Bioenriquecimiento de cultivos

Manipulación genética ante problemas de nutrición es un arma de doble filo

Alteración de cultivos para incorporar nutrientes podría perjudicar la biodiversidad y colocar en riesgo por contaminación a los cultivos tradicionales.

Es una línea de investigación y desarrollo relativamente nueva, sus defensores de manera entusiasta la ofrecen como una solución para los problemas de nutrición en países en vías de desarrollo; mientras que sus detractores la denuncian como una respuesta simplista y reduccionista a esa situación que, según advierten, más bien la puede empeorar y de paso reducir sensiblemente la biodiversidad.

Se trata de la biofortificación o bioenriquecimiento de cultivos. La Organización Mundial de la Salud (OMS) la define como el aumento de forma deliberada del contenido de micronutrientes esenciales, como vitaminas y minerales en un alimento, “a fin de mejorar su calidad nutricional y aportar un beneficio para la salud pública con un riesgo mínimo para la salud”.

La información actualizada al mes de abril en el sitio oficial apunta que ello se busca “mediante el fitomejoramiento convencional o el uso de biotecnología”.

Esa fuente detalla que esta práctica se diferencia del enriquecimiento convencional en que su objetivo es aumentar los niveles de nutrientes en los cultivos durante el crecimiento de las plantas, en lugar de hacerlo a través de medios manuales durante su procesamiento.

El hierro, betacaroteno y zinc son los nutrientes a los que se ha apuntado esta tecnología para ser aplicada principalmente en arroz, trigo o maíz, pero ya avanzan iniciativas con yuca o frijoles. Tal es el caso del llamado “arroz dorado”, una variedad alterada para que contenga betacaroteno, que es convertido por el cuerpo humano en vitamina A.

Hemos perdido una gran diversidad de productos alimenticios, la alimentación no solo tiene que ser balanceada, también histórica y antropológicamente significante”.

Francisco Herrera, nutricionista

Este tipo de cultivos se ofrecen como solución a lo que se llama el hambre oculta, padecida por poblaciones que tienen acceso a alimentos pero de muy bajo contenido nutricional. Los primeros fueron liberados en 2004.

Si bien esta tendencia no ha llegado a Costa Rica en la forma de cultivos introducidos, sí lo ha hecho a países cercanos como Nicaragua, Guatemala o Colombia. Cabe recordar que en el país sí se han liberado cultivos transgénicos, como maíz, piña o algodón.

Nutritivas patentes

“Queremos liderar el camino para poner comida más nutritiva en la mesa”, dijo en mayo Arun Baral, director de finanzas de Harvest Plus, iniciativa que impulsa a nivel global el desarrollo de esta tecnología.

Esa instancia a su vez forma parte de un consorcio internacional de quince laboratorios de investigación privados que originalmente se denominó Grupo Consultivo sobre Investigación Agrícola Internacional, pero que hoy solo se identifica con el acrónimo GCIAR.

Las declaraciones de Baral -expresadas durante un taller organizado en Nueva Delhi- fueron acordes con el objetivo de alcanzar a 20 millones de familias campesinas con alimentos biofortificados para 2020 y a 1.000 millones de personas para 2030, según el sitio web oficial.

El informe 2018 de gestión de la instancia privada señala que ese año liberaron 28 nuevas variedades de cultivos, como un maíz con zinc introducido en Colombia, Guatemala y Nicaragua. Con ello, desde el 2004 ya han difundido 211 variedades de cultivos genéticamente modificados en 30 países.

Sin embargo, los objetivos de la iniciativa parecen menos altruistas y más capitalistas si se toman en cuenta las declaraciones de la especialista en creación de demanda y desarrollo de negocios de Harvest Plus, Jenny Walton. El pasado 31 de mayo, a raíz de la publicación de un artículo científico, manifestó que liderarán la labor de “encontrar los incentivos que la industria alimenticia requiere, para llevar la biofortificación de ser una intervención en nutrición financiada con fondos públicos, a ser un valor agregado sustentable e impulsado comercialmente”.

Los principales donantes de Harvest Plus son el Gobierno del Reino Unido, la Fundación Bill & Melinda Gates, la iniciativa Feed the Future del Gobierno de Estados Unidos, la Comisión Europea y los donantes del programa de Agricultura para la Nutrición y la Salud, del CGIAR.

