El gobierno de Solís: de la primavera al otoño

Crónica del “cambio de época” en el primer Gobierno después de la era bipartidista. O de cómo se revientan las expectativas (incluso en dos ocasiones).

En la noche del 2 de abril del 2014, un mes antes del discurso que más se recuerda, Luis Guillermo Solís celebraba la ratificación de su triunfo electoral con un mensaje grandilocuente que subrayaba la contundencia de su triunfo con el voto de 1,3 millones de costarricenses, lo que marcaba “un cambio de época”.

El politólogo e historiador que ahora está a punto de acabar su mandato se presentaba como resultado de los electores que habían recuperado la ilusión y les prometía “hacer valer el cambio”, sin que estuviera tan claro qué cambio se demandaba desde las urnas.

Desde una tarima ubicada en la plaza Roosevelt, donde su entonces asesor en comunicación Carlos Alvarado celebraría cuatro años después su propio triunfo, Solís se ponía la vara lo más alta posible: “este Gobierno no tiene que ser bueno, sino excelente”.

Solís, el presidente que rompía más de medio siglo de bipartidismo del Partido Liberación Nacional y la Unidad Socialcristiana, alimentaba las ganas populares de sentir esperanza con la política en tiempos de desencanto.

Después, en la toma del poder del 8 de mayo del 2014, Solís diría que comenzaba “la primavera política que ha hecho florecer al país con ilusión” y lanzó también aquella frase que, como la figura de la “casa de cristal”, acabó siendo recordada más por sus críticos que por sus simpatizantes:

“Cuando me equivoque, corríjanme; cuando me pierda, búsquenme; cuando flaquee, denme fuerzas. Si no les escucho, reclámenlo; si les abandono (…) repúdienme”.

El “gobierno del cambio” comenzaba con una inflación de expectativas que pronto chocarían con la realidad y lo harían pronunciar antes de dos meses una de las frases por las que se recordará su gestión: “no es lo mismo verla venir que bailar con ella”.

Ahora, cuatro años después, los resultados permiten descartar que la administración Solís Rivera haya sido un desierto, pero tampoco fue la “primavera política” que predecía.

Solís acaba su mandato constitucional este martes 8 de mayo habiendo propiciado algo más parecido a un otoño, un paisaje menos colorido y más templado. Una época de transición o de madurez distinta del “cambio creador y fresco” con que prometía extinguir la decepción ciudadana atribuida a la “política tradicional”.

El Partido Acción Ciudadana (PAC), al borde de cumplir 18 años, se gradúa como un partido tradicional con reelección, después del triunfo de Carlos Alvarado el 1º de abril con una cantidad de votos casi idéntica a la del mandatario saliente. Los indicadores de popularidad de Solís están en negativo al cierre de su gobierno, pero no tanto como para evitar un nuevo mandato del PAC.

“El problema fueron las ilusiones”, dice un joven que trabajó con el PAC en 2014 y en parte del Gobierno, y que esta vez se limitó a votar. “Muchos estábamos muy esperanzados de que se iba a combatir la corrupción y así se iban a agilizar las cosas; de que vendrían más obras de infraestructura y hasta de que se iba reducir la inseguridad y solucionar el problema fiscal. Ahí es cuando uno dice que fue una decepción, pero claro de inmediato uno piensa qué haría si estuviera de nuevo en ese momento y, diay, sí volvería a votar por él, pero habría evitado ilusionarme tanto para no haberme decepcionado como lo hice”, asevera.

Ahora es evidente que Solís no pudo propiciar una reforma fiscal cuando quiso hacerlo; que las cifras de homicidios no solo no bajaron, sino que aumentaron y que los deseos de generación de empleo quedaron en el papel. La promesa de eliminar la pobreza extrema pecó de exceso de entusiasmo y nada avanzó el plan de reformas para agilizar  el Ministerio de Obras Públicas y Transportes (MOPT), incluido el cierre del Consejo Nacional de Vialidad (Conavi) “y sus hermanitas perversas”, como Solís había ofrecido en campaña.

