José María Villalta: “El Gobierno debe recuperar el equilibrio”

  • El diputado del Frente Amplio habla desde su posición particular sobre el momento político complicado, el riesgo de ir a peor y los errores que ve en las distintas fuerzas, incluida la suya.

 

Cuesta ponerle pausa al diputado José María Villalta para hablar con una mirada más reposada. Su despacho es un taller permanente de documentos, mociones, consultas, casos de control político y el ritmo lo suele marcar, acelerado además por los acontecimientos políticos que parecen ir más rápido que nunca.

Sentado en su mesa de trabajo, encima de documentos y libros marcados, el único diputado de Frente Amplio acepta bajar la velocidad y mirar el momento desde su posición de “socialista democrático”, como se autodefine.

A sus 42 años y en su segundo mandato como diputado, habiendo sido además un candidato presidencial protagónico en 2014, dice que ha aprendido a pensar diferentes las cosas sin renunciar a las ideas de izquierda del FA.

Colocado en una posición particular, quizás más cercana que ningún otro diputado a las fuerzas sindicales, Villalta pinta un cuadro político complicado que no escatima en errores que están cometiendo casi todos los actores políticos, incluido su propio partido.

¿Cómo resume el momentum político?

— Es un momento complicado, muy convulso y confuso. No hemos terminado de salir de las secuelas de la crisis del bipartidismo tradicional quebrado por las tortas que se jalaron Liberación y la Unidad. La institucionalidad va mucho más atrás de ese cambio sociopolítico e igual la ciudadanía, que siente una gran confusión. No termina de nacer una alternativa que dé seguridad, que dé tranquilidad, que dé confianza a la ciudadanía.

¿Ese no era el PAC?

— Vivimos ya el segundo gobierno de un partido alternativo, que nace en ese contexto, un partido que nace con las promesas de romper con ese bipartidismo y que tiene sus aciertos y sus errores. La gente tal vez tenía expectativas muy grandes de los gobiernos del PAC que no se cuajaron, y entonces lo que uno ve es un malestar que brota en manifestaciones, y que corremos el peligro de que traduzca en discursos o salidas autoritarias o en pérdida de confianza en el sistema democrático como tal.

¿Algo que no es particular de Costa Rica?

— Por la mayor solidez de las instituciones democráticas, no se ha dado con la misma fuerza; pero uno ve algunos rasgos que son preocupantes en ese sentido.

Lo partidos tienen su responsabilidad.

— En los partidos lo que se ve es gran confusión. A mí sobre todo me preocupa el desdibujamiento ideológico. Hay muchos partidos que surgen y que no se ve a dónde quieren ir, uno no ve propuestas, son partidos ómnibus. Eso también en los partidos tradicionales; de pronto pueden adoptar cualquier tesis que antes era incompatible a los postulados de la socialdemocracia o de los socialcristianos. Entonces es un periodo de muchas confusión, donde no hemos terminado de adaptarnos a esa nueva realidad.

Cuando señala este desdibujamiento ideológico, ¿puede incluir ahí también al Frente Amplio?

— Bueno, me parece que el Frente Amplio es uno de los partidos más coherentes desde el punto de vista programático ideológico. Lo que pasa es que, claro, el Frente Amplio se construye con varias izquierdas y luchas que no habían sido tradicionalmente los temas de interés de la izquierda costarricense. Entonces personas que tal vez militaron en el viejo partido Vanguardia Popular o comunistas de hueso colorado podrían decir “es que el Frente Amplio es izquierda reformista, o una izquierda muy light”, pero esa es la naturaleza nuestra.

¿Sufrieron eso con el efecto de crecimiento de 2014?

— Sí, sufrimos en alguna medida las consecuencias de ese fenómeno. Tuvimos un crecimiento muy grande partir de lo que pasó en las elecciones del 2014, se acercó mucha gente que simpatizó con temas de nuestro ideario o con la campaña. Hay un problema serio en las agrupaciones políticas, de trabajo de formación política y entonces los partidos tienden a poner candidaturas o cuadros que ni siquiera conocen bien los principios de ese partido. Eso nos pasó en el 2014, incluso con algunas personas que elegimos como diputadas.

