Salida de emergencia

Esfuerzos, esperanzas y fracasos de cientos de nicaragüenses sin rumbo en San José.

Desde el 18 de abril, a Costa Rica han llegado casi 22.000 personas nicaragüenses a solicitar refugio, después de que el gobierno de Daniel Ortega empezara a matar y a perseguir a quienes protestaban en su contra.

Algunos ciudadanos se organizaron para donar lo que fuera posible para las miles de personas que huían de Ortega, y así darles techo y comida en refugios improvisados en moteles, casas, iglesias y “cuarterías”.

Sin embargo, el “refugio” de campesinos, constructores, ganaderos, comerciantes, estudiantes y hasta futbolistas terminó siendo, en muchos casos, indigencia e intemperie en las calles josefinas.

Varios esfuerzos se levantaron pero así mismo se disiparon: la creciente llegada de más migrantes, la escasez de donaciones y la difusión de rumores y noticias falsas —todo en un ambiente sazonado con xenofobia— hizo que los días estuvieran contados en esos refugios en San José.

Es la historia de meses de esfuerzos, esperanzas y fracasos de cientos de nicaragüenses que, sin rumbo, buscaron refugio en el centro de la capital.

Busque a Carmen

En el parque La Merced, en el corazón de San José, el nombre Carmen se convirtió en un código entre los migrantes nicaragüenses que buscan refugio en Costa Rica.

Desde el inicio de la crisis en Nicaragua, cientos de personas han contactado a Noemí Pavón, conocida como Carmen, para que les ayude a ubicarse en Costa Rica.

Ella habría sido una de las principales contratistas de decoraciones y altares públicos para Daniel Ortega y Rosario Murillo. Pero en el 2016 acusó públicamente por mal manejo de recursos públicos a Fidel Moreno, Secretario Político de Managua del partido de gobierno, el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN), y Secretario General de la Alcaldía de Managua.

Noemí Pavón, conocida como Carmen entre los migrantes nicaragüenses, en el cuarto que alquilaba en el centro de San José, a pocas cuadras del refugio que dirigía en la zona roja. Ella afirma que debió cambiar de domicilio porque recibió amenazas de muerte por redes sociales, con fotos del edificio.

 Dos socias de Noemí, que eran allegadas a Moreno, la acusaron de falsedad ideológica, chantaje y amenazas. Pavón denunció que esa acusación se transformó en un proceso judicial fabricado para callarla.

“La audiencia inicial con carácter de preliminar se convirtió inmediatamente, ese mismo día, en audiencia preparatoria de juicio y pasó de inmediato a Juicio Oral y Público, en un proceso ultra expedido”, afirma un dictamen de la Comisión Permanente de Derechos Humanos (CPDH), ente no gubernamental nicaragüense que ha registrado los abusos de poder de la cúpula política en ese país.

La condena fue de nueve años de cárcel y Noemí dice que el proceso en su contra fue tan rápido que no hubo tiempo ni de pasar al cajero automático cuando huía. Sin contacto con su esposo ni con su patrimonio, Pavón señala que su principal ingreso desde el 2016 ha sido el dinero que le envían sus dos hijas, estudiantes universitarias que viven fuera de Nicaragua.

“El Poder Judicial ha estado al servicio del orteguismo, que lo utiliza para reprimir y silenciar a todo aquel que se le ha opuesto. A mí me dicen ‘perseguida’ o ‘prófuga’, aunque hay gente que prefiere decirme prófuga de la justicia. ¿Pero de cuál justicia? ¿La de Ortega?”, dijo Noemí.

El Estado costarricense le garantizó el estatus de refugiada a Noemí Pavón el pasado 19 de diciembre.

Molino Rojo

A partir de junio, el pseudónimo de Carmen se transformó en el frente para un esfuerzo colectivo de casi 50 personas que se organizaron en la Coalición de Nicaragüenses en el Exilio, con el fin de proveer techo y comida a los cientos de personas que huían de Ortega. Uno de los albergues era el salón de una iglesia evangélica al frente del night club Molino Rojo, donde recibían a 70 personas cada noche.