Tampoco hay evidencia de que se haya materializado el proyecto de celebrar  “encuentros ciudadanos” para ayudar al Gobierno y muy pronto en 2014 se supo que era imposible reducir de golpe la tarifa eléctrica.

La disposición a suministrar libremente y sin obstáculos información pública en un inicio fue limitada y quedó en entredicho la eficacia de la simbólica corta de los arbustos que representaba una mayor posibilidad de vigilancia ciudadana.

La alta calificación popular que recibió Luis Guillermo Solís –según las encuestas del Centro de Investigación y Estudios Políticos (CIEP), de la Universidad de Costa Rica (UCR)– pronto empezó a caer desde una nota promedio superior a 7 hasta poco más de un 5 un año después.

“Empezó con un apoyo alto que puede entenderse casi como una continuación del respaldo electoral”, explica Ronald Alfaro, investigador del CIEP, antes de señalar que el apoyo vino por razones muy diversas y se hacía difícil satisfacer a distintos sectores.

Rodeado de sus amigos Melvin Jiménez (ministro de la Presidencia), Víctor Morales Zapata (diputado) y Mariano Figueres (jefe de la Dirección de Inteligencia y Seguridad, DIS), Luis Guillermo Solís comenzó un mandato abundante en símbolos, pero errático en la acción política.

No era como parecía

Después reconocería que las “horas vuelo” importaban y que poco a poco se iba sintiendo más cómodo en su silla de presidente, rodeada por el retrato de José María Castro Madriz (el fundador del estado republicano en 1848), el de Pepe Figueres (fundador del PLN) y otros adornos significativos, como un libro que le confeccionaron unos niños titulado con la palabra “primavera” en una portada rosada.

Sin embargo, los deseos de una “primavera política” toparon con los obstáculos que en buena medida se atribuyen a Melvin Jiménez, el obispo luterano que dio soporte a la campaña electoral y que debutaba como político en el puesto clave de articulador de un gobierno formado por muchos que también debutaban.

Autoridades y militantes del PAC veían con recelo el poder que Solís le daba a sus amigos Melvin Jiménez, Morales Zapata y Mariano Figueres; pronto se escucharon las críticas públicas de Ottón Solís, fundador del partido, diputado y portador de la bandera ética que el partido decía llevar en su esencia.

“El presidente tenía una imagen potente, pero se desgastaba al tener que responder por conflictos como el del propio ministro Melvin Jiménez (negociaciones políticas a cambio de puestos diplomáticos). Entonces no solo no respondía a la impaciencia ciudadana por ver resultados, obras o el cambio prometido, sino que también careció de una estrategia que le evitara estar tan expuesto”, recuerda Alfaro con el gráfico en mano sobre la calificación popular al mandatario.

Así acababa el primer año y Solís dilapidaba la ventaja que le pudo representar el alto apoyo electoral. El aumento del 19% en el Presupuesto de la República de 2015 había complacido a un sector, pero enojaba a otro. El presidente reconocía que el déficit llegaba casi al 6% del PIB, pero aseguraba que aún había margen para crecer en el gasto, que la administración Chinchilla no había dejado vacías las arcas.

Una maniobra del diputado Henry Mora como presidente del Congreso había permitido aprobar el Presupuesto del  2015, pero esto provocaba fracturas internas mayores en el PAC. “Se rompió el orden jurídico y el sentido común”, le decía su compañera diputada Epsy Campbell, representante del PAC original y actual vicepresidenta electa.

“¿Está gastando de manera irresponsable o está dando un viraje ideológico?”, le preguntaron a finales del 2014. Su respuesta fue relativa: “Queremos invertir en la gente, que es a final de cuentas lo que incomoda a la gente que nos acusa de no saber a dónde vamos, pero eso tiene que ver con el viraje hacia el Estado social de Derecho. Nunca hemos tenido miedo a un Estado benefactor y potente”.