En estas circunstancias que pintó usted al principio y representando a un partido con una ubicación única en el marco actual, con afinidades mayores a sindicatos y otros grupos sociales, ¿cuál es la función que le corresponde ahora?

— Bueno, para el Frente Amplio hay un espacio muy grande y la tarea inmediata es reivindicar  que para las crisis que vive el país existe una alternativa desde la izquierda democrática y desde el socialismo democrático. Así fue concebido por José Merino, tiene que seguir haciendo esfuerzos por aglutinar a todos esos sectores de la población que están descontentos con las políticas económicas neoliberales, o que están descontentos con el rumbo que lleva el país y que no quieren desmantelar el Estado social de derecho ni recortar derechos a la ciudadanía.

Las válvulas

Eso era lo que se proponía desde el PAC, o al menos un sector de él.

— Lo que uno ve es el descontento que existe actualmente con el estatus quo y con el gobierno del PAC, que ha hecho un giro marcado a la derecha también. Ese descontento tiende a canalizarse a salidas por la derecha, como se vio con el crecimiento que tuvo Juan Diego Castro como una opción autoritaria o la salida hacia las fuerzas neopentecostales, pero me parece que por la izquierda, el Frente Amplio esta llamado a ser esa alternativa con el trabajo desde este Parlamento.

¿Sectores que no votaron por ustedes en 2018?

Bueno, es que casi nadie votó por nosotros, pero tenemos espacios abiertos múltiples sectores de la población que no ven una alternativa.

Usted dice que la salida, de alguna forma, la ha buscado la población por la derecha, pero en 2014 la buscó por la izquierda, a tal punto, de que estuvo cerca de un triunfo y sacó nueve diputados. Además, se supone que Luis Guillermo Solís representaba, de alguna manera, un poquito de izquierda. ¿No es difícil entender que ahora haya quienes busquen por otros lados?

— Es una lectura que… sí, mucho del apoyo a Fabricio Alvarado, sobre todo en las zonas rurales y costeras fue de gente que en el 2014 votó por el Frente Amplio. Buscan un partido que confronte el estatus quo y que no sea parte de la corrupción con la que hemos vivido en los últimas décadas.

¿Una apuesta a ciegas?

— Una apuesta por algo nuevo, ante la desesperación con lo que está, ante la desilusión y el abandono. Nosotros en el 2014, efectivamente generamos una ilusión en la ciudadanía, pero la ciudadanía al final escogió a Luis Guillermo Solis como la opción que planteaba una alternativa que se veía como más moderada, más a la segura. Ese gobierno no dio la talla por diversos factores, desilusionó a una parte importante de ese electorado y no creo que haya sido un gobierno desastroso. Hizo esfuerzos por ordenar el manejo clientelar de los programas sociales, por dar más acompañamiento al agro o por frenar ciertos procesos de privatización de instituciones… pero tuvo también tropiezos que al final terminaron marcando el período, como toda la crisis del “Cementazo”, y los escándalos de corrupción que debilitaron muchísimo al PAC.

La bancada del FA, con 9 diputados, convivió con ese gobierno.

— En ese contexto, la fracción legislativa que elegimos también falló, con personas que no se apegaron a los principios de partido, o que rápidamente rompieron con la fracción. No podría decirse que no se hizo nada, se logró la aprobación de leyes importantes, pero quedó una desazón en la ciudadanía que se reflejó en la votación del 2018.

José María Villalta afronta su segundo período como diputado. Ahora le importan menos las críticas, asegura. (Foto: Katya Alvarado)

La tentación en el desierto

En este contexto, ¿no cree que la exaltación de “valores cristianos” también viene desde la gente y no solo de partidos confesionales?

— El problema es que manipulan ese discurso políticamente, lo usan como bandera política, porque claro, yo comparto mucho de los valores cristianos, pero no la manipulación que de ellos se hace y menos la mescolanza que hacen los grupos neopentecostales, que aún se dicen cristianos. No creo que sean tan coherentes. Tal vez estarían dentro de los mercaderes que Jesús hubiera expulsado del templo.

