País

Después del arcoíris

San José alojó el domingo la mayor Marcha de la Diversidad en Costa Rica con aires de festejo y la promesa de enfrentar la realidad inmediata en un entorno “normal”.

Al acabar la Marcha de la Diversidad este domingo, cuando una parte de la muchedumbre se retiraba y otra se encaminaba a la pura fiesta, Kira y Ana Karen aprovecharon para caminar despacio de la mano contra vía por en medio de la avenida Segunda.

Parecían disfrutar el placer de transgredir todas las normas viales, de no haber asistido a la multitudinaria marcha por que debían trabajar y aún así respirar el aire de excepción que flotaba sobre el centro de San José.

Quizás eran las únicas que no llevaban la bandera del arcoiris y eran de las pocas que no se vistieron para la ocasión con más exotismo de la cuenta, con flores, dibujitos de ponis y camisetas activistas. Tampoco son de las que muestran piel como bandera de algo. Van vestidas normales, tomadas de la mano como cualquier sábado en Limón, de donde viene Kira, o de la zona de Los Santos, donde todos saben que Ana Karen “no es normal”.

Eran casi las 3:30 de la tarde. A un costado de la Plaza de la Democracia miles bailaban sus canciones de batalla y en los alrededores los asistentes buscaban el retorno a su normalidad discriminatoria, porque una cosa es la multitud mostrando músculo y músculos y otra es volver a las casas, los trabajos o las calles, a donde los avances suelen llegar después de las leyes.

Las vi caminar con tanta naturalidad y no pude dejarlas ir. Me contaron que no fueron a la marcha, pero que querían disfrutar el after como para certificar que ocurrió algo grande. En realidad fue enorme. Decenas de miles de personas. Más que el año pasado y más que nunca. Dicen los organizadores que fueron 500.000 personas, un 10% de la población nacional, pero quizás ese cálculo obedezca al exceso de alegría y no a la precisión.

Viven juntas desde hace año y medio. Pretenden casarse pronto, pero depende de los costos económicos, porque es caro. Las escucho y pienso que ese es un razonamiento muy propio de todas las parejas que se casan, en Costa Rica todas son heterosexuales hasta la fecha. Otra cosa será lo que ocurra después del 26 de mayo, cuando se pueda aplicar la sentencia constitucional que este domingo era motivo de festejo.

Pues Kira y Ana Karen se comprometieron desde antes de que la Sala Constitucional en agosto dijera lo que dijo, lo obvio, lo justo, lo correspondiente con el mandato de la Corte Interamericana: que todo matrimonio es matrimonio y el Estado no es quien para decirle a decenas de miles de ciudadanos que la unión de ellas no cuenta.

Me dicen que quieren formar una familia, que quizás adoptar, acudir a una inseminación artificial o así. Algo “para siempre”, como se lee en los anillos de plata que cada una porta como señal de compromiso matrimonial. Se casarán con tanta naturalidad como cuando cada día caminan tomadas de la mano por San José, dejando pasar las miradas curiosas o reprobatorias.

Nicaragüenses también participaron en la Marcha de la Diversidad y la calificaron como expresión de una libertad que no existe en su país. (Foto: Miriet Ábrego).

Hoy, sin embargo, nadie las vio así. San José se convirtió hoy en un paréntesis enorme con carrozas, pancartas, bailes y activismo, con presencia de niños y abuelos, mamás, y algún papá, aunque era obvio que faltaban muchos otros. “Hoy mi mamá hizo desayuno solo para ella y mis dos hermanos porque sabía que yo iba a venir. Dice que me acepta como soy, pero que no tengo por qué exhibirme”, dijo Francisco, vestido con pantalones cortos y camisa de flores.

La Marcha de la Diversidad -dicho de manera inclusiva-, la del orgullo –una forma algo sectaria- o el Pride –más cool- es todo lo mismo. Una masa enorme de gente que se movió por el Paseo Colón y la avenida Segunda bajo un cielo clemente, ni sol ni lluvia, para reivindicar los derechos de la población no heterosexual. Es la décima marcha de la historia costarricense, mucho ha ocurrido en este tiempo y el mayor paso quedó ratificado el año pasado: el 26 de mayo del 2020 podrá celebrarse el primer matrimonio igualitario con toda la ley.

Por eso la marcha de este domingo tenía alma festiva. Conmemoran, sí, siempre lo hacen. Luchan también, porque la tarea cultural parece infinita. Se exhiben también, aunque en esta ocasión fue solo en número (“no vi degeneres”, dijo Kira como usando palabras de una mamá rural y conservadora).

Celebran, sobre todo celebran porque han pasado 50 años durísimos desde las protestas de Stonewall en Nueva York (un 28 de junio, por eso la fecha conmemorativa), 10 años desde los primeros manifestantes que se atrevieron a cruzar San José, cuatro gobiernos desde que pidieron legalizar la unión de parejas no heterosexuales, 10 meses desde que los magistrados constitucionales dictaron la última palabra: sí al matrimonio igualitario.

