El trabajo forzoso es un flagelo que aqueja a millones de trabajadores a nivel mundial y que le produce jugosas ganancias a la economía privada, tanto así que, en la última década, se han incrementado sus ingresos en un 37%, llegando a los $236.000 millones anuales en el año 2021. El beneficio anual por víctima se estimó en $8.269 en 2014 (ajustado a la inflación) y $9.995 en 2024.
“En los comisariatos nos cobran, por ejemplo, por un aceite ₡4.000, mientras en otro lugar cuesta ₡2.000, incluso nos cobran cuentas que no hemos sacado, sin haberlo consumido. Yo he pagado cuentas que no eran mías, porque las apuntaron a mi nombre”, Juan, trabajador de piñera.
Un nuevo informe de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), denominado Ganancias y Pobreza: Aspectos Económicos del Trabajo Forzoso, retrata un aumento dramático en el número de personas obligadas a trabajar en condiciones totalmente violatorias de sus derechos, de su dignidad y que dejan grandes sumas para los explotadores.

Para el año 2014, el número de personas que se encontraban en condiciones de trabajo forzoso era de 18,7 millones; en el 2016, se incrementó a 24,9 millones; y, para el 2021, la cifra ascendió a 27,6 millones.
“A los trabajadores que somos sindicalistas nos liquidaron, nos mandaron a la casa por quince días y nos recontrataron por hora, bajándonos el salario. Nos mandan a diferentes labores y nos dicen que nos mejoran el ingreso si renunciamos al sindicato”, Esteban, trabajador de piñera.
De las personas víctimas de trabajo forzoso se encuentran las que están en condición de explotación sexual comercial forzada, que representan el 27%, pero generan el 73% de los ingresos ilegales.
Después de la explotación sexual comercial forzada, el sector con mayores beneficios anuales del trabajo forzado es la industria, con $35.000 millones; seguido de los servicios, que alcanza $20.800 millones; la agricultura sumó un total de $5.000 millones; y el trabajo doméstico unos $2.600 millones, en ganancias.
Estos beneficios ilegales son los salarios que legítimamente pertenecen a los bolsillos de los trabajadores pero que, en cambio, quedan en manos de sus explotadores, como resultado de sus prácticas coercitivas.
“El trabajo forzoso perpetúa los ciclos de pobreza y explotación y atenta contra el corazón de la dignidad humana. La comunidad internacional debe unirse urgentemente para tomar medidas que pongan fin a esta injusticia”, manifestó Gilbert F. Houngbo, director general de la OIT.
En opinión del director del organismo de Naciones Unidas, las personas en situación de trabajo forzoso están sometidas a múltiples formas de coacción, siendo la retención deliberada y sistemática de su salario una de las más comunes.
Las cifras demuestran que la situación, lejos de mejorar, ha empeorado, y pone en evidencia la necesidad de avanzar, no solo en mayores normativas y sanciones, sino también en impartir formación a los funcionarios encargados de hacer cumplir la ley y ampliar la inspección laboral en los sectores de alto riesgo.
De las ganancias anuales que tiene el sector privado del trabajo forzoso, un total de $84.000 millones anuales se quedan en Europa y Asia Central; $62.000 millones en Asia y el Pacífico; América suma $52.000 millones; mientras que África se queda con $20.000 millones; y los Estados Árabes $18.000 millones.
Existe gran diversidad de mecanismos de coerción para obligar a las personas a trabajar en contra de su voluntad, como es la retención sistemática y deliberada de los salarios, que es la más común de todas y representa un 36% de los casos. Esto hace que los trabajadores se mantengan por temor a perder sus ingresos acumulados.
También hay abusos impulsados por las amenazas del despido, aprovechándose de la vulnerabilidad de la persona trabajadora y la necesidad de alimentar a sus familias que, según la investigación de la OIT, se presenta en el 21% de los casos, mientras que hay otros mecanismos mucho más severos, como el confinamiento forzoso, la violencia física, sexual y la privación de necesidades básicas.