Pero sí, ante la falta de una alternativa política progresista y democrática el descontento ciudadano termina jalando hacia vertientes autoritarias conservadoras, fundamentalmente, enemigas de los derechos humanos. Esa fue la coyuntura que se planteó en el 2018, por eso Carlos Alvarado es hoy el presidente. Y la principal crítica que le hacemos es que con sus acciones o con muchas de sus omisiones tal vez, está contribuyendo a alimentar ese monstruo contra el cual mucha gente le votó.

¿Cree usted que este movimiento es más fuerte ahora que en el 2018 o está mejor parado que en el 2018?

—Es difícil decirlo porque los partidos neopentecostales se han dividido y están seriamente cuestionados en su financiamiento de campaña. Sin embargo, esa balanza la terminan equilibrando los errores del gobierno del PAC, la ruptura que el PAC y Liberación están haciendo con amplios sectores de la población, con el sector del agro, con los educadores. La ruptura de puentes y espacios de diálogo está provocando que en algunas regiones del país, sectores sociales que no hubieran apoyado probablemente la alternativa de los partidos fundamentalistas, ahora los esté considerando como la opción electoral inmediata. Lo vamos a medir en las elecciones municipales. En algunas zonas rurales, a pesar de todos los conflictos que han tenido, los partidos neopentecostales están creciendo electoralmente de cara a las municipales y eso es, por supuesto, muy preocupante.

¿Cree usted que es tan poco crítico el electorado como para hacer estos cambios tan abruptos?

— Yo no podría decir que la gente es poco crítica, lo que puedo decir es que la gente fuera del GAM se siente absolutamente abandonada por los últimos gobiernos, y especialmente por el gobierno del PAC. Hay, obviamente, raíces conservadoras que hacen conexión con los partidos pentecostales, pero lo que sí está claro es que la mayoría de la gente no decide su voto por un análisis racional, sino por emociones o percepciones que están muy mediadas por la coyuntura. Como decíamos antes, está demostrado que en el 2018, sobre todo fuera de la GAM, la gente que votó por Fabricio Alvarado había votado por el Frente Amplio en el 2014 y, bueno, obviamente somos posiciones que están en las antípodas.

¿Todos los partidos del sistema lo están comprendiendo?

— No sé, pero las fuerzas políticas que creemos en los valores de la modernidad y que creemos en la democracia debemos entender que hay que establecer un diálogo con estos sectores, que hay que atender sus demandas, que las políticas de los últimos 30 años han incrementado la desigualdad social en Costa Rica de forma preocupante. Por eso yo no digo que no sea gente crítica, pero que ese descontento se puede canalizar para cualquier lado. Hay otras fuerzas que están buscando canalizar ese descontento utilizando armas muy efectivas, como por ejemplo la manipulación de los cultos.

Se pensó que eso se superaba con las elecciones del 2018.

— El que crea que con la derrota de Fabricio Alvarado esa batalla se ganó en el 2018, está totalmente equivocado. Ese conflicto sigue. Todos tenemos que ser autocrítica, por ejemplo, en los últimos días hemos estado en el Frente Amplio reflexionando mucho sobre la importancia de los valores de la laicidad pero también del ecumenismo. En gente de la GAM, de clase media de la GAM, es fácil confundir la defensa de la laicidad, completamente necesaria, con discursos que menosprecian las creencias religiosas de la gente y la espiritualidad de la gente.

¿No ha caído usted en ese menosprecio durante su carrera política? Se lo pregunto al José María Villalta de 42 años.

— Bueno, gente del FA sin duda ha caído en eso. Yo no recuerdo haber hecho una manifestación como menospreciando las creencias religiosas, en parte porque yo vengo de una historia personal donde la religión ha estado muy presente. Es una frontera débil entre la defensa de la laicidad en la política y el reconocimiento de la espiritualidad, del ecumenismo, del respeto a las distintas creencias religiosas, pero creo que hay que trabajarlo, porque no hay contradicción entre ser de izquierda y tener una espiritualidad o creencias religiosas. Incluso tuvimos diputados sacerdotes.

