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Morir sin nada tras ahorrar toda la vida: impactos del caso Aldesa

Decenas de personas invirtieron sus ahorros, la herencia familiar o la pensión complementaria, esperando verla crecer, y murieron sin poder acceder al dinero por el que tanto trabajaron.

Raquel Amón nació en una familia acomodada, creció aprendiendo la importancia de la educación y el trabajo duro. Se casó, crió hijos y trabajó toda su vida, en una cosa y en otra, inyectándole sus recursos y su energía al negocio familiar, que junto a su esposo, vio prosperar.

Siempre le tuvo miedo a las inversiones de alto riesgo y le enseñó esa cautela a sus hijos. “Si le ofrecen intereses muy altos diga que no, la platita cuesta mucho ganársela para arriesgarla así”, resuenan años después sus palabras en la memoria de su hijo, a quien también le enseñó el amor por los libros y los jardines.

Raquel Amón, después de trabajar y ahorrar toda su vida, murió dependiendo de sus hijos, sin poder heredar nada, pues sus ahorros siguen en Aldesa.

En los últimos años de su vida, confiando en el buen nombre de la empresa y en la palabra de Eduardo Lizano, quien era de su confianza, Raquel puso sus ahorros en Aldesa Corporación de Inversiones, pensando en multiplicar su patrimonio para estar más cómoda sus últimos días y hacer crecer la herencia de los suyos.

Años después, la demencia pudo más y la cabeza de Raquel se desconectó de este mundo. Gracias a eso, no se enteró que esa empresa, donde tenía puestos no sólo sus recursos sino también sus sueños para su familia y para el final de su vida; anunció que no podía pagar más los intereses de sus inversiones y tampoco iba a devolverle su dinero, hasta nuevo aviso. “Lo único bueno de que ella tuviese demencia fue que no se dio cuenta de lo que le hicieron”, dice Julio Fernández, su hijo.

Raquel murió sin las comodidades para las que trabajó toda su vida, dependiendo de sus hijos, quienes tuvieron que sacrificar mucho para cuidarla. Años después sus hijos aún esperan que el caso Aldesa se resuelva para poder acceder al dinero por el que su mamá trabajó y para poder cumplir la voluntad que les encargó.

Julio cuenta que poco antes de “perder la cabeza”, Raquel les hizo prometer a sus hijos que parte de su herencia sería para la empleada de la casa, Rosita, una señora nicaragüense que la acompañó y la cuidó hasta el último día. “A mí no me importa mi herencia, pero lo de Rosita para nosotros es sagrado. Si yo rescato suficiente para darle lo que le corresponde a Rosita, yo quedo en paz con mamá”, dice entre lágrimas.

“Si no nos hubiera tenido a mi hermana y a mí, mamá habría muerto siendo una indigente”, Julio Fernández, hijo de inversionista fallecida.

Este hijo, que recuerda a su madre con amor y admiración, dice que esas mismas emociones son las que motivan su indignación y su rabia para con los responsables de lo que considera es una estafa.

“Es indignante pensar que alguien se lleve cientos de millones de dólares ajenos y siga viviendo como si nada, yendo al Country Club, viviendo en un condominio de lujo. Y mientras tanto, mi mamá, que no, no murió en la miseria, pero si no nos hubiera tenido a mi hermana y a mí, mamá habría muerto siendo una indigente”, dice, refiriéndose al presidente de la empresa, Javier Chaves, a quien responsabiliza.

La de Raquel es la historia de decenas, sino cientos, de personas que confiaron sus ahorros —grandes y pequeños— a la hoy cuestionada empresa, y que murieron esperando poder acceder a sus propios recursos. Estos hombres y mujeres vivieron sus últimos días dependiendo de otros, aún después de haber trabajado y cuidado el dinero toda su vida para asegurarse una vejez tranquila.

Ahorros perdidos, sueños truncados

Con el colapso de la corporación en 2019, miles más perdieron acceso a sus ahorros, al valor de una propiedad que habían vendido, a la herencia familiar o incluso a los recursos que habían destinado a algún proyecto puntual. Personas profesionales, pensionadas, emprendedoras y hasta trabajadores afiliados a asociaciones solidaristas se cuentan dentro de las víctimas del caso Aldesa.

Hoy, muchas familias que habían alcanzado alguna comodidad han tenido que volver a empezar de cero o incluso han tenido que depender de otras personas para salir adelante.

