Morir en soledad: la ingrata condición de las víctimas de COVID-19

Las historias son variadas, pero un factor común alcanza a casi todas las víctimas: la distancia obligada de sus seres queridos.

Silvia Barrantes cuidaba a la paciente que recién había dado a luz a su tercer hijo sin darse cuenta. La enfermera vigilaba en el monitor las contracciones del corazón y veía cómo bajaban a toda velocidad. El personal médico ya sabe cuando se acerca el momento de la muerte, pero en este caso era impensable hacerle los masajes cardiacos que a otras personas han salvado la vida.

Eran casi las 10 a. m. en la Unidad de Cuidados Intensivos (UCI) del hospital México, en el día en que iban a llegar a 125 las muertes asociadas a la enfermedad pandémica COVID-19 en Costa Rica. Barrantes, acostumbrada a la muerte tras 12 años de experiencia en servicios críticos, sentía un hueco en el estómago y nada podía hacer por la mujer de 29 años.

La posibilidad de masajes cardiacos inmediatos era improbable con el protocolo de seguridad para evitar contagiarse del coronavirus. Abrir el cubículo era contaminar a todos alrededor. Los médicos intensivistas, enfermeras y un sacerdote que por suerte pudo llegar a tiempo, miraban desde fuera del vidrio a la mamá sola, entubada e inconsciente.

Silvia pensaba en los dos hijos mayores que quedaban y en el recién nacido, sietemesino, allá en la incubadora. Sabía que el papá y la abuela estaban también aislados. Nadie pudo tomarle la mano, decirle ahí que se fuera tranquila o prometerle cuidar siempre a los niños; nadie la abrazó ni se despidió de ella, cuenta la enfermera.

Con la pandemia son imposibles los ritos humanos y usuales de despedida. El riesgo de contagio es casi tan alto como la necesidad de ese espacio para otro paciente que viene tan complicado como el anterior, también con COVID-19. El cuerpo fallecido no puede pasar más de una hora antes de ser entregado, en el sótano, a Patología, donde tampoco podrá esperar a familiares. Todo urge.

Pero en el cubículo de la UCI hay antes otro procedimiento ingrato. Desentubar rápido, desconectar los cables y tomar una foto para el reconocimiento familiar, para efectos del registro. La mujer estaba boca abajo, la posición que permite una mejor respiración a los pacientes, pero que carga el peso sobre el rostro y casi lo desfigura.

A toda velocidad deben meter el cuerpo en dos bolsas plásticas, un procedimiento que Silvia nunca había hecho hasta que llegó esta pandemia y que reconoce como especialmente triste. Será, dice, la escena que la haga recordar esta pandemia por el resto de su vida.

“Es muy doloroso este tipo de muerte y es más doloroso saber que eso puede ocurrir hasta tres veces en un turno. Además de que el trabajo físico es muy fuerte, una queda muy golpeada en lo emocional, aunque sabemos que otros pacientes nos necesitan bien”.

El relato de Silvia coincide en parte con el que ofrece Crishtna Ledezma Cruz, supervisora de enfermería de sala operaciones del hospital México, o Michelle Rudín, médico internista asignada al Centro Especializado en Atención de Pacientes con Covid-19 (Ceaco): el coronavirus deja márgenes mínimos para una atención humana del momento final de la vida.

La mayoría de las muertes ocurren sin despedidas, sin compañía y sin el tiempo ideal para asimilar el momento. Con familiares aislados, hospitalizados o en cuarentena, o impedidos de acercarse más que lo indispensable para el proceso funerario. Después sale en los medios de comunicación el dato del día y la suma de fallecimientos: 180 hasta el martes 4 de agosto, al cierre de esta edición.

EL MOMENTO FINAL

De la amplitud de la emergencia hablan las cifras y de la profundidad, los pacientes, dice la enfermera Barrantes, que recuerda haber atendido también al médico alajuelense que llegó contagiado desde Panamá y que murió después de haber propagado el virus en espacios hospitalarios. Él contó cosas de su vida y sus anhelos, hasta que en algún momento expresó que ya no iba a luchar más y murió.

Él duró 46 días en la UCI, pero conforme avanza la pandemia el personal médico va viendo pacientes que llegan más enfermos o que se deterioran más rápido una vez internados. Una mujer madura llegó un día hablando sin problemas y pensando salir pronto de ahí, porque no quería perder su trabajo en una casa donde planchaba ropa, la única fuente de ingresos que tenía su familia.