Sí, dos…

— Experiencia que no resultó ser la mas satisfactoria por otros motivos, pero esa aspiración de generar diálogo entre esas distintas visiones está en los orígenes de la fundación del Frente Amplio, aunque tal vez no siempre hemos mantenido ese camino.

Por ejemplo, usted ve el famoso vídeo presidente Carlos Alvarado con algunos dirigentes evangélicos orando… ¿Qué sentimiento le genera?

— Es un vídeo que me incomoda por las formas. Reconozco que hay motivación que es válida, porque un presidente debe tener diálogo con todos los sectores, pero no sé si será lo mejor que el Presidente como tal participe de un acto religioso.

Pero participa siempre en la misa católica del 1º de mayo, con los sectores trabajadores, con el arzobispo de San José.  ¿No será que uno está acostumbrado a lo católico nada más?

— Sí, es que creo que el camino no es nada más participar en los ritos, tiene que haber un diálogo franco. El problema de que el Presidente se someta a esos ritos, es que es el Presidente de todas las personas, de los creyentes y no creyentes y debería mantenerse la laicidad del cargo.

¿No es suficientemente ecuménico haber ido primero donde los obispos católicos (después de la salida del ministro de Educación) y después ir con los evangélicos?

— Tal vez es mejor opción que lo que hacían los presidentes antes, que relegaban a las otras creencias que no fueran la Iglesia Católica, pero creo que como sociedad democrática podrías encontrar otras formas donde claramente se respete la laicidad del cargo. O sea, yo en principio creo que los jerarcas políticos no deberían acudir a esos ritos, salvo que sea a título personal.

Usted pudo haber sido presidente de este país, o estuvo cerca, según alguna encuesta en febrero del 2014 que provocó muchos temores. ¿Ha pensado si un gobierno suyo hubiera quedado molido por el escenario político?

—Me gusta pensar que hubiera hecho mejor muchas cosas, pero otras… solo estando ahí. Lo que sí es cierto, después de esa experiencia del 2013-2014 -aunque no creo que estuviéramos tan cerca- es que todas mis reflexiones toman en cuenta eso. O sea, con más fuerza, me pregunto si yo hubiera actuado diferente. Después del partido de fútbol es muy fácil resolver las jugadas, pero sí: el haber tenido esa experiencia y haber estado relativamente cerca de ganar la Presidencia hace que hoy todas las evaluaciones que hago sobre gobierno traten de ponerse en los zapatos del gobierno o del gobernante del turno con mucha mas comprensión. Insisto, uno especula al decir que habría actuado de otra manera, pero habría que estar ahí.

¿Light o radical?

También desde un espacio se le critica que defendiera al magistrado Rueda o que se coloque del lado del sistema tradicional o de las élites, cuando más bien se dice que hay que romper con él.

— Lo que te puedo decir es que antes me preocupaban mucho más las críticas, y lo que la gente opinaba de mí. Yo recibo críticas por los dos lados. Hay sectores de la derecha de este país que consideran que soy algo así parecido a un demonio, que si tengo un poquito de poder voy a ser peor que Stalin o que voy a mandarlos a campos de concentración; y sectores de la izquierda más radical que consideran que soy demasiado moderado, que consideran que soy reformista, que no soy lo suficientemente radical en muchas posiciones… Lo que he aprendido es que si yo me detuviera a preocuparme demasiado por esas críticas, no haría nada, prácticamente me limitaría a proponer en el Plenario minutos de silencio.

Pero un político vive de empatizar con la mayor cantidad de gente posible.

—  Pero también aprendí en la campaña del 2013-2014 que uno puede pasar muy preocupado por su imagen y quedarle bien a la gente, pero es algo muy efímero. Entonces también uno aprende que si uno se preocupa demasiado por lo que dirá la gente, no hace nada, no contribuye a cambiar nada. Yo trato de mantenerme apegado a mis principios, yo siempre he sido un socialista democrático, no me estoy vistiendo con un ropaje que no es el mío. Incluso dentro del FA hay gente que es mucho más radical que yo, que he sido negociador, pragmático.