Irene, por ejemplo, tiene cinco años de no poder ir a visitar a su único nieto, que está en Canadá, porque no le alcanza la pensión. Ella es psicóloga y trabajó toda su vida en su propia empresa, en investigación cualitativa de mercados. Después de pensionarse, ella y su esposo pusieron el dinero de su retiro en Aldesa, con la esperanza de que creciera un poco.

Ella cuenta que los intereses que recibían mes a mes complementaban el ingreso de las pensiones y un par de alquileres que tienen, lo que les permitía vivir cómodamente. Tras la debacle de Aldesa su nivel de vida “cayó en picada”.

“No, no pasamos hambre, por dicha, lo de la pensión no alcanza pero yo tengo un par de apartamentos que alquilo y con eso salimos; pero no se nos ocurre ni una ida a la playa, porque no alcanza”, relata.

Además, cuenta la psicóloga, desde hace años su esposo padece del corazón y necesita un marcapasos. “Nosotros podíamos resolver cosas así, que cuestan sus milloncitos, para eso eran los ahorros, pero ahora tenemos que esperar a que se lo pongan en la seguridad social y, claro, yo agradezco muchísimo que exista, pero la espera es muy angustiante porque a él en cualquier momento le da un síncope”.

Otra psicóloga, Clara Polini, también siente que el caso Aldesa no solo afectó su bolsillo, sino su salud. Ella se pensionó de manera anticipada por razones médicas, lo que implicó una disminución sensible en sus ingresos. No obstante, por años contó con el dinero de los intereses de sus inversiones que le servían para complementar su pensión.

Ahora vive alcanzada pues depende únicamente de ese ingreso y le es muy difícil cubrir los gastos médicos que su condición de diabetes le genera. Según dice, ella ya no espera que le paguen los intereses que se adeudan de todo este tiempo, sino que quiere que las cosas se esclarezcan y que se le reintegre el principal de la inversión que realizó.

La de Clara es la historia de muchos, que hasta que se anunció el colapso no supieron para qué se usaba el dinero. “Pusimos nuestro dinero en un puesto de bolsa regulado sin saber que todos los recursos iban a utilizarse otras cosas, dice. En mi caso un asesor me insistió en invertir plata que tenía en ahorro a la vista en la Corporación Aldesa. Luego supimos que el problema venía desde antes, desde que dejaron de pagarle a la Caja y a Hacienda, que no entendemos cómo no hicieron nada, ni alertaron”.

Al día de hoy y según la curaduría del Poder Judicial, Aldesa adeuda $171,582,116 a sus inversores. De ese monto ¢7,681 millones ($12,388,786) corresponde a asociaciones solidaristas que representan unos 27.550 trabajadores, ¢44,839 millones ($72,321,166) a 351 personas físicas y unos ¢53,861 millones ($86,872,164) a personas jurídicas, entre las que se cuentan sociedades anónimas, familiares y emprendimientos.

Además, la empresa le debe ¢31,561 millones ($50,905,503) a sus proveedores y sostiene deudas de más de ¢290 millones con la Caja Costarricense del Seguro Social y de ¢2.463 millones con el Ministerio de Hacienda, sin contemplar intereses y recargos de ley. Estos montos se acumularon desde el 2015, pero no hubo alertas por parte de las autoridades, hasta que el 2019 la misma corporación anunció problemas de liquidez y solicitó intervención judicial.


Jorge Saprissa invirtió sus ahorros y los de su esposa en Aldesa, y hasta el día de hoy su familia está costeando las pérdidas.

“A veces pienso que fue bueno que papá perdiera un poco la cabeza, porque lo hubiera matado la depresión”

La tristeza y la indignación acompañaron a Jorge Saprissa Recinos los últimos años de su vida, después de perder acceso a los ahorros y los de su esposa que invirtió en Aldesa Corporación de Inversiones, cuenta su hija Ana Saprissa, también víctima de la debacle de la empresa.

Jorge fue un empresario exitoso. Su familia fue dueña de la fábrica Saprissa y luego el almacén que llevaba el mismo nombre, ubicado en el centro de San José. Ya cuando tenía una edad avanzada, vendió y se pensionó.

Unos años antes había conocido a Oscar Chaves, fundador de Aldesa (padre del hoy presidente de la corporación, Javier Chaves) y sabía del buen nombre de la empresa. Por eso no tuvo reparo en invertir los ahorros de su vida y los de su esposa en la corporación. Tiempo después, su hija Ana, que había recibido un dinero como parte de una herencia familiar, siguió sus pasos e invirtió también.

