaturista, lo que facilitó la amistad, la que a su vez permitiría que aunaran fuerzas y se convirtieran en cronistas de lujo y en testigos de excepción del mejor teatro que vivía el país.

Esa nostalgia recorre el libro y no por casualidad es evocada por Carlos Catania en el prólogo: “Ha pasado mucho tiempo. El teatro es un arte perecedero que reina en el instante. Las figuras rescatadas que surgen aparecen matizadas, cuando no confundidas y con cierto tinte trágico”.

Durante ocho años, de 1968 a 1976, el autor se convirtió en crítico de teatro, pero a menudo sus exigentes escritos hicieron que los actores y directores lo empezaran a ver como un tipo peligroso, porque arremetía contra el movimiento. La aventura comenzó en La Nación y concluyó en el Semanario UNIVERSIDAD.

Según cuenta el escritor en Noches de estreno con Hugo Díaz, su primer afán siempre fue divulgativo, y luego ya puesto a crítico procuraba orientar y ser exigente, situación que muchos no entendieron, a tal punto que el periodista muchas veces acudió a estrenos  temeroso de una reacción impropia de algún artista. La leyenda dice que incluso muchas veces iba armado, lo que da una dimensión de lo que eran sus críticas y de las reacciones que despertaba. Parece ser que solo Andrés Sáenz, una vez que colgó sus hábitos, logró generar tanto odio como lo hiciera Morales, también con sus críticas ácidas y, en los más de los casos, realista y supeditada a la calidad de los espectáculos.

Esa intolerancia hacia la crítica valiente, reflexiva y comprometida no es un asunto del pasado: está más vigente hoy que nunca. Un buen ejemplo son la mayoría de los escritores costarricenses, que no aceptan críticas, porque las reciben como si fueran ataques personales, cuando aquella no les favorece. Quien tenga dudas de lo anterior debería responder a la siguiente pregunta: ¿Quién hace hoy crítica literaria en Costa Rica?

Por la época en que el autor comenzó a escribir sobre teatro, sustituía a dos reconocidos críticos del medio: a Alberto Cañas, que dejaba de momento esa labor por haber asumido como el primer ministro de Cultura del país, y a Guido Fernández, director de La Nación, y quien efectuaba esa tarea de forma más esporádica dada las funciones al frente del citado medio. A ambos pretendía superar con su intrepidez y pasión.

La irrupción de las ilustraciones de Díaz le dio un matiz, hasta entonces inexplorado, en la crítica del teatro costarricense. Y es que Díaz se tomó la tarea como hacía todos sus trabajos: con un alto sentido de la responsabilidad y con gran dedicación, de modo que se iba a ver los ensayos con el afán de lograr un retrato lo más preciso posible de la obra.

La verdad, como lo reseña Morales, es que a Díaz aquello le apasionaba, y lo hacía con tanto fervor que incluso cuando tuvo problemas de la vista y veía prácticamente con solo un ojo, continuó con su presencia en los ensayos y en los estrenos con una entrega sin par.

EL FANTASMA

El 17 de junio de 2001 moría Hugo Díaz y dejaba tras de sí una estela de imborrables trabajos en periódicos, revistas, libros, folletos, panfletos y cuanto material le pidieran que ilustrara, porque su carácter le impedía, las más de las veces, decir no.

Por ser tan callado y aparecer a altas horas de la noche en el periódico La República con la caricatura para la edición del siguiente día, Morales lo evocó en un perfil de 1976 como “El fantasma del saco a cuadrados”.

“Díaz, aunque él posiblemente no lo pretenda y tal vez hasta se va a molestar porque yo lo digo, es sin duda el mejor caricaturista de Centroamérica. Es el hombre que con sus dibujos sostiene el periódico Pueblo y uno de los más grandes estímulos mañaneros para que la gente compre La República”.

Y agregaba el autor: “Su caricatura de cada día está llena de una ingeniosidad sin par, que no solo revela el alto sentido del humor que posee –no obstante su inexorable silencio—sino también el trazo experimentado y sabio de un gran dibujante”.

No es de extrañar que alguien que pensara así de su compañero, acudiera sigiloso al basurero a rescatar la caricatura de turno, para luego formar una archivo de más de 2.000 dibujos e ilustraciones, sumadas las que Díaz le obsequió en la etapa correspondiente al Semanario UNIVERSIDAD y cuya entrega llegó hasta 1991.

Por tal razón, también, nadie se podría hoy sorprender de que fuera una caricatura de Díaz la que inaugurara la dirección que por 20 años ejerció Morales en el citado Semanario.

Se vislumbra, entonces, que esa ‘yunta’ desigual funcionaba muy bien, a pesar de las diferencias de carácter, estilos y comportamientos. Del teatro pasaron a la política, al humor fino y a veces no tanto, pero sí intencionado del Zapallo de lata, historia que esperemos culmine en el segundo tomo de esas memorias que el autor irá escribiendo de su bien amado caricaturista.

DOBLE HOMENAJE

El libro, que debería ser de consulta obligatoria para todo aquel interesado en el teatro, pero en especial para estudiantes y profesionales del ramo, es en primera instancia un homenaje a Díaz, pero de paso a aquellos actores y directores que propiciaron la mejor época teatral del país, gracias a sus apuestas arriesgadas, a su compromiso social y político, y, sobre todo, a su pasión por un arte exigente y lleno de desafíos.