Desde de la barra de prensa parece que no importa qué diga una moción suya, igual el resto la votará negativamente. ¿Por qué es esto así, si usted dice ser negociador?

— Bueno… no todas me las votan negativamente, algunas las logramos aprobar. Hay una estadística que nadie lleva, la incidencia de otras fracciones en las leyes que se aprueban, verdad. Se evalúa el trabajo de los diputados por la cantidad de proyectos que presentan o la cantidad de proyectos de leyes que les aprueban, pero no se evalúa la cantidad de veces que un diputado logra incidir en un proyecto que no es suyo. Si esa estadística se llevara, creo que la conclusión que saldría es que somos la fracción que más logra incidir sobre los textos. Muchas propuestas nos las rechazan y a veces creo que tiene que ver con madurez política de otras fracciones, pero a menudo logramos incidir porque aprueban la moción o porque la retoman con su nombre y con otras firmas.

¿No teme consumirse en esa dinámica y que su papel se reduzca a dar los pellizcos que pueda en proyectos que de por sí se van a aprobar, como pasó en la reforma fiscal?

—  Ese no es nuestro único papel. La función del diputado en general, en oposición, es también hacer control político. Entonces yo lo que hago es recurrir a todas las herramientas, no me quedo callado nunca cuando hay que denunciar algo, somos vehementes en el control político; cuando hay que votar en contra, votamos en contra, pero aunque vayamos a votar en contra, nunca renunciamos a incidir en los proyectos de ley. El plan fiscal es un ejemplo, al final en el balance que hicimos llegamos a la conclusión de que era insatisfactorio desde el punto de vista de la justicia tributaria, había cosas donde estaba demasiado desequilibrada la balanza; sin embargo, somos la fracción que logró la aprobación de más mociones y que logró incidir más sobre el texto, aunque al final hubiera que alzar la voz en contra.

Ahora que hablamos de la reforma fiscal, ¿cómo se sintió usted votando junto a diputados cuyos argumentos, si es que se pueden llamar así, usted rechazaría por completo?

—  Lo del plan fiscal fue una situación límite, fue una situación extrema, por supuesto que sentí un cierto grado de incomodidad, pero yo tenía claro que las posturas que defendíamos son distintas. En algunos temas coincidíamos por el fondo y por la forma, pero en otros argumentos o posturas no. La otra cara de la moneda son diputados que votaron a favor el plan fiscal y que estaban igual de incómodos, muchos del PAC y de Liberación.

¿Usted pensaba que había un riesgo de caer al despeñadero, como decían algunos, si no se aprobaba la reforma fiscal?

—  Era necesario que aprobáramos una reforma fiscal, pero el Gobierno en el camino se acomodó a las presiones de los grupos de poder económico y cedió en cosas que no debía ceder. El margen era estrecho, sí, pero podíamos aprobar una reforma que no incrementara tanto la desigualdad.

En aquel momento, lo acusaban a usted de atizar y capitalizar el descontento de la gente.

—  No me gusta usar esa frase: “atizar el descontento”, porque de alguna manera menosprecia los motivos legítimos y profundos que tiene la gente para manifestarse. Creo que al líder político que apoya una reivindicación lo van acusar de eso, pero sí creo que hay gente que se ven en videos utilizando métodos o discursos que promueven la violencia, el odio, o la discriminación hacia ciertos sectores, como por ejemplo toda la gente que usa las reivindicaciones de la población LGTBI para degradar al gobierno.

Villalta afirma que habría deseado una reforma fiscal mucho más justa y que por eso votó en contra; sin embargo, afirma que no podría reprocharse el nivel de incidencia que tuvo el Frente Amplio para mejorar el resultado final del proyecto. (Foto: Katya Alvarado)

Las huelgas

¿Cómo sí puede ser una huelga?