Las estimaciones señalan que unas 6,3 millones de personas estuvieron en situaciones de explotación sexual comercial en 2021 y el género es un factor determinante, dado que casi cuatro de cada cinco —78%— de quienes están atrapadas en esta condición de esclavitud son niñas o mujeres, y los niños representan uno de cada cuatro —27%— del total de casos.
“Hay mucha agresión contra las mujeres en la planta: nos hostigan y hay un mal ambiente laboral, incluso hay una práctica en que las jefaturas tocan las partes íntimas de las compañeras a modo de broma. La intensidad de trabajo, el rendimiento y calidad que nos exigen no se compensa para nada con los bajos salarios que nos pagan”, Ana, trabajadora de bananera.
Costa Rica: al estilo de Mamita Yunai
Mamita Yunai, obra literaria del costarricense Carlos Luis Fallas, narraba las injusticias que vivían los trabajadores bananeros de los años 30: la enorme desigualdad económica y social que debían experimentar y la forma en que se llenaban las arcas los empleadores transnacionales de la época.
¡Qué lejos suenan más de 90 años en la historia costarricense!
Lo cierto es que la mejora de condiciones laborales se dio producto de aguerridas huelgas de trabajadores, quienes, cansados de los malos salarios, jornadas extenuantes y maltratos, alzaron la voz y la lucha. Pues parece que el país estuviera retrocediendo en el tiempo.
En una Costa Rica que ha reconvertido sus estrategias productivas, pasando de una economía basada en alimentos tradicionales a una fuerte inserción en el mundo de la tecnología, los servicios y desarrollo de productos con alto valor agregado, hay sectores agrícolas que continúan siendo muy importantes en términos de generación de ingresos y exportaciones.
El banano y la piña se han convertido en bastiones esenciales de las cifras estadísticas de la economía nacional, estos productos se encuentran dentro de los tres mayores exportadores. Solamente en el año 2023 las exportaciones de banano significaron $1.179 millones, y las de piña $1.147 millones.
De hecho, Costa Rica se encuentra dentro de los tres mayores exportadores de bananos del mundo y, anualmente, vende al exterior unas 120 millones de cajas; en el caso de la piña, durante el año pasado, se estima que pudo haber colocado unas 180 millones de cajas en los mercados más demandantes.
Un enorme éxito económico que, según dirigentes sindicales y trabajadores, es el fruto, en muchas ocasiones, de la injusticia y la explotación laboral que se esconde detrás de programas de responsabilidad social, protocolos de papel, amenazas y manipulación.
Trabajo con tintes de esclavitud
La pandemia dejó muchas secuelas y una de ellas fue la explotación en las plantaciones agrícolas, ya sea de banano, piña, palma y muchas otras. Gran cantidad de empresas abusaron de su poder y se aprovecharon de las condiciones especiales que dejó la crisis por COVID-19, liquidaron a sus trabajadores y los recontrataron, desmejorando sus condiciones laborales y, sobre todo, salariales.
“Antes de la pandemia, el trabajador tenía salarios por destajo que estaban por encima del monto mínimo establecido por ley, claro que tenían que esforzarse mucho para llegar a las metas que les pedían. Luego del COVID-19, en los nuevos contratos redujeron en un 30% los salarios y, de paso, incumplen la Ley de Usura que establece que al trabajador no se le puede dejar sin salario por pagar deudas”, comentó Steve Rodríguez, secretario general del Sindicato Nacional de Trabajadores Piñeros y Bananeros de Costa Rica y trabajador de empresa bananera.
“Traen muchos migrantes, vienen sin papeles, ni documentos y ellos trabajan por poco salario y eso nos afecta, porque entonces nos bajan la tarifa que nos pagan. Yo no sé leer, ni escribir y así estamos muchos, por eso se abusan”, Gilberto, trabajador de piñera.
Según relató el dirigente sindical, las personas trabajadoras se ven en la necesidad de pedir préstamos a las asociaciones solidaristas, administradas por las empresas, o tienen que solicitar crédito en los comisariatos —pequeños supermercados que dan “fiado” mientras llega el salario— y, con frecuencia, los productos pueden costar hasta el doble del precio de otro lugar. Asimismo, recurren a las “fondas” (comedores), también vinculadas con la patronal, y, cuando les toca el pago, les rebajan —en no pocos casos— el total de sus ingresos.