No aún, pero sí pronto, a mitad del 2020. Es decir, cuando se celebre la próxima Marcha de la Diversidad, Kira y Ana Karen, o cualquier otra pareja del mismo sexo, podrán decirse “matrimonio” con todas sus letras.

Por eso festejaban. El año pasado los alegraba haber evitado que llegara un gobierno discriminador con Fabricio Alvarado, pero nadie aseguraba que la Sala Constitucional fallara a favor. “Es que nuestra historia nos obliga a nunca fiarnos de nadie, a no celebrar hasta que se dé el paso, y ahora el paso está dado”, reflexionaba una mujer, profesora de inglés en un colegio privado, sin dejar de bailotear por la canción de Ricky Martin que propone vivir la vida loca.

Ahí iban comitivas de empresas extranjeras y de otros gobiernos, como ocurre desde hace años. También representaciones de partidos políticos, algunos diputados y un grupo de Gobierno al que luego se unió el presidente Carlos Alvarado. El lema gubernamental es “Nunca más caminarás solo/a”, como una promesa de que el Estado no reprimirá más los derechos de la población no heterosexual, sino que ayudará a garantizarlos. No se sabe quién podría garantizar eso en el futuro.

Pelayo Castro, embajador de la Unión Europea en Costa Rica, iba sosteniendo una pancarta y reconoció que, viendo los movimientos políticos y sociales en Europa, nada está blindado. Sin embargo, es más difícil desandar un camino. “Hay avances (legales) que generan otras condiciones y que a la vez protegen esos avances. Eso es lo que debe ocurrir en un país como Costa Rica, donde poco a poco se entiende la necesidad de amar y dejar vivir, y vivir y dejar amar”.

Así, más o menos, respondía la mayoría de los entrevistados. Bien por los avances legales, sí, pero atentos con todo lo demás, que es mucho. La discriminación diaria, la necesidad de normalizar la igualdad, el cambio más trabajoso de todos: el cultural. La igualdad incluso dentro de la población no heterosexual, entre la que dominan los homosexuales por encima de las lesbianas, los transexuales, bisexuales o intersexuales.

“Pensar que mi condición de homosexual no me hace menos ante los heterosexuales ni más ante los trans, porque esa es solo una característica más en mi vida. También pertenezco a una generación, a una nacionalidad, a un barrio, a un gremio o a una clase socioeconómica, y dentro de esas categorías también hay desigualdades odiosas. Te lo digo sencillo: ¿acaso un gay adinerado no discrimina a un gay pobre o a un extranjero y refugiado?” Esto me contestó Anthony Peraza, un psicólogo de 43 años que ahora mismo está desempleado, pero que puede usar el seguro social por el que cotiza su pareja, como es posible en Costa Rica desde hace tres años.

Peraza hablaba sin dejar de caminar a pesar del cansancio, porque la noche anterior fue a la celebración del centenario del equipo del fútbol Alajuelense. Ahora estaba en otro plan, en uno de los momentos en que la multitud obligaba a moverse, cerca de donde pasaba una carroza con Mónica Naranjo, la cantante española invitada como “madrina” de la actividad. De aquí iba a Nueva York y luego a Madrid, también a marchas de este tipo. Nada de lo que ocurre acá es exclusivo de Costa Rica, aunque la combinación de factores hace que el momento sea particular, un momento de “transición”, como describía Luis Salazar, el comisionado del Gobierno para asuntos de la población LGBTI.

La posibilidad del matrimonio igualitario, real a partir de mayo del 2020, fue motivo de celebración en esta marcha. (Foto: Miriet Ábrego).

“Claro que vinimos conscientes de que hay pasos importantes, y eso nos alegra, pero no basta con legalizar; hay que normalizar, integrar la igualdad a la vida cotidiana de las personas en su familia, en la vida pública y en lo religioso, porque aquí nadie pretende vencer a la religión de cada persona”, explicaba Salazar, contento de ver más familiares, amigos o aliados que en ocasiones anteriores. Eso es, en parte la normalización, aún dentro del enorme paréntesis de excepcionalidad que representaba la jornada de este domingo. Por ahí andaba el obispo luterano Guillermo Quesada, pero no había rastros de clérigos católicos.

María Isabel Ulate es católica y mamá de María José, lesbiana. Venía por primera vez, porque antes no sabía que su hija tiene esta orientación sexual, aunque aseguró que su presencia no obedece solo a su condición de madre, sino de ciudadana. Su esposo, un señor católico de 75 años, le pidió asistir también en su lugar, porque él siente que ya está viejo para estas marchas.

Puede ser cierto eso cuando se está al lado de un parlante de donde salen a todo volumen canciones de Alejandra Guzmán y apenas dejan entrevistar. O cuando hablaban a todo decibel los animadores de una carroza de empresas proveedoras de servicios o productos para “bodas diversas”. El mercado, cómo no, forma parte de la normalización. La comunidad, o parte de ella, puede mover cantidades importantes de dinero y hay espacio para los negocios.

