Sector cafetalero atraviesa su “tormenta perfecta”

Sostenibilidad de la actividad depende de aumentar producción pero sin sacrificar el precio de las exportaciones, en un contexto de cambio climático, degradación de suelos y alto endeudamiento.

“Innovación” es la primer palabra que de manera tajante dispara Minor Esquivel cuando se le pregunta por el principal reto que enfrentan los productores de café, grupo del que forma parte.

Hace ocho años él y su familia dieron el paso de fundar su propio beneficio para procesar la producción de su propia finca cafetalera, con lo cual, también ha aprendido y desarrollado la capacidad para llevar a cabo procesos diferentes de fermentación, según el gusto de sus compradores en el exterior.

Se trata de un terreno de 22 manzanas (unas 15,4 hectáreas), que produce en promedio entre 40 y 50 fanegas por manzana. Ello significa una producción en promedio de 1.100 fanegas, con un rendimiento de más de 70 fanegas por hectárea.

Esos números son exitosos, pero no son representativos del sector. Xinia Chaves, directora ejecutiva del Instituto del Café de Costa Rica (Icafe), citó datos del Instituto Nacional de Estadísticas y Censos (INEC) según lo cuales en Costa Rica se dedican 84.133 hectáreas a esta actividad, repartidas entre 38.788 productores, de los cuales 91,4% son de pequeña escala, con 100 fanegas o menos. Con estos datos, Chaves buscó salir al paso de la “asociación libre en general de los costarricenses, de creer que el cafetalero es poderoso”.

Chaves destacó que el caficultor tiene la “característica fundamental” no sólo de que se trata de una actividad de agricultura familiar, sino que “es gente que históricamente ha mantenido la tenencia de la tierra, es un factor esencial para nosotros, no queremos que estos productores en una tierra tan bien distribuida, pierdan la posibilidad de seguir siendo dueños de esa tierra”.

El café está estrechamente ligado a la historia del país. A partir de la primera exportación realizada en 1820, la actividad se consolidó y durante casi dos siglos fue la principal fuente de ingresos del país, al punto que sirvió para consolidar una oligarquía, cuyo poder político sobrevivió a la caída en el auge del sector en las últimas dos décadas del siglo XX.

De acuerdo con datos de Ministerio de Comercio Exterior (Comex), el café en 2018 representó apenas un 2,64% de las exportaciones nacionales.

Tormenta perfecta

Chaves no minimizó el problema al puntualizar sus numerosas causas. En primer lugar, citó el hecho de que tras la “gran revolución productiva en los años 60”, cuando el café “era primordial”, se dieron cambios sustantivos hacia otras alternativas de producción y con ello un rezago en las políticas públicas de apoyo con recursos razonables al sector.

A ello se suma que las plantaciones de café están muy envejecidas. Según explicó, las plantas de café cada 5 años se podan y vuelven a retoñar, pero “se dice que su vida es de 20 años, entonces se debería programar la renovación de los cafetales en un 5% cada año. Ese paso lo perdimos en los años 80 y 90”.

Añadió que la política financiera respecto al tipo de cambio “parece más orientada al apoyo a las importaciones que a las exportaciones”, lo cual aunado a la ausencia de una verdadera política de apoyo crediticio al sector incide de manera negativa.

“Muchas veces los productores tenemos terror de asumir una deuda”, señaló, pues no hay certeza sobre hacia dónde marcha el sector.

“Luego viene el cambio climático, nos cambia completamente los patrones y comportamientos de las lluvias, de la humedad y el calor, genera una dinámica muy distinta es los seres vivos que administramos, que son plantas de café”, subrayó. Como muestra de ello citó que en 2013 se dio el impacto del hongo de la roya “más grande que hemos visto”.

Así, expresó que el sector cafetalero atraviesa una “tormenta perfecta” compuesta por la combinación de plantaciones envejecidas, significativas afectaciones por cambio climático, la conducción económica respecto al tipo de cambio y falta de créditos favorables.

