En primera persona, exseminaristas hablan sobre su experienciaLos sacerdotes que no fueron: “El Seminario es un clóset con candado”

  • UNIVERSIDAD conversó con tres hombres que se sumaron a las filas de la Iglesia católica para formarse como curas, pero que en el camino se arrepintieron. Ellos hablan de homosexualidad, abusos y encubrimiento sistematizados.

 

¿Por qué resulta atractivo para tantos homosexuales el camino del sacerdocio? ¿Cómo se pasa de ser una persona con orientación sexual diversa a terminar abusando de menores y encubriendo a quienes realizan esas conductas?

Para responder a estas preguntas, UNIVERSIDAD intentó conversar con el rector del Seminario Nacional, Luis Arturo Chávez, sin embargo, la Iglesia declinó a responder estas consultas.

Este medio pudo conocer el testimonio de dos hombres homosexuales que encontraron en la escuela de sacerdotes la posibilidad de esconder su orientación sexual y camuflarse en una sociedad homófoba y conservadora. Otro exseminarista heterosexual contó su experiencia cuando cuestionó las acciones de la Iglesia con respecto a las víctimas de abuso sexual.

Abusos, encubrimientos y relaciones de poder se hicieron regla puertas adentro del Seminario, según relatan.

Esta nota es parte del reportaje: Escuela de sacerdotes arroja pistas sobre crisis de la Iglesia

Advertencia: Los siguientes relatos en primera persona corresponden a experiencias presenciadas por tres hombres que en algún punto de sus vidas aspiraron al sacerdocio y al final tomaron otro camino. No hay certeza de que sus historias sean representativas de una mayoría.

 

Mario Arturo Arias: “A la Iglesia católica le sirve que haya homofobia”

Cortesía de Mario Arturo Arias

“Imaginá que sos un chico de área rural y te das cuenta que hay algo mal en vos, que no es lo común. Entonces, escuchás en la Iglesia y en la sociedad en general discursos homofóbicos todos los domingos, todos los días. El Seminario se comienza a convertir en una opción muy llamativa. Pasas de ser el chico discriminado, que la gente se burla de vos porque sos un poco afeminado o porque no cumplís con el estereotipo de hombre heterosexual, a ser una persona alabada en su pueblo, escuchada, amada, querida e importante, un santo.

Para una persona homosexual es muy llamativo entrar al Seminario. ¿Qué pasa? Para muchos de los que están ahí el Seminario es la salvación de su vida. Si mezclás eso con el hecho religioso, el Seminario se convierte en la vida del chico. Ahora imaginá, vos estás ahí con ciento y resto de seminaristas. Cada seis meses te evalúan los formadores, entonces lo que digan los formadores va a determinar tu vida. Tanto así, que el hecho de que te expulsen del Seminario es un fracaso, es volver a ser nada. Imaginá la relación de poder de un formador hacia un muchacho. Es más grande que la relación entre un jefe y empleado, es una relación de poder sobre la conciencia, que afecta toda tu vida.

Inconscientemente fui uno de esos chicos. Para mí resultaba muy atractiva la opción del Seminario. No aceptaba mi homosexualidad, sabía que había algo mal y el Seminario se convirtió en un refugio. También había un factor religioso y rural. Yo soy de un pueblo llamado Carrillos Alto, en Poás.

Cuando un chico entra al Seminario y tiene miedo de enfrentar su homosexualidad en un mundo homofóbico, cuando él se hace cura, se convierte también en una persona homofóbica. No se tienen que dar cuenta que es gay. Entre más critique la homosexualidad, menos chance de que sospechen de él. Cuando él da esos discursos, probablemente haya otro chico en la Iglesia escuchando y entrará al seminario por el mismo motivo. Así se alimenta el sistema.

Me di cuenta de un caso de un sacerdote formador que mantenía relaciones con uno de los seminaristas, pero el seminarista empezó a presentar síntomas: recaídas permanentemente en crisis, desesperado. Yo lo confronté y el seminarista me contó sobre uno de los formadores. Esa noche fue como que me cayó un rayo.

Conforme el seminarista se va haciendo mayor, que lo echen o salir no es una opción. ¿Qué vas a hacer? El seminarista conforme avanza se va haciendo más dependiente de la Iglesia porque se le van cerrando puertas laborales o profesionales, por la edad. Todo lo que tiene son estudios en filosofía y teología. Eso le pasó a un chico. Por la misma situación él nunca denunció. Él siguió varios años y decidió salir en algún momento, no sé por qué.

Cuando el seminarista decidió contarle de los abusos a su director espiritual, el director le dijo -porque era amigo del padre formador- “no denuncies porque te pueden echar, es importante que no se haga un escándalo”. Ese director espiritual es hoy un obispo.