Arrancando el 2015 dejaría el cargo de Ministro de Seguridad el abogado Celso Gamboa, una ficha que venía del Gobierno anterior y que funcionaba como interlocutor con fuerzas políticas y empresariales opositoras. Se iba al Poder Judicial y nadie imaginaría lo que pasaría tres años después con él y con la seguridad ciudadana; para ese momento era solo la pérdida de “un compañero leal y eficiente, uno de los funcionarios más distinguidos”.

Las fuerzas sindicales parecían satisfechas con el curso de las cosas y el Gobierno se ufanaba a mediados de 2015 de haber logrado “paz social”, mientras le buscaba la salida al proyecto de Reforma Social Laboral que, a fin de cuentas, logró poner de acuerdo a dirigentes gremiales y empresarios.

“El mayor avance legal en la protección de la población trabajadora desde la promulgación del Código de Trabajo en 1943”, decía el presidente cuando la firmó, en enero de 2016, aunque el apoyo popular al Gobierno mantenía la tendencia de caída.

Por entonces entró como ministra de Justicia la abogada Cecilia Sánchez y, con ella, un enfoque garantista e impopular sobre la población de las cárceles. Aunque el presidente Solís nunca lo planteó en su plan de gobierno ni en el Plan de Desarrollo, acuerpó ese enfoque con una frase de esas que acaban en boca de adversarios para criticarlo: “una golondrina no hace verano”, dijo para relativizar la posibilidad de que delinca alguien recién liberado bajo esas políticas inclusivas. En adelante, la palabra “golondrinas” fue una forma despectiva de referirse a los privados de libertad.

En ese momento, inicios de 2016, también renunció también uno de los jerarcas clave en el horizonte de las demandas populares: Carlos Segnini, ministro de Obras Públicas y Transportes y adversario del diputado Morales Zapata, el amigo del Presidente.

Vencido por las trabas del sistema y la dinámica política, Segnini se iba sin avanzar  en reformas prometidas en infraestructura ni en transporte público, ni en obras que resultaban simbólicas, como el puente sobre el río Virilla en la autopista General Cañas, que para ese momento seguía llamándose “la platina” y faltaba más de un año para que se inaugurara con el nombre de “ Puente Alfredo González Flores”.

Buena parte de los esfuerzos de ese año se dedicaron a la crisis migratoria por el paso de miles de haitianos y africanos que iban por tierra hacia Estados Unidos y quedaron estancados por el bloqueo en la frontera de Nicaragua. Meses atrás eran grupos de cubanos, unos 8.000, pero la mayoría logró salir por vía aérea. La gestión gubernamental de la crisis fue reconocida desde dentro y fuera del país, en contraste con la posición de Daniel Ortega en el norte.

El huracán Otto, en noviembre del 2016, marcó la gestión de Solís (al fondo) en lo malo y en lo bueno. Aunque cobró 10 vidas y dejó enormes destrozos, la respuesta de las autoridades y de ciudadanos dejó una buena impresión.

La caída y el huracán

Mientras las cifras de actividad económica y llegada de turistas seguían aumentando, los números fiscales seguían deteriorándose y Luis Guillermo Solís no pudo esperar a los dos años que había prometido para pedir nuevos impuestos. El 2016 comenzaba con una cruzada por recursos frescos, pues las mejoras en recaudación no bastaban.

Los impuestos, claro está, nunca son populares y la opinión popular llegaría a mínimos en el segundo semestre del 2016. Para peores, el ministro que destacaba por su buena imagen, el canciller Manuel González, tropezaba con el episodio llamado “affair Brasil”. Se trató del desplante que la delegación encabezada por Solís hizo al presidente Michel Temer en Naciones Unidas, al salirse de su discurso como manera de protesta por “actos preocupantes” del gobierno del “gigante” de Sudamérica.

La encuesta siguiente del CIEP mostraría el punto más bajo en la popularidad de Solís. La calificación popular era inferior a 5 en la escala 1-10.

Era noviembre de 2016 y ya chispeaban los fuegos electorales, y ni siquiera en el PAC apostaban por reelegirse en el poder en 2018. Carlos Alvarado seguía siendo ministro de Trabajo y la posibilidad de postularse por la Presidencia era solo un rumor que se materializaría dos meses después.