Por su parte, el CGIAR aduce ser la “mayor red global” de innovación en agricultura. Fue establecido en 1971 a partir del Instituto Internacional de Investigación en Arroz (IRRI) y el Centro Internacional para el Mejoramiento de Maíz y Trigo (CIMMYT), en cuya creación participó la Fundación Rockefeller y tuvo el apoyo del Banco Mundial, la FAO y el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD).

Según su informe financiero para 2017, ese año sus ingresos fueron de $840 millones; sin embargo, sus gastos en 2017 fueron de $865 millones. El resultado neto del sistema CGIAR en 2017 dejó un déficit de $16,7 millones. Cabe recordar que no se trata de una empresa privada en sí, sino del organismo que coordina trabajo de los 15 centros de investigación, que finalmente a través de Harvest Plus se busca llevar a la explotación comercial.

Entre los donantes expone una amplia lista de países de todos los continentes, y llama la atención las naciones africanas cuyas donaciones en muchos casos no alcanzan los $50.000. Australia, con $17,65 millones; India, con $19,81 millones; la Comisión Europea, con $20,01 millones; Alemania, con $30,3; y México, con $23,99 millones, figuran entre los gobiernos que hicieron las principales donaciones, aunque sus aportes palidecen ante el de Estados Unidos: $151,95 millones.

El informe de “activos intelectuales” detalla que ese año “no se reportaron solicitudes  o registros de protección sobre variedades de plantas”, pero que aún así se presentaron tres solicitudes de patentes provisionales y dos solicitudes de patentes no provisionales. La figura de la patente provisional mantiene su vigencia por 20 años, pero permite demorar la decisión y los costos relacionados con la presentación de una solicitud de patente normal.

El documento no especifica de qué productos se trató, pero apunta que los trámites fueron hechos por el Instituto Internacional de Investigación de Cultivos para los Trópicos Semiáridos (Icrisat), el IRRI y el Centro Internacional de la Papa (CIP).

El documento añade que, “a la fecha, las solicitudes de patentes de los centros CGIAR abarcan una serie de innovaciones que incluyen vacunas, métodos de plantación, métodos de entrecruzamiento y rasgos agronómicos”.

Ese informe añade que para los 15 laboratorios que lo componen, la estrategia de buscar patentes es “necesaria para crear incentivos para socios en mercados posteriores, para que inviertan los significativos fondos necesarios para desarrollar las tecnologías involucradas en productos o servicios comerciales y hacerlos disponibles para los agricultores”.

En la variedad está la salud

La ONG Grain, dedicada a apoyar a pequeños productores e impulsar sistemas alimentarios basados en la biodiversidad, publicó un informe sobre los cultivos biofortificados recién en junio y analizó el aporte que ha significado desde su introducción en el mundo en 2004. Ese documento se titula “¿Cultivos Biofortificados o Biodiversidad? La lucha por verdaderas soluciones para la malnutrición está en marcha”.

Encontró que “al enfatizar la dependencia en algunos cuantos cultivos comerciales, la biofortificación, en realidad, promueve una dieta pobre con baja diversidad nutricional”, ya que critican que el impulso de los laboratorios CGIAR se centra en tres nutrientes, mientras que el cuerpo humano requiere de unos 40.

También advierte que “si bien la primera oleada de cultivos biofortificados fue producida mediante fitomejoramiento convencional, la siguiente oleada usará la modificación genética”. De hecho, el informe apunta los casos de un arroz desarrollado en España, sobre el que pesan 36 patentes; así como la participación en el desarrollo de este tipo de cultivos de corporaciones multinacionales cuyo trabajo en especies transgénicas ya ha sido cuestionado, como Monsanto (ahora Bayer) o DuPont, hasta la PepsiCo. ha entrado en el negocio.

Víctor Jiménez, director del Instituto de Investigaciones Agrícolas (IIA) de la UCR, no se refirió en particular al uso de esta tecnología, pero  aseveró que “nosotros creemos en la mayor diversidad de cultivos y alimentos”.

