Traspaso de gobierno 2018-2022

Trabajar y concretar, el llamado de la época

A las 9:57 a.m. Carlos Alvarado Quesada, de 38 años, juró como el presidente número 48 en la historia de Costa Rica…

A las 9:57 a.m. Carlos Alvarado Quesada, de 38 años, juró como el presidente número 48 en la historia de Costa Rica, pidió enfáticamente apoyo al nuevo Congreso (y al país) para resolver la crisis fiscal y prometió, para estos cuatro años, ser la mejor versión de sí mismo. Nada más, nada menos. Frente a él, una ciudadanía con la esperanza magullada y la ilusión en cuidados intensivos lo escuchó atentamente.

Promediaba una calurosa mañana de mayo en San José, de esas que ocurrían cada cuatro años, en las que un presidente socialcristiano le colocaba la banda a otro de su mismo partido o a uno de Liberación Nacional.

Los cuatro años de la administración Solís Rivera calaron en mostrar al oficialismo las enormes diferencias en los roles y dificultades que diferencian el tener que pasar de un discurso de oposición a una gestión efectiva de gobierno.

Pero esta fue diferente. Dicen que una de las características propias de la historia es la sorpresa y, cumpliendo esa impronta, al primer presidente electo por el Partido Acción Ciudadana (PAC) le tocó pasar la banda a otro de su propio partido.

El historiador Luis Guillermo Solís Rivera –de 60 años– traspasó el gobierno al periodista y politólogo Carlos Alvarado Quesada y rompió una tradición bipartidista de más de cinco décadas.

El saliente y su recambio comparten, además de la secuencia histórica, el respaldo de haber logrado contundentes apoyos en las urnas: 1,3 millones de votos cada uno.

El primero llegó al Gobierno luego de dos administraciones consecutivas del Partido Liberación Nacional (Arias Sánchez 2006-2010 y Chinchilla Miranda 2010-2014) y tras una candidatura fallida por knockout técnico y abandono de contienda de parte del alcalde josefino, Johnny Araya Monge.

El segundo –ignorado en las encuestas de opinión casi hasta la primera ronda electoral– se batió con su adversario en una agotadora lucha por valores que polarizaron a la opinión pública hasta el punto de la exasperación.

El impacto del género en la política es otra marca de la época. Por primera vez una mujer afrodescendiente llega a la vicepresidencia y es elegida para conducir las riendas de la política exterior; una mujer –del partido oficialista– preside el Congreso y el presidente, que viaja junto a su esposa en bus, carga a su hijo en brazos, en lugar de hacerlo ella.

La búsqueda de equilibrio con la naturaleza y la carbono neutralidad son también marcas de la época. Alvarado llega a la ceremonia del cambio de gobierno a bordo de un autobús impulsado por hidrógeno, y en el trayecto lo acompaña la presidenta el Congreso, quien –vestida de blanco y con tacones- pedaleó una bicicleta desde el Teatro Nacional hasta la Plaza de la Democracia.

Símbolos y señales premeditadas y necesarias del Gobierno que comienza y del estilo de gestión que se propone. Símbolos que el país espera pasen de lo semiótico a lo concreto en forma de puentes, carreteras, hospitales, leyes y acciones.

Sobre la tarima del traspaso, el Gabinete de Gobierno –el equipo de trabajo más cercano al presidente– también es inusual: mayoría femenina, impronta política, económica, fiscal y ambiental socialcristiana, aportes de Liberación Nacional en Turismo y Comercio Exterior y una líder de izquierda en el Instituto de la Mujer.

Y –frente de las carteras claves de Educación y Seguridad– dos extraterrestres políticos: un administrador y líder comunal de Curridabat, Edgar Mora Altamirano, y un criminólogo y policía con experiencia en narcotráfico y homicidios, Michael Soto Rojas.

La administración del tiempo y los imprevistos, otras pesadillas-país que atormentaron a la administración saliente y se ensañaron contra la agenda legislativa y la construcción de obra pública, también sonrieron ayer por la mañana.

En su primer discurso como presidente, Carlos Alvarado es cauto, cautísimo. Sabe que camina en patines afilados sobre un delgado espejo de hielo. Sabe que este era solo el primer día, que necesitará toda la ayuda disponible –de propios y ajenos– para sacar adelante una agenda trabada en la Asamblea Legislativa y para hacer caminar intrincados expedientes de licitaciones y obras públicas repletas de imprevistos y apelaciones.

