Las respuestas al “por qué no denunciaron antes” y otras dudas sobre violencia sexual

Investigadora del CIEM responde a preguntas habituales sobre casos de agresiones sexuales.

La UCR ha intensificado su campaña en la Sede de Guanacaste para que las estudiantes denuncien formalmente los casos de acoso.

¿Por qué no denunciaron antes?, ¿por qué no se levantó y se fue?, ¿por qué dice que la violaron si ni siquiera hubo uso de la fuerza?, ¿si le introdujeron un dedo en la vagina sin consentimiento es abuso o violación?

Estas son algunas de las preguntas comunes que los usuarios de redes sociales hacen tras leer una publicación periodística en donde se denuncia un caso de violencia sexual.

Lejos de señalar culpabilidades, UNIVERSIDAD y La Voz de Guanacaste conversaron con Sylvia Mesa Peluffo, psicóloga e investigadora del Centro de Investigación de Estudios de la Mujer (CIEM) sobre los cuestionamientos básicos, la cultura de la exposición y los obstáculos que enfrentan las y los estudiantes de la UCR para interponer una denuncia.

¿Hay diferencias este año con respecto a la cantidad de denuncias?

— No puedo hablar de cantidad de denuncias. Sí puedo decir que hay una mayor visibilización del tema, pero esto no lleva necesariamente a que la gente denuncie. Es una generación que hacen carteles, pintan paredes, lo suben a Internet, pero eso no nos permite iniciar un procedimiento, necesitamos una denuncia formal. Eso da una falsa idea de justicia. Porque lo expuse, ya lo dejé en ridículo y va a tener una sanción moral, pero el cambio no se va a lograr. Es en el procedimiento formal donde vamos a conseguir sanciones.

¿Cómo responder a la pregunta de por qué la víctima no denunció antes?

— No denunció antes porque no pudo. Eso pasa con las víctimas de violencia sexual siempre (…) Muchas veces cuando la persona fue hostigada se siente tremendamente culpable. Hay una cosa cultural que dice que si la hostigaron es porque se lo buscó. La gran mayoría son mujeres. En esta sociedad cuando la mujer es hostigada se dice “mire cómo se vestía, mire cómo se pintaba, cómo se comportaba, tuvo muchos novios”. Se crea todo un ambiente en contra de la víctima. “¿Va a denunciar porque le dijeron un piropo, por una cosa con doble sentido o por qué le tocaron la nalga? ¡Es jugando!”

El ambiente no es propicio para la denuncia muchas veces. En lugares donde hay mucha discriminación contra las mujeres la exposición a la violencia es más grande y la posibilidad de denuncia es menor. Probablemente, es mucho más difícil denunciar en Guanacaste, donde hay una sociedad más machista que en San José.

Otras cosas que pasan es que los procedimientos legales son largos y victimizantes. Si yo denuncio que hoy me violaron probablemente ese caso llegue a juicio en cinco años. La prueba es dificilísima y un alto porcentaje de los casos se queda sin sanción. Nuestro sistema es muy garantista de los derechos de los acusados y no de las víctimas.

Una denunciante dijo que no hubo violencia física en su caso de violación. ¿Cómo entender la violación más allá de la idea de que debe haber uso de la fuerza?

— No existe una comprensión en la sociedad. Las excusas para los violadores son constantes. “Él creyó que ella quería”. No se comprende que hay distintas formas de decir que no más allá de las verbales. De repente una mujer puede decirle a un violador “no me toque, quítese”, pero quizás otra mujer más vulnerable no puede decir nada. Hay mujeres que le pegan al que le tocó, otras gritan y otras que no pueden hacer nada y se quedan quietas. Son distintas respuestas que tienen las personas, y sí pasa y eso no implica que hubo consentimiento.

Si ella se paraliza y él sigue, no hay respuesta. Está haciéndolo contra la voluntad de ella. No tiene una respuesta sexual de la persona, no hay excitación. Igual sigue, eso a mí me está diciendo que no hay consentimiento y que a ellos no les importa eso.