Pero, en la tercera semana de noviembre 2016 vino luego el peor y mejor momento del Gobierno: el huracán Otto, según dijo Solís en una entrevista con el periodista Cristian Cambronero. El peor porque por primera vez un huracán golpearía de lleno el territorio nacional. Una tragedia del clima que acabaría con la vida de diez personas y causaría graves destrozos en pueblos enteros.

El mejor porque la tragedia pudo ser peor, de no haberse activado protocolos de emergencia desde diversas instituciones bajo el mando personal del presidente Solís, quien hizo de comandante con su chaqueta verde de aviador. Además, después sobrevino una ola de solidaridad que mejoró el ánimo nacional.

En una entrevista con UNIVERSIDAD, posterior al huracán Otto, decía sentirse satisfecho por la gestión de la emergencia, aunque le costaba entender cómo la institucionalidad funcionaba bien ante las urgencias naturales, pero no para arreglar un puente, por ejemplo.

Afirmaba en ese momento que tenía cuatro metas para el 2017: impulsar obras de infraestructura, impulsar una reforma fiscal y fortalecer el programa Puente al Desarrollo que había dado ya buenos resultados desde 2016 al reducirla en dos puntos.

El cuarto objetivo se decía fácil entonces: “terminar el Gobierno sin escándalos de corrupción”. El “cementazo” estaba aún en ciernes.

Lo urgente resultó ser más importante en la opinión popular y Luis Guillermo Solís revirtió la tendencia en el comienzo del 2017, a pesar de que los problemas seguían ahí y de medidas impopulares en alzas en las cotizaciones a la Caja del Seguro Social (CCSS) que acabaron poco después con la salida de su presidenta, Rocío Sáenz.

Vendría mayo y Luis Guillermo Solís inauguraría orgulloso el puente sobre el río Virilla en la General Cañas bajo el lema “no arreglamos una platina; construimos un puente nuevo”, después de 10 años de tropiezos. La obra, de bajo impacto en el contexto de la deteriorada red vial, pero simbólica de los problemas en infraestructura, mejoró la imagen del mandatario, pues además intervino también el puente “Yolanda Oreamuno” que comunica La Uruca con Heredia.

Luis Guillermo Solís entraba a su último año como mandatario con una imagen popular favorable, una calificación de 7 en la escala 1-10, según la encuesta de julio 2017. Casi igualaba la nota de arranque del Gobierno y, por primera vez, superaba como figura política al expresidente Óscar Arias, aunque persistía la preocupación ciudadana por el desempleo y la inseguridad.

Para entonces Carlos Alvarado ganó la convención interna del PAC y prometió ser “la carta de continuidad del cambio” de Luis Guillermo Solís.

Otros partidos se preparaban para entrar en la campaña electoral, pero brotaba ya el escándalo del “cementazo” que caería como una los –precisamente de concreto– sobre la imagen del Gobierno, de Luis Guillermo Solís, de la banca pública, del Poder Judicial, de los partidos políticos…

La segunda caída

La prensa destapó el negocio irregular de importación de cemento que giraba alrededor de la figura de Juan Carlos Bolaños, empresario que parecía tener entrada libre a la Presidencia o a altos funcionarios del Gobierno. Luis Guillermo Solís empezó rechazando la existencia de cualquier anomalía y atribuyendo todo a una simple batalla por el mercado del cemento, pero la historia se iba a complicar mucho más.

El presidente endureció su posición y el 24 de agosto lanzó otra de las frases memorables de su gobierno. Decía que todo era un plan para atacar a la imagen de un gobierno y que conocía a los autores de esa supuesta campaña.

“Los tengo identificados”, dijo con gesto de ira en un acto rodeado de su gabinete y escoltado por su amigo de vida, Mariano Figueres, uno de los mencionados en los cuestionamientos.

