La Universidad-Empresa durante la pandemia

La universidad empresa se caracteriza por tener el lucro como fin último.

Las características de la Universidad-Empresa

Las transformaciones sufridas por la educación superior en América Latina desde los años ochenta han ido produciendo la separación del modelo latinoamericano que surgió de la Reforma de Córdoba de 1998. La universidad republicana que había sostenido las bases aristocráticas del modelo colonial fue desafiada en ese momento y, en el contexto del Estado desarrollista que surgió a partir de los años de 1930, se declaró libre, autónoma, capaz de autogobernarse y de estar en vínculo estrecho con la sociedad para, desde una base humanista, promover la emancipación. Si bien esos objetivos más o menos se mantienen en muchas universidades de la región, lo cierto es que, con el cambio hacia un modelo neoliberal de acumulación, el humanismo quedó desfasado en muchos países. El nuevo tipo de universidad, más acorde con las necesidades del mercado, es la universidad-empresa o corporativa, la cual se ha ido imponiendo a punta de crisis financieras, que han venido cuestionando cada vez más el financiamiento a las universidades públicas.

La universidad empresa se caracteriza por tener el lucro como fin último. Para ello, acorde con la inclusión de la educación como un servicio en el contexto de la Organización Mundial del Comercio, y sobre la base del gran desarrollo de las tecnologías de la información y los procesos de globalización, las instituciones de educación superior compiten en los mercados internacionales. La competencia es llevada así a todos los espacios y se rige por criterios establecidos en las universidades de los países más poderosos, con lo cual se reproducen relaciones neocoloniales entre el centro y las periferias.

Este sistema se impone a través de las pautas economicistas establecidas por organismos internacionales en asocio con gobiernos nacionales, redes de universidades y personas dentro de la academia que imponen la privatización, la mercantilización, la desregulación, la flexibilización y la gerencialización a través de cláusulas de financiamiento, capacitaciones, asesorías, recomendaciones y compromisos por financiamiento a través de mecanismos de evaluación y la medición por rankings.

Como resultado de estas medidas, en conjunto con ataques y recortes del financiamiento estatal en contextos de crisis financieras globales, encontramos universidades más necesitadas e interesadas en la venta de servicios, la generación de patentes y la competencia internacional a través de publicaciones. Así, las y los académicos se ven compelidos a moverse en este ámbito que les separa de las comunidades locales y nacionales y, en muchos casos, les aleja de la docencia, en tanto esta no produce réditos y reconocimiento dentro del mercado universitario.

Se produce así dos clases de docentes, aquellos que pueden dedicarse a la investigación por la cual pueden competir y obtener un mayor estatus, y aquellas personas que dedican sus jornadas al trabajo educativo. Entre este último personal, encontramos a una mayoría que, además, se encuentra vinculada a la universidad mediante contratos definidos por la precariedad y un control laboral excesivo.

La precariedad laboral es un medio en que la Universidad reduce costos de producción, de ahí que la universidad corporativa haya aumentado de manera impactante este sector que ya forma parte del precariado, junto con el personal terciarizado de los servicios llamados “no esenciales”, como los de limpieza y seguridad, cuyas condiciones laborales y salarios no se igualan a los que ostenta el personal contratado directamente por las instituciones de educación superior.

Esta es la Universidad que se enfrenta ahora a la pandemia. Una Universidad no preparada para el cuidado de la vida y que dista mucho de ser humanista, democrática o autónoma.

La Universidad de Costa Rica frente a la pandemia

Los primeros momentos de enfrentamiento a la pandemia en la UCR fueron sumamente confusos, con planteamientos contradictorios y hasta poco responsables por parte de autoridades que evidenciaron las pugnas existentes ya desde hace tiempo sobre el modelo de universidad que debe prevalecer.

Cuando las medidas en contra de la pandemia plantearon que las actividades académicas debían continuar mediante la virtualización, se extendió de un día para otro la jornada laboral, se aumentó el control sobre las y los trabajadores de la educación, se les trasladó los costos de producción y se les obligó a unir el plano laboral con el doméstico. Esto afecta especialmente a las mujeres, quienes ven aumentada y en un solo espacio-tiempo su triple jornada laboral. Esto sucedió al mismo tiempo que la Oficina de Divulgación de la Universidad de Costa Rica establecía en su propaganda que la virtualización es beneficiosa para la institución debido al ahorro en el gasto y mayor eficiencia en la gestión. Por otro lado, el personal docente con contrato temporal se ve amenazado frente a la posibilidad de perder el trabajo, y el personal terciarizado ante la posibilidad de que la universidad suspenda el contrato con la empresa para la cual trabaja, pero el 1 de mayo, Día de las y los Trabajadores, la Editorial de la UCR sacaba un mensaje alegórico de Jeff Bezos, multimillonario dueño de Amazon, que decía “trabaja duro, diviértete y haz historia”.

De la misma manera, al menos en la Universidad de Costa Rica, cuando es tiempo de regresar al trabajo presencial, este debe realizarlo el personal de limpieza, de seguridad y el personal administrativo, exponiéndose al contagio, en un espacio académico que, utilizando la necropolítica, decide a qué cuerpos expone a la enfermedad y a la muerte.

Cuando se trata del estudiantado empobrecido y rural, la universidad, que se ha declarado inclusiva y equitativa, cierra de un día para otro las residencias estudiantiles, obligando a las y los estudiantes a tomar autobuses para regresar a sus lugares de origen sin considerar el peligro del contagio, reduce el monto de las becas en ese preciso momento de emergencia aduciendo que dividió los pagos en quincenas, y excluye a quienes no tienen acceso a internet de calidad o a quienes no tienen condiciones económicas y psicosociales para asumir desde sus casas los cursos virtuales, especialmente porque, al habilitar el retiro de cursos lo hace a cambio de la reducción o eliminación de becas, ampliando la desigualdad entre estudiantes. Si bien se anunció que se iba a otorgar equipos y tarjetas Sim a estudiantes que así lo requirieran, así como a establecer convenios con el ICE para proveer el internet a estudiantes sin acceso al mismo, las soluciones se han producido lentamente y es hasta ahora que se están entregando tablets a estudiantes de zonas rurales que, si bien es un avance, no resuelve todavía problemas de conexión a internet para una gran parte del estudiantado.

Y es que la universidad que compite a nivel internacional, que aparece arriba en rankings internacionales, si bien colabora con su desarrollo científico a enfrentar el virus de diversas maneras muy encomiables, no parece tener la misma capacidad para atender desde los cuidados necesarios a sus propios docentes y estudiantes o a generar condiciones adecuadas al personal de apoyo, aumentando el desgaste y la tensión en un momento en donde más bien la estructura institucional debería ser fuente de protección y seguridad y, paradójicamente, en el Año de la Salud Mental.

Frente a un discurso omnipotente que lleva a exagerar las bondades de la virtualización y a descalificar las desigualdades que esta potencia, será necesario seguir luchando por una universidad realmente humanista, que retome los principios de democracia, autonomía, autogobierno y cercanía con la sociedad para una nueva transformación institucional.

 

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