Una de las cosas que se están moviendo a nivel internacional es que el consentimiento para la relación sexual sea expreso. No al revés, que siempre está implícito que hay consentimiento. Hubo un caso en Italia que la corte dijo que no hubo violación porque la chica estaba usando jeans y que cómo se sacan unos jeans a la fuerza…

¿A qué obedece esto?

— No es solo el machismo, es un tema de manejo de poder. Algunos hombres piensan que las mujeres son objetos de su propiedad y pueden hacer lo que quieran con ellas. Es como el femicidio: el hombre que mata a su pareja porque le fue infiel o porque miró a otro hombre lo hace porque piensa que era de su propiedad y se le rebeló.

Hay relaciones de poder desiguales que se acrecientan en algunas circunstancias. No es lo mismo, la violencia que puede sufrir una mujer adulta, de clase media y profesional, con respecto a la violencia que puede sufrir una adolescente pobre, indígena, de zona marginada y sin acceso a servicios. Cuando se intersectan factores que vulnerabilizan a las mujeres es más fácil que ocurran situaciones de violencia.

¿Es incluso posible que una víctima no se dé cuenta en ese momento que está siendo violada sino unas horas después o semanas después?

— Hay situaciones donde las mujeres no saben qué fue lo que pasó. Es cada vez más frecuente. Se despiertan y están en la cama con una persona que no conocen, porque ingieren algo que les hizo perder la memoria.

También, hay que tener en cuenta que la violación es una agresión tan grave que los manuales de enfermedades psiquiátricas se le clasifica junto a haber estado en peligro de muerte. La violencia sexual es muy fuerte y produce un estrés postraumático. La persona se vio sometida a una experiencia que no podía manejar y en la cual temió por su integridad. Eso provoca un estrés muy grande que continúa después de la situación.

El estrés postraumático tiene el problema de que, si yo hablo de lo que pasó, se hace una realidad para mí. Cuando lo cuente lo voy a vivir con la misma carga emocional de lo que me pasó, y eso duele mucho. Por eso, muchas veces las personas no consiguen a hablar.

Si a eso le agregamos que en esta sociedad es posible que no le crean, y le agregamos que le van a echar la culpa a ella o que ella misma se la va a echar. “Si yo no hubiera salido con el señor no me hubiera pasado, si no me hubiera tomado un trago, no hubiera pasado”. Sí hay factores que empujan a que la gente no hable.

Hace unos meses el Semanario publicó un caso de mujeres que denunciaron a una figura pública. Una de las primeras cosas que la gente preguntaba era que por qué no hablaron. No hablaron porque no pudieron, no hubo la posibilidad de verbalizar lo que les pasó.

La denunciante, en el caso de violación, relata que, al inicio cuando le contaba su historia a sus amigos, nunca hablaba de lo que sucedió como una violación, lo comenzó a decir así con el tiempo. ¿Es común que esto suceda?

— Sí. Nuestra mente tiene mecanismos para defenderse. Uno de los mecanismos más primitivos y poderosos es la negación: yo niego lo que me pasó porque me duele demasiado. Reconocer que me violaron significa que fui utilizada por otra persona que no tuve la fortaleza para detenerlo.

La otra cosa es la dificultad para que las otras personas entiendan que lo que pasó fue una violencia. Hay estudios en las universidades de Estados Unidos, las fraternidades operan como mafias de delitos sexuales. Hay un porcentaje de más del 30% de estudiantes universitarios que dice que estarían dispuestos a tener relaciones sexuales con una mujer aún contra su voluntad. Cuando les preguntan si saben que eso es una violación, ellos dicen que no, que eso no es violación.

Fíjese que los límites para ponerle el nombre a las cosas no son tan sencillos a veces. Ni por parte de la víctima ni por parte del agresor. El agresor dice “bueno, ella se resistió, porque a las mujeres les gusta que las convenzan”.

Otro caso de una denunciante relata que el agresor le toca la rodilla y va subiendo la mano hasta la ingle. Ella dice que eso no es nada y que no tiene ningún peso legal. ¿Esos tocamientos en qué figura caben?