El caso guardaba aún muchas sorpresas y Solís acabaría compareciendo ante la comisión de diputados que investigó el cementazo y agregó datos nuevos sobre la trama que ahora tiene en prisión preventiva al empresario Bolaños y al exgerente del Banco de Costa Rica (BCR), Mario Barrenechea.

Tanto Mariano Figueres como Morales Zapata debieron comparecer también y sobre este último hay abierta ahora una investigación penal.

El caso provocó la salida del fiscal general Jorge Chavarría y del magistrado Celso Gamboa, el primer juez de la suprema corte revocado por un caso de corrupción.

El escándalo del cemento chino golpeó los tres poderes de la República y a casi todos los partidos políticos, aunque la investigación judicial sigue su curso bajo el mando de la nueva Fiscal General Emilia Navas.

La campaña electoral fogosa y cambiante quitó los focos a Luis Guillermo Solís y los colocó sobre los candidatos.

Las encuestas las encabezaron Antonio Álvarez, quien representaba un regreso a lo tradicional; Juan Diego Castro, como portavoz del discurso antipolítico y autoritario, y Fabricio Alvarado con su lema de “manos limpias” y defensor de los valores cristianos que, decía, este Gobierno había atacado.

El nombre de Luis Guillermo Solís solo aparecía en la campaña en boca de los adversarios de Carlos Alvarado, quien no renegó de él, pero tampoco lo defendió como en Zapote hubieran esperado.

Carlos Alvarado logró triunfar a pesar de su rótulo de oficialista y en un momento en que la imagen del gobierno de Solís caía, aunque menor que la de Laura Chinchilla en su epílogo.

La calificación popular sobre el presidente Solís Rivera no es la peor de su mandato, pero vuelve a los rangos de finales del 2015, cuando estaba desinflada la burbuja de expectativas.

Si el huracán Otto lo elevó, la tormenta del “cementazo” lo tumbó de nuevo.

“Uno ve el gráfico y puede concluir que este es un gobierno que enseña mucho al PAC como quizás ocurrió en 1990-1994 al presidente Calderón en un contexto diferente. Tuvo una larga curva de aprendizaje y quizás pusieron el umbral muy alto”, explica el politólogo del CIEP Ronald Alfaro después de haber monitoreado la imagen del gobierno.

¿Echando a perder se aprende? “Lo que no aprovechó fue el impulso político inicial, pero tampoco podemos decir que el país se hundió. Las cifras y la percepción popular muestran cosas variadas y hay un dato importante: el triunfo del candidato oficialista, a pesar de múltiples circunstancias”, añade.

El informe de labores de Luis Guillermo Solís será este miércoles 2 de mayo. Seguro incluirá como logros las negociaciones colectivas que antes no se hacían, la escasez de protestas sociales, la reducción de la pobreza y la inflación baja.

Podrá incluir también las políticas inclusivas, en especial con la población LGTB que desde 2014 celebró ver su bandera multicolor izada en la Presidencia, a un costo político alto en una sociedad de mayoría conservadora.

Además, incluirá las cifras de actividad económica superiores al promedio de Latinoamérica, la atracción de turistas y la inauguración reciente del Centro de Convenciones planteado desde gobiernos anteriores.

Quizás minimice la molestia de sectores ambientalistas, las cifras incrementadas de violencia e inseguridad y señale como tarea (una vez más) la urgencia de solución al déficit fiscal más alto en casi 40 años, porque en el 2014-2018 no se pudo.

Probablemente no hable con euforia sobre “la primavera política que ha hecho al país florecer con ilusión”, de que le repudien si algo falla o de que el Gobierno no debe ser bueno, sino excelente.

Tal vez su discurso tenga los ánimos apaciguados del otoño, puntos medios entre la frescura primavera o el frío del invierno. Puede ser que, atendiendo su gusto por lírica, hasta hable algo sobre la melancolía.

Con sus 60 años recién cumplidos (25 de abril) el académico Luis Guillermo Solís hablará a los nuevos diputados para terminar lo que seguro ha sido el mayor aprendizaje para sí mismo y para muchos más, incluido Carlos Alvarado, su sucesor.

Ojalá.

 


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