El amor en medio del martirio

Mi nombre es José Muñoz*, tengo 48 años de edad, soy electricista y para mí es muy difícil lo que voy a_contar_porque_voy_hablar_de mi esposa: Ana.

La voz de José suena apagada, quebradiza; segundos después de que comienza a hablar, algunas lágrimas se deslizaran por su mejilla. Es un hombre de alto, de contextura gruesa, cabello blanco, piel morena y ojos claros. La noche que conversé con él, en una cafetería de la UCR, se sentía muy nostálgico al recordar al amor de su vida.

Ella, cuando despertaba por la mañana, lo primero que hacía era chorrear café. Le encantaba tomarse una taza de café bien fuerte antes de empezar el día. Luego se iba a regar el jardín; ella insistió siempre en regarlo, aunque fuera ya un jardín moribundo.

Ana era hermosa, alta, delgada, de ojos claros y cabello negro. Con solo 26 años de edad, era una chica llena de sueños y entregada a su familia.

El 29 de marzo de 1999, Ana perdió su brazo derecho a causa de un tumor maligno conocido como sarcoma de Ewing. A partir de ese día, nuestra familia se unió mucho más, pero mi corazón dejó de latir. Ana siempre repetía en voz alta: “Yo no le pregunto a Dios por qué me pasa esto, sino ¿para qué?”. Con el tiempo, los dos pudimos respondernos.

Después de la amputación, ella se llenó de fuerzas. Lo que no le gustaba y le dolía era cuando se le quedaban viendo extraño en la calle por la falta de su brazo.

El sarcoma de Ewing es un tumor maligno que se forma a partir de cierta clase de célula ósea o del tejido blando. Se presenta en cualquier momento de la niñez y comienzos de la edad adulta, y afecta principalmente a los adolescentes y jóvenes. Además, puede encontrarse en los huesos de las piernas, los brazos, los pies, las manos, el pecho, la pelvis, la columna, el cráneo o en el abdomen.

Un año después de la amputación, y luego de pasar un proceso de quimioterapia bastante fuerte, Ana aprendió a manejar el carro, hacía los mandados de la casa sola y, para sorpresa de todos, el 16 de junio del 2003 quedó embarazada. Tenía entonces 30 años.

Ese día nos enteramos que seríamos papás de una princesa: Daniela. Debo de confesar que, al principio, yo tenía mucho miedo y pensaba en cómo haría Ana para cuidar a una bebé, si le faltaba su brazo derecho; pero, desde el primer momento en que nació Daniela, la conexión entre madre e hija fue especial y las cosas se resolvieron bien.

Danielita, antes de nacer, recibió estimulación prenatal: nosotros le hablábamos desde la panza y le decíamos que mamá no tenía el brazo derecho, pero que la amábamos y que necesitábamos que se adaptara a la situación.

Cuando Dani llegó, recuerdo que yo tenía mucho miedo. Pedí vacaciones en el trabajo para estar los primeros días en la casa con ellas. En el primer baño de bebé, Ana no me dejó que la ayudara. Ella le hablaba a Dani y le decía: “Me tenés que ayudar”.

Dani la ayudaba cuando mamaba. Ana sostenía la bebé con el brazo que tenía y Dani se sostenía de la blusa de su madre; eran una unión de amor e instinto.

José aún recuerda el día en que Ana se le acercó muy preocupada y le comentó acerca de una masa extraña que le había salido en uno de sus brazos. Era como un bulto debajo de la piel, pero ella no sentía ningún dolor.

Fuimos a la Clínica Jiménez Núñez, en Guadalupe. En la consulta el doctor le dijo que ese bulto extraño en su brazo era muy común en las señoras amas de casa.

—Eso se hace por planchar ropa y después meter las manos en agua fría.

Nunca había oído un comentario así de un doctor; me parece estar escuchando los mitos de mi abuelita. Lo que Ana tenía en ese momento no era por planchar ropa y luego meter las manos en agua fría, era Ewing, un tumor maligno que se estaba formando en su brazo derecho.

Menos mal que decidieron ir en busca de otro diagnóstico más acertado a la delicada situación que estaban pasando.

Con el pasar de los meses fue perdiendo la movilidad en dos dedos de esa mano. Nos alarmamos y fuimos a que le realizaran exámenes.

Decidimos esta vez ir al Hospital San Juan de Dios. Después de examinarla, me informaron que le realizarían una biopsia inmediatamente para extraer una parte de la masa, una muestra de tejido. Pero la cara del doctor me decía que algo malo estaba pasando.

Mi esposa, asustada, se fue al baño y cuando volvió sus ojos estaban hinchados. No le dije nada. Solo la tomé de la mano, la abracé muy fuerte y le dije: “Todo saldrá bien”.

En esa consulta con el especialista se descubrió el fatídico diagnóstico: Ana tenía un tumor y, según todos los facultativos, era necesaria amputar su brazo. Incluso así aseguraban que el cáncer podía expandirse.

El Sarcoma de Ewing, es un cáncer complejo y poco frecuente que engloba a más de 50 tipos de tumores diferentes, los que pueden presentarse en cualquier parte del cuerpo y, en muchas ocasiones, no son palpables.

Una década después  se su diagnostico inicial, en febrero del 2008, Ana empezó con problemas respiratorios; los exámenes mostraron que el cáncer había vuelto  y que esta vez se ubicaba en el pulmón derecho.

Ana se sometió a una operación de tórax. Le extrajeron medio pulmón y le ordenaron quimio y radioterapia.