Se evocan a actores como los hermanos Carlos y Alfredo Catania, a Gladys Catania, a Marcelo Gaete, Sara Astica, Haydée De Lev, Lucho Barahona, Bélgica Castro, Óscar Castillo, Marcia Maiocco, Rodolfo Araya, Humberto y Héctor Duvauchelle, Orietta Escámez, Andrés Sáenz, Olga Marta Barrantes, Vicky Montero, Jaime Hernández, Ivette De Vives, Anabelle De Garrido, Roxana Campos, Osvaldo Santacruz, Antonio Yglesias, Alonso Venegas, Ángela María Torres, Bernal García, Juan Katevas, Raúl Siccalona, Óscar Di Lucca, Ingo Niehaus, María Bonilla, Stoyan Vladich, Luis Fernando Gómez, Mariano González, Eugenia Fuscaldo, Rubén Pagura y un largo, muy largo, etcétera.

Todos esos actores se vieron retratados por el trazo fino, elegante, inteligente y preciso de Díaz, quien, como lo refiere el autor, hacía un equilibrio ante las arremetidas del crítico, que no dejaba títere con cabeza, lo que a la postre le pasó una factura muy grande, porque acorralado por la intolerancia, terminó por abandonar su trinchera, luego de que le sucediera un episodio lamentable, que quienes lean el libro podrán descubrir y valorar por sí mismos.

Es admirable que de esos nombrados, por ejemplo, todavía Luis Fernando Gómez se mantenga activo, lo que constata su dedicación y entrega a un arte que no solo es efímero muchas veces, sino que es ante todo desgastante.

Obras de Shakespeare, Thorton Wilder, Bertold Brecht, Ibsen, Ramón del Valle Inclán, y Joaquín Gutiérrez, entre otras, eran representadas en dicha época y la mayoría de las veces a sala llena.

EFERVESCENCIA

El libro retrata cómo la llegada de exiliados latinoamericanos, en especial de Chile, Uruguay y Argentina, vino a darle un nuevo vigor al teatro nacional, al tiempo que crecían los espacios en los que se incentivaba dicho arte.

Los nacidos a partir del año 70 desconocen, en su gran mayoría, que el Museo Nacional fue por mucho tiempo un lugar donde se presentó el mejor teatro del país.

De igual forma, el libro evoca la carpa que instalaron por el parque España y que sirvió de escenario para que cientos de costarricenses descubrieran y amaran el teatro como uno de sus artes predilectos.

De forma que ya fuera en el Museo, en la carpa luego, en el Arlequín, en el Teatro Universitario, en el Teatro Nacional, en el Centro Cultural Costarricense Norteamericano, en Teatro del Ángel el teatro tenía su espacio.

Mientras todo ello sucedía, la Compañía Nacional de Teatro, creada en 1970, ya realizaba sus famosas giras por diferentes partes del país, lo que hacía que Costa Rica viviera una verdadera efervescencia y confirmara una enorme verdad: al costarricense le encanta el teatro.

Lo que vino después, con un teatro de sobrevivencia, es otra historia y no se evoca ni en el libro ni corresponde ahondar en el tema, pero, pese a ello al tico le gusta el teatro como expresión.

MÁS QUE UNA ÉPOCA

Noches de estreno con Hugo Díaz cuenta varias historias a la vez, que se van alternando y entrecruzando para tener un desenlace cuando el dúo Díaz-Morales desaparece de los teatros, al decidir el cronista retirarse para evitar más ataques personales.

En esa nostalgia evocada está la de los años en los que se creía en la solidaridad y en la ascensión de la izquierda al poder como solución para desterrar a las dictaduras, como las de Somoza o Pinochet, con la tristeza de comprobar años después que en el caso nicaragüense, la entrega y la ilusión luego fueron arrasadas por la codicia y la torpeza de varios de los héroes del momento.

El libro va dibujando una semblanza completa y extendida de Díaz no solo como artista, cuya valía nadie pone en duda hoy, sino también como ser humano sensible, comprometido y entregado a las causas más nobles.

Ese Hugo silencioso, cuya elocuencia la persigue y la logra tanto en sus dibujos, ilustraciones y caricaturas, empata a la perfección con el hombre callado y siempre dispuesto a hacer la ‘revolución’ a favor de los más desposeídos.

Y sin pretenderlo, por parte del autor, el texto nos deja también una semblanza del escritor que desde sus años mozos fue intrépido, amante hasta el tuétano del arte y en este caso del teatro, pero sobre todo, comprometido con el oficio del periodismo como una manera absoluta de entender la vida.

De un periodismo irrepetible en los tiempos actuales, en los que cada vez aflora más la superficialidad, la torpeza al escribir y la pobreza en el análisis.

“In ille tempore” no debiera ser, entonces, una simple frase cargada de nostalgia, sino un camino de reflexión a partir de un libro que rinde un homenaje merecido, muy merecido, a Hugo Díaz, cuya figura como artista y ser humano no debe dejarse en el olvido, porque a 15 años de su muerte, todavía tiene mucho que decirle a esta Costa Rica que hoy parece más llena de tractores que de violines, aunque las apariencias digan lo contrario.

*Lea más artículos del autor en: www.joseeduardomora.com

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


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