Pero esto no es nuevo. Marcas de empresas se han exhibido en marchas anteriores y las casas productoras de condones consideran que también vale la pena invertir aquí. Por eso en algunos momentos volaban los anticonceptivos inflados como globos, empujados por la brisa suave que acompañó la tarde. Ocurrió en un instante junto al Teatro Nacional. Una niña de menos de siete años le preguntó a su mamá que qué eran esos globos y esta la tiró de la mano, para que ni intentara tocarlos. Le dijo que esos muchachos descamisados que los lanzaban los utilizan mucho para no enfermarse, pero no le explicó más. Tampoco era fácil conversar junto a los parlantes festivos.

Un hombre movía las alas de su disfraz de mariposa. Un aroma fugaz a marihuana. Una mujer sobre los hombros de su amigo que caminaba en zigzag. Una mujer y un hombre se besaban sin soltar la cerveza. Vendedores de chunches multicolores y de helados trataban de aprovechar al público aglomerado. “A pesar de ser tanta gente, está tranquilo. Ojalá Palmares, Zapote o el tope de fin de año fueran así”, dijo una policía desde una sombra. Había filmado con el celular un trozo de la marcha, para enseñarlo en su casa.

También otros filmaban con cara de reprobación. “¿Qué es este montón? Yo no sabía que había tantos playos en Costa Rica”, decía un hombre que grababa desde la acera del Parque Central. ¿Cómo saber qué destino tendrán esos videos? Imposible prever si alguien se convencerá de la causa o si se sumará al rechazo que genera en un sector de la gente; en algunas ocasiones, odio. En otras, enojo por ver cómo ha crecido el movimiento.

También una mujer panameña, con esposo y un bebé, grababa lo que quedaba del desfile. En la cara se le veían las contradicciones. —No estoy de acuerdo con esto. —¿Con qué? —Con el desfile, aunque si yo fuera así, seguro sí estaría ahí. —¿Y entonces por qué está de acuerdo? —Porque yo crío a un varón y quiero que sea eso, no otra cosa. —¿Entonces lo malo es ser homosexual, no venir a la marcha? —Bueno, no, pueden hacer la marcha, pero que no se casen. —¿Por qué no, en qué afecta? —No sé, pasa que yo soy extranjera y mejor no opino. Y se marchó.

Acababa la marcha y volvía todo a una normalidad pendiente de transformar. Horas después Victoria Rovira, una activista trans, no podría sentir esa seguridad de caminar por San José. No importa si va con jeans, shorts, vestido, tacones o tennis, o se llevaba un vestido blanco como de boda con una capa de heroína con los colores de la bandera trans. Así posaba un rato antes allá por la iglesia La Merced, mientras decenas de nicaragüenses miraban con gestos de asombro.

Algunos nicaragüenses miraban con envidia. Auxiliadora Rojas, exiliada en Costa Rica por la crisis en su país, dijo que le alegraba ver esta marcha, pero que no podía evitar sentir dolor porque esto es imposible en Nicaragua. “Es lo más bello ver esta libertad, aún si no estuviera de acuerdo con su modo de vida, es bello ver que la gente pueda expresarse sin miedo”. Alrededor, una cimarrona nicaragüense (“Los chicheros”, de Monimbó, Masaya) ponía a bailar a los manifestantes y una mujer, por si acaso, alertaba una pancarta amarilla: “ser cochón (playo, en Nicaragua) no te quita lo machista”.

“Párese como hombre. ¿Es mucho pedir?”, le decía un hombre adulto a un muchacho que intentaba posar con un gallo (sí, un gallo) sobre la cabeza. El muchacho medio sonreía contrariado, pero quería la foto. Igual no había mucho tiempo de detallar en el intento de chiste. La jornada dejaba en minoría al señor del gallo; hoy los papeles se invierten.

Hoy, domingo 25 de junio, San José fue tan diferente que quedó limpia, dentro de lo que significa “limpieza” para un lugar por donde caminaron durante casi cuatro horas decenas de miles de personas. Por allá, más atrás, sí quedaron restos de los globos que lanzaron para agregarle color al ambiente y alguno se quejaba por la contaminación con plástico, con razón. A fin de cuentas, el movimiento por los derechos de la diversidad sexual está en este mismo mundo y ahí hay mucho trabajo pendiente. Lo explicaba Alejandro (sin apellidos): “también nos enfermamos de gripe, queremos pensiones, buscamos empleo, cotizamos en la Caja y nos preocupamos por las presas o por los impuestos que vienen. Es que la gente cree que andamos siempre montados en el arcoíris y pues no, las cosas son difíciles para nosotros, quizás un poco más”.

Y así se iban todos. Algunos iban a los bares de ambiente y la mayoría volvía a casa o buscaban dónde comer. Un hombre con carrito de Dos Pinos se quejaba de que “los gays no comen helados y prefieren dejar que se derritan”. Algunos acudían a las ventas de flores o a las tiendas de pollo frito, a las cadenas de comida rápida o a las paradas de buses. “No se siente ahí, que es a mí a la que me toca lavar mañana”, decía una mujer a su pareja allá por La Merced.

En el parque Morazán, un hombre descansaba acostado con la cabeza sobre el regazo de otro y a los pocos metros, una mujer posteaba en su Facebook las fotos de una jornada que cree histórica.

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