“Estuve hablando con ella, pero tres horas después murió. Se complicó y murió. Uno se siente impotente y dolido, lo asume como un duelo propio porque somos los que estuvimos más cerca en ese momento, dentro de lo que se puede”.

Crishtna, desde sala de operaciones, también tiene sentimientos parecidos a la frustración. Se supone que las enfermeras y asistentes de pacientes están ahí para dar esa calidez y están limitados por las circunstancias. Muchos están vestidos como astronautas, sin dejarse ver el rostro y con contactos mínimos, porque también tienen miedo de salir contagiados.

“Lo más terrible de esto es ver a las personas morir casi en la soledad. Toda muerte es dolorosa, pero hay una diferencia cuando no se siente de cerca ese amor de los seres queridos que permite a muchos morir en paz”, cuenta la jefa de enfermería de sala de operaciones del México.

A ella tampoco se le borrará el caso de la mujer que no alcanzó a conocer a su bebé. Muchos en el hospital estaban al tanto de la paciente desde que entró ya complicada a sala de operaciones para la cesárea.

“Yo estaba en mi casa cuando leí el mensaje, por el canal interno que tenemos, que decía que ya fallecido la paciente. Sentí mucha tristeza. Pensé en su familia, en los hijos. En cuándo fue la última vez que la vieron”.

Es decir, Crishtna estaba en su casa, en sus horas de descanso, pero conectada para saber cómo están los pacientes. Conectada en el sentido más amplio de la palabra, no solo informada.

“A uno le duele que no se pudo hacer más. Entramos en un luto, pero al mismo tiempo siente uno el impulso de tratar de salvar la vida del otro paciente que está ahí o el que ocupará el espacio del que acaba de fallecer”, explica.

Reflexiona ella: porque las cifras pueden ser iguales un día y otro, lo que da la sensación de que no empeora. Por ejemplo ocho fallecimientos un martes y ocho más un miércoles. Pero en la realidad son más personas que murieron en esas condiciones de soledad, tuvieran familia o no.

Para el personal médico que atiende pacientes críticos el éxito mayor es ver al paciente salir a su casa. Luego mirarlo mejorar y pasar a servicios intermedios. También que acabe el día y que siga con vida. Incluso, explica un médico, que el paciente muera en condiciones dignas, sin dolor ni ansiedad ni ahogos, que al menos muera en paz, pero eso no se puede garantizar ahora.

ALGO PARECIDO A PALIATIVOS

La revisión de los fallecimientos permite ver que en los últimos dos meses han aumentado más las muertes en el Ceaco que en otros hospitales. El dato es extraño si se recuerda que este centro estaba pensado para cuidados intermedios, no para pacientes en estado crítico, pero con el tiempo las cosas han cambiado.

Lo cuenta la médico internista Michelle Rudín, quien aceptó ser trasladada desde el hospital La Anexión, de Nicoya, para reformar el hospital especializado.

“Empezamos a recibir pacientes para un manejo paliativo. Personas que por sus condiciones no son candidatos a una UCI porque llegan a un estado delicado, muy severo. Nuestra misión es dar acompañamiento hasta el final, porque ya llegan con alto riesgo de fallecer y acá podemos darle ese confort muy en contacto con medicina paliativa”.

“Recordemos que acá funcionaba el Centro de Rehabilitación y hay recursos en psicología y trabajo social, que son de gran valor para este momento. Hacemos todo lo que podamos, aunque sabemos que no son pacientes en tiempos normales y eso a un también lo golpea”.

No es que haya un servicio formal de cuidados paliativos, aclara. Es la posibilidad que se ha ido desarrollando conforme avanza la pandemia y según las necesidades. Se trata de un área separada de otra donde están pacientes con menores complicaciones de salud.

Es parte de las maniobras que se puedan hacer ante la presión de pacientes en las últimas semanas. Al empezar julio había 56 pacientes hospitalizados en el país y solo 6 en las UCI. Un mes después había más de 300 en hospitales y casi 100 en las UCI. En ese lapso las muertes pasaron de 16 a multiplicarse por 10.

El sistema costarricense no ha llegado al punto de otros países de tener que escoger a quién atiende y a quién no, pero los médicos ven cómo las condiciones se encaminan a eso y crecen los contagios o la gravedad de la enfermedad. El servicio de tipo paliativo en Ceaco parece dar una pista.