Yo sufrí un caso de acoso de un cura de San Ramón y a medio año salí de ahí. Fue inédito, creo que nadie nunca había dejado una parroquia botada. Lo denuncié y el obispo de ese momento seguro le echó una regañada y ya. Cuando me di cuenta de una noticia en CRhoy que vinculaba a ese cura con abusos sexuales a menores ya no me sorprendió en lo más mínimo. Quien acosa, abusa, y quien abusa una vez probablemente lo hace varias veces.

La homofobia de la Iglesia es un intento desesperado por ocultar su propia homosexualidad. Como cuando un adolescente es gay y habla mal de los gays para que sus amigos no se den cuenta que es gay. El Seminario es el punto donde todo esto se gesta.

Es muy difícil para alguien de afuera entender esto. Yo soy de un pueblo pequeño, de un lugar religioso. Es la homofobia en su estado más puro, lo que diga el cura es santa palabra.

Para un chico del Seminario y para muchos sacerdotes, la homosexualidad es un pecado como la pedofilia. Su formación en educación sexual es muy limitada. Si vos sos homosexual y no querés que la gente se dé cuenta y querés subir en la jerarquía eclesiástica y te das cuenta que tu amigo abusa de chicos y además, tu amigo sabe que sos homosexual, vos vas a proteger a tu amigo. No vaya a ser que tu amigo te delate, y si te delata se arruina tu carrera eclesiástica. Se encubren los casos de abuso sexual porque ellos tienen miedo a ser descubiertos. Tal vez no de abuso sexual, sino de homosexualismo, pero para ellos es lo mismo. Significa truncar su vida eclesiástica.

Aprendí mucho sobre la dinámica de la Iglesia, sobre el valor de la “prudencia” y que el objetivo principal es no dañar a la Iglesia, que es el refugio de la mayoría. . Entendí que estos no son casos aislados, es sistemático. Desde el Seminario lo que se enseña va gestando a futuros futuros curas que pueden a ser al mismo tiempo homosexuales, homófobos y en el peor de los casos, abusadores. Desde ahí se gesta la doble moral y también el encubrimiento de los abusadores. Eso se enseña y aprende en el Seminario. La heterosexualidad y el celibato son tan difíciles de cumplir que la estadía en el Seminario se convierte en ocho años de aprender a que no te descubran. ¿Cómo no me descubren? Siendo homófobo y encubriendo a otros para que me encubran a mí. Eso se aprende.

Salir de la Iglesia es como salir de una cárcel mental. El Seminario no es solo un clóset, es un clóset con candado. Vos sos un chico gay, entrás al Seminario para que la gente no se dé cuenta. Aprendés a ocultarlo y tener una doble vida. Vas avanzando y se van cerrando las posibilidades afuera, ya cuando te vas a ordenar todas las posibilidades se cerraron. Quedaste en un clóset donde no podés salir. No es un clóset voluntario, al inicio sí lo es, pero el Seminario te lo va cerrando por fuera”.

 


Michael Castro: “Ahora entiendo que fue un escape para mí”

Foto: Katya Alvarado

 

“Yo estuve en el Seminario el primer año que se lleva en La Garita de Alajuela, el curso introductorio. Fue en 2010, ya en 2011 pasé al Seminario en Paso Ancho. Ahí duré año y medio y luego decidí salir del Seminario.

Siempre, desde pequeño, he sabido que soy homosexual, pero en mí siempre ha habido una situación de rechazo a eso. Algo que me hacía pensar que eso no estaba bien. Nací en una familia católica muy conservadora. Yo era la mano derecha de mi mamá y ella estaba muy metida en la Iglesia, entonces jamás podía hacerla sentir fracasada. Crecí pensando eso por una situación personal, nadie me lo impuso. Ahora entiendo que eso fue un escape para mí.

Siento que muchos homosexuales entran al Seminario por un escape a enfrentar su realidad. Muchos, pero hay otros que adrede lo hacen, no sé por qué razón. No lo hacen pensando en escapar de la homosexualidad, lo hacen como un escape a enfrentar esa realidad con sus familias.

En el Seminario pueden encontrar lo que están buscando: ser santos para los ojos de los demás, pero por dentro estar haciendo otras cosas.

No puedo dar fe de una situación propia, con respecto a la homosexualidad nunca vi nada, no porque no supiera, sino que llevé un proceso muy recto. Acostumbraba a acostarme a las horas indicadas y a levantarme a las horas que me decían. No andaba por los pasillos viendo a ver.

Escuchaba que se mantenían relaciones sexuales entre seminaristas y también entre padres formadores y seminaristas. Yo salí porque acepté mi homosexualidad. Entré con una intención recta, pero sabiendo que era homosexual, sin querer afectarme. El mismo proceso me hizo entender que yo valía mucho y me hizo entender mi homosexualidad y decidí salir. No podía llevar las dos cosas.

