Escuela de sacerdotes arroja pistas sobre la crisis de la Iglesia

  • Los obispos nacionales siguen la línea del Papa Francisco y anuncian medidas contra la pedofilia, aunque sin precisar dónde está su origen. Una posible respuesta está entre las paredes del Seminario, con prácticas encubiertas que recuerdan quienes ahí estudiaron.

 

La Iglesia Católica de Costa Rica aceptó que atraviesa una crisis por la divulgación -en los últimos meses- de casos de pedofilia protagonizados por sacerdotes, y reaccionó con una serie de medidas que esquivan identificar el origen de esos delitos. Pero, a la vez, enciende las luces sobre un factor que hasta ahora surge: lo que ocurre dentro de las paredes donde se forman los sacerdotes.

Se trata del Seminario, el centro donde se forman la amplia mayoría de los curas católicos. Es el escenario de años de preparación de los representantes de la Iglesia en todo el territorio e incluso de Jesús mismo, según la religión católica mayoritaria en Costa Rica y oficial para el Estado, de acuerdo con la Constitución Política.

En ese proceso los hombres profundizan en un pensamiento conservador doctrinal que limita la sexualidad humana a la procreación y conviven en un ambiente propicio para que hombres homosexuales escondan de la sociedad su orientación, a pesar del discurso público que reprime el sexo, la afectividad y los derechos de parejas del mismo sexo.

Además, se forjan relaciones de poder entre guías espirituales y formadores con los aspirantes a sacerdotes, que generan una dependencia para escalar hacia la ordenación sacerdotal o cargos mayores, y una cultura interna de encubrimiento al otro como mecanismo de defensa para no ser descubiertos en prácticas impropias.

También resulta relevante el estímulo del clericalismo, el concepto mencionado por el papa Francisco en relación a una supuesta superioridad moral de los sacerdotes, sobre todo en un país de identidad católica donde los curas se convierten en autoridades sociales en campos más allá de lo religioso. Esto hace que se les mire como figuras de poder que están por encima de las demás personas.

Estos elementos lo mencionan personas que convivieron por varios años en el Seminario y que desistieron de la carrera sacerdotal, así como altas fuentes eclesiásticas que aceptaron hablar con UNIVERSIDAD bajo condición de anonimato. Los voceros eclesiales prefieren evitar contestar preguntas para este reportaje.

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Estos elementos, advierten las fuentes, solo explican en parte la propensión de algunos clérigos a cometer abuso sexual contra menores de edad. El esclarecimiento total de estas prácticas, que no son exclusivas de los sacerdotes católicos, implican otros factores que están aún en el aire, pues tanto la Iglesia local como su cabeza en Roma han omitido señalar -al menos en público- los motivos de esas conductas.

La formación clerical aparece en el punto nueve del comunicado que divulgaron los obispos de la Conferencia Episcopal de Costa Rica con sus reacciones ante las “turbulencias” del momento provocadas por las denuncias de abusos sexuales, motivo de acusaciones ante el Ministerio Público contra al menos tres curas.

“Fortalecer la selección de candidatos al sacerdocio, cuidando aún más su formación humano-afectiva”, se lee en uno de los comunicados emitidos por los obispos en semanas recientes, en los que insisten en referirse a los casos de pedofilia como “errores”.

Foto: Katya Alvarado.

En medio, enumeran otras reacciones los obispos después de una encerrona de una semana, en la que analizaron el momento de la Iglesia local marcado por las denuncias de abusos sexuales y posibles casos de encubrimiento.

Además de decenas de denuncias canónicas, la Fiscalía investiga a los curas Mauricio Víquez (en fuga), Manuel Quesada (párroco de Santo Domingo) y Jorge Arturo Morales, quien fue detenido el jueves en la frontera cuando intentó escapar hacia Panamá. “Tenemos que reconocer que ocurre mucho, que no son casos aislados”, dijo un alto cargo de la Iglesia.

Los obispos publicaron el 18 de marzo un comunicado específico sobre el Seminario Nacional, en el que defienden el proceso de ocho años a cargo de 14 formadores, un “selecto elenco de psicólogos” y guías espirituales bajo el mando del rector Luis Arturo Chávez, con quien resultó imposible una entrevista para esta publicación.

Tres días antes, sin embargo, los obispos anunciaron que entre las propuestas para atacar la pedofilia en la Iglesia está un “reclutamiento seguro de clérigos, religiosos, empleados y voluntarios”.

También publicaron en sus redes sociales dos videos relacionados con la formación de seminaristas y el ambiente interno, aunque sin insinuar siquiera las prácticas que narran hombres que estudiaron allí y que reconocen como verosímiles algunos allegados de la cúpula eclesial.