El cáncer en la actualidad es la segunda causa de muerte en Costa Rica. Según datos del Instituto Nacional de Estadísticas y Censos (INEC), actualmente mueren 8 personas por día.

Durante el proceso de quimio , conoció a una señora a la que también le habían amputado el brazo derecho. Ana le preguntó si dependia de alguien para hacer sus cosas. Ella le respondió que sí. Al día siguiente, llegamos a la quimio con una bolsa de verduras y dos cuchillos. En medio del salón, Ana le enseñó a esta a pelar verduras con un solo brazo y también a amarrarse los cordones de los zapatos.

Mientras recibía el tratamiento, ponía una tabla de picar entre sus  piernas, sacaba una papa y un cuchillo y -con mucha fuerza- cortaba la papa en dos partes; luego apartaba a un lado la mitad y se dejaba la otra mitad en la tabla; le hacía un cortecito encima a la papa para que se pudiera meter el cuchillo y luego xon una destreza asombrosa comenzaba a quitar la cáscara a la papa..

¿Alguna vez han pelado pejibayes? Ese toque que se pelan y la cáscara se viene casi que sola de arriba para abajo: esa era la técnica solo que con una sola mano.

Para atarse los cordones de los zapatos, utilizaba la técnica de las orejitas de conejo: hacia un nudo básico y jalaba hacia un lado un cordón y luego el otro formando una equis con el meñique y el pulgar hacía una orejita de conejo. Mientras más pequeñas fueran las orejitas, podía socar más el nudo del cordón.

Así fue como se dio cuenta mi esposa de que, a pesar de su enfermedad, podía ayudar a otras mujeres a depender de ellas mismas.

Esta enfermedad, en vez de doblegarla, le moldeo el carácter y la hizo más fuerte. Acepto su cáncer y nunca renunció a ser ella la que controlaba su vida y no el cáncer.

Los días en que le tocaba la radioterapia, Ana pasaba por mi trabajo para dejar a nuestra hija, se iba manejando hasta el Hospital México y, al terminar, regresaba a recogerla.

Los especialistas ya nos habían explicado que, muy probablemente, el cáncer pasaría al cerebro y, efectivamente, así fue.

El día 5 de febrero del 2009, empezó con un dolor de cabeza que fue en aumento. 24 horas después la habían operado de un aneurisma en el parental izquierdo. Tenía células cancerígenas. Un mes después, en marzo, hizo nuevamente metástasis. Esta vez en el frontal derecho.

Le hicieron tres operaciones más, estuvo un tiempo en la Unidad de Cuidados Intensivos y, finalmente, fue dada de alta el 16 de enero del 2010.

Quedó prácticamente irreconocible. Aquella mujer delgada y bella ya no existía. Sin embargo, por dentro, seguía siendo la misma mujer de la que yo me enamoré.

Le preocupaba sentirse una carga para la familia y los cambios en su imagen corporal afectaron brutalmente su autoestima.

Según el Registro Nacional de Tumores y el Registro Nacional de Mortalidad, la  tasa de sobrevida global de cáncer es de 5 años después de su diagnóstico inicial.

Le habían realizado varios exámenes (un TAC y Rayos X) que demostraban que todo estaba bien. Pasamos cuatro días bellos y, de repente, el dolor volvió y aumentó día con día. También las convulsiones.

El 14 de febrero del 2010, a pesar del dolor, decidimos ir a celebrar con nuestra hija el aniversario de bodas.

De camino a la casa, Ana pronunció algunas palabras que no se le entendían. Me asusté mucho. Llamé al neurólogo y me dijo que posiblemente se trataba de un derrame cerebral debido a las operaciones. Me devolví a la casa lo más rápido que pude y dejé a Dani con la abuelita.

Para ese año Daniela solo tenía seis años de edad y estaba enterada de todo lo que pasaba con la mamá. A raíz del cáncer maligno que padecía mi esposa, Daniela estaba recibiendo terapia psicológica para poder asimilar el duro proceso por el que estaba pasando.

Al llegar al hospital, le hicieron otro TAC: “El cáncer volvió y se desarrolla de forma rápida. Ya no hay nada más que podamos hacer”. En ese momento el mundo se me vino al suelo de un solo golpe.

Hubo muchos cambios en mi vida personal, parecía un zombi andante por todos los pasillos del hospital; casi no dormía y no comía a veces por falta de dinero, ya que tuvimos que gastar mucho en medicamentos y otros gastos necesarios.

Desde hacía muchos años, Ana y yo nos habíamos prometido que, si sabíamos que teníamos alguna enfermedad grave, nos lo íbamos a decir, pero en ese momento,  tomé la decisión de no decirle nada.

Volví y le dije que todo iba a estar bien. Compartí con ella todo el tiempo que pude.

Los últimos tres días de vida de Ana, Daniela se me acercó y me dijo: “Papi le pido a Dios que se llevé a mami; la voy a extrañar, pero no la quiero ver sufrir” Ella solo tenía seis años, pero era consciente de lo que estaba pasando.

Siguió el deterioro, Ana pasaba el día con morfina para soportar el dolor. El tumor l había fracturado el cráneo.

Como ya no había nada que hacer, pedí a los médicos llevarla a casa. Esa noche la abracé y le dije: “necesito hablar contigo de algo que sé que ya sabes”. Movió la cabeza en señal de sí. Le conté lo que el doctor me había dicho y le dije que era el momento de irse en paz.

A pesar de que Ana ya no tenía fuerzas, me tomó del cuello, me estrelló contra en los labios y me dio un beso eterno.

*El nombre ha sido cambiado por solicitud del testigo.

 

 

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