Sin embargo, no sumó a ese temporal el comportamiento de los mercados internacionales. Reconoció que es poco lo que los países productores pueden hacer para incidir en los precios del producto en la bolsa de Nueva York, pero que Costa Rica empieza a hacer la diferencia con el hecho de que desde hace años apunta al mercado de cafés finos y especializados.

Para explicar la incidencia de ello, citó el caso hondureño, cuya última cosecha alcanzó 9,5 millones de quintales (unos 3,8 millones de fanegas) pero su café se cotiza a $60 la libra. Mientras tanto, el café de Costa Rica en promedio se vende a $190,35 y en la bolsa de Nueva York está entre $98 y $102.

Retos

El caficultor Esquivel informó que en la comunidad La Pastora habitan unas 50 familias esencialmente dedicadas a la agricultura y que, además de café, hay producción de aguacate, ciruela, manzana y frutales en general.

El suyo es el único beneficio, su sostenibilidad alcanza para “darle a la comunidad, no nos echamos todo en  la bolsa”; por ejemplo, aportan cemento si se ocupa para algún camino, o utensilios para la cocina de la escuela local.

Con paciencia y concisión explicó los diferentes procesos de fermentación del café que lleva a cabo, conocidos como Yellow Honey, Black Honey y el African Process; además de una técnica de fermentación en frío, que según dijo, produce un café muy gustado en Dubai.

Sobre el impacto del cambio climático dijo no tener problemas hasta ahora, “se ve más en otras regiones”, pero admitió que “sí nos asusta porque nunca habíamos tenido roya y hace tres años la tuvimos”.

Un aspecto llamativo en su plantación es que incluye una buena cantidad de plantas de plátano, las cuales según explicó ayudan a controlar al insecto parásito conocido como cochinilla, además de mantener microorganismos nemátodos que ayudan a controlar ciertas plagas. “La aplicación de venenos, al igual que matan los nemátodos que dañan al café, matan a los buenos y la tierra se esteriliza”, puntualizó.

El uso de métodos biológicos es uno de los aspectos que Chaves destaca dentro de la innovación y actualización necesarias para mantener a flote el sector. Si bien sostiene que apostar por producción enteramente orgánica sería “un enorme riesgo, porque hay muchas afectaciones”, añadió que las llamadas “buenas prácticas” agrícolas son “fundamentales”, así como el uso de productos con componentes biológicos.

Dijo que el Icafe ha definido una agenda prioritaria según la cual el primer problema es de productividad por áreas.  La cosecha 18-19 (la recolección empieza a finales de julio, y termina en marzo)  1.718.000 fanegas, la productividad promedio fue de 20,4 fanegas por hectárea a nivel nacional, pero hay lugares en que se produce menos, hasta 7 fanegas por hectárea.

Detalló que se planteó el objetivo que para la cosecha 2023-2024 se produzcan 2,5 millones de fanegas, para lo cual se requiere la identificación de los productores que lo puedan hacer, una acción conjunta con las firmas beneficiadoras que escojan a quienes pueden incursionar a la transformación y cuánta área están dispuestos a trabajar.

También, usar las variedades propuestas por el Icafe que son obatá y catiguá, que según informó pueden llegar hasta 140 fanegas por hectárea pero que en promedio producen 60.

“Los productores tienen que aceptar recibir el financiamiento y la capacitación en un nuevo enfoque de la agricultura de precisión e innovación, desde cómo se cava el hueco, cómo se añade material orgánico y demás”, explicó.

Sin embargo, ello no resuelve un problema cuya importancia no soslayó. “En este momento el nivel de endeudamiento del sector agropecuario, que no es diferente al sector cafetalero, es altísimo. Tenemos que lidiar con productores que tienen cafetales envejecidos, no producen y están endeudados. El gobierno no lo puede ignorar. Tenemos que tomar en cuenta estas realidades”.


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