— Dependiendo de las condiciones, eso podría caber dentro de la figura de abuso sexual de persona mayor de edad. Habría que ver si los jueces interpretan que tocarle la pierna de esa forma es sexual, yo creo que sí. El problema es que la gente tiende a minimizar lo que pasa. Si lo minimizo, duele menos.

Haciendo práctica profesional hace muchos años, estaba atendiendo a una mujer y me dijo: ¿qué pasa si a una no la abusaron pero la tocaron? La gente identifica el abuso como la violación, no como tocamientos sexuales. La gente no sabe.

Esta chica se preguntaba “¿será que yo quise?” ¿Qué es lo que pasa en la cabeza de una persona para que alguien dude así?

— Sus modos habituales de enfrentar los problemas no funcionan. Eso se llama crisis. La crisis crea un momento de confusión y desestabilización emocional. Por eso pasan esas cosas. También pasan cosas con respecto a la culpa: “¿será que yo lo provoqué?”

Es lo que la sociedad nos dice, es muy contradictorio. Nos dicen desde niñas que tenemos que ser coquetas y resulta que después nos echan la culpa por haber sido coquetas. Es una sociedad que pone a las mujeres en una situación tan difícil que a a veces terminan confundidas sobre lo que quieren y lo que no quieren. Saben lo que pasó pero no tienen las herramientas para interpretar.

Si dicen, no me violó solo me introdujo el dedo en la vagina…

— Pues sí la violó, el tipo penal lo dice claramente. Pero la gente no sabe eso porque sigue pensando que una violación es una penetración con un pene en una vagina. Y hay otras posibilidades de conductas que están incluidas en el código penal como violación. Por eso es tan difícil que las personas entiendan lo que realmente pasó.

En muchos casos hay pruebas de que los profesores les escriben por redes sociales y les envían fotos inapropiadas, pero no dicen nada. ¿Qué les impide hacerlo?

— El miedo. Este señor es profesor, tiene prestigio, ¿quién me va a creer a mí frente a él? Si yo lo denuncio, luego los otros profesores se van a poner en mi contra y voy a tener problemas para terminar mi carrera. Si lo denuncio me voy a quedar sin trabajo porque él tiene mucha influencia en el miedo.

Si a mí me violaron, ¡qué vergüenza que a mí me pasó esto! La primera reacción es la vergüenza porque el sexo es vergonzoso. Juega un proceso largo en el que lo voy a denunciar y lo voy a ver. Él tiene derecho a estar ahí y lo voy a tener que oír su versión. Me van a hacer preguntas, me van a hacer repetir las cosas 20 veces para ver si me contradigo. Juega todo un sistema que no está a favor de las víctimas.

En el caso de la universidad, nosotras les damos una abogada y una psicóloga a las denunciantes para que las acompañen, pero esto se ve minimizado. Lo otro es que nos dicen “¿para qué voy a pasar por todo esto para que después les den ocho días de suspensión?”

La sanción es baja, se está reforman el reglamento, esperamos que sea mejor. Aún con este reglamento, si yo pongo una denuncia y le dan ocho días de suspensión a ese señor, quizás llegue mi amiga y lo denuncie también luego y esto dé pie a un despido. Es importante sentar un precedente. Yo le digo a las chicas: no piensen que fueron poco importantes esos ocho días. Esos ocho días nos permiten que si lo hace de nuevo, lo puedan despedir. Eso lo tenemos que tener en cuenta.

¿Hay procedimientos dentro de la universidad para sancionar a un profesor que acosa a una estudiante que dejó de ser alumna de él?

— Si él es profesor dentro de la universidad y ella estudiante no importa que haya sido profesor o no. Si él la invita a salir y ella le dice que no y él se aleja, no da para denunciar. Pero si él le hace una propuesta indecorosa, eso lo puede denunciar.

El reglamento establece un plazo de dos años para denunciar después del último hecho de acoso, pero fija una excepción en caso de que algo impidiera poner la denuncia en ese plazo…¿qué tanto se puede estirar ese argumento?