El año antes de entrar uno hace un proceso que se llama núcleos o encuentros vocacionales en la diócesis que corresponde. En ese proceso hablé de mi homosexualidad y que había tenido encuentros sexuales con hombres en el pasado. Aún así permitieron mi ingreso al Seminario.

En encuentros vocaciones un compañero quiso propasarse conmigo. Yo denuncié la situación. Yo era como esas ovejitas calladas, yo permití que la situación quedara ahí. A mí me dijeron “usted tiene que tener el don de la paciencia y la tolerancia”. En todos los trabajos de grupo él estaba ahí. En ese tiempo era así.

Cuando salí del Seminario me di cuenta de varias cosas. Un compañero de Seminario me pasó fotos de un formador. Me dijo: “este es el formador tal y me está pasando fotos de él, seduciéndome”. Ese compañero andaba haciendo feo adentro. Hay un concepto popular en el seminario que es el seminarista “colchón en la espalda”. Son los que andan en las camas de todos los seminaristas. Ese concepto se conoce en el Seminario.

Estando dentro del Seminario un sacerdote manifestó que quería tener algo conmigo. Tuvo un acercamiento, él inició la situación como algo sexoso. Yo estaba en la casa cural porque tenía que hacer pastoral. Los seminaristas hacen algo que se llama pastoral todos los fines de semana. Les asignan un sacerdote y una parroquia. Ahí el padre decide qué funciones le asigna, si trabajar con monaguillos, con liturgia, etc. Ese proceso es los fines de semana.

Uno de los sacerdotes, que no era mi sacerdote encargado, sino otro que vivía en la casa cural, decidió sobrepasarse conmigo en la sala. Me dio un beso y caricias. De una vez lo quité y le dije que quería entender lo que estaba pasando. El sacerdote comenzó a hacerse la víctima, hablaba de “momentos de soledad” y que “su mamá estaba pasando tiempos difíciles” y que esa era la debilidad de él, que cuando se sentía así “eso le sucedía”. Le dije que eso no me parecía. A partir de ahí no lo volví a ver, él no era formador, pero sí llegaba a dar charlas. Yo decidí no denunciar. También conocí a otro sacerdote que en mi cara me dijo: “soy homosexual”, pero lleva una vida completamente adecuada al servicio sacerdotal. Es una gran persona. Me confió en esa situación.

Antes de entrar al Seminario sí había tenido prácticas homosexuales. Mi familia no sabía nada. Salí del clóset hasta que decidí salir del Seminario y aceptar mi homosexualidad. Yo lo entiendo un poco ahora.

En el tiempo que estuve en el Seminario descubrí familia que no conocía, encontré cariños que no conocía. Uno sale a la comunidad donde uno hace pastoral y todo mundo lo quiere. El afecto nunca falta. ¿Qué pasará si supieran que uno es homosexual?”

 

Gustavo Barrantes: “No se habla del abuso sexual, es como si no existiera”

Foto: Cortesía de Gustavo Barrantes

 

“Vengo de una familia católica, eso influye mucho. Una familia que toda la vida han sido practicantes, de ahí me fui creando esa idea de estar dentro de los movimientos religiosos como en la pastoral juvenil. Una cosa siempre lleva a la otra. Uno ve al sacerdote como la persona que ayuda a la comunidad. En ese ambiente católico surge naturalmente que uno quiera ser como esas personas.

Yo ingresé al Seminario en el 2002 y en el 2005 me salí. Cuando yo entré no me imaginaba cómo era el Seminario. Todo está muy organizado y hay un horario muy estricto que cumplir. A tal hora comer, a tal hora ir a clases, a tal hora ir a misa. Eso me ayudó a ser más organizado. Uno tiene que llevar un director espiritual. Se supone que es una persona que uno le tiene confianza, uno le tiene que contar todo. Uno le tiene que contar si esto es lo suyo, etc. A mí eso me costó mucho, no sabía quiénes eran ellos. Abrirse de buenas a primeras a mí me costó particularmente.

La gente se imagina que el Seminario es como una especie de cielo en la Tierra. Son personas muy comunes, algunas buenas, otras no tanto. Todo lo bueno y lo malo de una sociedad está representado ahí.

Yo personalmente nunca vi situaciones de homosexualidad. Con ese tabú tuve una experiencia. Un seminarista muy afeminado era motivo de bullying. No puedo decir que vi compañeros siendo pareja, asumo que hay. En lo particular, en mi experiencia del Seminario vi mucho bullying sobre el compañero.