Por un tiempo recibieron los intereses mes a mes sin problemas. Ana cuenta que, de hecho, dependía de ese ingreso para vivir. “Luego, nos dimos cuenta de que Aldesa había caído, yo no tenía ni para pagar la cuota del condominio, y papá…”, dice con la voz entrecortada, “papá casi se muere, no lo podía creer. Y es que, ¡no era solo lo de él, es que le invirtió el dinero a mi mamá!”

Poco después de eso, relata, su papá enfermó y empezó a perder la memoria. “A veces, yo pienso que en parte fue bueno que papá perdiera un poquitito la cabeza, porque lo hubiera matado la depresión y la tristeza de estarse acordando lo que le habían hecho, que le habían dado la estocada por la espalda”.

Ana asegura que las implicaciones no fueron solo económicas, sino emocionales y de salud. Mientras ella vive con enfermedades graves y los costos que implican, aún cuando el dinero no alcanza, su mamá, que ya sobrepasa los 80 años, a veces no quiere ni escuchar mencionar el nombre de la empresa. “Mamá ha estado enferma durante todo este tiempo y hasta estuvo con depresión por esto”, cuenta.

Saprissa recuerda que de no ser por otros recursos que tenía su madre, no habría podido cubrir sus gastos en el momento en que dejó de recibir los intereses de sus inversiones. Aún hoy, dice, la familia sigue costeando la pérdida y han tenido que vender propiedades para costear otros gastos, pues ya los ingresos no alcanzan.

“Esto no es justo y, como dice mi mamá, si no recuperamos un cinco, por lo menos que paguen con cárcel. Y eso que yo soy católica y yo sé que uno tiene que perdonar”, dice. “Cómo es posible que ni siquiera les congelen las cuentas, las propiedades, después de que nos quitaron lo que era nuestro”.


“Mi esposo no se merecía esto, y por su memoria yo pido justicia”

José Eliseo Valverde nació en San José, estudió medicina y trabajó por años como especialista en Anestesiología y Recuperación en el Hospital México. Fue profesor en la Facultad de Medicina de la UCR, director y subdirector de la Escuela de Medicina y hasta director del posgrado de esa carrera. Durante sus últimos veinte años donó sus servicios en el Consultorio de la Casa de Obras Sociales de Sor María Romero, que atiende población migrante y en riesgo social.

José Eliseo Valverde había previsto que a su viuda y a sus hijos no les faltara nada; pero tres años después de su muerte no se conoce el paradero de los ahorros que invirtió en Aldesa.

Su hija Paola y su esposa Marielos lo recuerdan con admiración y por honor a su memoria, esperan que en el caso Aldesa “se haga justicia y se sienten responsabilidades”.

Marielos, de 79 años, cuenta que su esposo no disfrutó su propio dinero “por andar pensando en todos, en nosotros”. Los ahorros que puso en Aldesa, dice, eran producto de su trabajo. “Él me decía que era lo que había guardado para mí; me decía: “a vos no te va a faltar nada, ni a mis hijos”, y ahora yo quedé a cargo y con estas congojas”.

Marielos relata que aunque cuando él murió, en el 2018, ya Aldesa había dejado de depositar los intereses de las inversiones, su esposo nunca se enteró de la gravedad del asunto, sino que “murió esperando” que las cosas volvieran a la normalidad.

“Gracias a Dios él no supo nada de esto, porque él era operado del corazón y todo lo angustiaba demasiado. Es mejor que no haya sabido que puso todo su esfuerzo haciendo un capitalito para dejarnos y que en este momento no hay nada, que estamos en el aire”, opina Marielos, quien ahora está a cargo de la empresa familiar, que ha tenido que sostener usando incluso sus propios ahorros.

Lo peor, dice, es que su esposo era muy cuidadoso con el dinero, pues el objetivo era garantizar una “buena vejez” para ambos y alguna herencia para sus cinco hijos. “Él cogía solo títulos de gobierno porque eso es seguro, pero después cuando nos dimos cuenta le habían puesto plata en otras cosas”.

Su hija Paola, que ha participado en algunas de las manifestaciones pidiendo justicia en este caso, dice que lo hace para honrar la memoria de su papá y también la vida de su mamá, pues siendo personas trabajadoras y entregadas “no se merecen lo que les han hecho”.

Su mamá dice que durante todo este tiempo se ha sentido defraudada, enojada, triste y frustrada, pero que “a pesar de la congoja”, ella pide que se haga justicia. “Todo es muy triste, yo soy una persona mayor, somos muchos adultos mayores en estas, deberían de respetar”, concluye.


 

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