—  Yo creo que la ciudadanía tiene derecho a la huelga. No creo que los bloqueos de poner llantas en la vía y dejar la calle bloqueada para que nadie pase, no creo que sea la forma de manifestación que deba promoverse, porque genera otras afectaciones a la ciudadanía. Creo que la huelga en los servicios públicos debe ejercerse de forma regulada, con mucha responsabilidad, creo en general que los sindicatos y las organizaciones sociales fallan en comunicarle al resto de su ciudadanía los motivos de su manifestación y cómo su lucha también tiene una relación con los intereses de esos sectores.

Viene fuerte esa discusión sobre las huelgas.

— Dentro del marco de la no violencia y dentro del marco de los límites de la Constitución y de lo que debe ser una sociedad democrática, yo voy a defender siempre el derecho de manifestación de la ciudadanía. Lo que creo también es que los que se manifiestan deben tener disposición al diálogo y a la negociación; así como hemos criticado la intransigencia con la que algunos diputados y el Gobierno durante la huelga del año pasado. Hubo un momento, aquí, en la Asamblea Legislativa, en el que estaban los dirigentes de las cámaras empresariales haciendo lobby, y los dirigentes de los sindicatos que estaban en huelga ni siquiera podían entrar al edificio legislativo. Eso lo hemos criticado, pero también le hemos hecho la crítica a los sindicatos, de que les faltó una lectura de la coyuntura y tener más capacidad de plantear propuestas alternativas viendo que el plan fiscal se iba aprobar.

Lo que dicen algunos grupos es que es necesario bloquear la calle porque si no nadie los oye.

—  Algo de cierto hay en eso. Yo desearía que los bloqueos no sean la forma de manifestación, pero es cierto que sectores de la ciudadanía y muchas veces de los más excluidos, ven en el bloqueo como la única forma de llamar la atención. Hay una incompatibilidad entre lo que dice la ley y la realidad social que vivimos en el país, y obviamente esa contradicción.

¿Ha visto usted una separación de esos grupos sindicales que siempre han sido tan cercanos al Frente Amplio? Usted les ha enviado algunas críticas

—  Amigos no son los aduladores, amigos son los que te hacen la crítica franca para poder corregirte, yo prefiero mil veces eso que la gente detrás nada más diciendo que todo está bien.

Equilibrismo

Volvamos al momento, ahora que se acaba de confirmar la salida de Rodolfo Piza. ¿Qué debe hacer el Gobierno para encarar este momento complicado?

— A mí me parece que el gobierno debe retomar espacios de diálogo con diversos sectores sociales y políticos que se perdieron durante la discusión de la reforma fiscal. Estas mesas de diálogo que anuncian no pueden ser únicamente una pantomima para reducir la conflictividad y frenar los bloqueos del momento, porque sino dentro de dos o tres meses vamos a estar en la misma situación. Me parece que el gobierno debe recuperar equilibrio en la política económica y poner mas énfasis en la política social. El gobierno del PAC tiene una seria deficiencia, y no sé si será porque tiene solo diputados de la GAM, pero tiene dificultad para entender la realidad de las zonas rurales, costeras, de las provincias periféricas, de las zonas fronterizas.

Pero hay una dura realidad fiscal.

—  Bueno, pero el Gobierno tendrá que hacer malabares para no ser rehén de las presiones austericidas. Hay una exigencia de contención del gasto, pero si esa regla fiscal se aplica a rajatabla o, peor aún, con una reforma constitucional que quieren meter, que es peor todavía, vamos a terminar igual haciendo lo que decían que no querían hacer cuando exaltaban la necesidad de la reforma fiscal. Y en momentos de casi recesión, en momentos de alto desempleo, se necesita la intervención del Estado, con inversión social e infraestructura. No se puede caer bajo la lógica recortista austericida de Rocío Aguilar (ministra de Hacienda) y sus acólitos, y el gobierno tiene que lograr ese equilibrio. El PAC supuestamente iba a ser un gobierno de unidad nacional, pero decidió entregarle al sector más neoliberal del PUSC el control de toda la política económica, y las visiones del PAC, que tal vez eran mas socialdemócratas, más de centro, han desaparecido de la discusión.