El albergue frente al Molino Rojo recibía, sobre todo, a hombres jóvenes o parejas sin hijos. El espacio era limitado y el albergue solo contaba con un baño, por lo que hubo varios brotes de virus y diarrea.
José, 24 años: “A mi mejor amigo le dieron un balazo en la frente; él estaba en un tranque en Masaya, a la par mía, y lo vi caer. Eran los francotiradores. Uno se queda acá con solo pensamientos, de todo lo que dejé allá. Todo lo que uno pierde. Uno piensa que ya lo perdió todo, pero le voy a pedir bastante a Dios que me dé un trabajito”.
Los teléfonos celulares no solo son el medio para mantener contacto con las familias que se dejaron atrás; también, eran la herramienta para “filtrar” a las personas que llegaban al refugio y verificar que no estuvieran ligados al FSLN.

 Corobicí

Desde julio, la Coalición también pudo rentar varias habitaciones del motel Corobicí, sobre la avenida 5 de San José, para alojar a familias con menores de edad. Allí, las personas de la Coalición o feligreses de iglesias se acercaban para obsequiar ropa usada o para colaborar en la distribución de comida.

Leonor Martínez, 34 años: “Mi esposo y yo apoyamos las manifestaciones desde el 19 de abril. Apoyábamos con agua, recargas de teléfonos, íbamos a la catedral. Los mismos de la Juventud Sandinista llegaron a decirnos que iban a quemarnos la casa. Y yo no iba a esperar que me mataran, porque yo tengo una bebé de tres años. Nosotros no queremos ser una carga para el presidente ni para el país; si nos consiguen un trabajo, nosotros trabajamos y con eso pagamos nuestra casa”.

El dinero se acabó

A mediados de setiembre la Coalición no pudo pagar más los albergues debido a la escasez de recursos, por lo que fueron desalojados. Un grupo de 50 nicaragüenses permaneció junto en el parque del Ministerio de Salud, donde dormían con cartones, cobijas y plástico para guarecerse de la lluvia.

El grupo se dispersó a inicios de octubre; según Pavón, la Policía fue quien les ordenó alejarse del parque.

Eduardo Rodríguez, 34 años: “Yo soy guarda de seguridad y vivo contiguo a la Universidad Politécnica de Nicaragua. Al ver cómo la Policía masacraba a los pobres universitarios, como padre de familia, yo tomé la decisión de apoyar a los muchachos; sacaba la manguera de mi casa cuando llegaban los muchachos con la cara ardiente por el gas lacrimógeno. Yo les lavaba la cara, les cocinábamos, les dábamos café. Ese fue mi delito”.

Pavón atribuye la disminución en la cantidad de donaciones a la información falsa que se compartió en redes sociales. “Dicen que soy una infiltrada, y que en vez de ayudar a la gente que llega se la estoy entregando al orteguismo”, comentó Noemí.

La Coalición y Noemí (en la foto) intentaron reunir dinero para crear un nuevo albergue, pero la mayoría de propiedades en alquiler se negaron a recibir migrantes y fue imposible conseguir las sumas que exigían en otras localidades. Así, los refugios se desbandaron.

Esperanza

La Coalición mantiene contacto con un puñado de los migrantes que acogieron; el grupo sabe que algunas familias viven en cuarterías pagadas por personas nicaragüenses que ya residían en Costa Rica o por ticos. Pero Noemí afirmó que una parte considerable de personas que llegaron solas están en San José en estado de indigencia.

Entre octubre y diciembre, la organización solo pudo pagar el alquiler de habitaciones en cuarterías para unas ocho personas. Actualmente, gracias a la llegada de nuevas donaciones, la cantidad de gente albergada pudo duplicarse.

A pesar de la falta de trabajo, casa o rumbo, las personas que habitaron los albergues de la Coalición y de Carmen conservaban la esperanza de que hallarán empleo y techo en Costa Rica, de que Daniel Ortega dejará de ser presidente de Nicaragua, de que podrán regresar a sus casas y a sus comercios, libres.

Noemí escogió presentarse ante sus compatriotas como Carmen por esperanza, pues aquel es el nombre del barrio donde vive el matrimonio Ortega Murillo, en Managua: El Carmen.

Así, el pseudónimo se convierte en recordatorio: Noemí decidió llamarse Carmen porque aspira a que, algún día, ella misma pueda sacar a los Ortega Murillo de ese barrio.


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