— Depende, si ella no se lo va a cruzar de nuevo en su carrera, no nos van a aceptar ese argumento.

¿Ni aunque sea un profesor con poder dentro de la universidad que pueda afectarlas más allá de un curso?

— Lo hemos tratado, pero no ha funcionado, es muy difícil. Las compañeras abogadas me dicen que eso tiene que estar muy bien fundamentado. Supongamos que en las sedes, el señor da el curso 1, 2 y 3. Si lo denuncio en el 1, después me toca en el 2. Nos podrían decir que si lo hubiera denunciado se le ponía un tutor para el otro curso. Tenés que comprobar que no había salida. No me basta que me digan que tenían miedo. No es tan fácil zafarnos de este plazo que puso el reglamento. Hay que modificarlo.

¿A cuánto tiempo?

— A cinco años. Nos da tiempo de que salgan de la U. En este caso se debería pensar en un plazo de al menos cinco años. Esto requiere reformas legales.

¿Cuál es el obstáculo más grande que tiene la universidad para luchar contra los casos de violencia sexual?

— La falta de denuncias formales. Lo dije antes, la cultura de poner cosas en Facebook no nos ayuda. Él va a seguir trabajando, va a seguir dando cursos. Necesitamos las denuncias, eso crea impunidad. Cuando hay impunidad estamos dando el mensaje de que está bien el abuso. Necesitamos las denuncias.

El mensaje debería ser “que vengan las denuncias”, pero ustedes también dicen: esto es lo que hay y no siempre le va a ayudar.

— El otro día vi un rótulo que decía que el debido proceso es una porquería. Y sí, porque es un proceso engorroso, veremos qué pasa con el nuevo reglamento. También hay problemas de recursos. ¿Qué pasa cuando una persona que está en Guanacaste o en Turrialba quiere denunciar? Nosotros no creemos en crear comisiones en cada sede, porque en las sedes hay una cultura de amiguismo. Pero sí creemos en mover gente a las sedes y tomar las audiencias allá.

El vaso medio lleno: este ha sido el año en donde las agresiones sexuales se ha puesto sobre la mesa de debate. Esto ha empoderado a muchas mujeres. ¿Hay un cambio en la cultura de la denuncia?

— Hay un aumento en la denuncia, pero no solo de este año, viene de antes. Cuanto más se habla del tema, más se denuncia. No sé si hay más gente que concrete la denuncia. Yo hice una investigación en 2012 con mujeres estudiantes de la Rodrigo Facio. Me salió que un 18% de las mujeres había experimentado hostigamiento sexual en la U. Eso es un montón, pero nunca hemos tenido una cantidad de denuncias acorde con ese montón.

La mayoría de casos son sobre comentarios, insinuaciones, etc. Ese tipo de hostigamiento que está muy naturalizado, ese que no nos damos cuenta del profesor que dice “a ver, la muchacha linda de atrás”. Otros dicen, ¿cómo denuncia al pobre señor por un piropo? Estos movimientos nos han permitido visibilizar qué es hostigamiento y esto ha permitido que otras chicas se den cuenta. También hemos logrado conseguir recursos que nunca habíamos conseguido.

Los recursos son limitados. La comisión institucional hasta ahora va a contar con un abogado para que apoye.

¿Ha cambiado tanto la sociedad para que en 2008 estas chicas dijeran que nadie les puso atención y ahora en 2019 se les preste mayor atención?

— El CIEM ha trabajado en hostigamiento sexual desde 1996. El primer reglamento de la U es desde 1997. Hubo un espacio siempre para escuchar a las mujeres, pero hay que entender lo limitado que es el recurso. Había un espacio.

Lo que sí creo es que los movimientos del MeToo y NiUnaMenos le han dado voz a muchas mujeres. Es importante que las mujeres no nos callemos. En Chile vi un video de unas chicas de colegio manifestándose contra la violencia sexual de una manera muy clara. Si alguien me tocaba a mí en la calle, yo no sabía qué hacer.

Nos falta todavía aceitar el mecanismo para que esa voz llegue a un proceso formal.


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