Mencionó que si por ejemplo se quiere aumentar la ingesta de betacaroteno para generar vitamina A, se puede recurrir a iniciativas como una investigación que hace la Dra. Carolina Rojas en el Centro Nacional de Ciencia y Tecnología de Alimentos (CITA) de la UCR, que desarrolla la producción de harina de pejibaye, rico en ese nutriente. Es decir, que en lugar de crear productos con mayor contenido de unos pocos nutrientes, la población debiera tener acceso a la variedad de alimentos que puedan cubrir las necesidades nutricionales.

Jiménez llamó la atención a que la población mundial consume la mayor parte de calorías a través del maíz, trigo y arroz, “dependemos de esos tres cultivos”. Además, compartió datos de la FAO, según los cuales existen 250.000 variedades de plantas con potencial agrícola, pero se utilizan menos de 7.500.

Destacó además que solo doce especies vegetales proveen el 75% de la comida en el mundo y que más de la mitad de las calorías se obtienen de tres “mega cultivos”;  arroz, trigo y maíz. “Por lo tanto, para aumentar la seguridad alimentaria a largo plazo es necesario incluir especies adicionales de plantas en la dieta humana”, tomando en consideración el cambio climático.

El nutricionista Francisco Herrera, quien ha investigado temas de transgénicos e inocuidad alimentaria, se refirió a ejemplos como el “arroz dorado” y manifestó que “si uno no tiene conocimientos en nutrición puede pensar que es bueno, pero hay que ver con lupa”, pues “la alimentación no se puede supeditar a un solo alimento, tiene que ser algo diverso, un principio básico en nutrición es que a más cantidad de alimentos, más nutrientes”.

Afirmó que en el mundo, las empresas que producen cultivos transgénicos “le venden a las personas lo bueno, como el arroz dorado que tiene betacarotenos, el problema es que se dice desde hace más de 20 años que este arroz va a salvar al mundo del problema de déficit de vitamina A, pero el problema no es un déficit de vitamina A, el problema es mayor, hay un déficit de todo, de comida, de nutrientes, de calorías”.

Así, consideró que escoger el camino de la alteración genética para enriquecer ciertos cultivos es “una visión simplista de lo que es la nutrición” y que en el fondo es “como un caballo de Troya”, pues al recurrir a súper cultivos biofortificados “se renuncia al consumo de muchas cosas, hemos perdido una gran diversidad de productos alimenticios, la alimentación no solo tiene que ser balanceada, también histórica y antropológicamente significante, porque comer no es solo llenarse el estómago, sino que detrás hay un concepto social e histórico, un concepto de pertenencia, como sucede con el maíz y los tamales”.

Además, llamó la atención al conocido problema de la contaminación en el campo. Por las vías usuales de polinización los cultivos tradicionales se contaminan de las variedades transgénicas, con ello se reduce la cantidad de especies criollas y además las transnacionales exigen pago de patentes.

“La contaminación no se puede echar para atrás. Una vez que los genes entran al medio ambiente es imposible controlarlos, se expanden como un virus”, aseveró.

Ante la pregunta de si seguir ese camino a mediano o largo plazo podría llevar a todo el mundo a tener que pagar a Bayer y demás para producir comida, el especialista contestó: “exacto, el tema de transgénicos es amplio y escabroso”.


Manoseos genéticos

Tradicionalmente, la alteración genética de cultivos se ha hecho mediante el entrecruzamiento de plantas en el campo, con lo cual es la misma naturaleza de los organismos la que determina si tal entrecruzamiento es viable.

La transgénesis es una forma de manipulación genética que ha estado rodeada de polémica, pues consisten en el trabajo de laboratorio en el que, una vez que se mapea el genoma de los organismos, se toma el gen de una característica deseada en un organismo y se implanta en otro.

Por otro lado, la edición genética permite prácticamente el diseño de organismos en laboratorio. Esto se hace a partir de la tecnología CRISPR / Cas9. CRISPR es el acrónimo en inglés de repeticiones palindrómicas cortas agrupadas y regularmente interespaciadas, se trata de familias de secuencias de ADN en bacterias. Esas secuencias contienen a su vez porciones de ADN de virus que han atacado a las bacterias. Estos fragmentos son utilizados por la bacteria para detectar y destruir el ADN de nuevos ataques de virus similares.


Laboratorios de CGIAR y sus aliados en trabajan permanentemente en el desarrollo de nuevas variedades de cultivos para ser liberados en países en vías de desarrollo. (Grain).

 


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