Es común que las cabezas del Seminario lleguen a formar parte de la cúpula eclesiástica. El tesorero de la Conferencia Episcopal y obispo de Ciudad Quesada, José Manuel Garita, fue formador y rector del Seminario Nacional, mismo caso que el de Manuel Salazar, hoy obispo de Tilarán. El obispo de Cartago, Mario Quirós, fue director espiritual y formador; inclusive el arzobispo de San José y jefe de la Conferencia Episcopal, José Rafael Quirós, fue profesor en el Seminario.

Solo el año pasado unos 197 hombres iniciaron el curso lectivo en el Seminario, 151 de ellos en Paso Ancho y los restantes 46 en el introductorio, según datos de la Conferencia Episcopal. En general, uno de cada cuatro seminaristas logra llegar a ordenarse como sacerdote.


Homosexualidad e Iglesia

De la homosexualidad se habla poco en la Iglesia, aunque la cantidad de curas gays son mayoría, dicen varios de los seminaristas. “Eso sí lo tengo claro. Son muchos los homosexuales que hay ahí”, dice Michael Castro, quien estuvo durante año y medio en el Seminario de Paso Ancho.

Esta estimación también la menciona Frédéric Martel, un escritor francés que lanzó el libro Sodoma. Poder y escándalo en el Vaticano, el pasado 21 de febrero, mismo día que dio inicio la cumbre sobre pedofilia en Roma.

El escritor afirmó a varios medios de comunicación que para escribir este libro necesitó cuatro años, en donde entrevistó a unas 1.500 personas del entorno papal en 30 distintos países. Martel comentó que la homosexualidad dentro de la Iglesia católica no se explica en casos aislados, sino que se trata de un sistema integrado.

El caso costarricense es representativo, aseguran los seminaristas. “Los promotores vocacionales buscan gente con potencial para ser padres. Ellos saben que si se ponen muy estrictos con el tema de la homosexualidad se quedan sin sacerdotes; les da miedo el tema aún sabiendo que es lo que domina la Iglesia”, dijo Roberto (nombre ficticio), un exalumno del Seminario Ezequiel Moreno, en Pozos de Santa Ana, donde se forman sacerdotes de la orden de Agustinos recoletos.

Este abogado prefirió reservar su identidad y alega que entró al Seminario porque ahí encontró un lugar perfecto para esconder su homosexualidad y no tener que justificar su carencia de una pareja femenina o hijos. Afirma que los formadores no saben cómo abordar el asunto y que supo de algún caso de acercamientos sexuales a jóvenes mientras aprovechaban otros momentos para hablar contra su orientación de homosexuales.

“Es el escape perfecto para todos, para no enfrentar a su familia, para no enfrentar su realidad. A mí me lo preguntan y lo digo sin miedo. Yo entré a esconderme”, dijo.

La homofobia de la Iglesia explica muchas cosas para Mario Arturo Arias, un ingeniero en computación y activista por los derechos humanos que vio en el Seminario una oportunidad para refugiarse, según cuenta.

El exseminarista considera que la homofobia de la Iglesia católica obliga a muchos muchachos a acudir al Seminario, donde también se hacen homófobos y aprenden a encubrir los actos de sus similares. “Entre más critique la homosexualidad, menos chance de que sospechen de él. Cuando él da esos discursos, probablemente haya otro chico en la Iglesia escuchando y entrará al Seminario por el mismo motivo. Así se alimenta el sistema”, dijo.

Advierten que el factor de los abusos no es precisamente la homosexualidad, sino el manejo oculto de ella dentro de la Iglesia y la manera como se cruza con otras circunstancias, como el poder.

Relaciones de poder y silencio

Algunos de los exseminaristas señalan un alto grado de dependencia entre un aspirante a cura y un formador. De este último depende que el candidato avance en su carrera sacerdotal. Cada seis meses, los formadores tienen en sus manos el futuro de los seminaristas.

Arias explica que las relaciones de poder de este tipo son inclusive más fuertes que las de un jefe con un empleado, porque el formador tiene dominio sobre la consciencia del seminarista, conoce todos sus pecados y decide la continuidad o expulsión del aprendiz.

Conforme los seminaristas avanzan en su proceso de formación, cada vez más se cierran las oportunidades laborales en otros ámbitos.

¿Qué se aprende en el Seminario? Son ocho años de formación sacerdotal: tres en filosofía y cuatro en teología, con un año previo del curso introductorio. Un estudiante que abandone la carrera sacerdotal no tendrá mayores herramientas atractivas para el mercado laboral, lo que implica la creación de una dependencia del estudiante con el Seminario.