De escuchar sí escuché. De la generación anterior mía siempre se habló que había unos seminaristas que se encerraban en un cuarto a la hora del deporte. Al fin y al cabo todo era mucho de chisme, yo no había visto nada. Se hablaba de seminaristas que todo mundo daba por sentado que eran homosexuales. Era mucho morbo. Nadie nunca me dijo “soy homosexual”.

Cuando yo ingresé el director del Seminario introductorio era Osvaldo Brenes. Óscar Fernández era el director del Seminario Mayor, luego lo nombraron obispo de Puntarenas. Yo no sé por qué los rectores del Seminario terminan siendo obispos.

Un compañero me contó de un sacerdote que se le pasó a la cama, que le quiso echar el cuento, era un sacerdote de la parroquia donde él trabajaba. Dijo que lo rechazó y el padre se puso a llorar. En esa época yo no escuché nada malo sobre formadores.

Algunas situaciones yo no las compartía en el Seminario. Eso de que es Dios el que lo escoge a uno. Hay un documento de la Iglesia católica sobre la formación del sacerdocio, pero enfocada en los seminaristas homosexuales. La postura de la Iglesia dice que una persona homosexual no puede ser sacerdote. Ya había visto que las cosas no son tan idealizadas como cuando uno está en la pastoral juvenil. ¿Qué tiene una persona homosexual que no tenga yo? ¿Por qué un homosexual no es apto para ser sacerdote como si fuera diferente a mí? Eso a mí no me gustó. Tanta vocación puede tener un homosexual o un heterosexual. El celibato es para los dos. O la Iglesia cree que un homosexual no puede aguantarse el celibato o es una visión negativa de la homosexualidad. Esto no está bien.

El mensaje de la Iglesia no es tan real, hay mucha mediación de los prejuicios que tiene la misma Iglesia. Ese fue mi impulso final, ya había otra situaciones: yo quería trabajar y tener novia. Yo dije, ¿por qué el no y yo sí?

El Seminario no hace a la persona homosexual. Es mera especulación mía. Con el homosexualismo nunca lo he pensado como un refugio, no veo que haya una correlación.Tampoco creo que el Seminario sea un potencializador de los abusos sexuales. Sí creo que el Seminario enseña a los seminaristas a callar y a ver a otro lado. Enseña muy puntualmente a los seminaristas a participar del silencio cómplice cuando se habla de abuso sexual.

El tema del abuso sexual de los curas es un tema tabú. No se habla de eso, es como si no existiera. Cuando el Seminario se enfoca en la sexualidad, se hace para resaltar el celibato. Cuando se toca la sexualidad del cura o de los seminaristas, se toca como si ellos fueran personas heterosexuales, que cuando rompe el celibato lo hace con una mujer. No se toca la homosexualidad de los curas ni el abuso sexual.

El abuso sexual solo se tocó una vez en cuatro años. En ese momento estaba el escándalo del padre Enrique Delgado con la complicidad de Ángel Sancasimiro. Osvaldo tocó el tema en una asamblea general diciendo que la Iglesia movió al cura a un centro de recuperación, todo enfocado en lo que la Iglesia hizo por el cura. No se habla en el Seminario ni en las parroquias. Todo mundo sabe que existe, pero no se aborda. Decían: “La Iglesia le pagó un psicólogo y lo tienen en una casa de retiro espiritual”. Una vez levanté la mano y dije que no me parece que la Iglesia enfatice en el cura y no hable de la familia de la víctima. Eso fue un escándalo.

El padre Osvaldo me dio un regaño público diciéndome que no sabía de lo que estaba hablando y que si no aportaba que no dijera nada. Que estaba opinando de algo que no conocía. Y evidentemente no conocía porque nunca nos hablaban de eso. Me regañaron frente a todo el Seminario. Terminó la asamblea y otro padre me regañó en privado, me dijo que no conozco cómo se maneja una Iglesia y que no estoy en una parroquia, que no cuestionara las políticas.

¿Qué enseña eso? No cuestione a la autoridad. Cállese y acepte que el enfoque está bien. Esas actitudes de mirar a otro lado y el silencio cómplice se aprende en el Seminario. Ese es un mensaje clarísimo.

Hay mucho prejuicio de la Iglesia diciendo que un homosexual no puede ser cura, a pesar de saber que hay muchos homosexuales. Ya el discurso de la elección de Dios no se sostiene. Comencé a estudiar y mi forma de pensar y ser cambió. Uno se da cuenta que las creencias que tuvo no eran así, que la actitud correcta no es seguir todo así.

No es lo mismo ser un seminarista homosexual o heterosexual. La Iglesia no la tiene contra mí, la tiene contra los homosexuales. Uno revisa el catecismo en torno a este tema y dice que es un desorden objetivo. Es una vivencia bastante diferente”.


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