“Por ejemplo, un trabajador se gana, en promedio, ₡200.000 por quincena o por 12 días laborados; con las rebajas puede recibir ₡30.000 o ₡40.000 cuando tiene suerte, otros no reciben nada. Les toca, como me sucedió a mí, buscar un segundo trabajo para sufragar gastos y así nos mantienen atados a la empresa”, contó Rodríguez.
Coincidente fue el relato de Didier Leitón, secretario general de Sindicato de Trabajadores de Plantaciones Agrícolas (SITRAP), quien enfatizó en que los salarios son tan malos que, prácticamente, obligan al trabajador a hacer préstamos, de manera que viva ligado a la compañía para pagar lo que debe.
Varios trabajadores entrevistados por UNIVERSIDAD, en un recorrido que se realizó por diversas fincas productoras de piña y banano, contaron que, además de estas prácticas de rebajos al salario, también les recargan otras funciones, les bajan la tarifa por las labores que realizan, todo sin ninguna explicación lógica y, a quien no le guste el cambio, lo invitan a irse.
Es de recalcar que estas zonas, donde hay fincas productoras, tienen muy bajos niveles de empleabilidad, las oportunidades de trabajo son sumamente limitadas y prácticamente todas están relacionadas con las compañías productoras que, de paso, se ponen de acuerdo en sus prácticas y políticas laborales.
De acuerdo con los dirigentes sindicales, hay empresas que se pelean el puesto de la que más viola los derechos humanos, en persecución sindical, que manipulan para evitar que los trabajadores se unan o que se formen, los espacios de descanso sin las condiciones adecuadas, evitan pagar las horas extra y obligan a los trabajadores quedarse más de 12 horas, según las necesidades de la compañía.

Prácticas que llevan a trabajo forzoso
Además, existe una serie de prácticas en las que incurren muchas de las grandes empresas, sin importar el bienestar de sus trabajadores y que son utilizadas como mecanismos de coerción para que produzcan, a toda costa, las frutas que los hacen millonarios. No alcanzarían todas las páginas de este Semanario para plasmar las historias que relatan los trabajadores, por lo que damos una pincelada de algunas de las prácticas en las que incurren muchas empresas.
Afiliación sindical es sinónimo de infierno laboral
Cuando un trabajador se afilia a un sindicato, de forma inmediata, la empresa lo registra como una persona con pasado sindical y se lo comunican entre compañías, así les cierran las puertas a ellos y sus familias.
Inmediatamente empezará a ver reflejado el costo de ser una persona afiliada a un sindicato en su boleta de pago. Según testimonios de dirigentes y de trabajadores entrevistados por UNIVERSIDAD, las empresas a quienes se afilian a los sindicatos les bajan el costo de la hora pagada o de sus contratos, los trasladan de labores o les recargan funciones, sin el pago correspondiente, haciendo que la producción sea menor y, por ende, con menos remuneración.
Carlos (nombre ficticio para guardar la confidencialidad) es trabajador de una finca piñera y afiliado a una organización sindical, y contó que, en días pasados, ganaba unos ₡20.000 el día y laboraba desde las cinco de la mañana hasta la 1 de la tarde, pero se lo bajaron a unos ₡10.000 porque la empresa decidió reducir las tarifas y le encargó más trabajos (funciones) por el mismo precio.
“Al tener que hacer más labores avanzamos más despacio y no ganamos lo suficiente. Además, he pulseado que le den trabajo a mi hijo que ya tiene la mayoría de edad y necesita costearse sus estudios, porque nosotros tenemos muy bajos ingresos y no podemos ayudarlo, pero me dicen que solamente si me salgo del sindicato lo van a contratar”, relató.
Enfermarse es un lujo
El cambio climático ha dado un giro a las labores del campo y quienes trabajan en la producción de piña, banano, palma y otros han sentido el abrasador sol que los desgasta. En una conversación con varios trabajadores de fincas piñeras y bananeras contaron a UNIVERSIDAD cómo caen desmayadas las personas, incluso hay casos de personas que han muerto producto de un infarto.