Mientras, la presión es notoria sobre el sistema y sobre los médicos, dice la doctora Rudín. El cansancio físico pesa, pero emocionalmente también sufren.

“Yo tengo 32 años y tengo a mis papás. Cuando veo a un paciente que llega aquí no puedo evitar pensar en ellos y entonces también puedo pensar que el paciente tiene a una hija como yo que no puede acompañarlo en este momento”.

Los médicos no pueden limitarse a lo biológico o a los signos vitales. A veces se involucran con la historia personal del paciente. Son, al fin y al cabo, la compañía que tienen para ese momento, cuenta la doctora Rudín.

“Es cuando uno conoce las pequeñas cosas de las que está hecha una vida, cosas que uno da por sentadas en lo cotidiano. La cercanía con los seres queridos, por ejemplo, es algo casi imposible en estos momentos”.

“Lo ideal es sostenerse emocionalmente, pero no siempre se puede. Uno se angustia mucho y ya la mayoría nos hemos pegado las lloradas. Nos aferramos a la esperanza de poder ayudar a alguien más, que no faltan. Tenemos que saber que el paciente en frente no es el único que necesita ayuda. Siempre viene otro”.

 

Tiempo entre diagnóstico y muerte se acortó al avanzar la pandemia

El avance de la pandemia de COVID-19 en Costa Rica acortó los tiempos promedio entre el momento del diagnóstico y el de la muerte de las víctimas de esta enfermedad.

El promedio de ese período en los primeros diez pacientes que murieron fue de 25 días internados, aún incluyendo a una persona que falleció el mismo día del diagnóstico o al día siguiente.

En cambio, el promedio para las últimas diez personas fallecidas hasta el 28 de julio (cuando se legó a 125 decesos) es de solo diez días.

Este es el resultado de una revisión de los casos reportados por el Ministerio de Salud hasta el 28 de julio, sin que fuera posible hacerlo en la semana siguiente porque dejaron de divulgar el dato de la fecha de diagnóstico de las víctimas.

Los datos muestran casos extremos como los diagnósticos post mortem o en el mismo día del fallecimiento (15 personas) y, por el contrario, la mujer de 64 años que murió en el hospital México después de 76 días luchando contra la enfermedad.

Hay cuatro casos de los que no se disponen datos de la fecha de diagnóstico y el promedio general de las primeras 125 muertes por COVID-19 es de 8,4 días desde que se comprueba la presencia del virus en la persona y el instante de la muerte.

La tasa de letalidad del coronavirus en Costa Rica hasta este 4 de agosto es de 0,9 por cada 100 personas infectadas, el doble de lo que reportaba el país al comenzar el mes de julio.

Así parece disiparse una de las ventajas que las autoridades señalaban al principio de la pandemia, mientras estaba contenida: la detección temprana de los casos que permitía una intervención médica pronta y la posibilidad muy alta de evitar la muerte.

Esto coincide con lo que perciben enfermeras del hospital México y una doctora del hospital especializado Ceaco: ahora ven un mayor deterioro de la salud de los pacientes al llegar a los servicios médicos, dijeron a este semanario.

“Con la transmisión comunitaria se hace difícil el 100% de la detección temprana”, reconoció el lunes 3 de agosto el ministro de Salud, Daniel Salas, quien por eso llamó a  la población a acudir a los servicios de salud apenas noten algún síntoma relacionado con el COVID-19.

Lo dice más directo la enfermera Silvia Barrantes, funcionaria del hospital México: “Ahora se mueren más rápido. Llegan con más complicaciones a menudo por el servicio de emergencias, incluso entubados desde la ambulancia y esto es un reto para nosotros”.

Lo ve también la doctora Michelle Rudín en el Ceaco: “lo hablábamos hace poco entre los compañeros. Sentimos que están llegando con más síntomas y más avanzados. No sabemos si es porque las personas se tardan en acudir a la clínica o al hospital, pero es algo que hemos visto poco a poco”.

Con ella coincide Crishtna Ledezma, supervisora de enfermería en sala de operaciones del hospital México. “Llegan más complicados y tal vez con patologías que no sabían que tenían. No sé si es por temor al hospital o por miedo a ser discriminados que algunas personas prefieren no acudir pronto a diagnosticarse. Eso nos pone un reto mayor”.

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