¿Tenía Piza algo que ver?

—  Se le atribuía eso a la figura de Rodolfo Piza. Uno esperaría que ahora que no está Rodolfo Piza, aparezcan visiones que hagan un equilibrio. Está claro que el Frente Amplio por ser un partido con una pequeña representación no puede hacer ese equilibrio, aunque no renunciamos a intentarlo. Pero entonces, uno preguntaría: “¿dónde está la gente del PAC?, ¿dónde están los no neoliberales de este gobierno?” El gobierno no puede seguir siendo rehén de los caprichos de Carlos Ricardo Benavides (presidente del Congreso); esa ley de las huelgas es un despropósito. Viene el gobierno saliendo de una huelga, y de un conflicto gravísimo el año pasado; uno hubiera pensado que ganó el gobierno con un plan que golpea duro el salario de los trabajadores públicos y que entonces empezaría a soltar tensiones y abrir espacios de diálogo,  recomponer, pero en ese momento viene Carlos Ricardo y les mete la ley de las huelgas. ¿Por qué el PAC acepta eso? Porque tiene miedo de que Carlos Ricardo se enoje y entonces no los ayude con la agenda legislativa. Pero así no se puede gobernar, eso es una falta de seriedad.

Usted conocía a Carlos Alvarado. ¿Cómo se explica esta falta de equilibrio que señala?

— No lo sé, tendría que estar en los zapatos de Carlos Alvarado. No sé cuáles son sus motivaciones, si es un asunto de personalidad, es una decisión consciente, si tiene que ver con sus limitaciones, que todos las tenemos. Tal vez con temores. No podría explicar por qué, pero claramente da la impresión de que el Presidente, o no quiere o no puede asumir ese liderazgo.

Estamos en un tercio de este gobierno, 32% del tiempo. Saquemos la bola de cristal, ¿qué va a pasar? En este gobierno.

— Me parece que en este momento, el gobierno está en un momento definitorio. La salida de Rodolfo Piza, abre una posibilidad de reacomodo en lo interno del gabinete que podría ayudar al equilibrio en lo social y en lo económico.

Se habla de Víctor Morales como ministro de la Presidencia, ¿será posible ese equilibrio con él?

— No lo sé, no sé cuál va a ser el estilo de gestión de Víctor Morales como ministro de la Presidencia. Tendría que contestarle esta pregunta dentro de unas cuantas semanas.  Lo que sí es cierto es que tiene que aparecer la gente del PAC. Carlos Alvarado cuando ganó decidió prescindir de mucha de la gente experimentada del PAC que ya había adquirido experiencia. No sé si fue por las denuncias del cementazo o por las peleas internas, pero entonces entró Carlos Alvarado tratando de poner cuadros nuevos o valerse de muchos cuadros de Liberación y la Unidad. Uno ve a la gente del PAC totalmente desdibujada, no alzan la voz y, si lo hacen, no logran que se les escuche y eso permite que los sectores más neoliberales del gobierno estén a sus anchas.

Y vendrá el 2022.

— Es que si no se hace un alto en el camino y no cambia lo que se está haciendo, o más bien se agudiza… podríamos estar viviendo lo que vivimos en el 2018, pero más fuerte.

Recuerdo cuando usted me reprochó el tono pesimista de la última entrevsta que se hizo a José Merino (2012), quien decía que ese era un momento fatal para hacer política. ¿Lo es ahora?

—  Es una pregunta difícil. Por lo menos en mi vida sí, porque hay en el contexto internacional un auge de las fuerzas de la antipolítica que simboliza Trump y las políticas que Trump impulsa. Sí son momentos muy complicados donde hay una gran desesperanza, pero para quienes creemos en la política sabemos que esta es absolutamente necesaria, indispensable, y que hay que reivindicarla como una actividad decente, noble, como una actividad de servicio, también es una oportunidad de marcar una diferencia. Eso se supone es lo que traen las crisis, también dan oportunidades.


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