José Ángel Zamora y Fanny Zamora, dirigentes sindicales del SITRAP, contaron que, en ocasiones, los trabajadores se encuentran enfermos y piden permiso para dejar de trabajar o que los trasladen al centro de salud y, si no se trata de una cortada grave o una cuestión de vida o muerte, se los niegan.
“Enfermarse es un lujo en una plantación agrícola: hay personas que son despedidas porque se enferman por hacer labores repetitivas, en jornadas muy extensas y terminan con daños en sus músculos o tendones y ahí es el momento en que la empresa deja de verles la utilidad. Nos ven como objetivos o máquinas y, si la persona se queja o pide que lo trasladen a otra función donde no vea agravada su situación, los despiden”, relataron los dirigentes.
Evadir la responsabilidad de riesgos del trabajo
“Yo me enfermé con un daño severo en mis hombros, mis brazos y manos no me respondían, todo por hacer el mismo trabajo durante jornadas de más de 12 horas diarias. No me quisieron pasar a hacer otras labores y tuve que incapacitarme. Yo entregaba las boletas, pero la jefatura no las pasaba y me despidieron”, relató Ana (nombre ficticio para guardar la confidencialidad).
Ella pidió que la trasladarán al Instituto Nacional de Seguros (INS) para hacer uso de la póliza de riesgos del trabajo, pero no lo hicieron, la mandaron a la Caja Costarricense de Seguro Social y, al hacer esto, la lesión que tenía dejó de ser una enfermedad ocupacional. Y, así como le sucedió a ella, le pasa a miles de trabajadores.
Al no dar el pase al INS, las empresas evitan que se apliquen los seguros y, según relató Didier Leitón, secretario general del SITRAP, lo hacen para evadir la responsabilidad patronal en casos de salud ocupacional.
“Si alguien se enferma no lo dejan irse a la casa, no lo trasladan a los centros de salud y, como están en zonas retiradas de los hospitales o clínicas más cercanas, se les hace imposible atenderse porque, además, implica que paguen transporte, un lujo que muchas veces no se pueden dar por la falta de dinero y los malos salarios que reciben”.
Y, peor aún, cuando los químicos con los que riegan los cultivos llegan a los trabajadores de campo que están sin equipos de protección —algo que sucede con mucha frecuencia por la falta de aplicación de protocolos— les dicen que se curen en casa y no los envían al INS.
La estrategia del miedo
Los trabajadores en el sector agrícola viven asustados de que los despidan, la pobreza y el hambre es una constante en las zonas productoras del país, por lo que pensar en quedarse sin el ingreso que da sustento a sus familias es suficiente motivo para soportar la humillación, el abuso y la imposición de normas a beneficio de las empresas.
Usan la guerra en Ucrania o Israel, el precio de los contenedores, el bajo consumo del producto a nivel internacional, la subida en los precios, la caída del dólar o cualquier otro pretexto que esté a la mano para obligarlos a sacrificar su salud, su familia y sus vidas enteras.
“Entramos a las 5 de la mañana y, lo más temprano que podemos salir, es a las 4:30, pero muchas veces toca quedarse hasta las 7, 8 o 9 de la noche y, si uno se queja, la jefatura comienza a presionar y a decirle que si no quiere trabajar que se vaya. Nos limitan en todo, hasta nos toman el tiempo para ir hacer nuestras necesidades, con reloj en mano, nos esperan afuera del baño”, reveló Sara (nombre ficticio para guardar la confidencialidad), trabajadora en una planta bananera.
Pero obligarlos a trabajar jornadas extenuantes no se traduce en más dinero, de acuerdo con la historia de Esteban (también con nombre ficticio), pues las empresas, de forma discrecional, deciden variar las tarifas que les pagan por el trabajo, los pasan de una función a otra o les recargan labores.
“Mis compañeros y yo, que arrancábamos las matas, nos podíamos ganar ₡18.000 en un día de cinco de la mañana a dos de la tarde; pero, a principio de año, llegó el administrador, nos dio una carta de despido y nos liquidaron, para luego recontratarnos, dos semanas después, por hora, y eso nos llevó a ganarnos ₡11.000”, dijo.