Eso propicia situaciones para que los formadores se aprovechan de los aprendices. “Tengo un amigo que al final se ordenó como sacerdote. A él, un formador le limitaba o condicionaba la estadía en el Seminario a cambio de que tuviera sexo con él”, dijo Roberto.

Otro de los exseminaristas señala que dentro se fomenta una cultura de “ver para el otro lado”. Se trata de Gustavo Barrantes, un hombre de 35 años que se enlistó para formarse como cura durante cuatro años, pero desistió del proceso.

Este vecino de San Ramón de Alajuela afirma que la homosexualidad y la sexualidad del sacerdote son temas que nunca se abordan y son considerados tabú. Recuerda que en una asamblea general levantó la mano y cuestionó por qué la Iglesia enfocaba su ayuda en los sacerdotes y no en las víctimas de abuso sexual.

Barrantes cuenta que recibió un regaño del padre Osvaldo Brenes, rector en esa época, en donde se le dijo que si “no aportaba nada positivo”, que no dijera nada. “Esas actitudes de mirar a otro lado y el silencio cómplice se aprenden en el Seminario”, comentó.


Fiscalía logró evitar que huyera un segundo sacerdote acusado de abusos

El sacerdote Jorge Arturo Morales Salazar fue detenido el jueves 21 de marzo tras intentar salir del país por la frontera sur. (Foto: Laura Rodríguez)

El Juzgado Penal del Primer Circuito de San José impuso tres meses de prisión preventiva al sacerdote Jorge Arturo Morales, capturado en la frontera de Paso Canoas mientras huía del país tras una denuncia en su contra por supuestos delitos de abuso sexual y tentativa de violación.

La Fiscalía solicitó una orden de captura internacional y alertó a las autoridades migratorias tan solo tres días después de recibir la denuncia penal de un estudiante universitario.

El Ministerio Público aceleró los tiempos de respuesta luego de que el cura Mauricio Víquez escapó del país el pasado 7 de enero, pese a tener una denuncia por el delito de violación de un menor de edad interpuesta desde octubre del año anterior.

Este medio consultó a la Fiscalía por la diferencia en los tiempos de respuesta a denuncias similares contra miembros de la Iglesia católica, en donde Víquez tuvo hasta tres meses con una denuncia penal en su contra y sin una sola medida cautelar para evitar su fuga.

“Responsabilidad del Ministerio Público. No hay más que de la persona que fue denunciada. No puedo mencionar más porque sería tocar asuntos que están en el expediente. Ya eso es exponer al público el expediente como tal, no se puede hacer en ningún caso y menos en un supuesto delito sexual contra un menor de edad”, dijo la fiscal general Emilia Navas.

UNIVERSIDAD dio a conocer la historia de Fabián Arguedas dos días antes de que este joven de 27 años interpusiera la denuncia ante el Poder Judicial. Las acciones las tomó luego de recibir el apoyo de su familia y de otras víctimas de abusos sexuales.

Arguedas afirma que interpuso la denuncia en 2011 y que los supuestos abusos se llevaron a cabo entre los 17 y 19 años de edad, en la Iglesia del Perpetuo Socorro (Sabana) y posteriormente en la Clínica Católica.

La Iglesia alega que esta versión es imprecisa y defiende que los supuestos hechos se dieron cuando el denunciante ya era mayor de edad.

La supuesta víctima relató a este medio que el sacerdote lo confesaba en su cuarto en la casa cural y le pedía que se descamisara e hiciera ejercicios físicos, como castigo para redimir los pecados.

“Le confesé que estaba teniendo más acercamientos con mi novia de ese momento. Cuando yo tenía sexo con ella me sentía culpable. Me decía que tenía que hacer 50 lagartijas por ese pecado. Las hacía y me decía que hiciera 50 más y sin camisa. Me volvía a preguntar por mis pecados, y me pegaba manazos en el pecho y la espalda. Eran manazos durísimos y yo pensaba que estaba siendo perdonado. Cada manazo para mí era equivalente al perdón de Dios”, dijo Arguedas.

Previo a su arresto, la Iglesia también aclaró que el proceso se llevó a cabo “tal y como debía hacerse” y que la resolución final estaba a punto de notificarse desde el Vaticano.

“El sacerdote no es cura párroco ni tiene ningún oficio parroquial. Tiene como medidas cautelares canónicas que solo pueda celebrar misa en una comunidad de hermanas religiosas contemplativas, no tiene contacto con menores ni con los fieles en general”, dijo la Arquidiócesis de San José en un comunicado.

Morales está recluido en la cárcel de San Sebastián en el módulo C2, junto a otros privados de libertad indiciados; es decir, que están en la cárcel de manera preventiva aún sin una sentencia de por medio.


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