Gustavo Román: ¿Qué está en juego? Mantener la conversación

En Universidad, convocamos a un grupo heterogéneo y les pedimos que, desde sus perspectivas, respondieran a la pregunta: ¿qué está en juego en esta elección?

Me invita el Semanario Universidad a que reflexione sobre qué nos jugamos los costarricenses este 1° de abril. Mi respuesta es sencilla: mantener o no la conversación. Eso nos jugamos. Pero como lo sencillo no es simple, deberé explicarme:

Los costarricenses estamos a punto de escoger a la cabeza del Poder Ejecutivo con la que cumpliremos 200 años de vida independiente. Aquel 13 de octubre de 1821, el gobernador Juan Manuel de Cañas y el Ayuntamiento de Cartago, ante las noticias que llegaban de León, tuvieron que hablar. Empezaron la conversación. De pronto, un grupo de mestizos se enteraron de que, sin pelear por ello, eran independientes y se vieron, en la primera mitad del siglo XIX, frente a la disyuntiva de cómo organizar su vida en común. Tras varios titubeos, inspirados en los procesos estadounidenses y franceses entonces en boga, y probablemente animados también por ese receloso aislacionismo que siempre nos ha caracterizado, decidieron ser independientes. De España, de México, de Centroamérica. Independientes.

Constituir un Estado-nación independiente. ¡Ni más ni menos! Una auténtica temeridad considerando nuestra pequeñez territorial, casi total indefensión militar, pero, sobre todo, lo exiguo de nuestras reservas en todos los órdenes: poco dinero, poca infraestructura, pocas luces intelectuales y prácticamente nula industria. Bueno, ¡es que ni siquiera existía una base nacional que diera sustento sociológico a la creación de un Estado! Y todo ello, para peores, en un contexto regional políticamente inestable, en el que el expansionismo estadounidense (por citar solo una de muchas amenazas) debía enfrentarse sin un derecho internacional público ni unas instituciones globales como las que hoy tenemos para defender nuestra soberanía.

No contentos con la enormidad del reto, decidieron, o mejor, decidimos (porque herederos somos de sus decisiones) poner el listón aún más alto. El sistema político mediante el que nos organizaríamos sería el republicano, como si Cicerón fuera el más común de nuestros apellidos o una aglomeración de caseríos pudiera devenir en polis. Pequeños y pobres en todo, menos en ambiciones según se ve. Es la ambición que anima a ir a topar al filibustero; es la ambición que inspira la reforma educativa de don Mauro Fernández y es la ambición que alienta a levantar un exquisito teatro en medio de un “cafetal con luces”.

Paulatinamente fuimos consolidando las instituciones republicanas y democratizando nuestro sistema político. La conversación fue haciéndose más amplia y libre. Un lento pero sostenido proceso de inclusión electoral hacia la universalización del sufragio y la homologación (no con los países vecinos, sino con la vanguardia democrática mundial) de nuestras prácticas comiciales. Voto directo, voto para los analfabetos, voto también para los pobres, voto para las mujeres, creación del Tribunal Supremo de Elecciones, eliminación de la proscripción de partidos por razones ideológicas, voto en comunidades indígenas, voto en centros penitenciarios, voto en hogares de ancianos, voto en hospitales psiquiátricos, ayudas técnicas para el voto de las personas con discapacidad, referéndum, voto en el extranjero, cuota de género, paridad de género y, finalmente, paridad horizontal. Además, algo fundamental: la abolición del ejército, ese tradicional botón para “resetear” sistemas políticos cuando estos se atascan.

Así, paso a paso, generación tras generación, renovamos, confirmamos y ratificamos una opción política clara: que en este proyecto de convivencia llamado Costa Rica todos tendríamos voz en la decisión de los asuntos públicos y que estos nunca se zanjarían mediante la imposición violenta del arbitraje militar, como tantas veces ocurrió en Iberoamérica cuando se entendía que la política había fracasado y que era necesario patear el tablero del juego democrático. Fue así como nos condenamos a la libertad y a la ineludible obligación de escucharnos y entendernos como única vía para resolver los dilemas y conflictos entre nosotros. Fue así como nos condenamos a mantener siempre abierta la conversación iniciada aquella fría noche de 1821 en Cartago.

Hemos tenido momentos de silencio, de brutal silencio, de esos silencios políticos que siempre son seguidos por largos periodos de llanto y dolor. El último, casualmente, fue por estas fechas hace exactamente 70 años. ¡Y eso es milagroso! No hay otra sociedad en toda Iberoamérica que en 70 años haya mantenido la conversación abierta, ininterrumpidamente abierta. En todas, cuando la palabra ha sido sustituida por el ruido de las balas, nuestra naturaleza cainita ha enlutado familias, dejado niños huérfanos y truncado generaciones enteras sumiéndolas en la pobreza y la ignorancia. Un precio cruelmente alto que normalmente acaban pagando sobre todo los más débiles y vulnerables.

Hoy, a días de que concluyan las elecciones 2018, tenemos el reto de mantener la conversación abierta. Desde hace algunos años, investigadores nacionales y extranjeros han prendido luces de alerta sobre preocupantes tendencias convergentes en nuestra cultura política: caída de la tolerancia política, aumento del autoritarismo social y de la disposición a apoyar un golpe militar, y declive del apoyo a la democracia o, lo que es lo mismo, a la decisión de seguir conversando. Y lo hemos visto. Ha sido este un proceso electoral en el que, por momentos, liderazgos partidarios y vocerías en redes sociales se han mostrado más interesados en callar al contrario que en defender sus tesis y persuadir sobre su conveniencia. Más molestos con tener que escuchar al otro que felices de poder expresarse con libertad. Ante ello, debo decirlo, el Tribunal Supremo de Elecciones ha tenido tanto el coraje de resistir las presiones represivas, como la mesura para conducir a los protagonistas del proceso electoral a un desenlace sosegado y civilista del mismo.

Ha sido este un proceso electoral en el que, por momentos, liderazgos partidarios y vocerías en redes sociales se han mostrado más interesados en callar al contrario que en defender sus tesis y persuadir sobre su conveniencia.

Sin embargo, el 1° de abril no se resolverá lo fundamental entre nosotros. Se equivocan quienes vislumbran nuestra principal amenaza en el rostro de alguno de los dos señores Alvarado, quienes, al igual que los partidos políticos que tenemos o los medios de comunicación con que contamos, con sus defectos y sus virtudes, son solo expresiones de procesos sociales más profundos. Es ahí, en ese subsuelo cultural, donde está fraguando esa pulsión autoritaria, transversal a izquierdas y derechas, conservadores y progresistas, donde deberemos poner atención para tratar de comprender qué nos pasa y cómo podremos superarlo… si es que queremos seguir conversando.

¿Qué está en juego esta elección? Ellos responden a la pregunta: 

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Gustavo Román Jacobo

Asesor Político del Tribunal Supremo de Elecciones, Licenciado en Derecho por la UCR, diploma en Estudios Europeos Avanzados en Comunicación Política e Institucional por el Instituto Universitario de Investigación Ortega y Gasset, Máster en Marketing, diploma en Consultoría y Comunicación Política por la Universidad de Santiago de Compostela y Doctor en Sociedad de la Información por la Universidad Complutense de Madrid. Ha sido docente de grado en la facultad de Derecho de la UCR y de posgrado en la Escuela de Ciencias de la Comunicación Colectiva de la UCR y de FLACSO.

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