Sabe que estará cuatro años frente a las cámaras, que la palabra política –con frecuencia– tiene un efecto boomerang, que el resultado electoral mostró un país con profundas divisiones y que la desatención estatal en las costas y en las comunidades de la Costa Rica profunda tiene rostro de resentimiento y desánimo.

Tal vez por eso es enfático pero carente de grandes promesas, no hay en sus palabras alusiones a “casas de cristal”, ni llamados a que lo busquen, lo regañen o lo corrijan si se equivoca o se pierde.

Esta transición resulta un tiempo inédito, sin facturas al pasado ni señalamientos negativos (directos ni de los otros). No hay acusaciones de corrupción ni referencias hirientes a las decisiones de gobiernos anteriores. El espíritu de la jornada, sobre la tarima y debajo de ella ­–entre el público que asistió al evento y en los encuentros y reuniones previas que los funcionarios electos sostienen con otras tiendas políticas–  es mirar hacia adelante.

Los cuatro años de la administración Solís Rivera calaron en mostrar al oficialismo las enormes diferencias en los roles y dificultades que diferencian el tener que pasar de un discurso de oposición a una gestión efectiva de gobierno.

Los apoyos recibidos –desde grupos de Liberación y la Unidad–  en el núcleo cercano del ahora presidente Alvarado, durante la segunda ronda electoral, limaron el verbo rojiamarillo hasta dejarlo en modo “unidad nacional”.

En su primer discurso como presidente, Carlos Alvarado es cauto, cautísimo. Sabe que camina en patines afilados sobre un delgado espejo de hielo. Sabe que este era solo el primer día, que necesitará toda la ayuda disponible – de propios y ajenos- para sacar adelante una agenda trabada en la Asamblea Legislativa y para hacer caminar intrincados expedientes de licitaciones y obras públicas repletas de imprevistos y apelaciones.

¿La quinta será la vencida?

El traspaso de gobierno ocurre bajo el signo fiscal. La previa, el ahora y lo que vendrá, lleva a fuego esa marca. La primera movida de Alvarado es apostar todas sus fichas a resolver el déficit.

La empresa no es sencilla. Las últimas cuatro personas que estuvieron en esa misma silla lo intentaron y fallaron. Abel Pacheco (2004-2006); Óscar Arias (2006-2010); Laura Chinchilla (2010-2014) y Luis Guillermo Solís (2014-2018).

En materia de reforma fiscal hay 14 años de antecedentes y muy pocos resultados.

El ahora expresidente Solís subestimó la tarea en el inicio de su gobierno y ese error de cálculo lo acompañó durante los cuatro años.

Se lo enrostraron sus adversarios y especialmente algunos correligionarios, como el fundador del PAC, Ottón Solís Fallas, quien en la práctica funcionó como un diputado de oposición y fue uno de los críticos más acuciosos con la gestión fiscal del Gobierno.

La situación de Alvarado es diferente, Ottón es uno de los consejeros cercanos al nuevo mandatario, le ha recomendado seis reformas claves para reducir el déficit fiscal y durante la campaña electoral le ha pasado su sombrero.

Alvarado también ha sido claro. Reducir el déficit, equilibrarlo, es su tarea prioritaria. Lo dijo al resultar electo, lo confirmó al conformar su Gabinete con una coordinadora de equipo económico dura, durísima: Edna Camacho; al designar en Hacienda a otra dama de hierro, la excontralora, Rocío Aguilar, y en el Banco Central a una figura del Fondo Monetario Internacional como Rodrigo Cubero.

Y por si quedaban dudas, en su discurso destacó la figura del Presidente Alfredo González Flores (1914-1917) por crear el Impuesto a la Renta para solventar la crisis fiscal que atravesó el país a inicios del siglo XX.

Para la tarea Alvarado va reclutando aliados claves como la diputada Carolina Hidalgo Herrera, quien logró colocarse en la presidencia del Congreso y tendrá control sobre la agenda legislativa y su ritmo.

Trabajar, trabajar y trabajar fue el compromiso y el pedido central de Carlos Alvarado como nuevo presidente de Costa Rica en su primer día de trabajo. Habilidad y lucidez para concretar sus propuestas es lo que la ciudadanía reclama.


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